ARTÍCULO

Poeta después de todo

Pre-Textos, Valencia
906 pp. 35 €
Huerga y Fierro, Madrid
186 pp. 17 €
 

De los nombres del 27, el de José Bergamín es sin duda uno de los que ha quedado más al margen de la nómina habitual, incluso en sus versiones más amplias. Tal posición, que pese a la estrecha relación personal que tuvo con quienes constituyen el núcleo del grupo, quizá no le disgustaría, dada su trayectoria personal de autor esquinado y ciudadano extravagante (Nigel Dennis, su estudioso más asiduo, lo describe en su edición para Pre-Textos como «figura compleja y contradictoria, desconcertante y escurridiza»), es consecuencia del carácter mismo de su escritura. Frente a un grupo de amigos definido y reputado como tal en razón de su dedicación primordial al verso, Bergamín publicó durante mucho tiempo sólo prosa; sólo, pues las contadas excepciones en verso no alteraron su perfil literario, aunque algunas de sus formas predilectas, como la aforística, estén emparentadas con recursos y prácticas de la escritura poética de su tiempo. Hubieron de quedar atrás la República, la Guerra Civil y las primeras décadas del exilio, que tanto contribuyeron a definir la historia de nuestra literatura en el pasado siglo, para que el lector conociera algo más que su prosa densa, plena de intención y de tensión de búsqueda, dedicada a menudo, eso sí, a reflexionar sobre el hecho poético.
Hubo que esperar hasta 1962 para que un Bergamín casi setentón y ya de regreso del exilio publicara su primer poemario, Rimas y sonetos rezagados. Eran rezagados, desde luego, por su fecha de publicación, casi cuatro décadas después de que sus coetáneos dieran a conocer los suyos primeros, pero también por su escritura, pues, aunque escribió algunos poemas antes de la guerra y durante ésta, sólo después de instalarse en París en 1954 inició la costumbre que ya no abandonó de practicar diariamente al verso. Siguieron luego otros títulos, hasta una decena, que se publicaron frecuentemente a distancia de años del período de composición. Poeta a deshoras, Bergamín dejó sus versos como un problema más de los que plantean a historiadores y estudiosos su personalidad y su obra. Pero, con problema o sin él, la suya es poesía.
Su tema esencial, casi obsesivo, es la muerte. Está en la lógica de un poeta que escribió la mayor parte de sus versos con edad avanzada, pero también en la de un autor que, en la estela de Unamuno, había asumido que la conciencia de la mortalidad es nudo esencial de la existencia humana y de una fe religiosa que no se conforme con servirse de un consuelo fácil. El de Bilbao también le ofreció un modelo de poeta reflexivo, de decir acaso bronco pero de honda y clara intensidad humana, y de poeta de verso diario, aferrado a la escritura como al aire que respira, plantando cara a la muerte. Muerte y poesía en conjunción ya fueron motivo principal de los ensayos de Fronteras infernales de la poesía, ahora reeditado, en cuyas páginas iniciales Bergamín dejó escrito: «El poeta se pregunta a sí mismo por la muerte, y pregunta a la muerte por sí mismo, por su propio destino» (p. 21).
Como su prosa, que con tenacidad de escritor que no se puede callar, según acertada definición de María Zambrano, explora todas las dimensiones de la palabra y hurga en sus sentidos, en sus malentendidos o en sus sobreentendidos, para redescubrir los problemas, si no para dar con las soluciones, y para correr el «riesgo moral del pensamiento» (p. 174), los poemas de Bergamín se juegan en el cuerpo a cuerpo con el lenguaje, como modo de arrancarle a éste sentidos posibles. Por eso suenan a menudo en ellos ecos de conceptos y parecen caja de resonancia para sus ideaciones. Como su prosa, el verso de Bergamín prefiere la brevedad de la copla, de la sentencia, de la greguería o del epigrama –una parte significativa de sus poemas suma sólo tres o cuatro versos–, aunque sus expresiones más extensas, lo mismo que los ensayos de Fronteras infernales de la poesía, transpiren el gozo de la divagación, tanto como el relampagueo de la expresión concisa y afortunada. Como su prosa, los poemas de Bergamín son testimonio de lecturas reiteradamente evocadas y citadas en epígrafes o versos: el autor se complace en escribir y pensar también con y a partir de la palabra ajena, que trae a su discurso con la naturalidad que presta la asiduidad.
Aquel poeta casi anciano, o que ya lo era y versificaba «esperando la mano de nieve», trajo con frecuencia a sus versos la inquietud por el sino de la palabra que ha de afrontar un día el silencio definitivo y que, entre tanto, ignora la intensidad de su efecto en otros. «Tu voz se pierde en un eco. / Tu palabra en una sombra. / Tu corazón en un sueño», anotó a modo de escueto balance en un poema (p. 205). Su palabra es también palabra en el tiempo, es decir, sometida a la fugacidad y acaso destinada a la nada. Pero, entre tales certezas e incertidumbres, palabra siempre renovada, empeñada en decir otra vez y todavía lo que sabe y lo que quisiera saber.
Nigel Dennis recoge en este primer volumen de Poesías completas los poemarios que Bergamín publicó entre 1962 y 1984, y reserva para un segundo tomo los poemas sueltos y los inéditos. Ofrece aquí unos tres mil poemas pulcramente editados, lo que da cumplida idea de la tenaz escritura poética de Bergamín. Los libros publicados por éste presentan no pocos problemas editoriales, en particular el de los poemas repetidos en más de uno, por inadvertencia o por decisión del autor, interesado en algún momento en dar como libro una selección temática; es el caso de Habla la muerte y Al toro, ambos de 1983. Dennis opta, con buen criterio, por respetar estos últimos, aunque algunas composiciones se repitan, y por eliminar las otras repeticiones, que entiende son efecto de incidencias ajenas a la voluntad del poeta. Y desembaraza los poemas de los no pocos achaques y tropiezos de ediciones anteriores. Su edición nos devuelve los textos y la dimensión real de aquel escritor que fue poeta después de todo.

01/02/2010

 
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