ARTÍCULO

José de Arteche, un vasco en la posguerra (1906-1971)

Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, Zarautz
Prólogos de José Joan González de Txabarri, Agustín Arteche, J. Ignacio Tellechea, María Teresa Echenique y otros
2 vols. 641 y 685 pp. 30 €
 

Dos volúmenes de buen tamaño, que totalizan más de mil doscientas páginas y que están muy pulcramente impresos (y concienzudamente prologados), tienen que conseguir por fuerza alguna mayor visibilidad para la obra y la figura del escritor guipuzcoano José de Arteche (Azpeitia, 1906-San Sebastián, 1971), cuyo centenario se acaba de cumplirEl presente texto recoge sustancialmente las palabras que escribí para la presentación de la obra de Arteche en el acto celebrado el pasado 2 de octubre de 2006 en la Fundación Ortega y Gasset de Madrid.. Valdría la pena... Excluido de la literatura vasca (escribió muy poquito en eusquera, aunque era la lengua que hablaba habitualmente), tampoco tiene un lugar sino en la letra pequeña de la literatura española, que suele ser cicatera con los autores vascongados (pienso ahora en un poeta como Ramón de Basterra y en un narrador como Manuel Aranaz Castellanos). Arteche ha dejado huella como tenaz biógrafo de los grandes navegantes guipuzcoanos y, sin embargo, pocos se acuerdan de su excelente semblanza de Saint-Cyran, el jansenista vascofrancés; publicó también sendas biografías piadosas de santos de su país (Ignacio de Loyola y Francisco Javier) y una vida de Jesús, que certifican su condición de hombre firmemente religioso, un poco a la antigua usanza.
De todo esto alguien sacará la fácil conclusión de que nos hallamos ante un escritor menor prototípico, pero, ¡qué injusta es esta troquelación, que siempre calibramos a tenor de convenciones arbitrarias! Un cristiano –como lo era José de Arteche– hubiera recordado al propósito que nadie puede ser menor a los ojos de Dios, si cumple con lealtad su destino, y veremos que pocos escritores hay con vocación más pura y decidida que el nuestro. Los lectores del libro de Gilles Deleuze y Félix Guattari acerca de Franz Kafka recordarán, sin embargo, que allí se usa la idea de «literatura menor» para designar otra cosa: la literatura de una minoría producida en el marco de una lengua mayor. Dos de los caracteres que se le atribuyen tocan muy de cerca de nuestro autor: la desterritorialización de la lengua y la enunciación fuertemente individual que busca representar a la colectividad.
Menor no es el equivalente de vulgar. Leemos ahora por vez primera el breve diario que Arteche escribió en 1935 y 1936, que estaba inédito: son las anotaciones de un vasco de comarca, que aún no tiene treinta años y ya es padre de familia numerosa, empleado de banca, autodidacta en gran medida, ferviente católico, nacionalista (aunque apunta, en mayo de 1936, que «he armado un cisco en la tertulia porque he dicho que el acto de fortaleza más grande que podíamos hacer los vascos es tender la mano a España»). Pero, sobre todo, se siente y quiere ser escritor. La primera anotación, del 2 de mayo de 1935, apunta que el contacto con la vida del pueblo es esencial para la vocación intelectual, que cifra en un lema: «Servir, servir siempre». Y los días 3 y 19 de julio anota sus libros predilectos: son de Joseph de Maistre, del padre Sertillanges, de Maurice Barrès, Agustín de Hipona, Lacordaire y Ernest Hello, el hagiógrafo moderno, pero también de Balzac. Aunque no todo es literatura... El 5 de julio ha asistido en la catedral del Buen Pastor, de San Sebastián, a la consagración de un obispo de misiones, y se decide a hacer constar: «¡Qué grande es tu Liturgia, Iglesia, que por la misericordia de Dios me cobijas!».
Resulta todo muy chateaubriandesco, pero Arteche no es un ratón de sacristía. En los parámetros de los años treinta podía ser un lector de Cruz y Raya o de Esprit. Es decir, un habitante de la confusión práctica y la grandiosidad teórica del catolicismo nuevo, decidido a apurar sus contradicciones. El 29 de marzo de 1936 escribía que «un hombre que lucha con el tiempo en pelea ardorosa, un hombre que considera el trabajar con melancolía, no puede ser un hombre de diario. El diario es de los que disponen de tiempo». Son frases que podía haber escrito Unamuno, que también consideraba el diario como obra de vanidad y soberbia infernales, invención de la cocina intelectual francesa, y que, sin embargo, moriría llevando un apasionante diario poético. Pero Arteche no fue nada unamuniano. Cuando en 1960 le pidieron que escribiera un libro sobre los vascos de la llamada «generación del 98», volvió a leerlos y confirmó sus viejos prejuicios: Maeztu le dio una «sensación de infinito cansancio»; Unamuno le pareció otra vez «el grande y triste volatinero bilbaíno», y Baroja le fatigó, aunque «como artista quedará más que ninguno de su generación». «Me siento cansado antes de empezar: dejad que los muertos entierren a sus muertos», concluía. Así debía ser para quien la literatura era un servicio al lector en cuanto prójimo.
Y, sin embargo, la mejor obra de su vida habría de ser un diario y un caudal de obras que se construyeron con los materiales de su experiencia personal. Nunca las concibió como un modo de autocomplacencia, o como un teatro de la memoria intransitivo dedicado a sus amigos. Siempre pensó en un discurrir personal que ayudara o enseñara a otros: no hay intimidad legítima si no está ungida de solidaridad. En su último libro publicado, El gran asombro (que es el encuentro con Dios), escribía, ya al final de su vida: «Escribo cuando puedo y como puedo. Desconozco esas amplias jornadas regulares a fijo de otros literatos. Ya con toda la calma posible aprovecho las minucias del tiempo. No trae cuenta correr. ¿Diez minutos? ¡Pues diez minutos! ¿Un cuarto de hora? Pues un cuarto de hora. Diez minutos contienen su posibilidad; un cuarto de hora añade cinco minutos, que tampoco son grano de anís, a aquella pequeña posibilidad. Eso sí. Tengo que agarrarme al tema de circunstancias, pero que es a veces el tema más asombroso». Precisamente en virtud de todo esto, Arteche ocupa un lugar capital en la provincia de la literatura privada, aunque carezca del egoísmo que le es consustancial. De hecho, la literatura de su experiencia es la parte más valiosa de su legado y es lástima que esta amplia antología de sus escritos sea muy parca en lo que toca a los libros personales. Hubiéramos querido leer algo más de El viaje diario (1950), que recoge las impresiones de su traslado cotidiano a la capital desde Zarautz, en los incómodos vagones de los Ferrocarriles Vascongados. O de La paz de mi lámpara (1953), que consiste en las notas que tomó de su llegada a su domicilio de Miramar, en el barrio de Gros, de San Sebastián, desde cuya terraza ve pasar los trenes que van a la frontera, u oye los rugidos del cercano estadio de Atocha. Y del Canto a Maritxu, que es poco más que el recuento complacido y pudoroso de los avatares de un matrimonio feliz.
Pero digamos también que la decisión de transcribir siempre sus jornadas nos ha brindado un documento impresionante y capital en la literatura española y éste se reproduce íntegro en el primer volumen de José de Arteche. Hombre de paz: sus dos diarios El abrazo de los muertos (1970) y Un vasco en la posguerra (1977). En el verano de 1936, Arteche ha permanecido fiel a la República y al gobierno vasco, pero la caída de Guipúzcoa lo lleva a entrar como soldado y luego suboficial en el ejército franquista. Y a lo largo de toda la campaña toma notas de lo que le ha pasado por la cabeza. En agosto de 1936 se pregunta «¿hay un límite en nuestra capacidad sentimental?», pero se contesta implícitamente: no hay sufrimiento estéril porque «el hombre que sufre no tiene filiación. El hombre que sufre es imagen viva de Cristo Nuestro Señor», ni hay azar porque «el dedo de Dios se ve, más que en otra cosa, en la confusión reinante». Ha visto morir al padre Ariztmuño, Aitzol (el fundador en 1927 de Euzkalzaleak, los amigos del eusquera), y ha sabido del inicuo fusilamiento de su amigo Esteban Urkiaga, Lauaxeta, las dos grandes esperanzas de la renovación de las letras vascas. Pero también recoge la historia del falangista Feliú, fusilado hasta tres veces, porque lo vuelven a sacar del hospital para rematarlo: la última se abraza a su madre, implorando perdón a sus verdugos. Ha visto ametrallar a presos que han sido sus compañeros en las milicias vascas. Y han herido su sensibilidad los funerales obligatorios que se organizan en los pueblos ocupados: «Los pobres muertos de la guerra no lo hacen todo con morirse; sus cuerpos tienen todavía que servir para la propaganda de las ideas o los intereses que les han llevado al frente».
Muerte y más muerte es lo que ve, pero también hay paisajes consoladores, que describe con breves y certeras notas: el balneario de Segura, Vivel del Río, Morella... cuando el curso de la guerra lo lleva hacia el Mediterráneo por tierras turolenses. También allí constata con dolor la profanación de las iglesias. En un pueblín de Teruel, en la sacristía han puesto «Banco de España. Se prohíbe la entrada»: «Todo esto revela resentimiento profundo, incapacidad moral, fe invertida. Porque en el fondo hay mucha fe: fe con odio, fe satánica». Y en un hospital de campaña ha conocido a un morito bautizado José María Ben Mohamed: «Todo el día no hago sino preguntarme: ¿qué haremos los cristianos de este nuevo cristiano?». No tiene demasiadas esperanzas, sin embargo. Casi al final de la guerra, anota que «los sacerdotes de España están dejando perder una ocasión magnífica para hablar de Cristo a medio millón de españoles presos, obligados a escucharles por la fuerza».
Todo el libro orbita en torno a un centro obsesivo: la injusticia atroz de la muerte, la dignidad suprema de los muertos. Por eso, el título originario, Odio al acecho, dio paso al definitivo, mucho mejor, de El abrazo de los muertos. ¿Sabía que Francisco Ayala había publicado en 1939 un «Diálogo de los muertos (Elegía española)», que años después vino a cerrar Los usurpadores? Seguramente, no, pero su estado de ánimo es parecido. El 28 de marzo de 1939, en Toledo, siente una «desolada melancolía mezclada de estupor»; piensa que «nos hemos acostumbrado a mirarnos hacia dentro. Tocan a recomenzar la vida rota».
Y, aunque no lo diga explícitamente, Arteche va a ser un posibilista, un resistente elástico, más que silencioso. Hay que trabajar, escribir y publicar, a costa de lo que sea. En 1947, por ejemplo, anota con tristeza que en Radio Euzkadi, la emisora del exilio, lo han puesto de vuelta y media por haberse entrevistado con el director general de Cultura, Pedro Rocamora; pero, gracias a esa conversación, dos años después, la editorial Itxaropena publicó tres libros capitales en la resurrección del eusquera: Euskaldunak, el poema etnográfico de Nicolás Ormaetxea, Orixe; Arantzazu, el poema religioso de Salvador Mitxelena, y la novela Alas torrea, de Jon Etxaide. Arteche es un hombre incapaz de odio, casi un virtuoso de la transigencia: corre 1949 y un día se encuentra con la mujer de Franco en la iglesia de los capuchinos de San Sebastián, donde la dama ha ido a lucrar el jubileo de la Porciúncula. Y su aire ausente y altivo le inspira cierta compasión, cuando comprueba que implora ayuda ultraterrena, como él mismo, como todos: «Sentía vivamente que los colocados en el alero más elevado son los más menesterosos de todos los seres».
Quizá lo más llamativo del último diario, Un vasco en la posguerra, sea la progresiva conciencia de haber escrito lo que en carta a Ortega (septiembre de 1949) se atreve a definir sin ambages: «Creo que tengo el Sin novedad en el frente de nuestra guerra civil». Por eso lo hace leer a otros elegidos: a Gregorio Marañón, cuya carta de 1956 reprodujo en la edición de 1971. A Luis Martín-Santos, quien le dedicó un ejemplar de Tiempo de silencio, a finales de 1962, con una inscripción halagadora que transcribe: «Para Arteche, testigo todavía mudo, esperando que empiece a hablar» (la carta que lo acompañaba, que he podido leer y cuya copia tengo, es espléndida y ojalá pueda verse impresa algún día). Inevitablemente, el escritor coteja su testimonio con otros: en 1956 ha devorado La velada de Benicarló, de Azaña, que le gusta mucho («¡qué cerca está el libro de Azaña de mi Abrazo de los muertos!»), pero cuando lo ha visitado José María Gironella en 1953, reciente el éxito de Los cipreses creen en Dios, elude prestarle el original (que ya han leí­do muchos) y rechaza su sugerencia de presentarlo a censura, porque sería «una forma de deslealtad hacia mi propia confesión».
Y, sin embargo, quiere publicarlo siempre, para lo que recaba ayuda de gentes bien situadas: Luis María de Lojendio, el abad mitrado del Valle de los Caídos, y el citado Pedro Rocamora. Por fin, el 16 de septiembre de 1970 vio la luz y el nuevo diario de posguerra recoge la feliz circunstancia. Pero, apenas dos días después, dio cuenta también de otro acontecimiento significativo: el peneuvista Joseba Elósegui se ha arrojado envuelto en llamas en el frontón de Anoeta, a la vista de Franco. Y, en el mes de diciembre, se inicia el proceso de Burgos contra un grupo de activistas de ETA. Han empezado los años de fuego y miseria, de cuya triste herencia vivimos. Y el hombre de paz está desbordado tanto por la deriva del nacionalismo vasco hacia la violencia como por la radicalización del clima político general. Las notas del diario revelan una perplejidad patética: lamenta haber comprado para la biblioteca que dirige los libros de Aranguren, a la vista de sus declaraciones contraculturales desde Estados Unidos; se indigna ¡de la «ofensiva antirreligiosa que padecemos en Vasconia»!, y que atribuye a un autor «blasfemo» (es, sin duda, Ricardo Arregi), que ¡además escribe en eusquera, para mayor inri!
La muerte de Arteche señaló el final de un mundo y la inviabilidad de una idea: mundo cercano y transigente, muy moderado en ideas, de perfiles casi domésticos o parroquiales, leal a la causa nacionalista, pero nada receloso del marco español. Arteche no llegó a conocer el repudio de actitudes como la suya por parte de los fanatizados, ni supo tampoco del afianzamiento del catastrofismo, del estúpido culto al sacrificio, de la fetichización de la negación y, a la postre, de la incapacidad de toda una comunidad –crucificada entre el sectarismo de unos y la cobardía moral y la hipocresía de otros– para socializar con dignidad las tres o cuatro últimas generaciones juveniles. La modesta y admirable memoria de este escritor menor todavía puede enseñarnos algún modo de rodear el abismo que han abierto unos y otros: reconstruir los sentimientos –también lo acaba de hacer admirablemente un libro de cuentos de Fernando Aramburu, Los peces de la amargura– es el primer paso para reconstruir la convivencia.

01/06/2007

 
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