ARTÍCULO

Una de cal y otra de Volpi

Alfaguara, Madrid
182 pp. 17,50 €
Páginas de Espuma, Madrid
256 pp. 15 €
 

De los dos libros que quiero dar cuenta, uno es novela, El jardín devastado, en tanto que el otro, Mentiras contagiosas, participa por igual de la ficción y del ensayo. Y mientras que el primero me dejó bastante frío, con el segundo entré en conexión enseguida y lo gocé a mis anchas. Comencemos, pues, entonces, por el Polo Norte y no por el Ecuador.
En la contraportada de la novela campea un galimatías, a medio camino entre la boutade gratuita y la perogrullada más prescindible: «No hay crimen: los inocentes irán de cualquier modo al paraíso». Y en alguna parte leo lo que el propio Volpi declara haber querido en esta novela: «El narrador, al ver una foto de las tantas víctimas de Irak, le otorga una historia, que es lo contrario de darle una cifra», tratando de «concentrar al mínimo cada capítulo, que tienen menos de dos páginas, y otros prácticamente una línea. La pretensión era que no sobrara ninguna palabra, que sea una historia reducida al mínimo, fragmentaria, para permitir al lector que complete el resto».
La pregunta sería qué es lo que quiere Volpi que complete el lector, porque cuando te entregan un puzle no importa el número de piezas que lo compongan: lo esencial es que estén todas, pues si no el puzle jamás podrá ajustarse. Y en El jardín devastado uno acaba con la impresión de que se trata de un puzle incompleto, y que eso de que el lector complete el resto es una simple coartada del autor para evadir su responsabilidad como narrador de un relato con pies y cabeza.
Quedé tan desconcertado con la lectura que hice lo que nunca hago: buscar otras reseñas de la misma novela, a ver si me iluminaban. Y lo más iluminador que hallé fue esta frase: «El jardín devastado es una novela donde hay una mezcla de “diario personal, aforismos, breves ensayos y ficción”. Se puede leer en una sentada o pausadamente. Palabra de Volpi». Dicho de otro modo: la crítica se ha fiado de la declaración de intenciones del autor y ha basado sus reseñas en ella, porque de la mera lectura del texto no hay manera posible de extraer casi nada de lo que él declara que puso allá.
Por dicha, con Mentiras contagiosas me pasó todo lo contrario que con la novela. Diré de entrada, con toda la inmodestia de que soy capaz –y no es poca–, que no me duelen prendas ni se me caen los anillos si tengo que rectificar una opinión, ni soy avaro del elogio cuando lo creo merecido. Vaya esta confesión por delante, porque la escritura de Volpi la tenía atragantada, y de qué forma, desde que leí su novela El fin de la locura, a la que en estas mismas páginas le dediqué tremendo varapalo («No justifica los medios...», Revista de Libros, núm. 84 [diciembre de 2003], p. 49) amén de ahora con la previa lectura de El jardín devastado.
Pero Mentiras contagiosas es un libro magnífico. Casi dan ganas de decirle a Volpi que se deje de escribir novelas e insista en este terreno, el del ensayo y la ficción que no lo parece, el de la sesuda disquisición académica que es una tomadura de pelo del tamaño de la esfinge de Gizeh. (Me basta pensar en una nota a pie de página, en la 106, donde Don Volpi se remite a una publicación casi científica ¡en Huelva!, y no sólo eso sino ¡¡¡en 1927!!! Soy onubense, pero sin falso ni verdadero orgullo de mi patria chica, y puedo asegurarles con la conciencia bien tranquila que semejante cosa no puede ser sino invención novelesca, o puro disparate.)
En sus ensayos, Volpi se maneja con una soltura que en sus ficciones declaradas como tales no puede alcanzar nunca, y se revela como un analista de muchos quilates, amén de acertar en la diana no pocas veces. Así cuando afirma que debemos «regocijarnos de que el virus Da Vinci sea casi inocuo: el único daño que provoca es la pérdida de tiempo. Pensemos en ejemplos mucho más perniciosos e igualmente virulentos, como la Biblia y el Corán».
De los varios ensayos que contiene el libro, destacaré sobre todo la deslumbrante lectura de Pedro Páramo en las páginas 157 a 171. A mí me obligó a releer ese libro impar, y ya sólo por ello le debería agradecimiento a Volpi. Pero no quiero limitarme únicamente a ese ensayo y deseo llamar la atención, también, sobre aquel que dedica a las fronteras («No es casual que la única obra humana que puede verse desde el espacio sea precisamente una frontera»), un trabajo muy elaborado, dentro del cual dedica una página antológica a la traducción como método para trascender nuestras propias fronteras individuales. Y tampoco son de desdeñar las reflexiones que hace sobre la obra de Fuentes, Cabrera Infante, Pitol, Juan García Ponce, ¡el inevitable Bolaño!
Pero, sobre todo, hay que descubrirse ante la magia desplegada en el texto «Conjetura sobre Cide Hamete», que es un verdadero prodigio de gracia y de socarronería, acerca del presunto verdadero autor del Quijote. Es como si lo hubiera escrito un Borges más juguetón que su homónimo argentino. Es (haciendo honor al título del libro) una mentira tan contagiosa que termina gustando mucho más que la verdad, sea ella lo que fuere.
Hay descuidos del autor y de la editorial: Dos veces Tristam Shandy es excesivo; un «haya» por un «halla», un «Dopplegänger» por «Doppelgänger», y un «güay» (ay) dejan malparada la ortografía del corrector; una princesa Miconomicona no es imputable al indefenso Cervantes.
Y hay también lo que juzgo cierto desbarre de dinámica machista en alguna que otra frase: «La cópula nos permite internarnos en el cuerpo de otro» (como si copular sólo lo hiciera el varón). Pero si se considera el conjunto, son peccata minuta.

01/03/2009

 
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