ARTÍCULO

La memoria dura de Kadaré

 

Durante cincuenta años Albania permaneció cerrada no sólo a Europa sino al mundo entero. Su filiación comunista, en la variante maoísta, y su vinculación a China, que la apoyó militar y políticamente hasta 1978, la convirtió en un santuario rancio que se caía a pedazos mientras miles de vigilantes aplicaban durante la noche el adhesivo del terror y la desesperanza. Decía François Mauriac que para la breve travesía de la vida uno debe proveerse de dos muletas: una es el olvido y otra la esperanza. La primera es inútil e incluso perversa para un país como Albania. Ahí se impone la memoria. Solszjenitsyn lo hizo con el Gulag soviético y ahora Ismail Kadaré lo ha hecho con Albania.

Kadaré es uno de los más personales y prolíficos narradores de la Europa del Este. Hoy se pueden encontrar en castellano buena parte de sus obras, gracias sobre todo a la «Biblioteca Kadaré» de Alianza Editorial y la infatigable labor traductora de Ramón Sánchez Lizarralde. Formado en el Instituto Gorki de Moscú, el escritor albanés se exilió a Francia en los peores tiempos de asfixia del régimen de Tirana, cuando era el último bastión de un sistema en ruinas. Allí fue «adoptado» por la editorial Fayard, que tiene la exclusiva de toda su obra. Para entonces ya había escrito gran parte de su narrativa, un mundo esperpéntico, absurdo y terrible a la vez. Kadaré supo encontrar el tono adecuado para contar los resortes de aquella sociedad enferma creada por el comunismo albanés desde los mismos individuos, sus personajes, evitando toda tentación de generalizar. La suya es una obra rigurosa, original, teñida de obsesiones que la comprometen con su época y su país.

El tema de sus novelas siempre gira en torno de la alienación del individuo dentro de una sociedad con reglas arbitrarias e incomprensibles, hasta el punto de que algunas veces Kadaré parece cuestionar la realidad de la experiencia de sus personajes; es decir, lo que ven, oyen, sienten, incluso recuerdan. El autor balcánico es un digno heredero de Kafka, pero se separa del checo en el alcance de su búsqueda literaria. Kadaré está más interesado en la tragedia que en la comicidad de lo absurdo, y por eso sus narraciones siempre tienen un matiz de fatalidad existencial, de destino mítico. En él se unen la tradición clásica que se remonta a los griegos y la vitalidad atormentada de los rusos, principalmente Dostoievsky. Todo ello aderezado con una estricta exigencia de estilo y de estructura narrativa.

En su mayor logro narrativo hasta la fecha, Spiritus, Kadaré se sumerge en las miasmas de un régimen que llegó a la más estúpida crueldad para saber con quién estaba tratando. Los vigilantes/torturadores indagaban en los otros algo sobre sí mismos que jamás iban a encontrar: la verdad convertida en una prenda usada e inservible, la realidad encerrada en la voz reptante de un espíritu. De espíritus trata esta novela compleja pero de amable lectura, en la que Kadaré ha dispuesto sus materiales con un acierto feliz, sin énfasis ni demagogia. No hay referentes históricos y muy pocos geográficos. Estamos en la transición, cuando el odiado régimen ya no existe en el plano formal pero sí todavía en las conciencias. En la primera parte, «Caos», un grupo de investigadores indaga el misterioso caso de espiritismo ocurrido años atrás en una pequeña ciudad albanesa. Eran los tiempos de Enver Hodja, que llegó al poder en 1944. Las pesquisas del grupo se desarrollan en el caos de los hechos inconexos: un soldado-actor que es utilizado para hacer de ahogado y así disuadir de las fugas por mar; la puesta en escena y posterior prohibición de La gaviota de Chéjov; el accidente sufrido por el guía albanés de una legación francesa; las grabaciones de voces exhaustas o de ultratumba. Como dice el cronista del grupo, palabras que podría suscribir Ernesto Sábato, «nosotros buscábamos la verdad, pero al mismo tiempo la temíamos».

En la segunda parte, «Revelación», volvemos al tiempo en que sucedieron los «hechos». Conocemos la secreta ceguera del dictador, que provoca un interés inusitado por desarrollar aún más el oído de la patria. Llegan unos ingenios chinos minúsculos (grillos) que se instalan en los abrigos de los vigilados. En ese mundo de voces que se delatan y escuchas clandestinas, todos los amores son frustrados, incluido el del comisario político Arian Volgi, personaje en el que luchan insatisfechos impulsos amorosos y el tibio celo funcionarial. La inventiva de Kadaré en esta parte resulta desbordante y contiene el repertorio de las perversiones de un sistema acomplejado y miserable. Muertos sometidos a proceso, arrestados o condenados; un franciscano fusilado a consecuencia de una confesión doblemente secreta grabada por un grillo; los jadeos amatorios de las parejas, única pornografía permitida a los vigilantes; el frío y el silencio como símbolos de una existencia humana a media asta, entre la muerte y la vida.

Mientras se somete «a tratamiento» a la población para que confiese su traición («Si la lengua albanesa no existe más que para segregar ese veneno, que desaparezca de una vez por todas»), la vida política está ligada como nunca al desarrollo de un lenguaje. Arian Volgi se da cuenta de que, después de tres años de instalados los micrófonos («insectos del estado», «oídos de la muerte»), el habla de los «pacientes» se ha vuelto mucho más críptica que antes, hasta el punto de que no se entiende. La paranoia del régimen llega a su extremo cuando el pobre Shpend Guriazu, enamorado de la actriz que interpretaba la gaviota en la obra teatral, es desenterrado varios años después de su muerte para recuperar el micrófono que tenía instalado y escuchar los sospechosos sonidos de su espíritu. Spiritus, en fin, es una novela dotada de una simbología calculada y genial. Una novela que, como la buena literatura, no sirve para nada más que para rescatar del olvido una particular forma de sufrimiento y con él, quizá, depende de cada lector, construir la difícil muleta de la esperanza de la que hablaba Mauriac.

MÁS MEMORIA

Encontramos nuevos resortes de la memoria en algunas novelas de los años setenta que el autor albanés ha revisado en los noventa, desde la tranquilidad y la distancia del exilio. A la edad de nueve años, Ismail Kadaré vivió la ocupación alemana de Albania. El episodio le dejó honda huella, sobre todo la lucha guerrillera que luego facilitaría la implantación del particular estado comunista. Su primera novela, El general del ejército muerto (1963), trataba ya ese ambiente de destrucción colectiva y personal a través de la historia de un jefe militar que llegaba para repatriar a los soldados caídos en combate y que acababa inmerso en su propio delirio. Noviembre de una capital, novela escrita en Tirana, como la mayor parte de la extensa obra de Kadaré, rememora escenas de las que el escritor fue testigo o que oía contar en su ciudad natal, en el sur de Albania. Utilizando varios puntos de vista, el relato recrea la resistencia albanesa a las tropas alemanas que tenían tomada la capital.

La tensión narrativa se sitúa en los días finales de la lucha guerrillera y el consiguiente repliegue de las fuerzas nazis hacia el norte. Es el momento del cambio en las actitudes y las conciencias de los combatientes. El odio a los alemanes de personajes como Sheriff Goren, Javer o Mete Aliu, su cansancio por el combate y su aturdimiento ante la violencia y la muerte sufren la última prueba: la toma de la estación de radio de Tirana, desde donde los diversos regímenes –el rey Zog, los fascistas italianos y finalmente la Gestapo– han ido vomitando sus mentiras a la población. Al lado de escenas crudas de auténtica guerra, tenemos fragmentos de la vida de algunos personajes que están en el otro bando, el llamado «burgués», como es el caso del escritor Adrian Guma y de la locutora de radio Miriam. El primero ve cómo su mundo se derrumba con el atentado sufrido por Víctor Manuel III; la segunda, apartada por el «delirio en alemán que lo recorría todo como el trazo de un electrocardiograma», aborrece su papel de vocera de los poderes sucesivos. Como a muchos, le falta esa sensación de identidad que resuelva el malentendido que ha sido su existencia, símbolo de un pueblo humillado por tantos amos foráneos.

TRADICIÓN Y FATALIDAD

Fechada en los inicios de los años ochenta, El cortejo nupcial helado en la nieve narra los momentos más destacados de una época de transición. La protagonista de esta novela es la jefa de cirugía de un hospital que atendió a las víctimas del aplastamiento de una rebelión popular. Los comisarios políticos la acosan para que explique por qué hubo tantas operaciones de urgencia la noche del baño de sangre y por qué se dispusieron camas adicionales. Otro plano narrativo nos muestra a los instigadores de la línea dura, tipos preocupados por los signos de debilidad del régimen y que defienden la vuelta a las listas negras y los ominosos ficheros del estado policial.

Frías flores de marzo, por su parte, es un relato poscomunista que ahonda en la herida dejada por décadas de suspicacia y terror en una población que no acaba de estar convencida del cambio producido en Albania. Aquí Kadaré introduce factores hereditarios, ancestrales prácticas como el «Kanun», versión balcánica de la mediterránea vendetta, aparentemente erradicada por la ortodoxia comunista. Se trata de una sociedad donde es imposible esconder nada y en la cual la misma discreción o anhelo de secreto son considerados sospechosos, como ya vimos en Spiritus. El atraco de un banco anima a la gente. Si alguien cree que puede sacar provecho de tal cosa, significa que la asimilación occidental es un hecho. En el centro de la trama está un pintor, Mark, que mantiene relación con una joven, paradigma de la vida moderna que aguarda en el inmediato futuro y que se despereza como una serpiente en primavera. La mujer-serpiente es uno de los símbolos que aparecen en esta novela, Frías flores de marzo, estructurada de manera original con contracapítulos que parecen alejarse del argumento principal pero que en realidad lo subrayan, buscando así un ligamen imaginativo con el lector.

La lectura de las últimas entregas novelísticas de Kadaré, sobre todo la magnífica Spiritus y el divertimento fúnebre de Frías flores de marzo, tiene la virtud de abrirnos el apetito para obras más antiguas rescatadas ahora en la Biblioteca Kadaré. El nicho de la vergüenza es una novela situada en el siglo XIX , cuando Albania estaba bajo dominación turca. También El año negro nos remite al pasado, en este caso a 1913. Ambas novelas desarrollan sucesos trágicos, igual que Abril quebrado, en la que ya apuntaba la ley de la sangre, el «Kanun», destino que persigue a las familias. Kadaré, que se ha convertido en un autor de culto en Francia y que ya hace tiempo aspira al Nobel, es un novelista escrupuloso. Su plástica escritura destaca por la claridad y el gusto por lo grotesco. Sus personajes resultan muy humanos y directos. Sabe envolver al lector con una atmósfera peculiar, a la vez fría y participativa. Una atmósfera inquietante, plena de referencias balcánicas, fatalidad y aroma vital. Sus novelas no son en el fondo «políticas», pero como autor el albanés se compromete con su tiempo. Cuando retrata la desesperada inutilidad de muchos gestos bélicos, la resaca de la lucha y el abuso que luego la política hace de ella, lanza un depresivo lamento a la ingenuidad de unos ideales confusos que se diluyen en una memoria selectiva, perpleja. A veces percibimos cierto resquicio de culpa, de vértigo, pues no en vano el autor vivió durante muchos años «en» el régimen de Hodja. En definitiva, Ismail Kadaré alumbra en su novelística parcelas desconocidas de la historia balcánica y explica los orígenes, el desarrollo y el futuro incierto de un pueblo sometido a las mayores pruebas, sin dejar de ser por ello una novelística universal, próxima a la sensibilidad de cualquier lector.

01/10/2002

 
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