ARTÍCULO

Afinidades narrativas

 

Una primera constatación. A Benjamín Prado (Madrid, 1961) le gustan los títulos largos. Si exceptuamos Raro, su primera incursión novelística tañida por la mitología del rock y el cine, las obras que le siguieron exhiben títulos sentenciosos: Nunca le des la mano aun pistolero zurdo (1996), Dónde crees que vas y quién te crees que eres (1997). Esta locuacidad enunciativa se atenúa con Alguien se acerca (1998), No sólo el fuego (1999) y La nieve está vacía, para retornar con Jamás saldré vivo de este mundo, nueve relatos anudados por las afinidades narrativas. Y del título, preñado de un determinismo que impregna las historias que agrupa, a una advertencia del autor: «Este es un libro raro, el primero que alguien escribe, por lo que yo sé, con autores invitados, a la manera de esos discos de las estrellas del Rock & Roll en los que colaboran otros músicos, tocando sus guitarras o cantando a dúo». Los invitados al concierto de ficciones son Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Almudena Grandes y Juan Marsé; como el anfitrión, tan enfermos de literatura como enfermos –del corazón, de asma, de cólera o de amor– están los personajes que transitan por estos cuentos de aliento fantástico y acento hispanoamericano. Así lo confiesa el propio Prado. Convirtió a Javier Marías en uno de los personajes del cuento que abre el volumen, «Hay que matar a Roco», y le pidió autorización para utilizar su nombre: Marías no sólo accedió, sino que le brindó algunas recomendaciones que dieron alas al desenlace de la historia. Lo mismo ocurrió con Enrique Vila-Matas, quien describe una fotografía suya en el relato «Asma», mientras que Almudena Grandes desencadenó «Todo lo que vio Alberto»: la fotografía de García-Alix llena de sombras el futuro de una escritora a punto de casarse. La enfermedad, hemos dicho, planea sobre los relatos de Prado. En «La epidemia», un Perú fujimoriano de cólera, ceviche y pesadilla es el telón de fondo a la muerte de un ser querido; la búsqueda de un amor acabará enlodada por un entorno de droga, peleas de perros y niños drogados con pegamento, prostitución y miseria. En la narración que da título al libro, un joven se ve inmerso en una red mafiosa, y en «Mi día de suerte» el escritor empuja a su personaje al vacío de la eternidad, cuando éste se queda suspendido entre dos vagones de tren. La obsesión amorosa y la dependencia sexual tendrán como paisaje la Managua que padece terremotos y ciclones en «Los muros se mueven». A la enfermedad y la fuerza del destino, añade Benjamín Prado su firme apuesta por el suspense, no el de la serie negra, sino el que tensa el relato y lo inviste de verosimilitud. En sus novelas y narraciones, el autor madrileño lleva a sus personajes al límite y los deja suspendidos cuando ya han consumido hasta el último átomo de sus vivencias. (Conviene añadir que en algunos cuentos el escritor lleva el recurso hasta la extenuación.) Pero el suspense, las pesadillas, los ataques de asma, el atormentador déja vu familiar o las derrotas sentimentales nada pueden contra el humorismo del último relato que merece capítulo aparte y que lleva un título sumamente denotativo: «Las banderas son para los idiotas», con el escéptico Juan Marsé como Sumo Hacedor. El testimonio de Doroteo Nomen, el barrendero barcelonés que se ve inmerso en el ojo del huracán de las patrias y que cuenta su peripecia en el Hotel Nacional de La Habana, depara el cuento más afortunado del volumen. Según cuenta Prado, la génesis hay que buscarla en sus tiempos de periodista de Diario 16, cuando se trasladó a Barcelona y le hizo una entrevista a Marsé. Entre rondas del Guinardó, periplos por los adoquines de los que emergió El embrujo de Shanghai y colaciones de mandonguilles amb sèpia i gambes en Casa Leopoldo, se topó con quienes «aprovechaban el nacionalismo para explotar enfrentamientos, fingir agravios, avivar tópicos o forzar discusiones, intentaban transformar su cultura en una frontera y su idioma en una barricada». Tras constatar que la estulticia nazi-onanista puede cambiar de bandera y territorio pero se extiende de manera uniforme hasta el último rincón del planeta, Prado manifiesta sus preocupaciones al autor de Si te dicen que caí y éste le revela un cuento todavía inacabado. El protagonista es un atleta que ha cruzado la meta como campeón y sigue corriendo la vuelta de honor jaleado por una multitud entusiasta que abarrota el estadio. Mientras continúa su carrera le dan la bandera olímpica, luego la europea, después la española, un poco más tarde la senyera catalana –porque es de Sabadell– y, cuando está más fatigado, la de Murcia, cuna de sus ancestros. Pero la cosa no acaba aquí: durante el recorrido que se ha convertido en vía crucis da tiempo todavía para que el sufrido atleta reciba la bandera de su ciudad natal y la del ayuntamiento del pueblo de su padre, Elche de la Sierra... El cuento de Marsé se alterna con las experiencias de Doroteo Nomen, el hombre a quien el azar lo lleva a ser acusado de ultraje a la bandera cuando se suena las narices ante dos enseñas que ondean al viento flanqueando una mesa petitoria del Día de la Banderita; como no se llega a saber si el moco fue a colgar de la rojigualda o la cuatribarrada, el incidente dividirá en dos bandos a la opinión pública: «De una parte, el de los nacionalistas catalanes que, deseosos de que Doroteo hubiese dejado el moco en la bandera española, lo consideraron un héroe y organizaron enseguida manifestaciones y homenajes en su honor, elogiando su coraje; de otra, el de los nacionalistas españoles, deseosos a su vez de que la secreción nasal hubiese ido a parar al estandarte catalán, que asimismo enaltecieron al héroe anónimo y le hicieron objeto de tributos y ofrendas». Este y otro incidente harán de Nomen un fugitivo que no complace ni a los hunos ni a los hotros y que llega a la conclusión de que la diferencia entre los países y las patrias es «la misma que hay entre la lluvia y los charcos». En estos tiempos en que los nacionalismos de uno y otro signo son como dos trenes descontrolados que atraviesan el solar ibérico a la velocidad que parece preludiar la colisión, «Las banderas son para los idiotas» nos alecciona sobre cómo puede complicarse la existencia cuando la invade el narcisismo de las pequeñas diferencias. Un cuento con en el que Benjamín Prado justifica con creces este volumen de afinidades narrativas.

01/03/2004

 
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