ARTÍCULO

Turgueniev a plazos

 

He aquí un hermoso libro difícil de clasificar, publicado por una pequeña editorial de Oviedo en una primorosa edición, y que aparte de sus méritos propios puede ser interesante recordar el texto que Juan Eduardo Zúñiga dedicó al mismo tema bajo el título de Las inciertas pasiones de Iván Turgueniev (Alfaguara, 1996). Moisés Mori rinde un homenaje al maestro ruso y ajusta sus pasos sobre sus huellas. El autor divide su obra en brevísimas viñetas, de unas pocas páginas, a veces un solo párrafo, y en cada una de esas celdillas va depositando a modo de pincelada un color, un aroma, un escorzo biográfico hasta permitir que emerja sola una figura completa. La gama es rica y profunda y el recorrido complejo. «Sólo la multiplicidad de ángulos, la suma de perspectivas permite acercarse de verdad al alma de un hombre vivo», escribe Mori. El resultado de todo ello es un minucioso y sugerente retrato de Iván Turgueniev en facetas y un álbum de instantáneas de la gran literatura rusa a vista de pájaro, hecha al estilo de un mosaico. De este modo, vemos desfilar a Gogol («Hamlet de patológica melancolía y profunda infelicidad»), a Tolstoi («atleta de ojos femeninos»), a Dostoievski («una escritura epiléptica») o al propio Iván Turgueniev convertido en «un noble dubitativo, un intelectual cosmopolita» y más adelante en «un soltero timorato». El libro rezuma sosiego y amor hacia la literatura. Dice mucho en favor del autor el que haya preferido un formato así, calidoscópico, hecho de detalles privilegiados, donde se reivindica el matiz, antes que someter al modelo a un corsé enciclopédico de trazo grueso. Estampasrusas recoge la vida y obra del gigante Turgueniev, y se las entrega al lector en dosis homeopáticas, nos da un Turgueniev a plazos, teniendo como telón de fondo todo ese decorado abigarrado y romántico de duelos a pistola en bosques rusos, montones de cartas de apasionada retórica y lo que el autor denomina «la sangre sobre la nieve». A medida que la lectura avanza, el libro va alcanzando toda su fascinación de prisma. Moisés Mori demuestra tener sensibilidad cinematográfica, sentido compositivo, buen ritmo de prosa, así como un agudo olfato narrativo para cargar de tensión interna cada fotograma del modo más conveniente. Leídos uno tras otro, estos apuntes leves de la historia de Turgueniev forman una suerte de progresión dramática: la madre insoportable, los primeros amores, la literatura, el ardor de la pugna entre europeístas y eslavófilos, el flechazo irrevocable que el escritor siente hacia la cantante de ópera Pauline Viardot desde el momento en que la ve actuar por primera vez «en una escena [sic] casi vacía, saliendo por la derecha, con una corona en la cabeza». Para Turgueniev tal representación duró cerca de cuarenta años, durante los cuales siguió en peregrinación a todas partes a su dueña de origen español, a su querida gitana, casada y con hijos, y se convirtió en un miembro más o menos estable de la tribu de los Viardot. Turgueniev fue acusado por alguno de sus contemporáneos de tibieza y de pasarse la vida en un balneario alemán. Desde los cincuenta años padeció ataques de gota, dolencia que degeneraría en un cáncer de huesos que le llevaría a la tumba. Veía motas negras por un ojo y un día en que volvió a su finca de Spasskoie acompañado de su traductor inglés, con quien guardaba gran parecido físico, los campesinos creyeron que el novelista regresaba con un doble que hablaba en un idioma desconocido y se asustaron. Fue amigo de Flaubert. Cometió la equivocación de bailar un cancán ante Tolstoi. Escribió Humo, Primer amor, Padres e hijos, novelas. Murió en Francia a los sesenta y tres años. Yace enterrado en San Petersburgo. Resumió su credo en la frase: «Lo viejo agoniza y lo nuevo no acaba de nacer».

01/08/1998

 
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