ARTÍCULO

Cartas sin tiempo

Seix Barral, Barcelona, 1997
304 págs.
 


La trayectoria narrativa de Antonio Prieto, desde que hace más de cuarenta años publicara su primera novela, Tres pisadas de hombre, ha sido la de una constante y coherente indagación en un mundo tan singular como atractivo: la convicción de que sólo la palabra salva del olvido. Esa renacentista lucha «contra el tiempo» mediante la palabra creadora en trance de belleza ha consolidado un universo narrativo muy particular en el que conviene destacar novelas como Vuelve atrás, Lázaro; Secretum; Cartas sin tiempo o La plaza de la memoria. Si su anterior obra, El ciego de Quíos,podría cifrar en su seno la «poética de la ficción» de Antonio Prieto, con Isla Blanca, sin duda una de sus mejores novelas, avanza en ese camino tan seguro como solitario, poco reconocido hasta hoy mismo, de levantar, como su poeta, «la voz a ti debida que haga parar las aguas del olvido». En puridad, sólo existe lo que se nombra. El ser humano, al contrario que la naturaleza, no tiene presente, sólo palabra, imaginación y memoria para «construir» aquel valor que respetará el olvido.

Como cualquier caballero renacentista formado, entre otros textos, en El cortesano, Prieto sabe que el tiempo es la posesión más intransferible e individual del hombre. Se le puede donar al prójimo nuestro saber, nuestras pertenencias, pero no nuestro tiempo, la esencia que nos constituye: el homo loquens se forja, se sale de la naturaleza, a base de palabras, y éstas inventan el tiempo, «lo que somos»: mezclan memoria y deseo. Acaso la belleza, como en el famoso verso de Keats citado en la novela («A thing of beauty is a joy for ever...»),sea lo único capaz de anular con su instantánea eternidad el espejismo en que nos encarnamos.

El protagonista de esta singular obra, el abuelo, natural de Balerma, escenario de otras novelas anteriores de Prieto, se refugia en Isla Blanca, espacio mítico y real a un tiempo desde el que vigila la actualidad española a través de la prensa: las noticias que le llegan puntuales en el Museo Universal y que describen, como contraste, un tiempo perentorio y marchito en su pura funcionalidad frente a la realidad inmortal de sus lecturas literarias: los trovadores, Homero, Petrarca... Al cabo, también él quiere «salvarse», hacerse voz que supere el olvido de nuestra condición pasajera, decide sobrevivir a su época, a su transitorio presente del siglo XIX , buscando un triple refugio: el marco singular de un espacio casi mítico, esa Isla Blanca, que intitula el relato, la biblioteca de su casa donde educa a sus nietos, y el recuerdo de un pasado madrileño y una historia «real» de amor y muerte en la que Elisa, de nuevo «yugulada», como la ninfa de Garcilaso, necesita para ser de alguien que la diga.

Casuales testigos, muchos años después, de estas «cartas sin tiempo» que el abuelo ha ido legando al albur de sus queridos libros, sus nietos, Helena y Carlos, indagan en la materia histórica que el difunto ha dejado plasmada, al azar, en esas hojas. Para su sorpresa, descubren que Irene (y Elisa) fue unos ojos que miraron amando, fue voz que supo ser palabra para el amor. El progresivo descubrimiento y la recreación de aquella historia secreta de espionaje conocida por la prensa de la época como «el crimen de la calle Leganitos» supone un terremoto vital en las adocenadas, conformistas vidas de Carlos y Helena. En su actualidad de 1918, de súbito, irrumpe con fuerza la palabra del abuelo y su mundo de hace medio siglo. Al hilo de las epístolas que se remiten los hermanos asistimos al crepúsculo de unas vidas marcadas por el fracaso y removidas en sus raíces por las insólitas nuevas del abuelo.

El fracaso amoroso, en el caso de Helena, enamorada de un marido, Andrés, que no pudo ser físicamente el varón que proclama etimológicamente su nombre. Y el fracaso exitoso de su hermano Carlos, catedrático en Madrid pero escritor frustrado: «Había intentado deslumbrar, admirar al mundo con la comunicación de su mundo interior instalado en la palabra, y nada, absolutamente nada, había brotado ante la mirada de la vida». En efecto, Carlos ha visto cómo se le ha escurrido la vida de las manos malbaratada en el tedio de un matrimonio y unos hijos convencionales y un «éxito» personal como profesor a través del que asistimos al fatuo espectáculo de la «fama» y el «poder»: con gran astucia, Prieto relata sucesos de una actualidad, la de 1918 en España, por la que aparecen, a modo de friso histórico, políticos, catedráticos, escritores, académicos, tan célebres en su «momento» como relegados hoy al polvoriento desván del olvido. Sic transit. Las noticias de su hermana sobre el abuelo son el aldabonazo, el aliciente que Carlos (y Helena) necesita para entregarse de lleno a la vida.

La imaginación es el arma mediante la que todos los protagonistas de esta historia escapan a una actualidad de fracaso, con ella pueden inventarse libres de las ataduras de una cotidianidad abrumada por el tedio y la costumbre. Se teje así, entre Madrid, donde reside Carlos, e Isla Blanca, la patria de Helena, un cruce de voces necesitadas de inventar un mundo, el mundo escondido entre las hojas de los libros que el abuelo les donó a la espera de unos ojos que, al dar vida a sus cartas, desvelen su amor escondido, trovadoresco, por Irene, y la extraña muerte de Elisa.

Decidido a esclarecer aquellos oscuros hechos que sucedieron hace cincuenta años, Carlos pide la ayuda de Gálbez, un poetastro representante de la gallofa literaria de la época y que encarna, como personaje, a toda una forma, nefasta, de entender la poesía, que podríamos denominar como posromántica o bohemia, consistente en pretender, con una mezcla de ingenuidad e ignorancia, que la literatura es una «evacuación de la ebridad de los dioses que se había posado en ellos para distinguirlos de los demás seres». ¡Si Castiglione levantara la cabeza! El retrato de este poeta, y su particular relación con la esposa «prostituta», está entre los muchos haberes de esta novela, a mitad de camino entre el relato policial y la indagación existencial (muy reconocibles los ecos de Niebla) de unas almas que se desnudan en el diálogo o epistolarmente para, al hacerse voz, reconocerse en su horizonte de finitud que, en tanto que eco, acaso sea sólo la palabra de un otro que los necesita como personajes para ser (para «serse», habría que decir).

Se trata, en fin, de una buena ocasión para que quienes no conocen el singular mundo que Prieto ha forjado en su literatura lo visiten ahora en el secretum de su Isla Blanca.

01/02/1998

 
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