ARTÍCULO

José Martí y la democracia

 

José Martí trascendió su época. Sus ideas sobre la independencia nacional, el poderío de los Estados Unidos, el compromiso «con los pobres de la tierra» y el porvenir con perfil propio de la que bautizó Nuestra América han influido durante un siglo a los cubanos y a no pocos latinoamericanos. «Una república como la soñó Martí» se suspiraba comúnmente en la Cuba prerrevolucionaria. Los gobernantes cubanos después de 1959 se han preciado de haber realizado los sueños de Martí y, por consiguiente, reclaman ser sus únicos e indiscutibles herederos. En las entrelíneas de este extenso y valioso estudio, Paul Estrade nos deja ver su simpatía por la Cuba posrevolucionaria y por el uso de Martí como su paladín. Afortunadamente, Estrade se concentra en el pensamiento martiano sin abrumarnos con una exégesis estéril del mismo a la luz de la Cuba de las últimas cuatro décadas. A Martí hay que valorarlo –y, claro, también cuestionarlo-por su obra y no por la de otros. Pero, por el reclamo que hacen los gobernantes cubanos de su legado y el subtexto aquiescente de Estrade al mismo, la lectura de este libro no se puede desprender completamente de la Cuba posterior a 1959.

Los fundamentos de la democracia en Latinoamérica presenta una panorámica exhaustiva del ideario martiano y su originalidad radica en haberla centrado en un Martí político y demócrata. El compás de las ideas económicas y sociales de Martí es su humanismo. A partir de éste, formula un cuerpo de ideas radicales referentes a la igualdad, al capitalismo monopolizador de su época, a la absoluta independencia de Cuba (y del resto de la América Latina), a un Estados Unidos expansionista y a la fundación de una República Moral. Sólo una vez lograda la independencia total, un nuevo orden republicano asentaría la justicia y la libertad y procuraría así la «felicidad» y el «decoro» de sus ciudadanos.

Estrade resume bien las ideas económicas de Martí que se encuentran dispersas en numerosos escritos: desarrollo prioritario de la agricultura, reforma agraria, promoción de las industrias nacionales, libertad de empresa, pero con disposiciones antimonopolistas, libertad comercial, apertura a capitales extranjeros no especulativos, pleno empleo y la búsqueda del bienestar material de la ciudadanía sin permitir el lucro desmesurado (pág. 185). Martí era liberal en materia de derechos: iguales para todos sin distinción alguna. Socialmente era populista: mostraba plena confianza en la capacidad de los ciudadanos de a pie en Cuba y en todas partes para conformar la república deseada. La erradicación del colonialismo –en forma y espíritu– y la humanización del capitalismo sentarían los cimientos de la paz social.

A la nueva sociedad montada sobre un reequilibrio de sus «elementos naturales» no le podía corresponder otra política que la democrática. A saber: un gobierno civil, la cohibición del caudillismo, la libertad total de opinión, una república laica, la libertad de expresión y el deber de utilizarla, la justicia social, un régimen parlamentario, el sufragio universal y las consultas electorales frecuentes. En el capítulo VII, Estrade hace una clara y útil exposición de la república democrática proyectada en la obra y la acción política de Martí. Constituye, en efecto, el corazón del libro.

Esta obra es referencia obligada para los estudiosos de Martí. Estrade ha logrado una síntesis nutrida y cuidadosa del caudal martiano y de la amplísima bibliografía secundaria. El logro culminante de Martí fue el Partido Revolucionario Cubano y la gestación de lo que probablemente haya sido el primer movimiento de liberación nacional del siglo XX : la guerra de 1895 por la independencia de Cuba. El logro de Estrade es haber construido el edificio de su libro sobre los hombros políticos y democráticos de José Martí. Lo que se extraña a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro es una mirada siquiera ligeramente crítica o cuestionadora de las proposiciones martianas.

No se trata de desestimar a Martí, pero sí de abordarlo críticamente con la perspectiva del casi siglo y cuarto transcurrido desde que produjo su obra fundamental, elaborada durante su estancia en Estados Unidos (1880-1895). Acierta Estrade cuando se concentra en las ideas políticas de Martí; no así cuando las presenta como si su armadura estuviera exenta de fallas. Martí también se adelantó al siglo XX por haber sido un pionero intelectual del fenómeno neocolonial: lo definió y lo entendió a carta cabal, como lo demuestra su hermoso ensayo Nuestra América (1891). ¿Qué veía Martí cuando oteaba su entorno americano? Pues una América Latina plagada de caudillos que ni siquiera atendían a la formalidad democrática; una Cuba aplastada por los capitanes generales y empobrecida por la insolente corrupción de la burocracia colonial; un Estados Unidos que parecía ahogar la democracia en un mar de trusts voraces de ganancias sin fin. Ese es el contexto que parió en Martí su visión radical y populista de la democracia entronizada en la ética y la moral. La política era el medio para servir a la patria y al pueblo, para defender la independencia y promover la justicia. Su fin era acabar con la realidad colonial y el espíritu neocolonial para dar paso a una nueva Cuba, a una América nueva.

Martí, por tanto, se anticipó a retos que aún quedan por superar. ¿Cómo insuflarle a la formalidad democrática un espíritu ciudadano? ¿Cómo lograr que el bienestar sea de todos y no de unos pocos privilegiados? Fue también un pionero del meollo democrático. Pero su pensamiento llevaba en ciernes igualmente una semilla fundamentalista que es la antítesis de la democracia. Aunque comprensible dada la época, el aferramiento de Martí a la ética y a la moral como móvil de la política no se compagina fácilmente con la insistencia que se trasluce en sus escritos políticos y que expresa su famosa frase: «Con todos y para el bien de todos». ¿Qué y quiénes definen lo que es ético y moral? ¿Qué pasa si surgen una ética y una moral alternas? ¿Es que sólo hay un modelo para hacer patria y para impartir justicia? El siglo XX nos demostró –en Cuba después de 1959, por ejemplo– que la primerísima garantía de la democracia son las instituciones, la separación de poderes, las elecciones frecuentes, en fin, que no existe otra formalidad democrática que la de un estado de derecho para todos: los que apoyan al gobierno y los que se oponen a él. Ninguna de las dos formalidades alternas a esa concepción liberal de la democracia que nos legó el siglo XX –el comunismo y el fascismo– resisten el adjetivo de democráticas. La Cuba de las últimas cuatro décadas no es una excepción.

Estrade, ni siquiera entre líneas, sugiere el potencial antidemocrático de la insistencia martiana sobre la República Moral. Quizás no lo hizo porque realmente considera a la experiencia cubana un modelo de democracia latinoamericana. Pero para los que no podemos tapar el sol con un dedo, la revisión crítica del pensamiento martiano es imprescindible. Martí, después de todo, trascendió a su época y trascenderá la de los que reclaman la exclusiva de su legado. (Entonces, por cierto, habrá que separar el uso de Martí por la joven revolución del que se practicó posteriormente cuando la revolución se convirtió en giro retórico.) Una América Latina y, sobre todo, una Cuba que velen por la pujanza de la democracia, así como por el bienestar de los pobres de la tierra serían el verdadero homenaje que José Martí se merece.

01/04/2001

 
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