ARTÍCULO

Vida y razón

 

Si siempre es osado meterse en la piel de otro para hacerle escribir las supuestas memorias que nunca vieron la luz, aquí la osadía explícitamente reconocida en el prefacio se potencia con dos factores nada desdeñables: el primero y más obvio, hasta el punto de que apenas tiene sentido detenerse en él, es la propia talla del personaje, el filósofo español de mayor fuste del siglo XX; el segundo, y entiéndase la alusión sin desdoro alguno para el autor del libro, la imagen pública de José María Carrascal, un periodista de larga trayectoria profesional, pero carente del caché académico e intelectual que a priori se exigiría en un empeño de estas características. He dicho con toda intención que esta consideración la hacía sin ánimo ofensivo porque adelanto ya que el lector sin prejuicios debe rendirse a la evidencia y reconocer al final de la lectura que estamos ante una obra muy hábilmente escrita, bien documentada, amena y elegante.
Es verdad que al especialista no va a descubrírsele nada nuevo sobre Ortega e incluso los más puristas o exquisitos dirán que aquí se nos presenta un Ortega de Reader’s Digest pero, siendo justos, debe reconocerse que no le quedaba otra opción a Carrascal si, ante todo, quería fraguar una obra de divulgación para acceder a todos los públicos, que traicionar hasta cierto punto, y ello tanto en el fondo como en la forma, el legado inmenso del filósofo. En el fondo, bordeando una innegable trivialización; en la forma, aplicándose él mismo lo que en una ocasión hace decir a su personaje a propósito de Leibniz, que trató de interpretarlo sin permitirse imitar su estilo (p. 300). No ya un buen conocedor del intelectual madrileño, sino cualquier mediano frecuentador de sus libros, hallará que se respeta naturalmente su pensamiento y su talante, y hasta menudean hallazgos, giros y expresiones característicos del autor, pero difícilmente reconocerá la prosa orteguiana en la –por otra parte– encomiable recreación que hace Carrascal. Insisto en que, por lo menos en mi caso, trato de apuntar una evidencia más que matizar un reparo porque, en función de los objetivos antedichos, es muy posible, casi seguro, que Carrascal haya acertado al renunciar a la servidumbre de una reproducción a toda costa del estilo del maestro, empeño ya de por sí arduo pero, sobre todo, claramente enfrentado con la mencionada finalidad divulgativa y pedagógica que presta su sentido último al libro que nos ocupa.
En función de todo lo dicho anteriormente, no puede extrañar que nos encontremos en estas páginas con un Ortega y Gasset muy lineal, de una coherencia punto menos que impecable, a pesar de que transite por el lapso más agitado de la historia española, de la crisis de la Restauración al franquismo, pasando por un rosario de «desastres» (el 98, Barranco del Lobo, Annual), una dictadura militar, un proceso revolucionario y una guerra civil; un Ortega y Gasset menos dependiente por lo general de las circunstancias de lo que su propia filosofía contemplaba, con una acusada suficiencia hasta en la (tibia) confesión de sus (pequeños) errores, e incluso una cierta soberbia en el reconocimiento de unos fracasos que se atribuyen siempre más a los otros –sus pares, la clase política, el país o hasta la época– que a él mismo. Todo ello está sobradamente justificado desde el punto de vista del formato elegido: al fin y al cabo, si se trata de unas supuestas memorias, lo normal es que el retrato resultante sea altamente favorecedor del personaje y que éste tienda a justificar de uno u otro modo los pasos dados o la trayectoria elegida.
Escrita sin notas, con sólo un breve anexo final que da sucinta cuenta de las fuentes (en un noventa por ciento, se nos informa, los escritos del propio filósofo), la obra responde a las pautas de la biografía tradicional, tanto en su fondo como en su tono y en la misma periodización. Hay un patente esfuerzo por equilibrar los diversos componentes de esa vida –su dimensión privada, la actividad pública, su vertiente profesional, sus afanes intelectuales, los grandes objetivos– para que ninguno de ellos sobresalga hasta anular a los demás. No obstante, como era previsible y poco menos que inevitable, la figura pública, sobre todo en la faceta de agitador intelectual, termina predominando sobre el resto. Pese a todo, al hilo de esas peripecias, Carrascal encuentra el acomodo para dar un breve resumen de sus disquisiciones intelectuales que, en el caso de las propiamente filosóficas, quedan quizás excesivamente simplificadas. Desde el punto de vista estrictamente formal, la primera edición, que es la que he manejado, tiene más erratas de lo usual –fácilmente subsanables en posteriores reimpresiones– y algunos pequeños despistes sin mayor importancia, como convertir el famoso artículo «Bajo el arco en ruina» en «Bajo el arco de la ruina» (p. 150), transformar La mer de Debussy en La Meer (p. 186), o citar un erróneo Navalperal de la Mata (p. 231) como pueblo en el que descansa Ortega en el verano de 1932, en vez de Navalperal de Pinares.
En última instancia, o desde una perspectiva global, no puede por menos de reconocerse que Ortega es una figura tan compleja –no sólo en lo más incontestable, su talla intelectual, sino también en su perfil humano– que no se deja reducir fácilmente a una esquematización como la que aquí ensaya Carrascal. De este modo, volviendo al principio, estamos ante una «misión imposible», como se admite en la página inicial. En otras palabras, no estoy tratando de sugerir que éste sea necesariamente un Ortega falsificado ni mucho menos, sino tan solo que es uno de los Ortegas posibles o, si se prefiere, uno de los Ortegas que realmente existió, uno de los retratos más favorables del pensador. Bien se cubre las espaldas en este sentido el autor, Carrascal, al advertirnos que «nadie es como se ve», pero que esa manera de verse, ese «desenfoque personal», nos puede decir «tanto o más del personaje que los retratos ajenos». En este aspecto, hay que reconocer que Carrascal, tan devoto de Ortega, ha acertado plenamente al elegir la fórmula de «autobiografía apócrifa» del propio filósofo, porque, matizaciones y profundizaciones al margen, la imagen que emerge de estas páginas puede parecerse bastante al retrato que hubiera querido dar de sí don José Ortega y Gasset.

01/12/2010

 
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