ARTÍCULO

JESÚS PARDO: Autorretrato sin retoques

 

Éste es, en verdad, un libro singular. A primera vista, se diría que la norma que lo ha dictado es ésta: la crueldad bien entendida comienza por uno mismo. Digo crueldad y no odio porque el odio, y más por escrito, exige una clase de hostilidad que aquí no se encuentra en primera línea. También podríamos sustituir crueldad por sinceridad, pero tampoco me parece que sea la sinceridad la virtud que conduce el libro, por más que el autor haya decidido no emplear ni un gramo de pudor. Se dice del cruel que es aquel «capaz de hacer padecer a otros o de ver que padecen sin conmoverse o con complacencia». Sin conmoverse, esa es la calificación adecuada a la escritura de este libro que relata tantos padecimientos con la imperturbabilidad y la ligereza de un narrador sin alma. Pero ese tono en el que habla es lo que hace al libro singular. Jesús Pardo no opera de modo inocente, habla de sí mismo para arrastrar con él todo cuanto le acompañó. ¿Con qué fin? Él parece opinar que semejante acto conducirá a un resultado, pues las cosas no suceden en vano ni desligadamente. La actitud contraria, rehacer novelísticamente la propia vida, confiesa que le llevaría a cortar, equilibrar, pulir... es decir, organizar un material en una dirección. Prefiere que el material se organice por sí mismo en la medida que él da simplemente fe de que fue cierto.

De modo que Jesús Pardo dice no haber hecho uso de la fantasía –en el sentido de reconstrucción narrativa– y es verdad. Pero, curiosamente, su modo de librarse a la memoria le coloca en una situación de exterioridad, de autoajenidad, en la que todo lo que le rodea está también teñido de esa exterioridad. Esta actitud es la que da su tono al libro, ese tono que le lleva a no conmoverse jamás, a, como decía al principio, convertirse en un narrador imperturbable. Pero es a este punto al que quería llegar.

Al término del libro he tenido una doble sensación: de una parte, que se trata, sobre todo, de un libro en el que se califica constantemente a una época y una gente, empezando por él mismo, pero en ningúnmomento se le mete el dedo en la boca anadie, por decirlo de un modo castizo. Es decir, el lector se limita a creer a Pardo bajo palabra de honor y Pardo pone su credibilidad en el hecho de que «si el autor comienza por decir cuanto cree saber de sí mismo, tanto más derecho adquirirá a decir cuanto cree saber de los demás». No hay recreación de los personajes sino ficha (¡y qué fichas!) de los mismos; lo que ocurre es que opina sobre ellos, pero no los muestra. Sin la opinión, clara o encubierta, de Pardo, no existen. Esa falta de recreación es lo que convierte el libro en una lista de calificaciones (y descalificaciones) resuelta, por cierto, con la aplastante eficacia de un concienzudo contador de anécdotas.

Pero es que, además, yo, como lector, me quedo con una pregunta: ­«Bien, ¿y porqué le ha sucedido todo esto al autor?». Lo que quiero decir es que, al término del libro sé lo que le sucedió a Jesús Pardo, pero no acabo de saber por qué le sucedieron esas cosas y, mucho menos, cómo construyeron su conciencia. Y no vale decir que, precisamente, es la historia de un hombre sin conciencia porque cuando hablo de conciencia me refiero no a construcción ideológica sino a percepción de la realidad. ¿Cómo afecta la realidad que vive a Jesús Pardo? Pues de ninguna manera: lo convierte en un narrador imperturbable a la espera de que los acontecimientos narrados se constituyan, por sí mismos, en una historia.

Yo creo –y no es más que una opinión personal– que toda memoria, o tiene una construcción narrativa o no tiene mucho interés como escritura literaria (aunque sí lo tenga como documento, pero él no ha buscado un documento). Jesús Pardo opina lo contrario y lo respeto, pero mi impresión es que la idea de que las desconexiones sirven de vínculo al conjunto es una idea que sólo funciona si, como en la narración, esas desconexiones no son más que la simulación de un plan narrativo perfectamente estructurado que busca conseguir tal efecto.

Una cita de la baronesa Blixen que encabeza el libro dice: «Lo que usted necesita ahora para juntar todos esos tristes detalles de hace catorce años es una grande y mortal derrota que tenga lugar sin culpa suya alguna. Esto convertirátodas las partes disgregadas en un todocoherente». Bien. Sólo que esa grande derrota sin culpa alguna tampoco está mostrada, sólo está dicha, que no es lo mismo.

Y, en fin, véase la paradoja: este libro es el mayor éxito de Jesús Pardo, uno de nuestros mejores novelistas, cuyas cuatro novelas anteriores, injustamente preteridas, son una a una mucho más poderosas y conmovedoras que su libro de memorias. Es un libro que, lo confieso, me ha entretenido muy a menudo, pero a cuyo término me alegro de seguir pensando que ya antes de escribirlo consiguió rotundamente con sus libros anteriores lo que en éste confiesa que siempre anheló ser: un verdadero escritor de novelas, un narrador verdaderamente excelente.

01/02/1997

 
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