ARTÍCULO

Inventando existencias

Península, Barcelona, 196 págs.
Muchnik, Barcelona, 192 págs.
 

Casi a la vez han aparecido los dos últimos libros del mallorquín José Carlos Llop: El Japón de Los Ángeles, esto es, los diarios del escritor de 1996 a 1997, y La novela del siglo que, a pesar del título, no es sino una colección de relatos. En principio, pudiera parecer que la motivación, e incluso la adscripción genérica, de uno y otro texto es completamente diferente. Por el contrario, existe un hilo común que los une y que permite hacer una crítica conjunta.

El hecho de enfrentarse a la escritura de un diario puede ser considerado desde dos perspectivas radicalmente opuestas. Por un lado, hacer un alto en el camino al final del día para reflexionar sobre nuestras vivencias no deja de ser un acto de profundo –mal que nos pese– narcisismo. Querámoslo o no, nos otorgamos la dádiva de ver reflejados en el espejo de la escritura lo que creemos son acontecimientos únicos y, por supuesto, intransferibles. Sin embargo, si situamos nuestro punto de mira en la orilla opuesta, podemos descubrir cómo la escritura sobre nuestra propia persona no ha de ser –al menos necesariamente– un ejercicio de laudación vacua, ni siquiera una mera reproducción de nuestras andanzas vitales. Cogidos de la mano de José Carlos Llop, caminando por los líricos pasillos de El Japón de Los Ángeles, acogemos una posición demiúrgica con respecto a nuestro ser. En cierto sentido, inventamos un personaje gracias al distanciamiento que nos concede la palabra escrita. Es entonces cuando las experiencias vitales pierden su condición anecdótica, narcisista y, por tanto, no necesaria para adquirir el valor universal que alberga la literatura. Con un estilo fragmentario, a medio camino entre la prosa poética y la más desenfadada greguería, Llop nos conduce a través de los paisajes esenciales de su persona que, filtrada por el tamiz de la palabra, contribuye a la construcción de la nuestra. En esta especie de cajón de sastre, caben también ácidas opiniones sobre el oficio de escribir, pues Llop, en contra de la tendencia más generalizada, se sabe limitado y deudor de muchos otros, de ahí que hable de «una sobredosis manierista de "obras de arte"» (pág. 57).

El Japón de Los Ángeles se abre con una cita de uno de los que considero autores fundamentales del fin de la centuria, Claudio Magris: «Viajar, como narrar –como vivir–, es omitir». En las palabras del escritor italiano se halla el puente de unión entre las dos obras que ocupan la presente reseña. En sus diarios, Llop sabe crear de él mismo un personaje, porque sabe también que viajar a través de las llanuras de «su» existencia implica expurgar de ella todo lo superfluo. Es esa la técnica que emplea a la hora de forjar los diez relatos que componen La novela del siglo; ahora bien, poniéndose en la piel de los mil y un seres que podrían haber ocupado la suya y, sin embargo, no lo han hecho. Cumple, con ello, una de las reglas de oro del relato breve: la concisión. Captar fragmentos de vida en movimiento, tan intensos en su desarrollo que valgan per se, sin ninguna coordenada externa que intente justificar, al margen de esas escasas líneas, la existencia de unos personajes.

Sin ánimo de hacer un repaso exhaustivo de todos los relatos de la colección, me gustaría detenerme en dos de ellos: «La tenista» y «El empleado Vargas». Si bien con planteamientos argumentales completamente diversos, ambos comparten un mismo propósito: retratar hasta qué punto el hombre puede llegar a humillarse en virtud de condicionamientos sociales de distinta índole. Aderezado con un humor incisivo y burlón, «La tenista» cabe ser interpretado como una superación, en clave transgresora –y si me apuran carnavalesca–, de algunos de los postulados del existencialismo francés; de cómo la mirada del otro es ofensiva en tanto que objetualizadora, a la vez que arma de retaguardia si conseguimos dominarla. Lo mismo podríamos decir de «El empleado de Vargas», si bien el sentido último del texto parece estar minimizado por ciertas dosis de crítica social. Deudor del mejor Cortázar, José Carlos Llop sabe encaminar –más bien desviar– la atención del lector hacia una solución que se prevé convencional. Sin embargo, nos tiene reservada esa «vuelta de tuerca» preceptiva del género y que, en muy raras ocasiones, es resuelta satisfactoriamente.

Vayan dedicadas las últimas palabras de la reseña a la pieza que pone fin a la colección, «El canto de las ballenas». El tono de chanza que caracteriza los relatos anteriores es sustituido por un amargo aliento poético, encaminado a retratar la memoria como el único posible sustituto de la existencia; una existencia que, propia o ajena, es siempre ficticia por obra y arte de la palabra.

01/10/1999

 
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