ARTÍCULO

Algo con forma de alguien

Igitur, Barcelona, 1998
Prólogo de Carlos Edmundo de Ory; Edición de Victoria Cirlot
104 págs.
 

El nuestro es un país de celebraciones desaforadas y de silencios imperturbables. Como medida preventiva, el lector de poesía debería huir de los homenajes chillones –aunque no de los poetas homenajeados– y aventurarse en esa zona oscura donde yacen nombres y obras tercamente silenciados. En ese margen sereno y en perpetua ebullición está la obra de Juan Eduardo Cirlot, de la que se publica ahora este volumen inédito.

El libro de Cartago constituye un ciclo de poemas (algunos de ellos publicados sueltos en vida del autor) en torno a la imagen sintetizada de aquella civilización que «tuvo la desgracia de no alcanzar gran celebridad sino en el momento de su ruina» (pág. 11). La existencia conocida a consecuencia de la inmediata inexistencia no podía dejar indiferente al poeta que había afirmado en su obra Del no mundo: «La muerte sólo es la zona oscura de la vida. En ella algo empuja hacia el resurgir». Y Cirlot, como experto conocedor del mundo de los símbolos, interpretaba la conexión con ese algo como una llamada inequívoca al lenguaje en estado creativo (creándose y creando), a la poesía.

Pero Cartago es a la vez la construcción arruinada y la mujer indestructible: la clave de toda arquitectura simbólica. Aquella civilización, de la que no se conserva poesía alguna, llega a la imaginación del poeta –y a la lectura– en forma de «Doncella de la Nada». El libro se construye alrededor de la pregunta: «¿Eres verdaderamente cartaginesa?», que se prolonga más allá de la respuesta afirmativa, tras el diálogo en el que Ella confirma que «Cartago no ha existido jamás» (pág. 58). Cartago es el mito de la pacífica plenitud destruida por el fragor belicoso de la carencia: una violación imposible de consumar, pues quien asedia e invade queda mutilado en su capacidad de conocimiento, mientras que la forzada y rota expande su naturaleza expresiva.

Cuando el yo que habla en estos versos declara al final del libro: «me doy cuenta: / fui de los destructores de Cartago» (pág. 79), debe oírsele en el tono triste que unifica el conjunto. «Oh, Baal, Cartago se parece a mi tristeza» (pág. 48). Pero la tristeza no es aquí un estado de ánimo ni una regresión del deseo ante sus límites, sino la apertura dolorosa de la conciencia hacia la inmensidad de lo que se ha perdido. Esa apertura supone necesidad de interpretación, de expresión, y el resultado no puede ser más que elegíaco, porque lo que se ha perdido es demasiado: para conservar la carencia se ha abandonado la plenitud.

La obra entera de Cirlot está recorrida por esa sensación de pérdida que sólo puede recuperarse en la palabra poética, eje de simbolizaciones donde cualquier otro arte se integra y se ilumina: la música, la pintura e incluso el cine (recordemos el ciclo lírico de Bronwing). Eje entre la palabra aislada y todo el lenguaje posible. Y en el punto de apoyo imperturbable de ese eje –allá, donde la lengua no tiene fin– volvemos a encontrar la presencia femenina, que también es constante en el autor del Libro de Cartago.

«Te quiero no es decir te necesito, / no es hablar del amor»... «solamente es admitir / que te existo» (pág. 72). Forzando así el lenguaje que da cuenta de la existencia, la mujer simboliza la posibilidad de escapatoria, la resurrección. «Te existo» oscila entre dos orientaciones inversas: «hago que existas / existo en función tuya». La única forma de sobrevivir es mantenerse en el fulcro de balanzas así de contradictorias. Y la presencia femenina, en ese centro inestable, no es tabla de salvamento, sino garantía de tensión: desde el no estar aquí hacia el ser reconocible, desde la opacidad hacia la manifestación, desde el algo cada vez más confuso hacia el «algo con forma de alguien» (pág. 48).

La imagen de Cartago queda fijada –fundada, como una ciudad– en la autonomía del arte verbal. Un arte que pasa del verso a la prosa con la convicción de que «en verdad, no hay prosa: hay alfabeto, y después versos más o menos apretados, más o menos difusos» (Mallarmé). Por eso el lector de estas páginas pasa de un tipo a otro de poema como si recorriera un mismo terreno, y por eso se encuentra con tanta naturalidad en plena atmósfera bíblica (apocalíptica): «Aparecen los velos de las jóvenes desposadas de la ciudad maldita, y los corderos son cocidos en la leche de sus madres» (pág. 39).

Al acabar de leer, oyendo aún «el mar cartaginés, / un tejido de voces femeninas» (pág. 78), celebramos que, de entre tantos poemas púnicos que se habían perdido, hoy podamos conservar éste.

01/10/1998

 
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