ARTÍCULO

Joyce en Trieste

Turner/Fondo de Cultura Económica, Madrid, 360 págs.
 

Es sabido que por lo general un gran escritor forja su destino en la infancia, que su talento despunta como la cima de un iceberg en la juventud y que lo más auténtico de su obra cristaliza en esos años decisivos que van de los veinte a los treinta. Lo que sucederá después, si su obra se asentará, se desarrollará o, por el contrario, se arrugará crujiendo igual que un papel antes de arrojarlo al cesto, depende mucho del período de cristalización, de esos años en los que el gran escritor afianza su voz, construye su mundo y su propio personaje y se convierte para siempre en alguien que, haga lo que haga, está «al otro lado» de la sociedad de su tiempo, pues sólo de esa manera es capaz de conectar con ella de un modo pleno. Pues bien, en el caso de James Joyce ese tiempo de cristalización fueron los decisivos dieciséis años que estuvo ligado a la ciudad de Trieste, de 1904 a 1920, los años que John McCourt llama «de esplendor», aunque ese esplendor fuera en realidad «interno», es decir, no dado a conocer más que mediante mínimos gestos.

Cuando Joyce llega a Trieste, la entonces ciudad austríaca, babel de lenguas y culturas, no intuye que le aguarda una vida rica en experiencias sensoriales, lingüísticas, políticas. El 20 de octubre de 1904 el joven escritor irlandés se apea en la Stazione Centrale de Trieste. Va acompañado de Nora Barnacle, la muchacha de Galway con la que acaba de «huir» de Dublín. Tiene veintidós años y ella veinte. Ambos han optado por el exilio («Nadie que se respete a sí mismo se queda en Irlanda», afirma Joyce en Escritos críticos), menos por motivos políticos que vitales. Les anima el entusiasmo por vivir una pasión alejada de las convenciones asfixiantes de su isla natal. Fuera de Irlanda disfrutarán de libertad, lo que James necesita para desarrollar su carrera literaria. La elección de Trieste había sido azarosa y muy bien hubieran podido establecerse tanto en París como en Zúrich, ciudades por las que pasaron en su camino hacia el Adriático y que luego serían los sucesivos refugios de entreguerras. Pero Trieste parecía estar esperando a Joyce para enriquecer su bagaje artístico y servir de telón de fondo enmascarado de las obras fundamentales de su madurez: Ulises y Finnegans Wake. En ese ambiente cosmopolita, tolerante, extraordinaria mezcla de la rigidez austríaca y de la teatralidad italiana, encontraría el autor irlandés muchos ecos de Dublín y, sin embargo ambas ciudades no podían ser más diametralmente opuestas. Joyce era un extranjero en Trieste y eso siempre ha sido de gran ayuda para alguien que busca imponer su identidad artística. Un extranjero en un crisol donde se fundían dos mundos: el occidente avanzado y a la vez en descomposición, la Europa imperial, y el oriente exótico y misterioso. La ciudad se había convertido en el mayor puerto del Adriático tras la decadencia de Venecia y dorada salida al mar del imperio austro-húngaro. Era un hormigueo de cultos, donde el predominante catolicismo convivía en paz con el judaísmo y los ortodoxos griegos. Próspera y culta, Trieste no tenía nada que envidiar a Milán o Roma en cuanto a acontecimientos musicales, además de ser el bullicioso centro de movimientos literarios italianos como los vocioni y el futurismo de Marinetti. Pero lo que más llamaba la atención a Joyce era la fuerza de su movimiento irredentista en el que convivían el nacionalismo y el socialismo, movimiento que tanta relación tenía con las aspiraciones nacionales irlandesas que seguían muy vivas en su mente rebelde.

La curiosidad estética y social de James Joyce, una de las más poderosas de entre los genios literarios del siglo XX , tenía un gran objeto de estudio en aquella ciudad imperial que hoy parece un fabuloso continente borrado del mapa. En esos dieciséis años el autor de Dublineses conoció, gracias a su trabajo como profesor de inglés en la Berlitz School, a la aristocracia triestina, a su burguesía acomodada y a la variopinta colonia extranjera. Trabó amistad con escritores como Italo Svevo y Umberto Saba, así como con los músicos italianos que vivían allí –Smeraglia, por ejemplo–, pues llegó a recibir clases de canto de Bartoli e incluso a pensar en una carrera como tenor. La ópera le entusiasmaba quizás tanto o más que la literatura. Trieste contaba entonces con una de las más completas y selectas temporadas de ópera y teatro de Europa, hasta el punto de que autores como Mahler venían con cierta frecuencia. También le atraía mucho la riqueza idiomática de la ciudad y llegó a hablar con fluidez extraordinaria el triestino, y a escribir el italiano con mucha corrección, ya que publicó artículos en la prensa sobre Irlanda en ese idioma.

La vida de Joyce en Trieste que recrea McCourt en su libro Los añosde esplendor revelan los típicos rasgos de un bohemio con glamour. Nunca fue fácil su vida allí. Aparte de sus esporádicos empleos fijos, daba clases particulares de inglés, pero siempre vivió a salto de mata. Debía dinero a todo el mundo, desde el sastre al panadero, sin olvidar al casero, razón por la cual vivió en más casas de lo razonable durante esos años. La pareja James-Nora hacía gastos que no se podía permitir (trajes y vestidos, restaurantes, partituras, clases de canto, muebles, conciertos), e iban construyendo una familia (Giorgio y Lucía nacieron con pocos años de diferencia en la ciudad) casi sin darse cuenta, de un modo un tanto irresponsable por parte de Joyce, quien tenía una gran habilidad para conseguir que los demás le hicieran favores y le sacaran las castañas del fuego. Atrajo a Trieste desde la detestada Dublín a su hermano Stanislaus y luego a sus hermanas. Stanislaus, que lo admiraba por su talento literario, sostuvo a la familia de James durante más de una década y obtuvo injustos reproches de su hermano mayor cuando empezó a rebelarse contra su sutil tiranía. Joyce era un artista de la deuda. Su táctica con los acreedores solía ser infalible. En lugar de pretextar que no estaba en casa, recibía amablemente al airado visitante con un digno discurso exculpatorio –a veces en la misma cama: Joyce se levantaba hacia las once– mientras desviaba la atención hacia la música, la literatura o la política, según la idiosincracia del acreedor, que solía irse complacido por el trato y las vagas promesas de pago. La relación con Nora tuvo sus altibajos: la pasión dio paso al aburrimiento, los tributos de la paternidad y, por fin, los celos. Con Nora James sublimó su tendencia a la misoginia hasta convertirla en la arquetípica Molly de Ulises. Y en eso tuvieron su influencia las mujeres cultas e independientes que conoció en Trieste, ciudad que comparte con su Dublín mitológica el honor de apadrinar a muchos personajes del maestro irlandés. Pues hasta el mismo Leopold Bloom podría ser un producto de los judíos que conoció en la metrópoli imperial, de lo que vio y oyó en las calles de Trieste antes de que la guerra viniera a desbaratar su admirable equilibrio.

Joyce se llegó a acomodar a esta ciudad hasta casi convertirla en patria adoptiva. Las veces que visitó Dublín en esos años siempre estaba deseando entrever Miramar desde el barco, regresar a su dulce idioma, a los placeres de su vino (una borrachera pasada al relente le dejaría secuelas en un oído), a su existencia marcada por la precariedad y la larga batalla con sus editores para conseguir publicar Dublineses. Pese a todos los infortunios, Trieste sería siempre para James un lugar de felicidad y efervescencia artística. El lugar donde su vida brilló como lo hace una cerilla al prender y antes de ir apagándose poco a poco. Al fin y al cabo, allí escribió varios de los cuentos que integraron finalmente Dublineses , así como la novela Retrato delartista adolescente, la pieza teatral Exiliados y ciertas partes de Ulises, sin contar dos libros de poemas y el autobiográfico poema en prosa Giacomo Joyce. Y lo más importante de todo: en Trieste afinó su oído, su imaginación y su paladar para la gran sinfonía de lenguas, vidas y gustos que reuniría luego en el divertido, elíptico y original libro que es Finnegans Wake.

01/04/2003

 
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