ARTÍCULO

Un balance optimista

 

Javier Cremades, un prestigioso abogado especializado en cuestiones de propiedad intelectual y sociedad de la información, es uno de los ya numerosos españoles que ha abierto blog (www.javiercremades.com), lo que quiere decir que no es sólo un testigo más o menos fiel de lo que está pasando, sino un partícipe activo en los nuevos desarrollos de la web 2.0. En este libro muestra un amplio conocimiento del estado actual de los distintos desarrollos de Internet y hace un repaso bastante completo de algunos de sus problemas más característicos. Supongo que no es necesario revelar que Cremades milita en las filas de los optimistas, puesto que ya el título mismo de esta obra lo da a entender de forma nada velada. Aunque entre buena parte de los intelectuales, especialmente entre los de mayor edad, predomina una actitud negativa frente a los efectos culturales de la revolución digital, Cremades, sin ignorar las dificultades y las contradicciones, es un optimista de principio. Va para cien años que Ortega y Gasset llamó la atención sobre que la obra de caridad más propia de nuestro tiempo era no publicar libros superfluos, aunque, justo es decirlo, no aclaró mucho la cuestión de cómo diferenciar los libros superfluos de los que no lo son. Desde la época en que hablaba Ortega hasta ahora el asunto se ha complicado bastante, entre otras cosas porque la rebelión de las masas no se ha quedado en lo que Ortega veía. Ahora, gracias a Internet y al desarrollo de lo que se ha llamado la web 2.0, ha habido un crecimiento enorme del número de autores, del número de voces que dejan algún registro de su existencia y que afirman o niegan cosas que la mayoría no estamos en condiciones de verificar. La atmósfera del saber se encuentra repleta de nuevas e incesantes fuentes de información que surgen por todas partes y los medios clásicos están empezando a hacerse conscientes de la clase de desplazamiento y de descentralización que todo esto está trayendo consigo. Se ha dicho que vivimos en «el culto de lo amateur»La expresión ha hecho cierta fortuna a partir de un libro reciente de Andrew Keen, The Cult of the Amateur, Nueva York, Doubleday, 2007., la eclosión del universo de opiniones de millones de personas que se asoman al escenario más concurrido para coparlo, de modo que los espacios privilegiados en que podía pontificarse, con mayor o menor fundamento, sobre toda clase de cosas (editoriales de los periódicos serios, crítica profesional, lugares especialmente reconocidos como autoridad) parecen estar sucumbiendo ante el empuje de los blogs y las wikis. Por decirlo de algún modo, la Wikipedia anónima ha retirado de la circulación a la prestigiosísima Encyclopaedia Britannica: lo asombroso es que, y efectivamente es así, la Wikipedia sea, casi siempre, tan fiable como la Encyclopaedia Britannica, es decir, que no en todas partes la proliferación de lo que podríamos llamar mensajeros originales y/o espontáneos acaba provocando un auténtico caos. Todo esto ha suscitado, naturalmente, las protestas correspondientes y los llantos oportunos, pero tal vez sea necesario verlo, en cualquier caso, como un último eslabón de la revolución democrática o, si se prefiere, de la rebelión de las masas. En todo caso, sin incurrir ni en brindis al sol ni en jeremiadas más o menos apocalípticas, sería absurdo negarse a ver que la proliferación de toda suerte de informaciones, por mucho que sea infinitamente preferible a la escasez, está dando lugar a nuevos problemas muy similares a los que, en otros órdenes, nos plantean, por ejemplo, los residuos urbanos o el gasto de energía derivado de nuestra movilidad física; problemas que son consecuencia de un determinado tipo de abundancia y de ciertos desajus­tes que no es sencillo corregir. Es tanto lo que puede hacerse que, pese a esa clase de problemas, seguimos dándole a la máquina de producir teoremas y filosofemas, de modo que, por todas partes, la ciencia y la cultura avanzan, o eso se nos dice. Frente a las filas de los melancólicos, Cremades se coloca en la estela del libro de James SurowieckiJames Surowiecki, The Wisdom of Crowds: Why the Many Are Smarter than the Few, and How Collective Wisdom Shapes Business, Economies, Societies, and Nations, Nueva York, Doubleday, 2004. y entiende que la historia del de­sarro­llo de la tecnología, la democracia y el capitalismo nos proporciona una base firme para ser optimistas: el incremento de la información disponible se traducirá en un incremento de la sabiduría media y en una mejora del funcionamiento de las instituciones políticas. Para Cremades se ha producido un salto de la información a la comunicación, a una relación interactiva entre millones de personas atentas y activas que no van a dejar que el mundo siga marchando como si ellos no estuviesen en él. Según Cremades, el ejercicio de este micropoder de los ciudadanos nos va a conducir a una sociedad más interactiva y, en consecuencia, menos insolidaria, aunque no se le oculta el riesgo de que ese micropoder se emplee mal, como sucede siempre que las masas, y eso no pasa en pocos casos, se comportan de manera estúpida y/o abyecta. Cremades lleva a cabo un ágil repaso de muchas de las novedades que están haciendo realidad ese micropoder y que, a la vez, surgen de su ejercicio y se ocupa, a lo largo de doce capítulos que se leen con gran facilidad, de subrayar las dificultades y las polémicas a las que dan lugar las diversas posturas que se enfrentan en la interpretación y en la dirección de esta clase de nuevos fenómenos.
Como buen optimista, Javier Cremades espera que las cosas se resuelvan bien aunque admita que, hoy por hoy, la solución no es fácil en muchos casos. Esa es precisamente su actitud ante el cúmulo de problemas que se suscitan en torno a la forma de rentabilizar el derecho de los autores. Cremades confía en que un debate que todavía no está concluido aclare de qué manera habrá que definir los derechos de propiedad intelectual en un entorno tecnológico y cultural radicalmente distinto al que dio sentido a las formas de ese derecho ahora vigentes; sin embargo, como abogado que es, Cremades no renuncia a defender a sus clientes, y aunque comprende que algunas de sus pretensiones puedan parecer hoy en día muy fuera de lugar, advierte, muy sensatamente, que sería absurdo no evitar que la propiedad intelectual muriese a manos de su propio éxito al haber sido la condición necesaria para que se hayan podido llegar a producir los espectaculares desarrollos de la tecnología digital que hoy nos asombran y nos desafían.
Cremades advierte también de los riesgos de un mal uso de las posibilidades de Internet y aduce algunos ejemplos chinos que ponen los pelos de punta, no, en este caso, por los abusos de las autoridades sino por el uso cazador de la red por particulares para perseguir, a su modo, a un adúltero o a un informático poco diligente; de cualquier manera, el caso de las compañías que desarrollan el negocio en China, el país en que las cosas van ahora más deprisa en casi todos los terrenos, le parece a Cremades «un campo de minas moral».
Como es lógico, en este libro abundan mucho más los ejemplos positivos que sus contrarios; las cifras que se nos proporcionan son realmente espectaculares y nada parece indicar que todo esto vaya a detenerse de un momento a otro; los análisis de Cremades muestran cómo han mejorado las cosas en el mundo de los negocios, en los medios de comunicación o en la propia esfera política, y apuntan siempre a que las mejoras seguirán llegando, de manera que nada sería más deseable que un acierto pleno en los pronósticos del autor, que anuncia que un capitalismo de las personas y para las personas será la consecuencia lógica de la madurez de todas estas nuevas iniciativas, un reforzamiento del poder ciudadano frente al innegable poder de los Estados. La clave para Cremades reside en que el poder del capital está pasando de manos de las grandes corporaciones e instituciones a las de las personas singulares, no tanto a su sabiduría individual sino a su capacidad de compartir la información y de estar permanentemente atentos a lo que ocurre, siempre dispuestos a reaccionar y a empeñarse en conseguir un mundo más humano. Está claro que aunque se profese una actitud totalmente positiva ante los desarrollos de la tecnología digital no es necesario compartir una mirada tan benéfica sobre las consecuencias sociales que, sobre todo a medio y largo plazo, son muy difíciles de valorar.
El libro de Cremades es una especie de apología de la cultura digital y no da mucho pie a los argumentos contrarios, tal vez porque Cremades considere que ya están bien servidos por sus defensores y que ya gozan de un prestigio inmerecido en los medios académicos y culturales más clásicos. Su bien documentado alegato se lee con facilidad, aunque esta clase de asuntos debería poder leerse con algo más de distancia; tal vez por eso los editores, que, sin embargo, han incluido un índice de nombres, no han echado de menos una bibliografía y algo más de precisión en las afirmaciones y las atribuciones, una carencia que priva innecesariamente de cierto valor académico a la obra de Cre­mades.

01/12/2007

 
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