ARTÍCULO

La ciudad del olvido

Iluria / Poesía, Barcelona, 1997
Traducción de Clara Janés
136 págs.
 

La historia de una ciudad no sólo es la de sus habitantes vivos, sino y sobre todo la de sus ausentes. Ausentes de todas las épocas y tiempos que reviven en cada generación para ser recordados. Tampoco son las vidas, supuestamente más célebres, las que se recuerdan, sino también aquellas otras que nos contaron por sus fracasos y que incorporamos al nuestro propio. Cada generación asume los fantasmas anónimos de las anteriores. El poeta es entonces un enunciador de desconocidos, de vidas errantes y perdidas, de ausencias incluso nonatas. Mientras la blanca nieve cae sobre la ciudad, mientras se deslizan las tinieblas por los malecones de ambas riberas, los barcos que navegan el río de la vida pasan repletos de almas mientras que el poeta no tiene las suficientes monedas en el bolsillo para pagar el embarque de todas. Tampoco para responder las preguntas que se le formulan como a un guía: «¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué viene después?». Después y antes sólo la nieve y el barco que se desliza por entre el sueño, «esa dulce pérdida de conciencia», que es toda la consolación que la divinidad les da a los hombres. El destino es el mismo para los amantes que para el suicida. La ciudad es más silencio, oscuridad, vacío: «En el silencio aparecen señales emocionadas / y en las encrucijadas de la memoria / detectas nombres». La ciudad es más olvido que recuerdo. Recordar el olvido para ser nombrado en él, aunque Jaroslav Seifert duda si no sería mejor sumergirse en las aguas gélidas del Danubio a su paso por Praga, sumergir a todos y a todo, naufragar ya definitivamente.

Oleadas de jóvenes pasan junto a las estatuas de héroes que desconocen, héroes o villanos según los tiempos, al fin y al cabo mobiliario urbano para turistas también náufragos. La ciudad es un permanente encuentro con la muerte, con la que se cruza siempre de regreso atravesando un puente. Y no sólo pasan sus habitantes, la misma ciudad pasa en ellos a otra memoria que no recuerda ya a la anterior: «El tiempo que se va y lo arruina todo, / silencioso como las plumas del nocturno búho, / las llaves tiene de la alegría y la amargura, / del sonreír de las chicas y del llanto de las viudas...». Ciudad de los muertos habitada por quienes lo desconocen. Detener el tiempo. La ciudad detenida en el pasado que es su futuro. Praga, para Seifert, ofrece todavía un rincón donde no se mueve el tiempo, donde uno puede igualmente quedar etéreo. Pero en este tiempo detenido y en este espacio, que está el paraíso o el infierno: «Si no hay, pues, paraíso, como usted dice, / y no existen los ángeles, / por lo menos aquí y delante de nosotros / está sin duda alguna el infierno / aunque también el hombre inventó el infierno. / Hasta inventó la muerte, / ¡y existe!». Seifert deambula por una ciudad en tinieblas cuyo amanecer no se llega a conseguir nunca, y encuentra la fotografía de una tanagra rosa, una estatuilla de barro sepultada en una tumba de otra ciudad antigua, «no queda allí más que un puñado de polvo, / eso es todo». Ya todo pasó en el mundo, todo es igual, todo efímero, más «¡ay de los enamorados / que no saben descubrir en cada beso / una nueva flor! que el tiempo pretendía ahogar».

Seifert, siente la nostalgia de la vida no vivida, porque se tiene que vivir la de todas las otras vidas anteriores, y la de uno mismo que ya fue también otros varios: «Veo a mi madre cuando era joven, / va por la hierba y lleva una rosa. / Mas cuando cae la flor del arbusto / la imagen de nuevo se desvanece». Y bien poco vale la experiencia de todos los reunidos, no hay sabiduría acumulada, sólo «creer en algo, / que se parece demasiado a la nada». Los cementerios son los paraísos perdidos, allí están únicamente los recuerdos para los visitantes, no para quienes han vuelto a desocupar el aire. Al final este paseo privilegiado por Praga, que es ella misma pero también todas las ciudades del mundo, se convierte en un acta notarial de desapariciones: «El conde ha muerto, la condesa ha muerto, / el poeta ha muerto. / Los músicos han muerto. / Todos mis amores han muerto / y yo sólo me dispongo ya a partir. / Eso me suele parecer al menos / cuando mirar deseo tus lejanos ojos / y busco en vano, en algún lugar distante, / la postrera piedra del jardín / que también ha muerto».

La poesía, para el Premio Nobel de Literatura 1984, es el único sostén de la nostalgia del mundo. Los poetas son una fauna en extinción. La poesía siempre es la misma, incluso la de los artificios de la vanguardia. El poeta está obligado a decir más que lo que esconde el rumor de las palabras, de lo contrario, «con la palanca del verso no podría / hacer saltar el capullo de los melosos goznes / y obligar al escalofrío / a que nos recorra la espalda / mientras desnuda la verdad». Clara Janés, aparte de realizar una magnífica antología de los mejores poemas de Seifert sobre su ciudad natal, hace una traducción que es una gran recreación estilística.

01/01/1998

 
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