ARTÍCULO

Escribir para vivir

Galaxia Gutenberg, Barcelona
Trad. de Miguel Sáenz
390 pp. 23,95 €
Galaxia Gutenberg, Barcelona
Trad. de Miguel Sáenz
218 PP. 16 €
Galaxia Gutenberg, Barcelona
Trad. de Miguel Sáenz
102 PP. 13,90 €
 

Jean Genet se liberó de la cárcel gracias a la poesía inaudita y transgresora de sus novelas arrancadas a la criminalidad, la vida entre reclusos y la homosexualidad. Josef Winkler (Kamering, Carintia, 1953 ), secuaz del poète maudit francés, rompe mediante la literatura las cadenas de su origen rural forjadas por la familia patriarcal, la religión católica y la ignorancia. Retrospectivamente, el autor admite: «La literatura me ha salvado la vida hasta hoy, en aquella época como lector, hoy como escritor y lector». Sus primeros tres libros, unidos posteriormente como trilogía bajo el título La Carintia salvaje (Das wilde Kärnten, 1979-1982) no solamente describen, sino que constituyen este acto de liberación llevado a cabo como exorcismo tremebundo de los fantasmas de su infancia y adolescencia. Mediante un lenguaje despiadado, entrega libro tras libro la crónica negra de vidas y muertes violentas, vidas embrutecidas por el trabajo duro del campo y la superstición religiosa, así como las vejaciones sufridas en su propia piel. En Mutterzunge (Lengua materna), el tercer volumen de la trilogía, confiesa que tiene que escribir sobre la muerte para vivir. Su lucha por la vida es, en el fondo, una lucha por el lenguaje. Para Josef Winkler, la necesidad de escribir es vital, como lo era para Kafka, y, al igual que éste, se opone –siempre con sentimiento de culpa– a la figura dominante de un padre fuerte y autoritario. Pero, a diferencia de Kafka, no inventa historias sino que acumula episodios reales con afán documentalista y autobiográfico para convertirlos en elementos recurrentes de una pesadilla hecha literatura. Un ostinato de ciertos motivos viene a prolongarse hasta los últimos libros: la aldea construida en forma de cruz, el padre dispuesto a castigar con el ronzal de vaca, la madre silenciosa y devota, la muerte accidental de unos niños asfixiados en un silo mientras su padre asistía a un entierro, la muerte desesperada de una niña que se tiró al río, avergonzada por la sangre de su menstruación, y el doble suicidio de dos chicos enamorados –especialmente traumático para el escritor–, víctimas de la moral pública. El duelo desencadenó en Josef Winkler, que amaba a uno de ellos, la voluntad de publicar la historia de la infamia de Kamering, su pueblo natal. Con rabia y odio se inscribe en la tradición literaria autóctona de criticar los horrores de la Austria profunda, donde hoy por hoy puja de nuevo con fuerza el ideario de la ultraderecha. Precedido por el laconismo de Franz Innerhofer, el sarcasmo de Thomas Bernhard y los ácidos juegos verbales de Elfriede Jelinek, su denuncia recurre a la blasfemia iracunda, sin manifestar intenciones directamente políticas. Con frecuencia imita la forma circular de los rezos y rosarios, contrastando acontecimientos espeluznantes con citas extraídas de devocionarios. Sin duda, las primeras experiencias estéticas, es decir, las representaciones sangrientas de los mártires y la retórica de los sermones en la iglesia de su pueblo, dejaron huella en el autor. Su procedimiento irreverente alcanza la forma más perfecta en el libro Cuando llegue el momento (Wenn es soweit ist, 1998). Se trata del obituario de todo un pueblo narrado en anécdotas que, interrumpidas por salmos y canciones religiosas, forman una letanía diabólica. A su manera, Winkler reconquista las posibilidades expresivas del poema en prosa, donde la sucesión de imágenes, el peso de las palabras y el ritmo de las frases prevalecen. La contundencia poética trasciende el género confesional y es precisamente el distanciamiento literario lo que permite al autor escribir un día: «La patria ya no ejerce poder sobre mí» (Leichnam, seine Familie belauernd, 2003 [Cadáver al acecho de su familia]).
Una voluntad férrea de salir de aquel mundo sofocante, una curiosidad existencial por los libros y hasta una energía criminal para mentir y robar a sus padres hicieron falta para convertir al hijo de un campesino de Carintia en uno de los más prestigiosos escritores actuales en lengua alemana. Recientemente, su trayectoria fue galardonada casi simultáneamente con el Premio del Estado de Austria y el Premio Georg Büchner 2008, máxima distinción literaria de las letras germánicas. La aparición de la traducción largamente anunciada de Friedhof der bitteren Orangen (1990) coincide con este momento de apogeo, que renueva el interés por un escritor que ya no ocupaba el centro de la atención mediática. Escrito antes de los dos libros ya traducidos (Wenn es soweit ist, 1998; Natura morta. Eine römische Novelle, 2001), Cementerio de las naranjas amargas es el más extenso de los tres. Sin embargo, no por ello encaja con el género de la novela. El traductor Miguel Sáenz, a quien debemos la introducción del autor en España (tardía, si consideramos que Winkler irrumpió en el mundo literario en 1979), acertó al suprimir esta clasificación adoptada por la edición alemana. En la trayectoria del escritor, el libro marca el salto de la provincia austríaca a otro escenario, el de Roma, ciudad que se caracteriza igualmente por su furor católico y su culto a la muerte. De nuevo, el autor se deja guiar por el tema que le obsesiona. Media vita in morte sumus –la idea de la hegemonía de la muerte sobre la vida, dominante en el imaginario medieval y barroco– es aún perceptible en esta capital, donde ni la tecnología ni el posmodernismo han podido imponer su racionalidad y su higiene. Paradigmática del anacronismo romano resulta una catedral que sustituyó la cruz en la aguja de su torre por una antena para proyectar vídeos de la crucifixión sobre el altar mayor. Convertido en viajero, el autor ya no ejerce de cronista del pasado, sino del instante. Deambulando por los barrios adyacentes al centro histórico, con sus monumentos turísticos, se siente atraído por los puestos del mercado de la Piazza Vittorio Emmanuele, así como por los gitanos, pordioseros e inmigrantes africanos de la Stazione Termini y los chaperos al pie de los jardines de Villa Borghese. Con la impasibilidad de un aparato fotográfico (en un relato de su último libro se imagina su cabeza transformada en una cámara), registra con precisión cualquier detalle y lo apunta en su bitácora, cuya cubierta representa –como se nos recuerda reiteradamente– un ejemplo de necrofilia ritual: «los cadáveres revestidos y resecos de los obispos y cardenales del corredor de los sacerdotes de las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo».
En el gran mercado de Vittorio Emmanuele, el calor, el hedor de frutas y verduras en putrefacción, la sangre de los animales sacrificados, la suciedad y el bullicio de la gente componen estampas provocativas. La vida con sus contradicciones produce escenas que parecen emergidas de la fantasía de un artista conceptual: «En la instalación frigorífica del cacciaggione del mercado de la Piazza Vittorio Emmanuele hay un cartel que representa varias escopetas de caza. Encima cuelga, sujeto a un armazón de alambre, un Cristo sin brazos, bajo el que hay cuatro liebres silvestres sacrificadas. Ocho perdices, con el cuello atravesado, cuelgan unas junto a otras de un gancho de carnicero plateado, cerca de un cartel que representa el equipo nacional italiano de fútbol. Hay varias manchas de sangre de jabalí pegadas a una de las dos bolsitas de plástico que contienen veinte huevos de ave blancos y con manchas negras. Bajo el hocico sanguinolento de un corzo que pende, sujeto a un armazón de hierro delante del puesto, con la cabeza hacia abajo, se pueden ver algunas gotas de sangre secas sobre el asfalto».
De este ambiente nacerá más adelante la trepidante novela corta significativamente titulada Natura morta. Junto a Cuando llegue el momento constituye acaso la obra más acabada de Winkler. Correspondiente a la paradoja visual del género pictórico, que congela frutos arrancados y animales sacrificados en cuadros de rebosante vitalidad, las escenas del mercado se convierten en un sensual bodegón: un memento mori barroco en el seno de la vida cotidiana actual. La muerte accidental del hermoso muchacho Picoletto constituye el acontecimiento sobrecogedor que justifica el subtítulo Novela corta romana. El dolor del vendedor de pescado, a quien el joven tuvo enamorado, otorga una dimensión trágica a la escena popular, a semejanza de Mamma Roma, la película de Pasolini.
En Cementerio de las naranjas amargas, la admiración por el cineasta llega aún más lejos. Impulsado por un deseo de imitación existencial, el narrador busca relaciones sexuales furtivas con jóvenes inmigrantes que esperan a sus clientes delante de la Stazione Termini, donde supuestamente Pasolini encontró a su asesino. Winkler, obedeciendo a su precepto poético, de «que no debía apartarme de nada, tenía que abrir a empujones las puertas y contemplar los objetos que describía, desde todos los costados imaginables», ofrece descripciones minuciosas de su inclinación homosexual, que incluye fantasías violentas. Aun así, los informes detallados de relaciones intencionadamente transgresoras y la delectación en la sangre, el semen y el excremento, denotan más la aplicación de un buen alumno de la depravación que una auténtica sensualidad.
Josef Winkler no narra, sino que colecciona imágenes: imágenes reales, visiones y sueños, imágenes extraídas de fuentes periodísticas, cinematográficas y literarias. Los ordena según motivos y los amontona, sin comentarios. «Tan sólo puedo pensar en imágenes», confiesa en una entrevista. Se trata de una técnica de montaje que confía en que el mensaje se desprenda de la constelación, una técnica, por cierto, que se remonta a las vanguardias del siglo XX, otra fuente literaria importante para el autor. «No tengo nada que decir, sólo que mostrar». Con esta frase, que podría encabezar la literatura de Josef Winkler, Walter Benjamin definió el método de su proyecto Pasajes. Consiste en sustituir el relato épico por la experiencia del choque. El fragmento abre la posibilidad del conocimiento. La representación rompe el continuo cronológico. Y la cita se inserta con naturalidad en el texto del autor. La mirada del coleccionista extrae los objetos de su entorno, para conferirles significado en un nuevo orden de cosas. Exactamente de este modo se configura el conjunto de Cementerio de las naranjas amargas. Breves episodios de la crónica negra del sur de Italia, junto a otros provenientes de la provincia austríaca, rodean el extenso diario romano, a su vez compuesto por un mosaico de escenas heterogéneas en las cuales se intercalan sueños y recuerdos. La acumulación de imágenes resulta impactante cuando el observador opera con la perspicacia de un buen fisonomista de la realidad. Sin embargo, se vuelve inocua cuando una avalancha abrumadora de imágenes se estrella en simples enumeraciones. Preso de la ambición de tenerlo todo indiscriminadamente, el coleccionista corre peligro de restar efecto a sus mejores piezas. Con la misma actitud excesivamente posesiva, el autor repasa todos los motivos autobiográficos y literarios tratados en libros anteriores, dando cuenta de su trayectoria entera.
Acaso necesita esta autorreferencia para confirmarse en su nueva situación como escritor, pues por primera vez se impone el yo narrador reflejado como tal. En ese sentido, el libro reanuda la escritura memorialística de la primera trilogía, desde el punto de vista del escritor liberado. No en vano, al final del libro, el autor exhuma y traslada todos los recuerdos atormentadores, todas las estampas crueles, todas las víctimas de muertes trágicas y todos los infortunios de los que tiene constancia, al cementerio de las naranjas amargas. Este lugar tétrico al que se refiere el título, originalmente una fosa común en Nápoles, como queda explicado en uno de los primeros textos del libro, se convierte en el universo literario del autor. Finalmente, tras haber dado sepultura a todos sus espectros, el narrador puede regresar a su origen. La última página del libro lo muestra sentado en una habitación de la granja paterna, delante de una máquina de escribir.
Más adelante, Josef Winkler viajaría a países más lejanos, para volver siempre a su motivo principal. Junto a su mujer, la fotógrafa Christina Schwichtenberg, visitaría Varanasi (Benarés) para observar los rituales de incineración de los muertos. El libro Domra (1996) documenta este viaje con descripciones intrépidas y fotografías. México, con su peculiar celebración del Día de Difuntos, fue la última estación en el recorrido del reino de los muertos. Winkler dejó constancia de ello en la recopilación de textos Ich reiß mir eine Wimper aus und stech dich damit tot (Me arrancaré una pestaña y te mataré con ella, 2008), textos que vuelven también al pueblo de Kamering. Los viejos traumas persisten. Pero el odio se ha apaciguado. En los relatos más recientes se vislumbra la posibilidad de vivir algún momento feliz, mientras sigue escribiéndose en una habitación con vistas al cementerio.

01/03/2009

 
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