ARTÍCULO

Ortega, ¿una obra «terminada»?

Taurus, Madrid
1064 pp. 50 €
 

En el cincuentenario de la muerte de José Ortega y Gasset, la editorial Taurus nos sorprende con la publicación de los dos primeros tomos de una nueva y definitiva edición de sus obras completas. ¿A la altura del año 2005 las Obras completas de Ortega? El hecho sorprende, pero no es para menos. Las «Obras completas» vienen siendo un desideratum desde que se realizara la hasta ahora canónica edición de 1948 (censurada y lejos de ser completa) que el propio Ortega tuvo aún ocasión de revisar. En 1983, Paulino Garagorri inició para Alianza Editorial un proyecto de edición de bolsillo con un criterio de ordenación temático y sorprendentes textos inéditos, que quedó inacabada en el tomo 31 al fallecer su editor. Desde entonces han ido sucediéndose distintas ediciones individuales reconstruyendo proyectos perdidos o reagrupando obras mayores, que han arrojado nueva luz sobre el pensamiento orteguiano al tiempo que han puesto en entredicho el conocido perfil de los «libros» orteguianos. Con los años, el acervo acumulado de manuscritos sin atribución, ediciones no avaladas, recortes de periódicos y escritos técnicos ha adquirido dimensiones escandalosas y ha hecho cada vez más necesaria la fijación definitiva de tan vasto legado.

No obstante, el muy anunciado proyecto de una nueva edición se ha hecho esperar como si sobre él planeara un fatídico infortunio que, por otro lado, compartiría el pensamiento orteguiano post mortem con la azarosa vida de su progenitor. ¿Qué respuesta puede haber a tan inaudito, si no escandaloso, hecho de que la figura máxima del pensamiento español –impulsor de una tradición académica de filosofía en España y punto de partida para brillantes discípulos (Zambrano, Gaos, Zubiri)– no cuente hasta la fecha con su edición completa? ¿Por qué la obra de autores menores, entre ellos sus propios discípulos, descansa en cabal completud en las bibliotecas de medio mundo, mientras que Ortega anda disperso en un sinfín de meritorios pero malogrados proyectos? ¿Se resiste acaso Ortega a estar completo?

Una primera reflexión hace sospechar que, efectivamente, los rasgos más genuinos de este pensador –su originalidad y controvertida diversidad– han dificultado un merecido y definitivo reconocimiento editorial. En el período entre 1914 y 1935, Ortega –intelectual,periodista, conferenciante, catedrático de filosofía y político– desarrolla una actividad tan variopinta y diversa que aún hoy su apreciación es objeto de opiniones encontradas. Pese a que un gran número de estudios rigurosos han contribuido a depurar y sopesar la esencia y la presencia de su pensamiento, los juicios siguen impregnados de muy diversos prejuicios. La comprensión y valoración de Ortega se hace tan difícil porque parecen existir muchos Ortegas, dependiendo del punto de contacto que cada lector haya tenido con esta polifacética personalidad. Ortega asumió una importante función pública, convirtiéndose en el intelectual más influyente de la España de la República y su más agudo Espectador. No dispuesto a llegar a las últimas consecuencias de su acción, la Guerra Civil lo obligó a reaccionar, sufriendo desde 1936 tanto los rigores del exilio como el reducido interés por su obra en la España de la posguerra. En los últimos años aumentaría el interés internacional al ritmo que se ninguneaba a un Ortega descircunstancializado en su país natal. En el clima de la posguerra su figura quedó desprestigiada en una perversa coincidencia de enemistades franquistas y republicanas, unidas en el rechazo de su laicismo, por un lado, y de su elitismo, por otro. Carente de apoyo intelectual, no creó escuela ni arraigó su estilo –excesivamente personal– en las instituciones académicas. Su trayectoria intelectual, antaño brillante y decisiva, se malogró hasta el extremo de que aún hoy una universidad fría y una opinión pública indiferente –a pesar de todo el reconocimiento ofrecido– no han propiciado un proyecto de edición definitiva, manteniéndose, así, abierto el paréntesis sobre su trayectoria póstuma. A este hecho también ha contribuido, en cierta medida, el propio carácter y estilo de su obra. Formado en la tradición alemana, Ortega hizo pronto suya una voluntad de formular un pensamiento sistemático, pero lo hizo, como es sabido, a través de medios de expresión ensayísticos, más adaptados, según creía él, a la situación española. Por su particular forma de actuar, Ortega, profesor in partibus infidelium, no concibió «libros» en un sentido estricto como unidades conclusas. Títulos tan consagrados como Meditaciones del Quijote, El tema de nuestro tiempo o La rebelión de las masas son recopilaciones de conferencias o artículos de prensa con cohesión interna pero sin coherencia obligada. El «tratado» definitivo –el «tocho», como le gustaba decir–, frecuentemente anunciado como tantos otros proyectos, no lo llegó a escribir. Incluso La idea deprincipio en Leibniz, que algunos han querido declarar su obra más «sistemática», carece de tal concepción estructural.

Este carácter circunstancial y fragmentario, que disuelve en cierto modo la idea de obra definitiva y por el que ha sido muy contestado este pensador, debe, sin embargo, ser entendido como la expresión de una voluntad de pensar y escribir al filo de la misma vida, emulando la espontaneidad y viveza de las vivencias en el momento mismo de producirse. El raciovitalismo se plasmó en una textualidad fluctuante, estilísticamente brillante y literariamente muy sugerente, aunque no técnicamente rigurosa. Ante este modo philosophandi poco convencional, no es de extrañar que el legado orteguiano se haya «resistido» a su codificación definitiva. De él se puede afirmar, como de pocos, lo apuntado por los editores en una nota de presentación: «Las obras completas de un autor como Ortega son necesarias porque necesitamos tener acceso a toda su obra, en textos claros, ordenados, fiables. [...] Toda obra incluida en unas Obras completas pierde algo de su vitalidad, adquiere un carácter, como una pátina, académico, museístico, que es menester descontar de ella para su adecuada intelección. Se produce además una igualación, una nivelación de textos, que puede resultar desorientadora, si se desatiende su perspectiva; casi inevitablemente textos menores, destinados a veces a una especie de semipublicidad, se equiparan a las grandes obras, en las que el autor ha querido poner lo mejor de sí. Desde este punto de vista son, como los museos, un mal necesario» http://www.ortegaygasset.edu/circunstancia/numero6/art8_imp.htm..

En fin, se puede debatir si, como la décima sinfonía de Schubert, la obra de Ortega está incompleta o más bien –¿deliberadamente?– inacabada. El caso es que con el proyecto ahora en marcha se completa la disponibilidad y fijación definitiva de lo que Ortega dejó. Se pone, así, fin a la difícil situación textual en la que se encuentra el corpus orteguiano desde 1955 hasta hoy, es decir, dividido en tres grandes bloques: sus Obras completas (19531955) en seis tomos, los textos publicados y no recogidos en la edición y una amplia obra inédita. Desde entonces la paulatina incorporación póstuma de obras en los tomos VII a XII (1961-1983) ha dado a conocer amplios campos del pensamiento orteguiano, si bien no ha agotado toda la riqueza de inéditos, manuscritos, notas, fragmentos, etc.

Culminar estos esfuerzos es el propósito de la última edición que Taurus, en colaboración con la Fundación José Ortega y Gasset , proyecta dar a la luz entre 2005 y 2006. Se prevé la publicación en diez volúmenes, de los que seis contendrán las obras ya publicadas en diversas ediciones y los cuatro restantes los múltiples escritos inéditos con cierto carácter definitivo. Como apuntan expresamente los editores en la introducción, han quedado fuera del corpus la correspondencia, las notas de trabajo, las entrevistas y los resúmenes de conferencias aparecidos en prensa. El nuevo proyecto sigue un criterio de ordenación cronológico, que parece el más razonable ante la abundancia de temas abarcados por el pensador y los importantes cambios en el estilo a lo largo de los distintos períodos.

La edición se ha llevado a cabo consultando todas las fuentes editoriales conocidas, con los siguientes objetivos principales Ibíd.: 1) completar el corpus con todos los textos conocidos de cierto alcance; 2) limpiar las erratas y lecturas falsas; 3) fijar todas las variantes o fragmentos suprimidos que, aunque mayoritariamente insignificantes, pudieran contener particularidades estilísticas; 4) ofrecer en cada volumen un índice onomástico y toponímico; y 5) informar acerca de las trayectorias editoriales de los textos, incluyendo una nota bibliográfica sobre las ediciones en vida de Ortega.

Estos propósitos quedan claramente recogidos en el aparato crítico que acompaña cada tomo. Representa tal vez la novedad más significativa de esta edición, ya que aporta información complementaria, convirtiéndose en una importante herramienta para la lectura y el estudio. El aparato crítico se divide en cuatro apartados: las «Notas a la edición» informan generalmente sobre la historia de cada escrito en particular y los eventuales cambios realizados (de estructura, errores de datación, relación con otros textos) en las sucesivas ediciones, además de reseñar vínculos con otros textos orteguianos; la «Noticia bibliográfica» refiere los materiales utilizados para la fijación de cada texto y, relacionado con ello, el «Apéndice» recoge todas las variantes, es decir, diferencias entre los testimonios que afectan al sentido (permutaciones de palabras o de fragmentos enteros); finalmente, en los «Anexos» se reproducen aquellos fragmentos que Ortega dejó fuera de la versión definitiva de una obra, que los editores estiman que es la última revisada por el autor ( Obras completas, 1953-1955). Muy útiles resultan, por lo demás, los ya citados índices onomástico y toponímico.

Estos apartados complementarios pueden ser de mayor o menor utilidad para los usuarios de una edición crítica pero, en cualquier caso, avalan una labor concienzuda y rigurosa del editor. Sobre todo las «Notas» y los «Anexos» (aunque escasos en número) son útiles, aunque se echa en falta un comentario que centralice esta necesaria información y contextualice los múltiples escritos menores. En vista de las peripecias en parte considerables que sufrieron algunos escritos –especialmente los grandes proyectos en torno a Cervantes, Baroja y Azorín–, habrían sido de desear puntualizaciones más extensas, ciertamente necesarias.

Habrá que esperar tal vez a la publicación de los cuatro últimos tomos dedicados a las obras inéditas para el encuentro con mayores novedades textuales. Los dos primeros tomos, que acaban de salir al mercado, reúnen las mocedades y los años de formación orteguianos (1902-1915 y 1916). Contienen obras de un período de gran inquietud intelectual y de interés infatigable por los más diversos aspectos del mundo en derredor. Son los años de formación y encuentro con los futuros temas capitales de su preocupación filosófica. Las obras en ellos contenidas, muchas diminutas en extensión pero cargadas de ideas, no se encuentran, tal vez, entre las más comúnmente conocidas pero representan, sin embargo, algunas de las más significativas páginas de este pensador.

El primer volumen recoge en riguroso orden cronológico todos los escritos entre 1902 y 1915, repartidos hasta ahora principalmente entre los tomos primero y décimo (consagrados a los escritos más circunstanciales y políticos) de la antiguas Obras completas. Se trata, en su mayoría, de escritos menores cuya datación ha sido corregida, de modo que su ordenación es ahora diferente. Destaca como novedad y sorpresa la inclusión de la tesis doctoral sobre «Los terrores del año mil» de 1909, hasta la fecha inaccesible para el público. La obra más relevante de este volumen es Meditaciones delQuijote, de 1914. Los recientes estudios de Silver, Cerezo, San Martín y Molinuevo han revalorizado enormemente este trabajo, sobre el que ya el propio Ortega, en su madurez, llamara la atención señalándolo como primer esbozo de su pensamiento. Las ediciones de Garagorri e Inman Fox han puesto muy en entredicho el perfil textual recogido bajo este título en las Obrascompletas, ya que el fragmento publicado en 1914 es tan solo una modesta parte de un amplio proyecto de Meditaciones o Salvaciones sobre la cultura y circunstancia españolas que el joven Ortega no terminó, aunque su redacción estuviera ya muy avanzada. Gran parte de los fragmentos no utilizados pasaron a formar parte de El Espectador o fueron utilizados para conferencias. La edición de Inman Fox ha propuesto una reconstrucción del proyecto íntegro que ha dado un vuelco a la comprensión de este escrito. La edición crítica, evidentemente, tenía que ceñirse a los hechos textuales, pero debería haber profundizado, en su aparato crítico, más en esta complicada génesis y los nuevos acentos derivados de la investigación. Una edición crítica no debería quedarse al margen de tan importantes modificaciones en la comprensión de los textos.

El segundo tomo se centra en el año 1916, dedicándose casi íntegramente, como ya sucediera en las Obrascompletas, a El Espectador, el segundo gran proyecto del joven Ortega que sí logró realizar y perpetuar hasta 1934 (y uno sospecha de que, de no ser por la guerra, habría ido aún más allá). En este volumen se ha suspendido el criterio cronológico debido a que esta colección fue concebida por el propio Ortega como unidad rapsódica y breviario de su quehacer intelectual. Pocos son los conocedores de Ortega que no coincidan en señalar esta colección como su trabajo más personal, idiosincrásico y duradero por la variedad de los temas abordados, la brillantez ensayística de su exposición y el calor personal inyectado a sus páginas. Su lectura resulta aún hoy sorprendente e inspiradora, como lo es la figura de este gran padre del pensamiento español.

Las Obras completas definitivas son, en fin, un hecho saludable ya por la misma circunstancia de cobrar realidad. La expectación es grande ante un proyecto tan postergado, una obra tan importante y las múltiples dificultades que entraña. Los editores se estrenan con una edición técnicamente correcta pero, de momento, sin el sello del comentario oportuno y exhaustivo que contribuya a potenciar una edición que aspira a resumir y conservar el legado de una vida plena. Los próximos volúmenes, y en particular los últimos –dedicados a los inéditos–, demostrarán qué grado de compromiso con Ortega y su edición definitiva han decidido asumir finalmente los editores.

01/06/2005

 
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