ARTÍCULO

Miré los muros 
de la Europa mía...

 

 El lector hará bien en preguntarse qué hace un macroeconomista euroescéptico reseñando el libro de un politólogo europeísta a propósito de la situación actual y el futuro de la Unión Europea. No tardará en encontrar la respuesta, pero adelanto que me empujó a elaborarla una comparación del autor (p. 19) entre los ministros de Asuntos Exteriores de los países miembros y los gobernadores de los respectivos bancos centrales en la época anterior al euro, explicativa de que «tengamos una política exterior tan devaluada como las monedas nacionales», pues, nos dice, unos y otros cuentan con «demasiados pocos recursos para anticiparse a las crisis o resistir los embates [...] del exterior», debido, añade, a «la miopía de sus líderes [...] y algunos de sus electorados» (p. 14).

El empeño de la obra de Torreblanca reside en convencernos de que la Unión Europea, aun siendo una potencia militar y diplomática fragmentada, una economía anquilosada con una demografía en declive y una relevancia en la escena internacional en retroceso, puede sortear la imposibilidad de, en palabras de otro ilustre europeísta, «asumir un papel central en la gobernabilidad del nuevo mundo globalizado» (p. 27). En la ardua tarea de explicar cómo rescatar a Europa de tan desesperanzador futuro, las armas del autor son una enorme erudición, un manejo admirable y paciente de datos y opiniones, una prosa eficaz y sugerente, y un convencimiento un tanto quijotesco de que, pensando más y mejor, podremos convertir debilidades en simientes de progreso e inhibiciones en pilares de fortaleza. Analizar por qué esta tarea me parece muy difícil, a juzgar por los argumentos que ofrece el propio libro, es el cometido que guía esta reseña.

 

...SI UN TIEMPO FUERTES YA DEMOSTRADOS

 

Si el lector me permite una sugerencia, le recomendaría agrupar los capítulos del libro en tres bloques. Los capítulos I a IV analizan los contrastes entre las esperanzas con que Europa encaraba el inicio del siglo XXI y el curso de los acontecimientos a partir de la segunda mitad de su primera década, en la cual el sueño de convertirse en una gran potencia asentada en una moneda común –el euro–, una política de defensa eficaz y una agenda de reformas –la de Lisboa– orientada a convertirla «en la economía más dinámica y competitiva del mundo» (p. 39) fueron desvaneciéndose en favor de países como China, India y Brasil, impulsados por la combinación de crecimiento económico, poder militar y cohesión social de inspiración nacionalista. Y aquí introduce Torreblanca por primera vez una observación esclarecedora de las carencias del proyecto europeo: a saber, que acaso exista un «proyecto europeo», pero los ciudadanos están poco interesados en su consolidación, porque sus lealtades y su confianza siguen ancladas en los Estados nacionales. A partir de esas premisas se explican la «fragmentación del poder» con una política de defensa poco o nada operativa, una gestión exterior carente de una visión estratégica a largo plazo, amén de subordinada a los proyectos nacionales, y un enorme despilfarro de recursos. El rosario de fracasos repasados por Torreblanca aclara y, en cierto modo, justifica la nostalgia de no pocos ciudadanos europeos –comenzando por los alemanes– respecto a los antiguos moldes institucionales y legales de carácter nacional, así como la sospecha según la cual el único pilar que hoy en día sostiene la Unión Económica y Monetaria es que «los costes de deshacerla serían enormes y, en consecuencia, inasumibles» (p. 100).
Guiados por la experta mano de Torreblanca, en los capítulos V a VIII nos enfrentamos a cuestiones tales como la definición de la «naturaleza esencial de la Unión Europea» (p. 128), que es, a la vez, «posnacional» (es decir, funciona sin una nación, pueblo, o «demos» que la sostenga), «posestatal» (ya que no aspira a convertirse en un Estado) y «posmoderna» (al regirse por fundamentos de derecho que trascienden los conceptos de soberanía y autonomía dominantes en las relaciones exteriores contemporáneas). El problema, como confiesa nuestro autor (p. 138), reside en que las relaciones internacionales a comienzos del siglo XXI no parecen prestar demasiada atención a los valores europeos y «el poder de atracción de la Unión Europea se desvanece progresivamente». Y, claro, ni los grandes «tiburones» –los BRIC (Brasil, Rusia, India y China)– nos respetan demasiado –a pesar de sus debilidades, claramente descritas–, ni sus intereses casan bien con nuestros valores. Este repaso al mundo exterior tal y como es, y no como los europeístas desearían que fuera, concluye con unas páginas dedicadas a ensalzar «la oportunidad estratégica que representa el proyecto de una Turquía europea con un islam “domesticado” de la misma manera que lo ha sido el cristianismo» (p. 166).
En el último apartado de la introducción a su libro, Torreblanca nos exhortaba a confiar en que, a pesar de las «malas noticias sobre Europa [la obra] acaba bien» (p. 22). Con fe paulina (en el sentido de esperar las realidades que no se ven), quien esto escribe encara la lectura de los dos capítulos finales, que comienzan retratando a Europa como una potencia introvertida carente de vocación exterior, lo cual se traduce: a) en una seguridad subcontratada con Estados Unidos, b) en una economía interdependiente y c) en la reticencia a aceptar nuevos miembros en la Unión, a pesar de que esas demandas de adhesión supongan la confirmación de su poder y su atractivo. Ello puede deberse –apunta nuestro autor– a que muchos europeos rechazan construir un super-Estado y se confió en que las «dinámicas de los mercados llevarían a un proceso de integración sectorial, de abajo-arriba, de la economía a la política» (p. 192). Desgraciadamente, los resultados han sido otros, y hoy en día, sumidos en el pesimismo, contemplamos desengañados, por un lado, que la Unión Europea no es el heraldo de un mundo -posestatal o posmoderno y, segundo, que la «tecnocracia ilustrada que gobernaba para los europeos pero sin los europeos [ha fracasado en la tarea esencial de crear un ciudadano europeo, esfumándose el proyecto de crear una Europa] mediante un diseño de encargo pensado entre unas élites especializadas» (p. 226). ¿Son estas las buenas nuevas anunciadas? Me temo que no son nada buenas y aquí retomo las razones que me llevaron a reseñar este magnífico libro.

 

...DE LA CARRERA DE LA EDAD CANSADOS

 

Sabiamente se afirma que, cuando no hay harina, todo es mohína. En efecto, la crisis de la deuda soberana desatada en 2010 puso de relieve la fragilidad del diseño económico fraguado en Maastricht que ya a comienzos de la nueva centuria Alemania y Francia se encargaron de socavar al negarse a respetar el límite del 3% de déficit público. Lo ocurrido durante este casi año y medio es de sobra conocido: con unas élites supuestamente ilustradas y una Unión Económica y Monetaria prisionera de los intereses nacionales (una cosa es que los alemanes de Renania-Westfalia acepten a regañadientes subvencionar a los de Mecklemburgo-Pomerania y otra muy distinta financiar los despilfarros de quienes su canciller considera indolentes periféricos), hemos asistido a los frustrados intentos patrocinados por los cónsules europeos –Francia y Alemania– para convencer a los «mercados» de una solidaridad inexistente. Todo ello demuestra que, en caso de necesidad, los europeos se visten los ropajes nacionales y se refugian en sus intereses particulares.
No cabe extrañarse de que en algunos países con una economía de tamaño medio (caso de España, Italia, Holanda o, incluso, Francia) renazca la duda de si, contrariamente a la afirmación del autor citada al principio, unos bancos centrales independientes, como los suyos antes de la creación del Banco Central Europeo, no se hubieran defendido mejor frente a los ataques de la especulación y si unos gobiernos –¡competentes, por supuesto!– con menos ataduras externas no habrían puesto en pie las políticas económicas oportunas –comenzando por la fiscal– sin sufrir el desprestigio que para sus democracias comportan las ordenanzas de la tecnocracia bruselense. Reino Unido, Suecia y Dinamarca constituyen ejemplos de ello. Y, mientras tanto, seguiremos sospechando que quizá lo único que hoy sostiene la Unión Económica y Monetaria es, como confiesa el autor del libro, el elevado coste de deshacerla. Concluyo confesando mi preocupación por el futuro de mi país y, como euroescéptico, no tengo confianza alguna en que las soluciones provengan de la Unión Económica y Monetaria, pero comprendo también el estoico desánimo de quienes esperaban ilusionados una Europa unida. Por tanto, al cerrar el libro, quien –como yo– lo ha leído deseando que los buenos deseos de su autor se hiciesen realidad, se pregunta si «las malas noticias sobre Europa» ocurridas desde su publicación justifican su petición de tener más paciencia. 

01/10/2011

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
1 + 4  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE RAIMUNDO ORTEGA
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 187
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL