ARTÍCULO

John Irving en palabras y en imágenes

Tusquets, Barcelona, 192 págs.
Trad. de Jordi Fabla
Tusquets, Barcelona, 352 págs.
Trad. Iris Menéndez
Tusquets, Barcelona, 352 págs.
Trad. Jordi Fibla
Anagrama, Barcelona, 240 págs.
 

Hace ya más de tres lustros, John Irving publicó The Cider House Rules, que aquí se tradujo con el más expresivo título de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra. La novela trataba de aquellos años en los que el aborto estaba prohibido en Estados Unidos por una desgraciada conjunción entre los intereses corporativos de los médicos y la hipocresía moral reinante. Cuando la cordura se impuso de nuevo en 1973, habían sido muchas las mujeres que habían muerto en manos inexpertas (nadie enseñaba la técnica del aborto) y no menos los niños que acababan en un orfanato. Irving quiso contar esta miseria humana mediante una historia que hiciese mella en los lectores: un relato duro, trágico, pero también esperanzador. Tenía dos personajes enfrentados: el doctor abortista Wilbur Larch, y Homer Wells, el huérfano al que éste enseña el oficio de Dios (los partos), y del Diablo (los abortos). Irving quería que no fuese Larch sino la vida «de afuera» lo que convenciese a Homer de que interrumpir un embarazo era, en determinadas circunstancias, su obligación. Para eso inventa, por un lado, la pareja formada por Wally y Candy, los cuales adoptan al muchacho; y, por otro, construye el personaje del recolector de manzanas, el señor Rose, a cuya hija Homer necesitará ayudar un día con su ciencia del diablo. Todo ello para que la novela se cierre de la manera que el autor había proyectado antes de empezar a escribirla: el regreso de Homer a St. Cloud's para ocupar el puesto dejado por el doctor Larch y continuar allí su ilegal y humanitaria obra.

Como todas las novelas de Irving, Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra conserva el tono cómico característico de su narrativa y cierta tensión entre la realidad y la fantasía en sus personajes. La posibilidad de llevarla al cine se le planteó al poco tiempo de publicarla, si bien jamás pensó que le llevaría quince años estrenar la película. Mis líos con el cine repasa los avatares que sufrió el guión que el mismo Irving escribió, la sucesiva intervención de productores, así como de cuatro directores diferentes, entre ellos Michael Winterbottom y Lasse Hallström, siendo este último el que acabó filmando la película que hace unos dos años se vio en todo el mundo y que le valió al autor de New Hampshire el triunfo en Hollywood. Su gran inquietud a lo largo de todo ese dilatado proceso fue que la relación de amor-odio entre Larch y Homer no quedase diluida por la puramente amorosa entre Candy y Homer. Se negaba a que su relato sobre el aborto clandestino se convirtiese en una blanda historia de amor. Además, aspiraba a que el dilema moral que define los destinos de Larch y Homer –los cuales son, como el Copperfield de Dickens, «héroes de su propia vida»– surgiese de la misma relación entre los personajes y no de frases programáticas o escenas «impactantes». Mis líos con el cine revela muy bien el tipo de narrador que es Irving. Alguien que cree que el mal gusto construye mejores novelas que el buen gusto, y para quien «la única estética es la claridad».

Ambas normas de la casa estaban presentes en Una mujer difícil, novela en la que John Irving desplegaba un humor inspirado en la mejor tradición inglesa y mostraba de vez en cuando ciertas debilidades norteamericanas que eran de poca entidad. Novela larga como casi todas las suyas, en esa obra nuestro escritor de buenos best-sellers lograba conmover al lector con una fábula sobre la escritura, el amor y las piruetas del destino. Tenía partes demasiado largas y coincidencias algo reiterativas, pero en conjunto resultaba una buena novela. Su última entrega, La cuarta mano, sigue fiel a lo esencial del credo narrativo «irvingniano», pero queda a cierta distancia de su anterior trabajo. No llega a constituir la entidad narrativa sólida y cerrada que apreciamos en Un hijo en el circo, El mundo según Garp o Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra. El tono es algo descuidado y la excelente anécdota de la que parte Irving y con la que juega en ocasiones con alardes de virtuoso, se desinfla hacia la mitad del libro, dejando el resto deshilachado, sin fuerza, hasta el punto de que el lector sufre un progresivo desinterés por conocer el final de las aventuras del «hombre del león», el reportero de televisión al que una fiera de circo le amputa la mano izquierda. Irving no ha cuidado los detalles con la misma diligencia y energía que en otras ocasiones. Pero es que, además, tampoco ha resuelto con éxito la estructura de su obra, lo cual resulta más problemático. Patrick Wallingford estaba siendo visto en televisión cuando el león le arrebató la mano. Es evidente que para un hombre tan apuesto y exitoso con las mujeres, la mutilación significará un cambio fundamental en su vida. El lector encuentra, pues, una promesa de desarrollo que despierta su curiosidad. ¿Podrá seguir Wallingford su vida de furioso conquistador o, por el contrario, se verá rechazado por el bello sexo al ser reconocido como el mundialmente famoso reportero cuya mano, otro apéndice al fin y al cabo, fue devorada en directo en una escena escalofriante de horror y sangre? Irving acierta al dotar a su personaje de más atractivo que antes, y aquí se ve su sello más personal al forzar la máquina narrativa hasta extremos esperpénticos. El muñón de Wallingford no le impedirá seguir realizando sus acrobacias sexuales. Pero va a suceder algo que cambiará su vida de manera diferente. Una mujer de Wisconsin persuadirá a su marido para que done su mano izquierda al periodista en caso de fallecimiento. Asistimos a la muerte de éste en la cabina de su camión y a partir de ahí la novela gana en intensidad argumental pero empieza a perder coherencia narrativa. Entramos en las vidas de Doris y Otto Clausen, y conocemos el ansia de la pareja por tener descendencia. A continuación, se nos introduce en el entorno de un cirujano especializado en falanges y muñecas, el hombre que va a realizar el trasplante de mano de Otto y se la va a colocar a Wallingford. Aquí Irving empieza a desbarrar con la caricatura de ese personaje, su hijo y la asistenta. La dosis de humor que siempre introduce en sus libros resulta que no ayuda al avance de la novela. Por fortuna, la escena de violación del manco por la fogosa viuda en la consulta del cirujano nos reconcilia con las dotes provocadoras de Irving, algo que siempre esperamos encontrar en sus libros.

El problema es que la anécdota que dio nacimiento al relato y su sorprendente desarrollo (la continuación del espíritu del muerto gracias al apéndice de su cuerpo colocado en otro cuerpo) acaba en ese momento, a las 160 páginas de un libro de más de trescientas, cuando el trasplante parece haber sido un éxito y Wallingford está misteriosamente enamorado de la voz y la evocada presencia de la viuda, quien va a engendrar un hijo del que él es el padre. Algunos dirán que ya es suficiente mérito habernos llevado hasta aquí. Tratándose de Irving, eso no nos consuela. Esperamos que el personaje de un creador como él mantendrá el tipo hasta el final. Wallingford cambia, por supuesto, en su relación con las mujeres; si no en su capacidad y disposición de llevarlas a la cama, sí al menos en su actitud antes y después del lance. Varios tipos femeninos desfilarán en la segunda parte del relato: su avispada compañera Mary, que también desea un hijo suyo, la maquilladora Angie, dos mujeres maduras. Todos esos episodios sexuales, no exentos de ternura y humor (el detalle de los gritos y el chicle de Angie, por ejemplo), están bien resueltos pero nos desvían de la trama principal. Cuando el «mago» americano retoma el hilo y nos lleva a Wisconsin a buscar a Doris, empezamos a sentirnos desorientados. Ya no entendemos al reportero manco. Es obvio que Doris juega con él y sus sentimientos hacia el pequeño Otto, el hijo que ella forzó para dar su consentimiento al trasplante. En la escena final en el estadio de Green Bay, Irving echa mano de su oficio de buen escritor para salvar por los pelos las apariencias y los detalles desafortunados, aunque no acabe de convencernos. El manco del león siempre fue un atractivo juguete en manos de las mujeres. Nunca supo decir que no, y por eso todas ellas han acabado abandonándolo. En esto se mantiene fiel a sí mismo. Ahora, cuando Doris parece aceptarlo, Wallingford se entrega porque es incapaz de considerar otra alternativa y además se siente cansado de tanta «anarquía sexual». En cierto modo, parece comportarse como el mismo Irving, que ha bajado el listón de su arte tras ganar un Oscar por el guión de Las normas de la Casa de la Sidra. Esperemos que pronto salga del redil y vuelva a darnos más lecciones de cómo se arma una buena novela.

01/06/2002

 
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