ARTÍCULO

Una defensa de la libertad de expresión

Gota a Gota, Madrid
Trad. de Eva Pascual Pape y Estefanía Pipino
222 pp. 21 €
 

En su Biedermann y los incendiarios, el escritor suizo-alemán Max Frisch retrata cómo una pareja de incendiarios utiliza una combinación de intimidación y un llamamiento a la compasión para engañar al señor Biedermann, un hombre de negocios de clase media, y que les invite al ático de su casa. Biedermann los ve llevando bidones de gasolina, haciendo mechas y buscando astillas para encender fuego. Sin embargo, a pesar de que es consciente de la ola de incendios provocados que asola su ciudad, se niega a sacar la conclusión lógica de que su propia casa se ha convertido en un blanco. Lo que intenta, en cambio, es conseguir que los incendiarios se sientan bien acogidos y deja claro que está deseoso de aceptar cualquier petición que le hagan. Al fin y al cabo, parecen ser víctimas que necesitan ayuda y Biedermann quiere evitar conflictos a toda costa. Confunde buenas intenciones (lo que los autores llaman buenismo) con buenos resultados.
La obra teatral de Frisch era una metáfora para la toma del poder en Alemania por parte de los nazis, pero los autores creen que el mensaje de la obra es aplicable a la amenaza islamista que pesa sobre Europa en la actualidad. Dejan claro que el islamismo no es el islam, que contiene muchas creencias y tendencias diferentes. Pero para ellos el islamismo, como el nazismo y el comunismo, representa el mismo tipo de amenaza para el Occidente democrático actual que la que supuso el nazismo en los años treinta del pasado siglo. Los autores se sienten frustrados de que muchos europeos –al igual que Biedermann, el buenista original– reaccionen ante el peligro actual ingenua y pasivamente. Muchos se niegan a ver ambos como formas de «totalitarismo», que encuentran puntos en común en un antisemitismo visceral, un sexismo doctrinario y un deseo de establecer una dictadura que controle las ideas de los ciudadanos y sus ideas privadas. La esencia del islamismo es su lucha contra la libertad y, especialmente, la libertad de expresión.
Los autores, una pareja, escribieron este ensayo superventas tras la publicación en 2005 de las caricaturas que satirizaban al profeta Mahoma en el Jyllands-Posten. Jespersen había sido ministra en varios gobiernos socialdemócratas hasta que se pasó al Partido Liberal en 2004. Pittelkow es un columnista de Jyllands-Posten y un asesor del anterior primer ministro, Paul Nyrup Rasmussen. Su reacción a lo que ellos llaman islamismo debe examinarse en este contexto danés. Este país pequeño, pero una nación pacífica y próspera, cuya población es de menos de seis millones de personas pero cuyo PIB es el séptimo del mundo, se convirtió en el objeto de protestas masivas y violentas en el mundo musulmán tras la publicación de las caricaturas. La furia islámica desconcertó a muchos daneses y a otros europeos.
Los islamistas convirtieron la publicación de las caricaturas en un asunto internacional. Los imanes daneses, que en un principio intentaron ignorar las caricaturas, organizaron protestas contra ellas. También enviaron ejemplos de los dibujos –entre ellos algunos de los más ofensivos que no habían sido publicados por Jyllands-Posten– a varios países de Oriente Próximo. Arabia Saudí, presionada por sus propios islamistas, inició un boicot de productos daneses, al que se sumaron otros regímenes islámicos –Siria, Pakistán e Irán– e instituciones, como la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) y la Liga Árabe. Una gran parte de la comunidad islámica, la umma, se unió rápidamente en contra del enemigo infiel. Los daneses se sintieron aislados y abandonados por sus aliados estadounidenses y, especialmente, europeos, que en un primer momento prestaron poco apoyo a Dinamarca. Javier Solana se mostró particularmente pusilánime en su deseo de abandonar el principio de la libertad de expresión para apaciguar a los indignados musulmanes. Los islamistas y sus partidarios exigían que se alterara la libertad de expresión para evitar ofender a las sensisbilidades islámicas.
El incidente de las caricaturas también provocó que la OCI presionara para que se aprobara una resolución contra la «islamofobia» en el Parlamento Europeo y en Naciones Unidas, que está siendo debatida en la actualidad. En siglos anteriores circularon por Europa numerosas críticas e incluso insultos al islam, por supuesto, pero dada la presencia islámica en el continente en la actualidad, cualquier cosa que se perciba como una ofensa posee el potencial de desencadenar una violencia local e incluso global. Los autores señalan correctamente que la demanda islámica de respeto por su religión no implica ninguna reciprocidad. En sus periódicos y libros de texto, los países islámicos tienen fama de insultar a otras religiones –especialmente el judaísmo– en los términos más violentos. En Arabia Saudí está prohibido poseer una Biblia y llevar una cruz. En 2000, las autoridades religiosas saudíes declararon que la construcción de una iglesia era «el peor crimen imaginable» (p. 55). Al igual que la mayoría de los países árabes, Egipto ya ha dejado de tener población judía a la que perseguir, pero su minoría cristiana se ve sometida a una intolerancia cada vez mayor. Según encuestas realizadas en 2006, los musulmanes echan la culpa unánimemente a Occidente de las pobres relaciones entre los mundos islámico y occidental. La opinión en Occidente se halla mucho más dividida sobre quién es responsable. Los autores preguntan retóricamente si la «occidentofobia» no es una actitud más omnipresente que la islamofobia.
Lo cierto es que la psiquiatra sirio-estadounidense Wafa Sultan provocó un enorme escándalo en el mundo musulmán durante un debate en 2006 en la emisora de televisión árabe Al-yazira. Sultan «declaró que los judíos habían sido capaces de sobreponerse a sus sufrimientos y ganarse el respeto del mundo sin servirse del terror. No hemos visto ni un solo judío inmolarse en un restaurante alemán. No hemos visto ni un solo judío destrozar una iglesia» (p. 50). Fue acusada de inmediato de blasfemia, lo que se vio seguido de numerosas amenazas de muerte contra ella.
El hecho de que Wafa Sultan sea una mujer debe de haber hecho que sus afirmaciones resultaran incluso más difíciles de aceptar, ya que uno de los principios del islamismo es la subordinación absoluta de las mujeres a los hombres. En círculos islamistas los debates giran en torno a cómo y cuándo está permitido pegar a las mujeres desobedientes. El escritor y psiquiatra británico Theodore Dalrymple señala que los jóvenes musulmanes encarcelados que se convierten en prisión al islam radical raramente se hallan interesados en la religión, sino en la posibilidad que ofrece de ejercer un total dominio sobre las mujeres, lo que proporciona a los hombres humillados oportunidades para imponer su autoridad. Las presiones sociales, como el chauvinismo masculino, obligan con frecuencia a las mujeres a llevar el velo. La ley de la sharia decreta que las hijas reciban la mitad de la herencia que los hijos, que el testimonio de la mujer valga la mitad que el de los hombres y que la familia de una mujer asesinada reciba la mitad de la compensación que la familia de un hombre asesinado. La sharia también permite que hombres mayores se casen con niñas, como hizo Mahoma cuando tomó como esposa a una niña de nueve años.
Los autores defienden la publicación de las caricaturas con referencias a los argumentos clásicamente liberales de John Stuart Mill, que defendía que la verdad sólo puede surgir tras un debate libre y abierto. Rechazan la acusación realizada por destacados medios de comunicación por todo el continente, que insinuaron que la publicación de las caricaturas había sido una provocación innecesaria por parte de la extrema derecha danesa, de tintes xenófobos. Afirman, en cambio, que no debería censurarse la crítica de los dogmas religiosos, independientemente de cuán ofensiva sea. Citan ejemplos anteriores de intimidación islamista a la libertad de expresión: la fatwa contra Salman Rushdie por su novela Los versos satánicos, el asesinato del director de cine holandés Theo van Gogh y la persistente persecución de la escritora Ayaan Hirsi Ali. Estos precedentes han creado una atmósfera de intimidación entre escritores y artistas que han pasado a tener miedo de representar y, especialmente, de dibujar a Mahoma. Los colaboradores de Jyllands-Posten decidieron poner a prueba el alcance de esta autocensura y encontraron a un caricaturista anónimo dispuesto a dibujar al Profeta.
La publicación de las caricaturas sacó a la luz la existencia de profundas grietas en la sociedad danesa. Sólo el 8,5% de la población total creía que la libertad de expresión había de subordinarse a la tradición religiosa, pero el porcentaje de musulmanes que pensaban así era del 51%. El 62% de estos últimos creían que las leyes danesas habían de conformarse a los principios del Corán. Un porcentaje idéntico de musulmanes británicos creían que la sharia había de imperar en los tribunales. Un número cada vez mayor de jóvenes musulmanes, alienados de los países que los acogen y separados de sus hogares ancestrales, buscan una nueva identidad en un islam universalista. Se ven alentados en este camino por partidarios europeos de los Hermanos Musulmanes y por el salafismo, financiado por Arabia Saudí. A los autores les preocupa que estos jóvenes «conversos», que son más religiosos que sus padres inmigrantes, puedan acabar apoyando actividades terroristas. Los reclutas potenciales pueden acudir fácilmente a Internet y a las emisoras de televisión, como Al-Manar, que emite Hezbolá, en busca de orientación islamista.
El islamismo no es simplemente una defensa de una religión revelada, sino un proyecto político dictatorial que busca imponer una teocracia. Los islamistas intentan promover una sociedad musulmana paralela entre la población inmigrante en Europa, en rápido crecimiento, e impedir, por tanto, su integración en la comunidad que la acoge. Según los autores, los islamistas están también ganando fuerza en el mundo musulmán, donde bien controlan Estados, como Arabia Saudí e Irán, bien ponen a gobiernos a la defensiva, como en Pakistán y Egipto. Dentro de la propia Europa, el terror islamista intimida y los gobiernos se han mostrado reacios a adoptar políticas que podrían provocarlos. Aunque no lo afirman abiertamente, los autores creen que las bombas en los trenes de Madrid en 2004 devolvieron el poder a los socialistas, que se mostraban más dispuestos a hacer concesiones a los islamistas. Muchos europeos disculpan la ira e incluso la violencia de los musulmanes al verlos como víctimas de un Occidente opresivo e imperialista y de su criatura ilegítima, Israel.
La defensa de la libertad de expresión que propugnan los autores es laudable y es de agradecer su crítica de los buenistas que no la defienden. Resulta extraño pensar que elementos de la izquierda, cuya defensa de la libertad de expresión en la década de 1960 amplió eficazmente ese derecho, se alíen ahora con aquellos que quieran limitarlo. Los autores defienden convincentemente que ceder ante los islamistas debilita a aquellos musulmanes que quieren defender la libertad de expresión y otros valores liberales occidentales. Los musulmanes moderados necesitan un apoyo entusiasta del Estado y de la sociedad. Los autores aciertan también al afirmar que una denigración sistémica y obsesiva de la cultura nacional propia impedirá la integración de los inmigrantes en la sociedad que los acoge. Los inmigrantes no querrán asimilarse en ninguna medida en una cultura que se menosprecia constantemente. La propensión buenista a culpabilizar de los problemas al imperialismo y el colonialismo occidentales trata con condescendencia a los pueblos no occidentales que son perfectamente capaces de cometer sus propios errores y, por tanto, de corregirlos. De hecho, es posible que no exista ninguna parte del mundo más necesitada de libertad de expresión que el mundo islámico, que ha perdido en gran parte su antigua creatividad científica e intelectual debido a la hegemonía del dogma religioso. Los autores están también en lo cierto al insistir en que no debe concederse un estatus especial al islam, esto es, que los niños y niñas musulmanes no pueden ser eximidos de recibir clases de natación o de ser informados sobre el Holocausto. El tratamiento privilegiado pone frenos a la integración y añade presión a los musulmanes moderados para que sigan a sus correligionarios más radicales.
Los autores resultarían aún más convincentes si se mostraran más comedidos en sus reivindicaciones. Ven un crecimiento de la censura y la autocensura en todo el mundo, pero esto resulta notoriamente difícil de evaluar. También ven a los inmigrantes como una amenaza demográfica, una postura que podría convertirse en una profecía que acabaría cumpliéndose si no se toman medidas activas para integrar a la nueva población islámica. Catalogar al islamismo, con el nazismo y el comunismo, como formas de «totalitarismo» podría no conducir a una mayor comprensión del fenómeno. El nazismo y el comunismo se basaban en la raza o la clase, pero los revolucionarios islámicos se ven a sí mismos como religiosos. A diferencia de los nacionalsocialistas y los soviéticos, que tomaron el poder durante el caos de la Europa que padecía las secuelas de la Primera Guerra Mundial para construir utopías futuras, los revolucionarios islámicos se fijan en las glorias pasadas. El extremismo islámico ha surgido en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial como reacción a la incapacidad de la civilización islámica para competir cultural, económica y militarmente con Europa, Norteamérica y, más recientemente, la Asia no musulmana. Así, se basa no en la fuerza militar convencional o en la atracción ideológica, sino en el terrorismo y la intimidación. Las sociedades islámicas están inmersas en la transición del feudalismo al capitalismo, y el Occidente burgués podría combatir el terrorismo islámico más sabiamente con políticas a largo plazo que ayuden a realizar la difícil transición a la modernidad y no con una estrategia de una poco sensata confrontación militar. El terrorismo islámico se beneficia del fracaso de la sociedad europea para integrar a un amplio sector de sus inmigrantes. En general, este libro transmite un ambiente de miedo que puede que no fomente la agenda constructiva que se necesita para integrar a esta población alienada. La dependencia de los autores de la analogía con Biedermann y los incendiarios acaba por resultar inaplicable. Los inmigrantes y sus hijos ya están viviendo en el hogar occidental. La dificultad de la tarea consiste en evitar el buenismo y convertirlos en parte de la familia.

Traducción de Luis Gago

Este texto ha sido escrito por Michael Seidman especialmente para Revista de Libros.

01/07/2009

 
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