ARTÍCULO

Todo personal. Unas memorias perdidas de un pionero del psicoanálisis sobre Sigmund Freud

The University of Wisconsin Press, Madison
Trad. ing. de Johanna Micaela Jacobsen y Alan Dundes
 

Habent sua fata libelli. El destino de este libro fue caer en manos de unos cuantos lectores indignados y luego desaparecer durante setenta y cinco años. Aunque no hay pruebas de que Ernest Jones y otros miembros del círculo íntimo de Freud lo hicieran desaparecer, su manera de actuar en 1933 –unida a la muerte de Isidor Sadger una década más tarde en el campo de concentración de Theresienstadt– aseguró que Sigmund Freud. Persönliche Erinnerungen (Sigmund Freud. Recuerdos personales) se convirtiera pronto en poco más que un rumor bibliográfico. Sólo quedaron impresos unos pocos y vagos indicios del libro hasta la aparición el año pasado de Recollecting Freud, una traducción publicada en Estados Unidos. Pisándole los talones a esta versión en inglés enormemente chapucera, la publicación del original alemán devuelve alguna esperanza de que el libro sea reconocido por lo que es: una aportación menor a la biografía de Freud que supone a la vez un relevante descubrimiento para la historia del psicoanálisis. Este texto imperfecto y fascinante contiene algunos recuerdos de Freud importantes y biográficamente reveladores. Pero, por encima de todo, los recuerdos de Sadger son una exposición decididamente «personal», un tratado escrito apasionadamente a impulsos del resentimiento. Constituye, además, una oportunidad única para estudiar el género otrora floreciente de la psicobiografía en sus primitivos comienzos.
Isidor Isaak Sadger (1867-1942) debió de sentir ya a comienzos de la década de 1920 que él, uno de los primeros seguidores de Freud, estaba siendo eliminado de la historia del psicoanálisis. Su libro, que puede que empezara a esbozar ya en 1924, comienza con un desafío al texto fundacional mismo del maestro, «Sobre la historia del movimiento psicoanalítico» (1914). Freud describe en él cómo la oficial Sociedad Psicoanalítica de Viena surgió de la «Sociedad Psicológica de los Miércoles», cuyas reuniones informales comenzaron en su casa en 1902.Al contrario que su antiguo compañero de colegio Max Kahane, Sadger no había pertenecido a esta íntima cohorte y, de hecho, no recibió una invitación para unirse al grupo hasta 1906. Desde su perspectiva, los orígenes del psicoanálisis deberían haberse remontado no a las reuniones de este antiguo círculo, sino a las disertaciones de Freud sobre las principales neurosis y la histeria en el año académico 1895-1896. Según Sadger, estas charlas nunca se habrían impartido si Kahane no les hubiera convencido a él y a su colega, un ginecólogo, de presentarse para así contar con los tres oyentes que se necesitaban para los cursos universitarios. Sadger resalta que él fue el único de los presentes que acabaría por desarrollar una carrera en el ámbito del psicoanálisis. Evocando no sólo el concepto esencial de Verdrängung, sino también poniéndolo maliciosamente entre comillas, insiste en que Freud «reprimió» estas conferencias a las que asistió el analista que ocupaba el segundo lugar en tiempo de ejercicio, esto es, el propio Sadger.
Lo poco que sabemos actualmente sobre Isidor Sadger resulta inversamente proporcional a su agitada ubicuidad durante los primeros años del movimiento. Como se ha visto confirmado sólo recientemente, fue él, no Wilhelm Fliess, quien invadió el inconsciente de Freud en 1897 e inspiró el sueño del «estilo norekdal» recogido en La interpretación de los sueños. La palabra compuesta y sin sentido –procedente de unir los nombres de Nora de Casa de muñecas y Ekdal de El pato salvaje, al tiempo que parodiaba el término entonces de moda «colosal»– tenía su origen en el estilo rimbombante de un artículo que Sadger había escrito sobre Ibsen. Sadger empezó a referirse a la obra impresa de Freud mucho antes de 1900 y pronto se convirtió en un vigoroso propagandista de la teoría y la práctica psicoanalíticas. Además de artículos en revistas científicas y manuales médicos, también publicó regularmente ensayos y críticas en revistas literarias y culturales y en la prensa diaria. Raramente ausente, si es que alguna vez, de las reuniones semanales de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, Sadger figura en sus actas como un obseso de los detalles, un prolijo presentador y un argumentador combativo. Entre sus temas predilectos figuraban el narcisismo, la homosexualidad y el sadomasoquismo, un término que al parecer él acuñó en un artículo de 1913. Aunque el propio Freud se inspiró en las ponencias de su colega sobre narcisismo, la férrea insistencia de Sadger en que la homosexualidad podía «curarse», su vehemente rechazo a admitir a mujeres en la Sociedad y su firme oposición al análisis profano lo confinaron al sector conservador del movimiento.
Sadger manifestó también un especial interés por el perfil psicológico de las figuras literarias. Antes de toparse con las ideas de Freud, había publicado estudios patográficos típicamente decimonónicos, en los que lo hereditario desempeña un papel preponderante, sobre el poeta austríaco Nikolaus Lenau y el dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann, además de Ibsen. Incluso tras su inmersión en el pensamiento psicoanalítico, Sadger siguió centrándose en modelos de conducta endeblemente documentados, al tiempo que ignoraba esencialmente las obras del autor objeto de estudio. En una ocasión, tras oír una presentación que exploraba el tratamiento de una leyenda popular en obras de Johann Peter Hebel, E.T. A. Hoffmann y otros escritores, advirtió bruscamente al orador de que «se cuidara de la historia literaria». Gracias a un informante, Karl Kraus reparó en sus ponencias sobre Lenau y sobre Heinrich von Kleist, y el austríaco las ridiculizó como la «nueva psicología que se atreve a escupir sobre el misterio del genio».
Los intereses literarios de Sadger –aunque no los escritores analizados en su diván metafórico– aparecen plenamente desplegados en Sigmund Freud. Persönliche Erinnerungen. El texto está salpicado de citas y alusiones a Shakespeare, Lessing, Grillparzer, Nestroy y, muy frecuentemente, Goethe y Heine, dos de los tres autores que son también –lo cual no resulta sorprendente– los citados con más frecuencia por el propio Freud. El lema del libro, sin embargo, es el que demuestra de modo más convincente que no hay sólo una poética, sino también una política y una polémica de la cita. Está tomado de un poema no identificado del gran dramaturgo austríaco del siglo XIX Franz Grillparzer: «Dichoso es el hombre que siente la grandeza de otros / y la hace suya por medio del amor». Aunque esto parezca referirse más al autor de los recuerdos que al objeto de los mismos, una cita más completa del poema que se inicia con los mismos dos versos, utilizados como el epígrafe para un capítulo posterior, aclara este énfasis. Los siguientes versos caracterizan al hombre que cierra su corazón a la grandeza de otro como alguien que queda «privado» y que es «mezquino». Dado que esto se sitúa muy cerca de ser un autorretrato, resulta comprensible que Sadger suprima el título del poema, «Sobre la celebración mozartiana», así como su explicación introductoria de que los versos han sido concebidos como «una muestra de la más profunda admiración por el maestro inmortal, el más grande artista de la nación alemana». Por autobiográficamente adecuados que pudieran haber parecido los versos, su objetivo podía alcanzarse únicamente suprimiendo el verdadero motivo que los había suscitado. La analogía con el Mozart «alemán» de Grillparzer habría debilitado aún más el homenaje ya de por sí ambivalente de Sadger a un gran pensador judío al que le leerá la cartilla por su excesiva «conciencia nacional alemana».
La confusión conceptual en el libro de Sadger se pone inmediatamente de manifiesto en el contraste entre los «Recuerdos personales» del título y el índice de lo que da la impresión de ser una amplia investigación biográfico-histórica. Hay capítulos sobre Freud como «Orador y escritor, estilista y crítico» (una típica y prolija formulación), sobre el «Líder y organizador», sobre «Freud en los congresos psicoanalíticos», sobre «Freud y la clínica», esto es, la medicina académica, y sobre «Análisis profano», entre otros. Pero la narración vira de uno a otro lado impredeciblemente entre la crónica y la exposición temática y se halla dominada durante varias páginas por largas citas procedentes de las obras de Freud. Se trata de un intento de congraciarse no tanto con la persona de Freud como con su persona intelectual. Para Sadger, las contradicciones en su «personalidad» se localizan en dos poderosas oposiciones: entre el judío y el alemán, por un lado, y entre el «genio» y el «sádico», por otro. Por si al lector se le ocurriera pensar que este último término es una mera figura del lenguaje, Sadger afirma taxativamente en una nota a pie de página que no está utilizándolo en el sentido estricto de «actos sangrientos» del Marqués de Sade.
La repetida invocación de estas categorías por parte de Sadger no significa que el libro carezca de interés biográfico. Hay anécdotas, así como testimonios de conversaciones y observaciones, que nos permiten introducirnos de inmediato en la psicodinámica del círculo de Freud. Sadger describe, por ejemplo, una reunión íntima previamente desconocida que se organizó para celebrar el décimo aniversario de la publicación de los Estudios sobre la histeria. Freud aparece presentado con una tarta decorada con un glaseado que forma las letras del título y «2.ª edición», un sustituto de la verdadera publicación, que no aparecería hasta tres años después. Cuando le dieron un cuchillo al homenajeado para partir la tarta,Wilhelm Stekel, el intérprete de los sueños rival con quien habría de tener lugar más tarde una de las rupturas más decisivas, interrumpió con la ocurrencia de que el «Profesor Freud no "raja" [aufschneidenEn alemán, aufschneiden puede significar literalmente cortar en pedazos o, metafóricamente, fanfarronear o alardear. Para mantener el juego de palabras en castellano se ha optado por «rajar», que tiene también esa doble acepción. [N. del T.]]». «Provocado» por el inoportuno juego de palabras de Stekel, Freud le pasó amablemente el cuchillo sugiriendo que era él, Stekel, quien realmente «rajaba».
Habrá que comprobar cotejando otras fuentes con cuánta precisión registró Sadger el reducido pero significativo número de observaciones de Freud incluidas en estos recuerdos. Pero como se sabe que realizó transcripciones estenográficas tanto de las conferencias de Freud como de las discusiones del grupo de Viena, los historiadores del psicoanálisis estarán deseosos de hacer el esfuerzo. Parece claro que un comentario aforístico sobre las condiciones socioeconómicas en la Viena posterior a 1918, donde un periódico costaba miles de Kronen y el número de títulos pseudoimperiales ascendía a alturas inflacionarias, tiene todos los visos de la autenticidad: «Ahora se ha visto satisfecho el ideal de todo auténtico austríaco: la mitad son Hofräte [consejeros de la corte] y la otra mitad son millonarios». Esto podría haberlo escrito casi Karl Kraus o Johann Nepomuk Nestroy, el gran actor cómico y dramaturgo del siglo XIX que, afirma Sadger, era el «autor predilecto de Freud». Teniendo en cuenta que un reciente estudio sobre la «cultura literaria de Freud» no menciona en absoluto a Nestroy, éste es un indicio del que merece la pena tirar del hilo.
Es probable que el aspecto más absorbente –y potencialmente repelente– del libro para los lectores actuales sea su tratamiento de «Freud y el judaísmo», el título de un capítulo en el que, de acuerdo con la versión de Ernest Jones contenida en una carta de diciembre de 1932, «se mantiene la asombrosa tesis de que el Profesor ha sido siempre desleal a su origen judío, que amaba únicamente a los cristianos y daba rienda suelta a todo su odio con los colegas judíos». Por dura que suene esta caracterización, está sólo levemente exagerada. La vehemencia de Sadger procede de su extrema desilusión con respecto a la actitud anterior de Freud hacia sus colegas judíos en Viena y, de hecho, hacia lo que Sadger veía como la dimensión judía del psicoanálisis. En este capítulo vuelve compulsivamente a una explicación del congreso de Núremberg, en el que Freud había querido implementar su plan de desplazar el centro del movimiento a Zúrich y nombrar a Jung su presidente permanente. Con una angustia evidente, Sadger da cuenta de la determinación de Freud a «cristianizar» el psicoanálisis para que así su «origen judío» pudiera ser «perdonado». En una poco cuidada formulación que refleja quizás el poderoso afecto de su compromiso con la causa, describe la doctrina rival de Jung de la libido como un intento de «eliminar la sexualidad judía del estudio de las neurosis». La sexualidad pasa a ser judía al calor del momento retórico. Sin embargo, el desdén hacia Jung inspira, asimismo, uno de los momentos más ingeniosos del texto, cuando Sadger opina que Freud fracasó a la hora de tener en cuenta el «genotipo cristiano» de su colega suizo.
Aunque resulta tentador explicar la condena de Freud en términos de sus simpatías sionistas –llega a citar, de hecho, la admonición de Herzl de que los judíos habrían de volver al judaísmo antes de regresar a Palestina–, esto es sólo una parte del asunto. Existen numerosas pruebas de que Freud y su círculo íntimo vincularon la belicosa fe ciega de Sadger en la teoría psicoanalítica a sus orígenes en Galitzia, en los territorios más orientales de AustriaHungría. Evocando el estereotipo del Ostjude, menospreciaron su lealtad como una variante de atraso ortodoxo. Karl Abraham, el psicoanalista berlinés y uno de los más íntimos colaboradores de Freud, describió a Sadger en una carta de 1908 «como un discípulo del Talmud [que] interpreta y observa cada regla del Maestro con una severidad judío-ortodoxa». Cuando escribió a Jung en ese mismo año, Freud lo definió como «ese fanático por naturaleza de la ortodoxia, que resulta creer por mero accidente en el psicoanálisis más que en la ley dada por Dios en el Sinaí-Horeb». Esta actitud asoma de modo incluso más explícito en uno de los últimos documentos relacionados con la dimisión de Sadger de la Sociedad Psicoanalítica de Viena después de que la disputa sobre sus recuerdos llegara a un punto crítico. En una carta de noviembre de 1933, Paul Federn le escribió a Ernest Jones: «Confirma una vez más el viejo adagio de que quien se acuesta con perros se levanta con pulgas», la misma sabiduría popular con la que veinte años antes Hermann Kafka había rechazado al nuevo amigo de su hijo, el actor judíopolaco Yitzhak Löwy.
En vista del resentimiento que anima estos Recuerdos personales, resulta asombroso que en el capítulo conclusivo, sobre «Los últimos años de la vida de Freud», se devuelva a éste al redil judío, por excéntrica que sea su concepción. Aludiendo al famoso y controvertido «regreso» de Heine al judaísmo al final de su vida, Sadger alaba la fortaleza de Freud cuando hubo de enfrentarse al cáncer: «Como Heine, mostró al sufrir toda su grandeza de carácter». Luego cuenta una leyenda en la que el «Rabí Moses ben Maimon» le explicaba la escala de Jacob al «Rabí Jehuda».Tras haber oído a Maimónides que los ángeles en la escala representan a los profetas y los sabios, Jehuda Halevi pregunta por qué vuelven a subir y bajar. Maimónides responde que si se quedaran arriba y nunca regresaran, serían simplemente seres humanos, pero como son ángeles vuelven para extender la ternura y la luz. Sadger concluye con la exclamación de que el propio Freud era un ángel así, el mismo Freud al que había tildado de «sádico», de un «terrible sádico», y en una ocasión –algo supuestamente incluso peor para un patriota austríaco– de «Bismarck del psicoanálisis».
No menos fascinante y apasionante que el propio libro es la historia de su desaparición y su sensacional resurgimiento. El editor de la traducción estadounidense dio por casualidad con la edición original. Mientras estudiaba la literatura psicoanalítica sobre el «carácter erótico anal», Alan Dundes, un profesor de antropología y folclore en la Universidad de California en Berkeley hasta su repentina muerte el año pasado, se topó con las publicaciones de Sadger sobre el tema, así como con el título de sus recuerdos de Freud. Una petición de préstamo interbibliotecario acabaría conduciendo a la única institución pública que lo incluía entonces entre sus fondos, la Universidad Keio de Japón. Aunque Keio rehusó prestar el libro o proporcionar una fotocopia, Dundes consiguió que le hicieran una de todos modos. Del mismo modo, la University of Wisconsin Press no quiso facilitar más que una muestra del texto original alemán para la redacción de este artículo. Con la ayuda de Johannes Reichmayr (Viena), Peter Swales (Nueva York) e Itta Shedletzky (Jerusalén), acabó siendo posible, sin embargo, dar con una segunda copia del libro en la Biblioteca Nacional Hebrea.A diferencia del libro de Keio, la copia de Jerusalén tiene un origen preciso. Había pertenecido a Max Eitingon, el prominente psicoanalista y fundador del Instituto Psicoanalítico de Berlín. Eitingon, que huyó de Alemania a Palestina en 1933, resultó ser una pieza clave en el esfuerzo de convencer a Sadger de que suprimiera la publicación de sus recuerdos. Por razones que no están claras,Alan Dundes no consiguió seguir un rastro epistolar claramente marcado en anteriores publicaciones, que lo habrían llevado a la participación de Ernest Jones en el asunto y, posteriormente, a la copia de Eitingon, que reviste interés por su fecha más antigua de copyright –1929 en vez de 1930– y por algunas anotaciones en los márgenes.
En diciembre de 1932, Ernest Jones, a quien The Hogarth Press le había enviado copias tanto del original alemán del libro de Sadger como de la traducción inglesa para Farrar y Rinehart en Nueva York, lo describió in extenso en una circular (Rundbrief) enviada al resto de miembros de la directiva de la Asociación Psicoanalítica Internacional: «El libro es decepcionante ya que uno esperaba algunas anécdotas interesantes y no recogidas previamente de los antiguos tiempos, pero en este aspecto tampoco tiene ningún valor. Por otro lado, revela las peores características de Sadger: su envidia, mezquindad y descontento. Realiza afirmaciones disparatadas de temas de los que no sabe nada, da cuenta de una serie de hechos que me consta que no son ciertos y ofrece una impresión completamente distorsionada del propio Profesor. Los relatos de las reuniones de Viena suenan como una pesadilla, con el Profesor comportándose alternativamente como una mujer histérica o, tal y como se le califica a menudo, como un "arger Sadist". Se han dado instrucciones para que el libro no se publique hasta después de la muerte del Profesor, "no sea que desate su ira"».
Aunque Jones sigue criticando la descripción de cómo trataba Freud a sus colegas judíos y su supuesta negativa a tolerar contribuciones originales dentro de su círculo, pasa por alto un motivo aún más convincente para la decisión de Sadger de retrasar la publicación de su libro. En una serie de pasajes, el texto no sólo se refiere en un tono elegíaco a los «últimos días» de Freud; da por supuesta también su muerte. Una frase comienza incluso con las palabras «Cuando Freud dejó esta tierra». Jones suaviza, asimismo, la fuerza del epíteto «mujer histérica», que en el original es «hysterisches Frauenzimmer». Sadger utiliza este término peyorativo y arcaico para una mujer joven que alude inconfundiblemente al propio vocabulario psicoanalítico de Freud. «Frauenzimmer», que hacía referencia originalmente al «cuarto de las mujeres», figura de manera prominente como un símbolo onírico en La interpretación de los sueños y en el caso de «Dora», donde aparece constantemente vinculado con la mujer sexualmente «abierta» o disponible.
En una carta del 10 de octubre de 1933, dirigida a Paul Federn, Jones respondió a una aparente pregunta sobre si la Sociedad de Viena debería presionar para hacer que se prohibiera el libro sobre la base de que Sadger se había valido sin autorización de sus actas. Jones contestó que no podía recordar ningún material sustancial de este tipo y recomendó no ir a juicio por este asunto: «Ya sabes, por supuesto, que Sadger no tiene dinero que perder, y los editores, especialmente en América, necesitarían una fuerte compensación.Te deseo, sin embargo, la mejor de las suertes. La única solución práctica en que puedo pensar es conseguir que metan a Sadger en un campo de concentración hasta que acepte ordenar a los editores que destruyan el manuscrito». Naturalmente, es esta última frase, claramente escrita con rabia y frustración, la que ha inquietado a los pocos comentaristas de este asunto, incluido Vincent Brome, el biógrafo de Jones. No está claro qué es lo que sabía Jones en esta fecha tan temprana de los campos de concentración en Alemania. Lo que es seguro es que más tarde trabajaría incansablemente para rescatar a muchos psicoanalistas del terror nazi. Lo cierto, sin embargo, es que la decisión del grupo de Viena, aprobada por Anna y Sigmund Freud, de insistir en someter el asunto a arbitrio, provocó finalmente que Sadger dimitiera de la Sociedad a la que había dado tanto de su vida y su lealtad. Al dar este paso, es posible que hubiera renunciado a su mejor oportunidad para lograr escapar de Viena en 1938, como pudieron hacer todos sus antiguos colegas.
Como Sadger sospechaba, la información sobre el libro, que se había preocupado de mantener en secreto tomando unas precauciones considerables, fue filtrada debido a un abuso de confianza. Los puntos débiles parecen haber sido Leonard Woolf, sin darse cuenta, y Ernest Jones, deliberadamente. Como señaló Jones en una carta a Anna Freud, la carta del editor estadounidense Farrar and Rinehart a Woolf llevaba la indicación de «confidencial», pero no la de Woolf a Jones. Jones se sintió justificado, por tanto, para comunicar el contenido del libro al comité ejecutivo de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Esto animó a Max Eitingon, que había recibido una copia del libro enviada por su editor Ernst Wengraf, a salir a la palestra y explicar que Wengraf había sido brevemente su paciente en Berlín después de haber sido psicoanalizado por Sadger en Viena.
Mientras que ahora contamos ya con datos sobre la copia de Eitingon, ¿qué fue lo que le sucedió a la de Ernest Jones? Es posible que el libro no se publicara nunca, pero sí que es seguro que se imprimió. Parece probable que hubiera en un momento dado más de unas cuantas copias encuadernadas del original alemán, especialmente si tenemos en cuenta que las dos conservadas tienen fechas de copyright diferentes, 1929 y 1930. ¿Y qué hay de la traducción estadounidense realizada por una por lo demás desconocida Emma Hecht, de la que Jones también poseía una copia? La conexión de Isidor Sadger con su paciente Ernst Wengraf (1886-1933) y con la Ernst Wengraf Verlag, sobre la que se sabe muy poco, podría llegar a proporcionar un día algunas respuestas. Al contrario que su analista, Wengraf parece haber sido en gran medida una criatura de los conocidos como «dorados años veinte» de Alemania y Austria. Trabajó como asesor literario y director comercial para la Bohème Verlag de Viena antes de fundar su propia editorial especializada en partituras. Fue también el autor de veinte libretos de operetas y de montones de canciones populares. Su sagacidad comercial demostró ser suficiente para conseguir un contrato para la edición estadounidense del libro de Sadger con una gran editorial neoyorquina. En los años treinta y cuarenta, Farrar y Rinehart seguirían publicando varias obras psicoanalíticas, incluidos títulos de Theodor Reik, uno de los más fieles lugartenientes de Freud. Wengraf murió en Berlín el 14 de julio de 1933, demasiado pronto para ayudar a Sadger en su enfrentamiento final con la Sociedad Psicoanalítica de Viena. En septiembre de ese mismo año, sus cenizas fueron enterradas en la sección judía del Bosque de Urnas del Cementerio Central de Viena.
Un relato absorbente de las circunstancias que rodearon la desaparición del libro de Sadger es sólo uno de los admirables contenidos que incluye la excelente edición alemana preparada por Andrea Hupke y Michael Schröter. Lo más importante es que el texto original se ha reimpreso con una meticulosidad filológica. Incluso los rasgos tipográficos y la estratégica ubicación de las notas a pie de página, dos elementos cruciales desdeñados en la traducción estadounidense, aparecen reproducidos con precisión. Esto es más importante de lo que pudiera parecer. Al igual que Freud, Sadger inserta a menudo la navaja retórica en el texto y luego la retuerce en las notas al pie. Su empleo de la cursiva (Sperrdruck o letras espaciadas en el original) se encuentra igualmente calculado. Gracias a esta sutil forma de énfasis, a veces se hace que las citas de la obra de Freud giren sobre sí mismas. Anotaciones concisamente formuladas identifican citas de otros autores, así como alusiones a las obras de Freud y a acontecimientos relevantes en la historia del movimiento psicoanalítico.
Un momento inusual en el que el texto refleja la época modernista de su composición podría haber justificado un breve comentario. Cuando Sadger se refiere a la «noble figura, semejante a Siegfried» de Jung, que podría representar el papel protagonista en cualquier «película sobre los nibelungos», está aludiendo a la belleza del actor Paul Richter en la primera parte de Die Nibelungen (1924), de Fritz Lang. A pesar del tono despreocupado de Sadger, su abierta animosidad hacia Jung en otros pasajes del libro sugiere que podría haber estado pensando en la muerte de Siegfried por una lanza fálica, que era tanto una escena central de la película como el motivo de un llamativo cartel.
Basándose en una lista anterior de Ulrike May, con cuyos estudios pioneros sobre Sadger reconocen también estar en deuda, los editores han reunido la bibliografía más extensa de sus publicaciones hasta la fecha, más de ciento ochenta títulos de los años 1894-1941. Los documentos pertinentes para entender las intervenciones de Ernest Jones y sus compañeros de la Asociación Psicoanalítica Internacional, muchos de los cuales se hallan en los archivos de la Sociedad Psicoanalítica Británica, se recogen reimpresos en un apéndice. El epílogo, un modelo de erudición histórica, constituye una condensada monografía que incluye un interesante estudio crítico de tres obras representativas de Sadger.
Quienes despotrican hoy contra Freud se sentirán tentados de valerse de estos «Recuerdos personales» como unos precursores de su propia causa. Pero el texto de Sadger, con sus quiebras narrativas y su furiosa ambivalencia, no les pondrá las cosas fáciles, debido especialmente a pasajes como el siguiente: «Durante mucho tiempo, el camino más seguro y más adecuado para conseguir una cátedra era escribir un libro contra Freud y sus enseñanzas, a pesar de que apenas se supiera ya de qué trataban estas enseñanzas».Plus ça changeEste artículo es una versión revisada de otro aparecido previamente en The TimesLiterary Supplement.

Traducción de Luis Gago.

01/08/2006

 
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