ARTÍCULO

Oficio de chistera

Anagrama, Barcelona, 137 págs.
Destino, Barceelona, 160 págs.
 

Por desgracia, venimos notando desde hace algún tiempo que las novelas de Javier Tomeo repiten los mismos esquemas y los mismos recursos narrativos, que funcionan como anécdotas y no como entramados novelescos, que desarrollan meras ocurrencias o divertimentos y no auténticos conflictos humanos, que basan su discurso en modelos técnicos de consabida simpleza y no en formas renovadoras y arriesgadas, que acogen, en fin, referencias y tópicos culturales de relleno, con finalidades gratuitas, y no el indispensable enfrentamiento entre el personaje y el mundo.

El resultado es un frágil esqueleto narrativo que termina por defraudar a cualquiera: al lector exigente porque no entiende ni el porqué ni el para qué de estos libros, y al lector cómodo porque no encuentra en ellas el entretenimiento que busca. Parece que Tomeo se ha decidido por un método que se imita a sí mismo, que empieza y acaba en sus propios límites, o que, como el profesional acostumbrado a representar su número, saca de su chistera siempre los mismos conejos: novelas breves y de escasos personajes, punto de vista único que los maneja con explícita facilidad, argumento mínimo y trama escueta y, por supuesto, tendencia a la ocurrencia chistosa, al guiño del absurdo y a la incoherencia imprevista que deja de serlo a vuelta de página.

De esta manera, si en otras novelas suyas asistimos a un desfile de metamorfosis o de imprevistos chocantes, en Napoleón VII contemplamos la transformación de un personaje de medio pelo, por arte de una supuesta locura, en un nuevo Napoleón victorioso. Hilario, miembro gris de una casa de vecinos, se ve ante el espejo como Napoleón. A partir de ahí, la realidad, su mundo pequeño, cambia porque él mismo ha cambiado. Así, dialoga con el dedo gordo de su pie, convertido para el caso en algún personaje histórico, arenga a las tropas desde el balcón, en su locura discute con su alter ego y confunde a una mujer de la tele con Josefina. Al tiempo, un vecino se disfraza de emperatriz.

Demasiados tópicos entumecen al relato. Porque a nadie puede sorprender hoy día un personaje enloquecido por leer libros –en este caso sobre Napoleón– que aspira a ser el héroe de sus lecturas. Tampoco que un personaje real o literario desee, a través de la locura, de la literatura o de la imaginación, otrificarse, es decir, convertirse en otro ser distinto del que es o representar su papel en su vida real. O, en definitiva, que un personaje, con esas premisas argumentales, transforme su visión de la realidad y la confunda con sus visiones o con su imaginación. Escritores, libros y películas, desde hace mucho tiempo, han creado este tipo de personajes, si bien mucho más conflictivos y verosímiles.

Lo que sí sorprende, sin embargo, es que Tomeo, si quería tratar temas tan graves como la locura o la otrificación, haya tomado los materiales culturales de forma tan esquemática, o peor aún, como si fueran de derribo, y los haya colocado unos detrás de otros casi al tuntún, de modo que, al despojarlos del alcance y el simbolismo que les han caracterizado tradicionalmente, no les dé otra salida que o la previsibilidad transparente o el golpe de efecto extremo que raya en la inverosimilitud. Una cosa es la locura como aspiración moral o como imaginación ideal y otra cosa distinta el disparate como despropósito arbitrario.

Lo mismo puede decirse de La rebelión de los rábanos, libro que está a medio camino entre la narrativa y el recetario de cocina. Se trata de otra trama esquemática con pretensiones simbólicas. Las hortalizas, convertidas por arte de la fábula en animados antropomorfos –nada original, por cierto–, deciden constituir un estado libre. A partir de esta ocurrencia, el libro se acartona en una sucesión de discusiones gastronómicas y de recetas tediosas e insufribles para el lector. Por si fuera poco, aún queda el símbolo final, un desenlace reservado a los rábanos que, excluidos del estado y del poder, traman una nueva versión de «rebelión en la granja» de consecuencias desastrosas. Su líder, curiosamente, también se cree Napoleón y dirige a sus huestes con las estrategias del emperador en Austerlitz.

En resumen, lo que hay en Napoleón VII es el relato de una anécdota y de un disparate, por mucho que se intente disimular con las dudas machaconas y las superficiales preguntas del personaje sobre su identidad y su papel en la realidad o con su tono existencial pretencioso; y en La rebelión de los rábanos, un relato en forma de parodia que, encendido en una chispa de ingenio con imitaciones muy evidentes, se apaga pronto. Ambas novelas no dejan de ser muestras prescindibles de la escritura de oficio. El novelista enseña, en efecto, su oficio, y confirma que posee los medios para escribir lo que quiera y como quiera. Ahora bien, se trata de un oficio de chistera, como ya quedó dicho, con muchos trucos para dar la vuelta a las cosas y hacer de la literatura un mundo gobernado por el juego intrascendente. Lo malo es que el juego en esta ocasión, como sucede en los juegos malos de magia, se resiente por no ocultar suficientemente los trucos a la vista del público.

01/11/1999

 
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