ARTÍCULO

Paseos culturales

Trad. de Mireya Reilly de Fayard Gedisa, Barcelona
496 págs. 3.950 ptas.
 

Como otras obras recientes de algún colega de Clifford, publicadas en esta editorial, el presente libro tiene la ligereza deliberada que imponen los usos posmodernos. Cuentan, sobre todo, esas reflexiones apresuradas, que suscitan fenómenos casi tan fugaces como ellas mismas y que le llevan a uno a concluir que realmente la cultura ya no es lo que era. Y es que hubo una época –cada día se nos antoja más lejana– en la que la antropología mostraba sus señas de identidad con nombres de pueblos y lugares que parecían dotados de cualidades inmutables. Fuesen los nuer o las islas Trobriand, los tallensi o Samoa, todos ellos evocaban realidades tan fijas en el espacio como inmóviles en el tiempo. Pero de unos años acá parece imponerse eso que llamó Marc Augé (acabo de aludir a él, como autor bien querido por esta colección) la antropología de los no lugares. Lo que Clifford, por su parte, parece buscar son esos huecos en el tiempo o en el espacio en los que no repara la investigación académica. Por ejemplo, el viaje mismo al campo, o el museo o la exposición, que desplaza la cultura exótica de su entorno natural.

Es encomiable, sin duda, que el autor ponga especial empeño en rechazar que algunas prácticas disciplinarias del pasado deban identificarse con la antropología (la distancia frente a lo ajeno) y mucho menos con la cultura (la perdurabilidad o la incontaminación). Clifford, como otros coetáneos, busca actualizar el concepto haciendo de la cultura algo menos acabado, mucho más movedizo y, sobre todo, más acorde con la omnipresente globalización. De algunas consecuencias de esta última se ha ocupado el propio antropólogo hace ya años, cuando se refería a un mundo donde el sincretismo y la invención periódica se estaban volviendo habituales; un mundo urbano y multinacional, de fugacidad institucional donde los tejanos eran tan apreciados por los jóvenes entonces soviéticos (Dilemas de la cultura, 1988 –publicado por Gedisa en 1995–). Pero aquí constituye el hilo, endeble, de una, por otro lado, heteróclita colección formada por un estimable ensayo inicial y notas incidentales o, a lo más, esbozos de quién sabe si ulteriores elaboraciones.

De todas formas, es esa fugacidad la que Clifford instala en el lugar central de esta forma posmoderna de hacer antropología. Y eso le lleva a hacer objeto de la misma las circunstancias de la investigación etnográfica, apenas mencionadas lustros atrás. Frente a los rancios requisitos (los confesables: un tiempo prolongado en lugar remoto y cuanto más desconocido mejor), el antropólogo resalta hoy lo que, a lo más, ocupaba lugar en la anécdota. Es decir, el viaje mismo y los medios de transporte; el contexto nacional o internacional de la aldea o de la isla perdidas; o los avatares de la traducción. Con todo, es lamentable que Clifford apunte tan sólo a ese encuadre de la actividad del antropólogo y pase luego por su libro sin apenas rozar sus elementos. Sin duda, costo de la ligereza a la que aludía, mayor de lo deseable aun cuando se trate, tal vez, de socavar el esencialismo de viejas peroratas sobre la cultura. Pero ese esbozo sirve, al menos, para dirigir la atención del lector al foco que interesa al autor: las zonas desvaídas de la cultura, las fronteras. La pregunta clave, dice, ya no es «de dónde es usted», sino «entre dónde y dónde está usted».

En esa situación liminal o fronteriza se ha dado una gran diversidad de situaciones. En un extremo, el viaje elitista, explorador y aventurero del siglo XIX ; en el otro, el del trabajador forzado a emigrar. En buena medida, la antropología es heredera de la tradición viajera: en ella se forjó la distinción entre un ellos fijo e inalterable y un nosotros transeúnte y repartidor de identidades por todo el planeta. Diríase –aunque no va tan lejos Clifford– que del Robinson que impone el nombre al negro Viernes a nuestros trobriandeses o neoguineanos hay un sutil hilo que nunca se ha roto. Pero la situación cambia y la antropología se hace cada vez más cerca. Y no sólo en un país como el nuestro, que nunca tuvo tradición viajera consolidada ni continuidad en la práctica investigadora.

Indudablemente, lo que ha entrado en crisis hace tiempo es el trabajo de campo tradicional. Por razones económicas, pero también ideológicas, no es fácil ni deseable estudiar a los de afuera, que solían ser además, geográfica y socialmente, los de abajo. Se tambalea moralmente también la separación entre el campo como lugar de trabajo y el lugar habitual de residencia, donde se digiere, se elabora el material y se somete a la crítica académica. Poco o ningún control han tenido los otros, materia prima de la investigación, sobre esos productos acabados que alabamos como obras maestras de la disciplina. Clifford no propone, sin embargo, descartar el espíritu que llevó al viaje o a la investigación en tierras remotas, pero sí repensarlo en otras circunstancias. De nuevo, el autor parece a punto de romper definitivamente la dualidad tradicional cuando sugiere que tomemos como discurso académico ese conocimiento que los otros, los de fuera y lejos, han elaborado sobre sí mismos. Y por qué no, se pregunta uno, dar el giro completo: tomemos como documento etnográfico nuestras discusiones académicas. Adoptemos, en suma, distancia respecto a lo próximo. A ello debería conducir esa fragmentación de los tiempos que, dice el autor, nos hace a todos ser a la vez residentes y viajeros.

Pero la levedad –esa que imponen tanto los tiempos como las editoriales– impregna el conjunto del libro. Clifford dedica muchas más páginas a narrarnos sus paseos por esos lugares de encuentro cultural que constituyen museos y exposiciones etnográficas. Claro que unos y otras son hoy también fuente de problemas morales y ocasión de crítica histórica. Clifford nos muestra, sin embargo, museos y exposiciones que responden a criterios más consonantes con nuestro tiempo. Se trata de colecciones, en América, que tienen a sus propietarios relativamente cerca y que intentan superar impresentables historias de expolios. O exposiciones de objetos cuyos productores están tan lejos como los de los viejos museos, pero donde el organizador ha pactado con aquéllos hasta el mínimo detalle en la presentación. Es el caso de ese atractivo Paraíso del londinense Museo de la Humanidad, colección que evoca una remota y cambiante Nueva Guinea.

Pero incluso en este caso el encuentro se hace complicado. Como nosotros, los wahgi neoguineanos son «tribales y modernos, locales y mundanos». Son nuestros esquemas los que dividen tradición y modernidad, pasado en foto de color sepia y presente en foto en colores, mito e historia. Como las fronteras espaciales, también las temporales se ven afectadas por ese talante de la época que rehúye planteamientos de todo o nada. Talante que, en antropología, contribuyó a fomentar como pocos Clifford Geertz y que ahora parece repudiar al enfrentarse con esta obra de James Clifford. Severo, el predecesor contrasta la inseguridad de las rutas con las raíces sólidas de la vieja etnografía Routes –título original del libro de J. Clifford– y roots suenan igual en inglés, y ese es el juego de palabras de Geertz en «Deep Hanging Out», The New York Review of Books, 28 de octubre de 1998. . Pleitos de familia, que diría el Tenorio, de los que nunca hay que hacer mucho caso. Y sí, en cambio, rogar encarecidamente a la editorial, que ha contribuido a difundir varias obras de esta corriente, una supervisión de las traducciones que a veces parece brillar por su ausencia, sobre todo en libros que, como éste, superan los varios centenares de páginas.

01/05/2000

 
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