ARTÍCULO

Espíritu indomable

 

Hasta ahora, poco se sabía de la segunda esposa de André Breton, Jacqueline Lamba. Una primera exposición de sus pinturas se realizó en la galería parisiense 1900-2000 en 1998 y, luego, una magnífica muestra en la Fundación Eugenio Granell de Santiago de Compostela (en mayo de 2001) nos brindó un texto fundamental de Salomon Grimberg que trazaba vida y obra de la que fuera, además de musa del fundador del surrealismo, una exquisita pintora. Existían a su vez raros documentos, como la entrevista que hiciera Teri When-Damisch en París en l986, obviamente de difícil obtención. Ahora ha aparecido un libro de Alba Romano Pace que aporta algunos mínimos datos inéditos a la investigación sobre el personaje, aunque Grimberg considera este texto un vulgar plagio. Básicamente, Alba Romano se basa en la investigación (realizada de primera mano, es decir, con datos obtenidos directamente de Jacqueline Lamba) de Grimberg, ampliándola con informaciones generales.
Lamba quiso ser ante todo pintora, pero su matrimonio con André Breton, si no se lo impidió, sí se lo puso bastante difícil. De familia acomodada, pero huérfana a los diecisiete años, tuvo entonces que ganarse la vida e independizarse, instalándose en una «pension de jeunes filles», algo raro para la época. Jacqueline fascinaba por su belleza y su sofisticada indumentaria, ya que, como dijera su amiga Dolores Vanetti: «Nunca iba vestida del presente, siempre del pasado o del futuro», pues se ataviaba con trajes del siglo XVIII o bien como una prehippie, con faldas largas y joyas confeccionadas por los indios de Norteamérica. Su carácter rebelde e indomable le valió el sobrenombre de «14 juillet». Sin duda era orgullosa, caprichosa y voluble, pero también era sumamente vital, alegre e independiente, y muy pronto pasó de la fascinación por el maestro a sentirse oprimida por la personalidad egocéntrica y machista de Breton, quien quería tener cada día «la mesa puesta», como explica su propia hija Aube.
Entre los episodios inéditos del libro se encuentra su amistad con Antonin Artaud, quien en una carta de 1937 la describió con gran perspicacia: «Vous êtes un noble cœur, un esprit orageux, une âme généreuse. Vous vous croyez mauvaise et vous vous trompez» («Tiene usted un corazón noble, un espíritu atormentado, un alma generosa. Se cree usted mala, pero se equivoca»). Jacqueline fue a visitarlo en el psiquiátrico, algo que Breton nunca hizo.
Jacqueline y André peleaban con mucha frecuencia; de hecho, Alba Romano explica, como anteriormente lo hiciera Salomon Grimberg, que Breton no comprendía la vocación artística de Jacqueline. Esta falta de sintonía llegó a ser dramática: Jacqueline, que dio a luz a su hija Aube en l935, huyó del 42 de la Rue Fontaine en muchas ocasiones, dejando a Aube con su padre, y en una ocasión durante cuarenta y cinco días, sin decir nunca adónde iba. Sin duda para que volviera, una carta de Breton decía así: «Ma Jacqueline [...]. Écoute-moi: tu dois peindre. C’est important pour toi et pour moi» (Jacqueline mía [...]. Escúchame: debes pintar. Es importante para ti y para mí»). Esta carta, como otras muchas citadas en el libro, es una de sus aportaciones inéditas, aunque se trata tan solo de extractos, ya que el testamento de Breton estipula que no puede publicarse su correspondencia hasta cincuenta años después de su muerte (lo que sucederá en 2016).
Las disputas eran violentas y conocidas por todos los amigos, pero siguieron juntos, pasaron la guerra juntos y, desde la Villa Air-Bel en Marsella, embarcaron con Claude Lévi-Strauss, Wifredo Lam y su mujer, Helena Holzer, y Victor Serge y su esposa en el buque Le Capitain-Paul-Lemerle hacia Nueva York. Allá, mientras André no hablaba con soltura el inglés, la políglota Jacqueline conoció al joven escultor David Hare y en 1942 se fue a vivir con él. Seductor y, sobre todo, rico, con él Jacqueline pudo pintar libremente y tener un estudio para ella sola.
Su pintura muestra unos espacios vagamente submarinos o astrales, desgarrados por luces inquietantes e irreales, en un estilo con algún eco de la pintura de Roberto Matta. Separada de Hare y de regreso en Francia, sus lienzos cambian: sutiles recreaciones semiabstractas del paisaje de Simiane, en el Midi francés, evocado con manchas o pequeñas pinceladas. En los últimos años (en un curioso paralelismo con Dora Maar, una de sus mejores amigas) no hizo otra cosa que pintar.
La autora no muestra la perspicacia psicológica de Salomon Grimberg, quien había descrito a Jacqueline como alguien que, tras siete años de penurias, quedó fascinada al convertirse en la nueva musa de Breton, pero que siempre exigió un nivel de vida más alto, algo que Breton no podía ofrecerle. El libro de Alba Romano también pasa por alto la amistad amorosa entre Frida Kahlo y Jacqueline Lamba, quienes se habían conocido en el viaje de los Breton a México en 1938. ¿Autocensura por parte de la autora? No sabemos qué decir, ya que, conociendo a Aube Breton, no creemos que la familia haya interferido en este aspecto. En su haber, en cambio, digamos que la biógrafa resume correctamente los principales acontecimientos del surrealismo a partir de los años treinta, la estancia en la Villa Air-Bel de Marsella esperando los visados para huir de la Francia invadida por los alemanes, el exilio en Nueva York y su retiro final.
Tan solo unos meses antes se ha publicado, con presentación y notas a cargo de Jean-Michel Goutier, las Lettres à Aube, es decir, las cartas que Breton escribiera a su única hija. Sorprenderán a todos aquellos que sólo ven en Breton al «papa del surrealismo», a una personalidad intransigente y autoritaria. Su gran humanidad, así como la profunda ternura que expresa hacia su adorada hija, son admirables. Sus consejos sobre la vida, y sus continuos desvelos respecto a los estudios de Aube, nos ofrecen un valiosísimo contrapunto sobre el carácter del gran poeta francés.

01/03/2011

 
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