ARTÍCULO

Islas, sombras del paraíso

Plaza y Janés, Barcelona, 223 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 156 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 205 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 271 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 271 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 121 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 157 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 186 págs.
 

Cuando en 1971 el grupo King Crimson grabó su legendario disco «Islands», el intrépido reportero Gabi Martínez permanecía aún en el claustro materno. No pudo conocer, por tanto, el paraíso ibicenco ni tampoco las maravillas que los jóvenes de entonces fuimos encontrando en distintas islas del Mediterráneo a lo largo del decenio de los setenta. Por ello, cobra valor su empeño de crear esta colección actual, donde varios autores escriben sobre un territorio insular de su querencia a las puertas del siglo XXI . La idea es sugestiva, ambiciosa, y expresa las inquietudes de un autor casi novel que parece dispuesto desde colecciones como «Vive la vía» (Plaza y Janés) o «Año Cero» (Grijalbo) a que sus compañeros de generación –la de Ray Loriga o Lucía Etxebarría-transmitan sus impresiones viajeras. El proyecto «Islas» se pliega, por tanto, a los deseos de su artífice, cuyos planteamientos condicionan imperativamente el producto final. Se intuye que había que presentar credenciales de juventud, lealtad inquebrantable al coordinador, respeto sagrado a los rapidísimos plazos de entrega, etc. La clave descansaba además en pautas de laboratorio: abandonar temporalmente a un urbanita en un territorio rodeado de agua, como un émulo de Robinson. Al final, la mayoría de aventureros sintieron en algún momento la asfixia de la insularidad.

«Islas» se presenta como un grupo de ocho novelas ambientadas en Baleares, Creta, Sicilia, Córcega, Capri, Patmos, Chipre y las Canarias. Pero el balance novelístico se reduce sólo a tres, las ubicadas en Creta, Capri y Patmos. El resto le debe más al libro de viajes y al reportaje periodístico de extensión e interés variable. Ello impide una evaluación de conjunto, aunque pueden detectarse algunas imperfecciones comunes: cierta premura en la cristalización de materiales, interés relativo hacia precursores ilustres –salvo los que el tópico ha hecho inevitables–, endeblez histórica, uso de barbarismos derivados de traducir literalmente guías extranjeras y «enamoramientos» fugaces. A menudo los autores caen deslumbrados por un hallazgo que les aparta del camino principal, pero el desvío no es fuente de prodigios como en la antigüedad sino una falsa gema que acaso desdeñarían en visitas más sosegadas. Resulta apasionante, por ejemplo, conocer la idiosincrasia de la comunidad gitana ibicenca que, con buen oído, recoge la novelista Nuria Barrios. Pero como su Balearia no es precisamente una novela sino un reportaje, habría sido de justicia, también, recordar que Ibiza fue escenario inspirador para creadores de la Bauhaus, estímulo filosófico de Walter Benjamin o acicate visual de Man Ray, Tristan Tzara o Le Corbussier, amén de refugio de nazis durante la postguerra y gran útero del Grupo 59, que revolucionaría la pintura alemana contemporánea. Todo ello es anterior a los hippies, claro, pero pertenece a la cultura del siglo XX, y si pretendemos que nuestros «jasp» sean de veras «sobradamente preparado» y vean en Ibiza algo más que la capital del hedonismo veraniego, quizá no debamos silenciarles tan valiosa información. La Sicilia de Ismael Grassa, en cambio, hace honor al ingente pasado de la isla sin olvido de su conflictiva actualidad. Le intuimos enamorado de la tierra de Lampedusa, y transmite ese amor, recogiendo luces, atmósferas, tipos y paisajes que le despiertan reflexiones siempre atinadas en las que la calidad lírica brota sobre un fondo impecablemente documentado.

Si Sicilia habla del amor del viajero, Anticreta es una historia de odio, o más bien de la imposibilidad de un veinteañero español para amar la tierra de sus ancestros. Gabi Martínez apuesta así por una novela de iniciación en una de las islas más viriles del Mediterráneo: un combate desigual entre un muchacho de hoy, tan sensible como inculto, y una tierra hosca y milenaria. Si la prosa del autor capta con gran fidelidad la aspereza cretense, sintetizada en el descenso del valle de la Muerte, la novela de Volpi, por el contrario, prescinde temerariamente del paisaje. Cierto que El juego del Apocalipsis elude el tópico estival y plantea la historia en invierno, cuando una pareja gana por sorteo un viaje para recibir el año 2000 en la isla de Patmos; pero la transición de lo festivo-humorístico al suspense y de éste al desenlace trágico requería un mejor ajuste, viniendo de quien viene. Volpi exhibe su talento en la pintura de climas y la caracterización de personajes, envueltos en una trama pseudoborgiana, pero uno tiene la sensación de que la novela podía haber transcurrido igual en Pernambuco o en Puerto Vallarta. La historia de José Manuel Heredia, en el polo opuesto, se nutre vorazmente de las coordenadas topográficas de Capri. Bajo una trama erótico-esotérica, plantea un «descenso a los infiernos» que tendrá en la isla de Tiberio sus etapas más severas. La novela se alza como un cruce entre una guía de bolsillo y el Eyes wide shut kubrickiano, con fogonazos de altura, pero a la que lastra a menudo una prosa en exceso libresca y sobrecargada de metáforas.

Cierta voluntad novelística se percibe también en Viajar a Chipre, de Marta Rivera de la Cruz, donde una joven escritora conocerá la isla de la mano de un atractivo lugareño. Escrita con desenfado y sin ínfulas literarias, la obra es un ameno e ilustrativo reportaje sobre una isla escindida, cuyos encantos seducen a una viajera que sabe reflejarlos en un tono que guarda parentesco con el de Maruja Torres. Similar desenvoltura preside Haciendo aguas, sobre telón corso, con un lenguaje más juvenil y una protagonista que parece surgir de una serie televisiva tipo Periodistas. Magda Bandera construye su libro en torno a un enigma vinculado al correo electrónico, y aunque Córcega queda algo desvaída, el texto alcanza calidad al describir rincones sentimentalmente próximos como L'Alguer.

Para rubricar la paternidad de «Islas», Gabi Martínez recorre el archipiélago canario en Diablo de Timanfaya, una obra netamente autobiográfica en la que el autor apenas se oculta tras el apasionado visitante que desea indagar sobre el misterio de los volcanes. Martínez se mueve mejor en islas pequeñas, como La Palma, La Gomera, Lanzarote o El Hierro, donde captura la esencia local con trazos luminosos y recios. Pero su acercamiento a Gran Canaria emite alarmantes chirridos. La historia lawrenciana que emplea para retratar dicha isla debería publicarse en una colección tipo «La sonrisa vertical», pero nunca en un proyecto que pretende exhibir, metáfora feliz al margen, algo más que el ardor erótico de sus habitantes.

En suma, «Islas» se nos antoja un archipiélago literario tan apasionante en su concepción como desigual en sus logros y contenidos: novelas que rara vez lo son pero pretendían serlo, guías viajeras donde prima lo subjetivo sobre un poso autóctono que convenza a la mayoría, reportajes moteados de arbitrariedad... Pero estos rasgos, paradójicamente, les confieren un perfil indiscutible «de autor», una mirada que se aparta de sendas convencionales y tiende, con la prosa y talento de cada cual, a resaltar un hecho luctuoso: aquellas maravillosas islas de nuestra juventud son hoy, para quienes las visitan por primera vez, sombras de un Paraíso ignoto e irrecuperable.

01/10/2000

 
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