ARTÍCULO

Arte para ahítos

 

Puestos a comunicar acerca de la muerte del arte o de su dilución en un caldo corrosivo, podrían también darse conferencias sobre el diagnóstico que merece la crítica de arte a quienes no ignoran su avanzado estado de descomposición. Y, habiendo escasez de seminarios en torno a este último asunto, José María Parreño ha publicado dos entregas de materiales para programar uno. El primero de ellos recoge críticas de arte y el segundo ensayos sobre un arte crítico que denomina AC, con A de arte y C de comprometido. Este combinado de libros se nos ofrece como un sudoku endiablado que obliga a tomar múltiples anotaciones al lector antes de darle solución, si bien los libros no se la piden para premiarlo. Entre las muchas cosas que me he apuntado les diré al menos una, de momento, referida precisamente al análisis de uno de esos ensayos críticos que vuelan como moscardones por los seminarios, La deshumanizacion del arte de Ortega, publicado en 1925. Dice al respecto: «Han transcurrido desde entonces setenta y tres años, y qué años. Tanto en lo que se refiere al arte como en lo que se refiere a la deshumanización, se han logrado importantes avances». «Avance» es una palabra que yo fijaría en alguna línea de ese sudoku, y, no obstante, es un término tan vapuleado en esos artículos que se diría que alfabetiza por la hache. Diciendo Arto de Arte titula Parreño con un gemido una colección de críticas que subsanan una errata y logran que la palabra arte alfabetice por la a en lugar de por su mayúscula. Ya por 1990 Parreño colocó un anuncio en la prensa y repartió pegatinas con ese lema: «Arto de Arte». Ahora va de encabezamiento de un libro que reúne textos más cercanos en el tiempo y cuyo objeto son artistas, más o menos una veintena. Cuentan sobre Chema Madoz, Mireia Sentís, José Luis Tirado, Adolfo Schlosser, Laura Lío y otros (más cercanos que conocidos) de los que había dejado testimonio en publicaciones muy dispersas. De poco sirve buscar denominadores comunes entre los autores de los que escribe, salvo el común divisor de la emoción que produjo esos textos, ecuaciones entre las que hallamos logros como el artículo sobre los dibujos del poeta Rafael Pérez Estrada o la carta para Víctor Mira escrita en noviembre de 2003, con el cadáver del pintor aún caliente. Juntar todas esas páginas de «crítica-ficción» en un solo volumen no ha sido únicamente una buena idea, sino un acierto en toda regla, pues ha dado formato de manual a un lema que había quedado desperdigado en forma de pegatinas.
Tampoco Un arte descontento reúne textos inéditos. Son conferencias o artículos aparecidos en publicaciones varias a lo largo de más de diez años. Pero crean un conjunto gobernado por una única obsesión: el análisis de las siglas AC, correspondientes al arte social y políticamente comprometido. Esa denominación de amplio espectro serviría para referirse a algo que la sociedad de consumo ha despachado como mercancía de la infracción. Así lo dice al principio del libro: «“arte comprometido” ha dejado de ser una excepción desconcertante para convertirse en una moda». Y a partir de ahí el autor, bajo el rótulo polemista de su primer artículo, «Contra un arte por compromiso», se pregunta por los aprietos que vive el arte nuevo en el ejercicio de una labor crítica profesada por obligación. Donde otros hablaban de nuevos soportes o de cultura posmoderna, Parreño emplea la denominación «arte político», atendiendo al significado último de la crítica de la representación que practica el arte de la historia reciente. Y como los nombres ajustados a la verdad ponen en su sitio los fenómenos que se analizan, no hay manera de esquivar la necesidad de que las obras en cuestión no puedan ser valoradas meramente en términos de vigencia estética, sino inevitablemente en función de su eficacia política. Las dudas razonables surgen y sobreabundan cuando la indagación entra a lidiar en ese ruedo.
Parreño ha disfrutado de condiciones privilegiadas para conocer bien y a fondo la cultura artística española viva de las últimas décadas, por haber trabajado en revistas, instituciones culturales y en investigaciones inmersas en el presente. Pero además de un conocimiento que no hace ascos ni a los testimonios más raros, aporta una independencia de juicio que agradecerá todo aquel que aprecie la tenacidad del escritor por dar una respuesta convincente a cuestiones que le llegan manidas. Aplica un método que consiste en tratar con candor discursos más o menos retorcidos. El esfuerzo por contextualizar el fenómeno que estudia y completar la mirada del crítico con la del historiador que aporta visiones retrospectivas a lo que ocurre añade una complejidad al libro que siempre procura estar exenta de intereses programáticos. Nos topamos con la simpatía sincera del autor ante determinadas obras, acciones y logros de un arte semiclandestino, como, por ejemplo, el del intangible Isidoro Valcárcel Medina, y con una notoria desolación ante la hegemonía de un espacio social e ideológico para el arte en el que los valores de una cultura que mira al ser humano a los ojos y le invita a la emoción o al conocimiento de su naturaleza, están fuera de juego.
El cruce de Un arte descontento con Arto de arte marca una x sobre el tablado de la muerte del arte, con una línea de protesta tachada por otra que habla de admiración. En ese escenario lúgubre ha hallado Parreño materia para una divertida tonadilla que tendrá que escribir después de habernos entregado sus ensayos de crítica-ficción. Mientras esperamos a que le ponga letra, está recomendada la discusión sobre la satisfacción del descontento, motivo, al menos parcialmente, de una esquizotimia de la que ninguno estamos a salvo. 

01/09/2007

 
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