ARTÍCULO

De amor y patria

Visor, Madrid, 200 págs.
 

La obra de Jon Juaristi (Bilbao, 1951) se ha revelado en los últimos años como un referente inexcusable a la hora de entender ciertos aspectos de la vida política actual, y, también, lo que éstos tienen de resultado de una cadena histórica cuya construcción Juaristi desmonta con un saber plural: la historia, la filología y el raro sentido común. Obras como El linaje de Aitor: la invención dela tradición vasca (1987), Vestigios deBabel: para una arqueología de los nacionalismos españoles (1993), El bucle melancólico (1997) o el reciente El bosque originario (2000) dan muestra suficiente de que estamos ante uno de nuestros estudiosos más importantes en el campo de una historiografía que no desdeña las búsquedas propias del ensayista. Los temas de Juaristi no son muchos; los mismos títulos son expresivos en este sentido. Esencialmente: el País Vasco y su relación con el nacionalismo o los nacionalismos que han marcado su historia, especialmente el que ha desembocado por un lado en la ETA y su partido, Herri Batasuna, y por el otro en un nacionalismo unidimensional (suele ser extraño que tenga alguna dimensión más sin contradecirse) de corte racista, el Partido Nacionalista Vasco, capitaneado por el ex jesuita Xavier Arzalluz, cuya política se reduce cada día más y más a un enfrentamiento, desde una identidad ideal e ilusoria, a un enemigo feraz y feroz de dicha identidad perdida e impedida por ese enemigo: lo español, España, e, incluso, Francia.

Las muchas metáforas del linaje, la estirpe, los orígenes y la identidad social o personal otorgada por una serie de símbolos y personajes unidos a un paisaje (vasco), han sido tema de profundas investigaciones críticas, una especie de psicoanálisis en el que el ensayista e historiador va señalando las falsas construcciones de esa identidad que, posteriormente, será causa de la melancolía nacionalista, aquella que suspira (y llega a impedir que los demás puedan hacerlo) por lo que nunca fue y ha perdido. Dicha melancolía está llena de explosiones contra un enemigo que detenta el rostro del mal: aquel que nos impide ser lo que somos, aquel que amenaza con que podamos llegar a ser lo que otorgaría a cada uno y a todos, esa cualidad originaria cuyo valor es intraducible, incompatible, impar: la esencia. Foucaultiano en cierto sentido, Juaristi gravita, como ensayista y como poeta, sobre esas construcciones mentirosas mantenidas por poderes religiosos, políticos y, desde hace ya muchos años, por la muerte instrumentalizada.

El otro lado literario de Juaristi es el de la poesía. Esta Poesía reunida (1985-1999) comparte el aspecto central de las ocupaciones del ensayista, antes mencionada, pero desde una perspectiva sentimental, por decirlo inexacta y provisionalmente. Juaristi, poeta de amplia formación clásica y moderna, ha optado en su poesía por un tono realista, irónico, paródico en ocasiones. Vale la pena comentar brevemente el preliminar a esta reunión para entender mejor su propósito y sus presupuestos. Afirma Juaristi que la poesía es literatura y de esta forma la enfrenta en su carácter general, no distintivo. Valéry pensó que la poesía era una lengua dentro de la lengua; Eliot, tan leído por nuestro autor, aunque cercano tantas veces a las expresiones prosaicas, la creyó una forma de la literatura cuyas leyes no eran las mismas, digamos, que la de la novela, ni tampoco su relación con el lenguaje; Pound fue fundamentalmente un lírico apasionado por la épica; finalmente, Borges y Paz tuvieron una alta conciencia de la poesía (más allá del verso) como un momento extremo de la lengua, dinamitador del discurso, de la rectitud y del sentido único. Volvamos a Juaristi, si la poesía es literatura, afirmación que podemos asumir, no es tan cierto que la literatura sea –siempre– poesía. Pero quizá se haga más evidente lo que quiere decir si oímos al poeta, a su gusto poético. Yeats, Eliot, Auden, Spender, Austin Clarke, Larkin y Betjeman, entre los ingleses. Entre los españoles: Unamuno, Antonio Machado, Cernuda, Blas de Otero y Gil de Biedma, con una lectura posterior que le deslumbró, Ángel González. Ante las afirmaciones muy absolutas respecto a la poesía (forma de vida, revelación, religión), herederas la mayoría del romanticismo, Juaristi, como Gil de Biedma o Auden, toma una cierta distancia y la considera «un entretenimiento». Sin embargo, cuando leemos algunos de los poemas reunidos aquí, nos cuesta pensar que siempre ha sido un mero entretenimiento mientras se aguarda lo que importa. No infravaloro el entretenimiento, pero no es, nunca, lo esencial, y se lleva mal con actitudes de deslumbramientos ante los poemas de nadie, aunque sean los de Ángel González... Finalmente, uno no sabe qué pensar, ante un escritor con una prosa tan admirable, una amplia cultura y una inteligencia sobrada cuando confiesa deber mucho al poeta y crítico José Luis García Martín. Olvidemos las debilidades y pasemos a los poemas.

Dos obsesiones centrales hay en su poesía: su relación con la patria vasca y sus gentes, y las desventuras del amor. Su Bilbao natal (Vinogrado en el verso) trata de convertirse en una geografía poética, en un espacio de fundación (nostalgia) y desfondamiento (crítica) de su identidad, de hijo pródigo cuya vuelta a casa consiste en proclamar su imposible vuelta. En ocasiones esta difícil relación es confesional, directa; en otras, mediada por la ironía y la parodia, desde Eliot (abundantemente recreado) a Gil de Biedma. La poesía amorosa guarda relación, a veces, con la canción del mal amado de Apollinaire, aunque signado por una conciencia más lacerante, de alguien que, al tocar fondo, supiera que eso es lo que espera a cualquier ilusión basada en el tiempo y sus criaturas. Hay poemas de los que, este lector, cree que debería haber prescindido con el paso del tiempo, tales «Los tristes campos de Troya», «Auto de terminación», «S/Z» y otros, por ser meros entretenimientos. Los mejores instantes están, creo, en la herencia bien aprendida de una ironía contenida entre el lirismo y la crítica, heredera del mejor Auden, Jaime Gil de Biedma y Ángel González, y, también, en los momentos en que el poeta contradice a sus confesados maestros.

01/03/2001

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
3 + 3  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE JUAN MALPARTIDA
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL