ARTÍCULO

Contra Franco éramos mejores

 

Parece casi insoslayable, para situar en su contexto adecuado la nueva obra de Jordi Gracia sobre la cultura liberal bajo el franquismo, aludir a su reciente La resistencia silenciosa. No sólo por lo más obvio, el merecido reconocimiento que tuvo dicho libro a partir de la obtención del XXXII Premio Anagrama de Ensayo (2004), sino porque la continuidad entre aquel volumen y éste –en fondo, forma e intención– constituye el primer elemento que inevitablemente hay que tomar en consideración. Nada extraño, por supuesto, dado que este nuevo ensayo no es en puridad tal, sino la segunda edición corregida y actualizada de la tesis doctoral del autor, que fue publicada hace ya más de una década en Toulouse (Publications du Mirail, 1996) y que ahora reaparece, dicho sea a título informativo y sin demérito alguno, al socaire del eco del aludido premio.
En su libro de 2004 subrayaba Gracia que «contra la aparente dominación absoluta del fascismo en la posguerra» (entendiendo, cabría matizar, tanto el término de fascismo como el de posguerra en sentido lato), defendía «la subsistencia de la tradición liberal». Un liberalismo que tenía que ser precisado también –para que se interpretara adecuadamente– en la línea de actitud intelectual de defensa de las libertades y del Estado de derecho y que, en todo caso –seguía puntualizando el autor–, era una corriente cohibida y clandestina en más de un sentido, casi una especie de rumor sordo si atendemos a sus notas distintivas: era una protesta en las sombras, irritada y contenida, «pero ni inactiva ni exterminada». Era una resistencia silenciosa porque no había sabido ser «ruidosa ni pletórica», mucho menos alegre, vital o explosiva: era, ¿por qué no decirlo?, más bien timorata, demasiado cauta, quizá cobarde, probablemente muy poco heroica. Pero un pragmático diría que, en último extremo, eso era lo que había y, lo que es más importante, ese resplandor en las tinieblas (la metáfora viene sugerida por Gracia) constituye la fuente del hoy, «las raíces del presente». Para bien o para mal, la «reanudación de la modernidad» sólo pudo hacerse de esa manera, «marginal, intermitente, disimulada y críptica».
Pues bien, en el prólogo de Estado y cultura, escrito para esta nueva edición, Gracia enhebra el hilo en el punto en que lo había dejado en la obra anterior, recogiendo y glosando la misma frase de «las raíces del presente», un planteamiento que converge con el de «la reconstrucción de la razón democrática» que decía Vázquez Montalbán. Se trata, en definitiva, de reconstruir aquella atmósfera de resistencia –otra vez la palabra clave– frente a un ambiente de terror puro y simple primero, de opresión y control más adelante; pero era también, y sobre todo, la renuencia a un sistema «muy, muy viejo de modos, lenguaje, estilo, creencias, ideas». Por eso, insiste Gracia, el objetivo primordial del resistente no podía ser otro que la «resurrección de la modernidad» en todos los ámbitos, desde el puramente estético a las exigencias políticas. Por eso también el proyecto modernizador era, frente al puro revanchismo de los vencedores, un «impulso de dignificación». De ahí que pueda hablarse, como se titula más adelante el capítulo VI, de una «estética de la resistencia» y que lo que se dice después de determinadas «empresas culturales» de la época (de Ínsula a Biblioteca Breve) sea aplicable a casi todas: cultura moderna y compromiso político eran las dos caras de la misma moneda. En palabras precisas de Gracia, la «sordidez del contexto cultural del franquismo eleva la mera calidad y dignidad intelectual a armas de efecto político, estén o no pensadas directamente con ese fin» (p. 301).
Sin caer en mitificaciones vacuas, 1956 se constituye –no tanto en fecha inaugural, cuanto en año simbólico– en el momento en que la élite del sistema empieza a tomar conciencia de que se le descarrían los hijos de las buenas familias, las «familias de la Victoria». Es la revancha por caminos tortuosos de los vencidos que, a partir de la década de los cincuenta, ganan para su causa a quienes estaban llamados a ser recambio generacional del régimen. Dice Gracia con razón que no es cuestión ahora, desde la atalaya presente, de otorgar certificados de cohesión y coherencia a un conjunto de proyectos dispersos y contradictorios, pero no está de más subrayar un denominador común: la aspiración a un modelo de Estado y sociedad que serían la antítesis de lo que había surgido en 1939. Así, sin caer necesariamente en una «nostalgia militante de la República», se perfila un horizonte de modernización cultural y homologación política con Europa, aspiraciones que dan sentido a ese gran pacto que empieza a pergeñarse con el marchamo de «reconciliación nacional».
A partir de esas premisas, Gracia se embarca en un periplo que recorre las manifestaciones más destacadas de esa respuesta estética a un agotamiento político, sin olvidar, pese a todo, que el franquismo tendrá la cintura suficiente como para acoger en algunos casos lenguajes contrapuestos a sus principios ideológicos, sobre todo cuando la modernidad se expresaba con un grado de abstracción (en música o pintura, por ejemplo) que no se reputaba peligroso para el régimen. Pero el mismo fenómeno en el campo de las ideas no se encontró con idéntica tolerancia, sino todo lo contrario. Aun así, hay que ser cauteloso con las generalizaciones, y el autor normalmente lo es: hay un doble lenguaje del sistema, múltiples disidencias en el seno del mismo, una política de escaparate (recuérdese la recuperación de determinados intelectuales exiliados) y no pocas contradicciones a la hora de autorizar y prohibir (abundantes paradojas en obras literarias y cinematográficas). En todo caso, la disidencia se dibujará cada vez con trazos más nítidos: tras la «agonía asistida» del SEU, toma el relevo el compromiso social, desde la alfabetización del mundo obrero (padre Llanos) al teatro de vanguardia y los cineclubes, pasando, naturalmente, por las numerosísimas revistas más o menos especializadas que van a suponer un punto de encuentro entre falangistas desengañados y jóvenes antifranquistas.
No oculta Gracia que lo que termina imponiéndose, como resultado de la evolución o deriva de unos y otros sectores es una radicalización izquierdista en la que el marxismo se convierte en elemento fundamental de análisis teórico e inspiración estratégica. La trayectoria de Alfonso Carlos Comín (y, por extensión, la de El Ciervo) constituye uno de los exponentes más representativos, en la medida en que supone la decidida «decantación hacia la izquierda de un catolicismo severamente autocrítico» (p. 166). Pero al cabo, dada la naturaleza del sistema que se combatía, no importaban tanto, en opinión del autor, los ribetes doctrinales como el decoro y empaque que cada cual se exigiera a sí mismo y a su trabajo o, dicho en otras palabras, «la estricta y desnuda calidad» de la producción intelectual, convertida así en la más efectiva y subversiva de las razones de que podía armarse la oposición.
Es verdad que hubo también una «literatura de urgencia», un rea­lismo ramplón, que descuidó las formas (y quizás algo más) y que pretendió justificarse tan solo por sus buenas intenciones. Pero el reproche, siguiendo siempre la valoración de Gracia, no puede hacerse extensivo al conjunto, ni mucho menos. Todo lo contrario, sería la excepción en un panorama en el que la exigencia artística era un deber moral y una responsabilidad política. Por eso el autor se permite una acotación al optimismo ingenuo de Carlos Barral cuando le decía a Jaime Salinas que estaban acabando con Franco. «Con Franco no acabaron, pero sí diseminaron los ácidos que destruirían la línea de flotación de su futuro» (p. 293).

01/11/2007

 
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