ARTÍCULO

Javier Marías: actitudes contemporáneas

Alfaguara, Madrid, 1997
333 págs.
 

Javier Marías tiene una larga experiencia como articulista y como ensayista, como lo prueban los textos recogidos en Pasiones pasadas (1991) y en Vidas de fantasma (1995). No sólo es inevitable identificar estos textos con el escritor de prestigio, sino que el propio Marías se encarga de subrayarlo de forma cada vez más abierta, para culminar en este ejercicio de exhibicionismo que es Mano de sombra, donde un novelista abrumado por el prestigio trata de huir del mundanal ruido (el de las calles de Madrid, que le impide conciliar el sueño, el de sus innumerables enemigos), para refugiarse en la sociedad del trabajo y entablar una reconfortante comunicación con un lector medio, que si no existe él ha sabido inventarlo y darle verosímil presencia. Se recogen así ciento cuatro artículos publicados semanalmente, del 4 de diciembre de 1994 al 24 de noviembre de 1996, en el suplemento el El Semanal, suplemento incorporado a una veintena de periódicos que cubren casi toda la geografía nacional con excepción de Madrid y Barcelona.

Las fuentes de inspiración son muy variadas y si muchas veces son anécdotas, invitan siempre a la reflexión sin caer en lo anecdótico. La lectura de la prensa explica la actualidad de algunos temas, entre ellos la corrupción del gobierno socialista, las elecciones generales y lo poco que ha tardado el nuevo gobierno en cumplir sus promesas y su programa electorales. Noticias, pues, de actualidad, que afectan a todo el país. Y que llevan a observaciones de carácter general contra la ETA, contra la intolerancia de lo «políticamente correcto», la amoralidad de los políticos o la denuncia de las prohibiciones cada vez más frecuentes en nuestra sociedad democrática. Otras veces la inspiración surge de la vida cotidiana, de lo que esta vida afecta a los ciudadanos, concretamente a los madrileños, y de lo que le afecta a él: la crispación de la Navidad, los dispositivos de alarma de los coches, la incompetencia de Iberia, la Telefónica o Correos, las molestas manifestaciones, «el verano violento e infame» en un país de vociferantes.

Estos temas, expresión de preocupaciones más profundas, reflejan su observación de la sociedad, centrada esencialmente en Madrid y España. Son experiencias que comparte con sus lectores. En la tradición de Lara y de Machado, se nos habla continuamente de «este país» y de las dos Españas, «la brusca, quevedesca, chulesca y fatua» (lo de «quevedesca» entra en el terreno de las frecuentes simplificaciones de estos artículos) y «la España educada, humorística y cervantina, algo melancólica y a la vez alegre», cualidades que aquí brillan por su ausencia. Aunque en realidad Marías parece rechazar sistemáticamente lo nacional en favor de lo extranjero y sobre todo de lo inglés: el cine español le parece muy pobre, cree que en todo el siglo XIX no ha habido ninguna novela destacable, condena «el horrible refranero español, pesimista, cínico y malpensado» y concluye apolípticamente que «la famosa y dichosa Unión Europea ha consistido en el triunfo y contagio de la chapuza y la desorganización meridionales» y que «Europa se ha españolizado».

Como en Larra, esta hipersensibilidad ante lo social nace de una hipersensibilidad personal: a Marías las cosas le hieren o le persiguen. En estos textos, donde el protagonista es siempre él, parece sufrir de una aguda neurosis y de una no menos aguda paranoia. Lo que en Larra es humor, en él es malhumor, y si en Larra hay una notable capacidad narrativa, el Marías narrador apenas sí aparece aquí. Cada uno de los textos está perfectamente estructurado. En el primer párrafo aparece ya resumido lo que ha de ser el tema dominante, apenas si hay digresiones o paréntesis, ni hay el pensamiento incesante de sus novelas más celebradas sino control racional, y el fluido desarrollo llega a un eficaz y contundente final. Sin embargo, dentro de esta armonía expositiva se oculta un hervidero de pasiones y contradicciones.

Hay unas virtudes obvias: su conciencia social, su defensa de la dignidad humana, su radical individualismo, cierta capacidad autocrítica, un digno respeto a ciertas tradiciones, la fidelidad familiar, especialmente al padre, la honestidad intelectual a la hora de los elogios positivos, el rigor moral, la defensa de la libertad. Y sus razonamientos pueden ser convincentes, agudos y sensatos. Pero por desgracia a lo largo de las páginas se va revelando una personalidad sumamente desagradable. Molestan la falsa humildad, el exceso de referencias a sus éxitos o el agudo «síndrome García Márquez» (los escasos personajes que entran en su círculo son tan famosos como él: hay nuevos famosos como hay nuevos ricos). Los vituperios se suceden y acumulan sobre todo: contra los críticos (pocos escritores han sido tan mimados por la crítica), los editores, los periodistas y los políticos. Muchas veces cayendo en generalizaciones y muchas otras tratando de hacernos cómplices de sus desprecios. En efecto, la maledicencia que con tanto énfasis condena no perdona a nadie: Gil y Gil, Josep Luis Núñez o Pujol, el periódico ABC, el matrimonio Herralde, Cela o Umbral. Su capacidad de insulto no conoce límites. Se muestra arbitrario, intransigente y hasta violento (en «Un mal asunto», por ejemplo) y algunas de sus contundentes afirmaciones son inexactas, inconsistentes y hasta absurdas.

El fabulador ameno, inteligente y sutil ha cedido el paso a un personaje paranoico, mezquino y perpetuamente irritado. Si Mano de sombra se lee con interés es porque sospechamos que persona y personaje se identifican. Como quien escupe contra el cielo, lo que ha hecho Marías pretendiendo desnudar a la sociedad es desnudarse a sí mismo. Y es bien sabido que el lector es, por encima de todo, un voyeur. Y el denostado crítico, el más refinado de todos ellos.

01/09/1997

 
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