ARTÍCULO

JOHN MADDEN. SHAKESPEARE IN LOVE

Shakespeare in Love, de John Madden, está distribuida por U.I.P.
 

Una de las mayores singularidades del fenómeno cinematográfico es la del gozo en compañía en esos templos de penumbra que son las salas de cine donde se activan las ensoñaciones colectivas. La proyección convierte efectivamente al público en un ser singular, en una sola masa, siendo sus reacciones idénticas una sesión tras otra. En tal secuencia la carcajada brota con matemática puntualidad, en tal otra surge un mismo respingo aterrorizado. Y tan es así que los avispados productores de televisión incorporaron las carcajadas en off de un imaginario público para acompañar la visión en familia, o sea la visión privada, individualizada, la visión entre las paredes del hogar, un artilugio destinado a crear la ilusión de público. La risa del otro arrastra nuestra risa, la emoción del otro estimula la nuestra. Eso al menos en la teoría.

Lo que no sé es si los Oscars cumplen parecido papel, en todo caso serían unas risas previas, algo que sucede antes de entrar a la sala pero que nos compromete en un acto de adhesión hacia la indiscutible calidad de lo que vamos a ver. A la pregunta de ¿te ha gustado la película?, la respuesta correcta sería: tiene siete Oscars. Con lo que si en un caso las risas de otros provocaban las nuestras, ahora el juicio de otros induciría el nuestro. Lo que tiene que gustar gusta, lo que tiene que admirar admira, lo que tiene que conmover conmueve. Eso al menos durante el primer año, el del estreno. Luego, pasado el tiempo, con motivo de su ocasional reposición en la pequeña pantalla, las cosas cambian y lo que iba para clásico puede adquirir su verdadera dimensión de entretenimiento menor, eso sí con aspectos parciales de mérito, generalmente técnicos, sobre los que se han colgado los Oscar.

Pues bien, el elevadísimo diapasón de entusiasmo inducido que rodea a Shakespeare in Love puede medirse por los siete Oscar logrados, de modo que confesar haber sentido algo de tedio durante su contemplación parecería irreverencia o engreimiento. En apariencia todo es excelente en la película: una ambientación certera, capaz de transmitir la policroma sofoquina y el abigarramiento azaroso de aquel tiempo arbitrario, más dependiente de la voluntad de los poderosos que del imperio de la ley; un trabajo de actores impecable que atiende a las dos vetas de que se alimenta el relato, la humorística y la dramática; un ritmo narrativo de mucha soltura que casi homenajea a las comedias de enredo de la época; unos escenarios muy bien elegidos para lo que se han reconstruido con imaginativo acierto los dos teatros isabelinos de Londres, el Curtain y el Rose; unos textos, por último, que incorporan palabras debidas al mejor escritor de todos los tiempos.

Siete Oscar, naturalmente, y, sin embargo, hay algo en la película que no está bien cuajado, como esa tortilla a la que faltaran huevos para tanto ingrediente. Querían los productores hacer una película basada en el Shakespeare joven y no acababan de encontrar la idea sobre la que apoyarse, es decir, la idea que justificara esa exhibición de ambientes y personajes, hasta que a alguien se le ocurrió que Romeo y Shakespeare fueran la misma persona. Se encargó un guión y se hizo sobre esa base: se tomó a Shakespeare en el inicio de su carrera, un joven Will escribiendo por encargo para ganarse malamente la vida, huérfano de inspiración, incapaz de concebir una sola línea de una obra que ya ha vendido y de la que sólo tiene el título, «Romeo y la hija del Pirata». Cómo sale de esa situación es lo que se nos narra en la película. Pero que Shakespeare sufriera de este tipo de paralizaciones es de relativo interés, puesto que, si bien el mejor de ellos, también era escritor. Y en cambio poco se vislumbra de la nula importancia que se concedía en el teatro isabelino a la autoría de las obras; muchas de ellas recibían con frecuencia aportaciones nacidas de la improvisada inspiración de cuantos en ellas intervenían, principalmente los actores, durante ensayos y representaciones; mientras que sí está presente asunto tan obvio como el de la excesiva comercialidad del arte, tan de nuestro tiempo, con lo que parece negarse, y para tales ámbitos, lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Objeciones, como se ve, bastante menores al lado de la de esa idea germinal que hace de Shakespeare no un romeo, sino Romeo, algo tanto más lamentable cuanto que la sexualidad del poeta es una de las materias oscuras del universo literario. Con semejante título se podría pensar que, a la luz del contenido de algunos sonetos, la película sería una propuesta esclarecedora o ingeniosa, acaso de amor homosexual o bisexual. Se ha ido por el camino opuesto: el del tópico. ¿Cómo imaginar a un Shakespeare joven y enamorado? Muy fácil: que hable como Romeo, que pose como Romeo, que sienta como Romeo.

Romeo es criatura de Shakespeare, pero Shakespeare no es Romeo. La idea germinal del proyecto falla. Romeo es un mancebo italiano, en cuyo espíritu habita una atolondrada pasión por una niña. Shakespeare es un escritor renacentista cuya sensibilidad ocupa almas ajenas dotado de un talento verbal hasta ahora no superado por nadie. Lo que los guionistas de Hollywood intentan es la cuadratura del círculo. Las escenas amorosas que vive Shakespeare con su supuesta amada en la pantalla son las de Romeo con Julieta. Textos, imágenes y situaciones se superponen y uno pasa del frío a la irritación porque de súbito teme que tanto éxito podría llevar a los productores a concebir toda una serie de Shakespeares, un «Shakespeare, por ejemplo, in Jelousy», haciendo del joven Will un Otelo, o un «Shakespeare in Doubt», tomando a Hamlet como modelo, o un «Shakespeare in Hatre» o «in Power» o «in Joy»..., tomando en cada caso y sucesivamente como referencia cada una de las pasiones que Shakespeare ha dramatrizado con genio sin par.

Siete Oscar, siete, encantadora a veces, bien interpretada, bien contada, estupendamente ambientada, magníficos textos, y sin embargo, a uno le parece que está hecha con la loable, pero limitada intención, de poner a Shakespeare al alcance, o a la altura, de un público de marujas.

01/06/1999

 
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