ARTÍCULO

Isaiah Berlin: De la filosofía a la historia de las ideas

Tecnos, Madrid, 1997
Traducción, introducción y notas de Juan Bosco Díaz-Urmeneta
248 págs.
 

No hay duda de que Berlin habrá dejado este mundo satisfecho. No tanto, como cabría suponer, debido al renovado reconocimiento que su obra ha obtenido en los últimos tiempos, que ha generado una enorme demanda de trabajos suyos y le ha supuesto recibir repetidos homenajes. La verdadera razón es más profunda y personal, y tiene que ver con su decisión de abandonar la filosofía y dedicarse a la historia de las ideas. Como él mismo reconoce, después de una conversación con H. N. Sheffer, profesor en Harvard y uno de los eminentes lógicos matemáticos de su tiempo, se convenció de que la filosofía, salvo en el campo de la lógica y la psicología, no puede contribuir a incrementar el conocimiento humano: «Llegué poco a poco a la conclusión de que prefería un campo en el cual pudiese tener la esperanza de llegar a saber al término de mis días algo más que al principio de mi existencia; y por eso abandoné la filosofía para dedicarme a la historia de las ideas...». Y este deseo es el que sin duda se ha visto realizado. Berlin no solamente ha contribuido al incremento del conocimiento a través de su trabajo sobre otros autores que ha ofrecido en muchos casos nuevas y originales lecturas de sus obras. Su gran aportación ha sido su insistencia en el pluralismo de valores humanos, que en la actualidad se presenta como una «verdad» y que se ha convertido en el centro del debate de la filosofía política.

EL PLURALISMO DE VALORES

Nuestro autor cree que los valores últimos (igualdad, libertad, justicia, piedad...) que persiguen los seres humanos son plurales y no coexisten de forma armónica, pudiendo llegar a ser absolutamente incompatibles entre sí. No es posible reducirlos a un único valor o principio que los ordene jerárquicamente y que nos sirva de pauta para escoger entre ellos. La realidad exige que elijamos entre fines igualmente últimos y pretensiones igualmente absolutas, y esta multiplicidad, incompatibilidad e inconmensurabilidad hacen que el conflicto y la tragedia no puedan ser eliminados nunca completamente de la vida humana. La necesidad de elegir y sacrificar unos valores últimos a otros resulta ser una característica permanente de la naturaleza humana. Esta es la «verdad» que lleva a Berlin a criticar lo que considera el punto de vista dominante en toda la tradición de pensamiento occidental: la visión monista. Lo que uniría a pensadores tan diferentes como, por ejemplo, Platón, los ilustrados o los marxistas es su creencia en que existen unos valores humanos verdaderos, universales y permanentes, que forman un sistema coherente y armónico, y que pueden llegar a ser conocidos y realizados. Precisamente esto último, alcanzar un estado de cosas ordenado conforme a esos valores, se convierte entonces en el objetivo a conseguir, en el único fin de toda la actividad humana, pública y privada. El conflicto y la tragedia no serían entonces más que el resultado de la incapacidad de los hombres para reproducir el modelo ideal de vida correcto. Por supuesto que las diferentes teorías comprendidas en esta tradición diferían enormemente al determinar cuál era ese modelo ideal, así como los métodos para poder llevarlo a cabo. Pero ninguna de ellas, a ojos de Berlin, se planteó que los fines últimos pudieran ser incompatibles entre sí y que no existiera ningún principio ordenador universal que permitiera escoger de forma «racional» entre ellos.

LOS PENSADORES CONTRACORRIENTE

Este reconocimiento del pluralismo de valores constituye el núcleo del pensamiento de Berlin y explica tanto sus argumentaciones como el resto de sus ideas. Sus sospechas sobre la tradición monista dominante son las que le llevan a estudiar autores «contracorriente» que en sus teorías incorporaron, de forma consciente o no, dudas sobre la armonía y universalidad de los valores. Sin embargo, no hay que confundirse. Berlin no es seguidor de pensadores como Hamman, los románticos, De Maistre o Sorel. Su propuesta intenta alejarse lo más posible de posiciones irracionalistas o relativistas. Lo que destaca en ellos en su creatividad y originalidad, el haber sido capaces de desmarcarse de la arrolladora tradición dominante. Son el espejo en el que se reflejan, aumentados y distorsionados, los grandes errores de dicha tradición, pero especialmente, dentro de ella, de la Ilustración, movimiento en cuyo bando Berlin declara alinearse («soy un racionalista liberal»). Y es que en su búsqueda del conocimiento nuestro autor rechaza el dogmatismo y la simplicidad de muchos planteamientos ilustrados que los ataques críticos de sus enemigos ponen de relieve. El objetivo, por tanto, no sería conseguir apuntillar la herencia de la Ilustración, sino intentar mantener su espíritu separándolo de su resquebrajado armazón material. Pero, ¿puede lograrlo? Berlin piensa que la Ilustración parte de un concepto de naturaleza humana como algo fijo e inalterable que es erróneo, y que esto desvirtúa necesariamente todas las construcciones teóricas que se levantan sobre ella. Porque, por el contrario, los hombres son seres que se transforman permanentemente y que persiguen fines distintos que cambian con el tiempo y el contexto cultural. La autorrealización humana no se alcanza descubriendo y viviendo de acuerdo con la verdad, sino eligiendo cada uno su propio modo de vida. El hecho de que esos fines que se eligen sean distintos y puedan chocar entre sí hace que el conflicto sea algo intrínseco a la vida humana, que no se pueda llegar a eliminar. De ahí se deriva el rechazo a considerar que el conocimiento «líbere» necesariamente y la crítica a la utopía.

LA CRÍTICA A LA UTOPÍA

Berlin insiste continuamente en que la idea de lograr una solución final para los problemas de la humanidad a través del conocimiento de la verdad, no sólo es falsa e incoherente sino que tiene consecuencias políticas peligrosas. Si los fines reconocidos como plenamente humanos son mutuamente incompatibles, no tiene sentido intentar concebir una sociedad perfecta en la que se solucionen todos los problemas centrales de la vida humana. Además, creer en ella, en que existe realmente una solución verdadera, supone aceptar que ningún medio es demasiado costoso para alcanzarla y acaba exigiendo enormes sacrificios de hombres en honor de abstracciones y metas lejanas. Sin embargo, su rechazo a las grandes utopías no supone defender una posición inmovilista. A veces la realidad exige grandes sacrificios, pero únicamente por metas concretas a corto plazo o para salvar situaciones desesperadas. Porque la historia no sigue una ruta predeterminada hacia el progreso que culminará en la consecución de la sociedad ideal, armónica, en la que se alcanzarán todos los valores humanos universales y verdaderos. Después de haber sido testigo de lo acontecido en el siglo XX, en su opinión uno de los peores que ha vivido la humanidad, Berlin insiste en que lo único que parece ser progresivo es el aumento del reconocimiento de un núcleo moral mínimo común a toda la humanidad (unos derechos humanos mínimos que se apoyan en los rasgos comunes que comparten los seres humanos como tales); pero que en ningún caso podría conducir a una especie de civilización universal.

No hay convergencia en una única escala de valores universales y eternos, porque no hay verdades infinitas a priori sobre la naturaleza humana y el mundo. Hay que elegir entre diferentes combinaciones de valores últimos y la razón desempeña aquí un papel limitado. De nuevo Berlin tiene mucho cuidado en desmarcarse de posiciones irracionalistas o relativistas. No abandona el concepto de razón, pero le aplica un buen correctivo que limita sus pretensiones. La razón no es ese hálito divino que nos permite percibir las verdades a priori. La razón tiene una base contextual, aunque incorpora algunos elementos comunes a todas las culturas que atenúan su subjetivismo. Cuando hay que elegir racionalmente hay que hacerlo a partir de la jerarquía de valores que informa un modo de vida, siendo conscientes de que cuando llegamos a los valores últimos, inconmensurables, la razón muestra sus limitaciones; podrá aportarnos los argumentos a favor de una u otra opción, pero no señalarnos la opción adecuada. Habrá que elegir y siempre se producirá alguna pérdida.

EL PLURALISMO LIBERAL

La visión que nos presenta Berlin es, por tanto, la de una realidad humana en conflicto permanente en la que nada es absoluto, nada está garantizado en última instancia, y los hombres se enfrentan a la necesidad de tener que escoger. De ahí que insista especialmente en la importancia del valor de la libertad negativa para los seres humanos. Pero esta visión tan individualista se ve a su vez corregida por la importancia que este autor atribuye al contexto cultural en la vida humana.

Hay en este sentido una tensión inmanente en su visión entre el individuo aislado enfrentado a la necesidad de elegir sus propios valores, de connotaciones existencialistas, y el individuo condicionado por su pertenencia a un grupo social, a una cultura que proporciona y restringe a un tiempo sus posibilidades de ser y actuar. Mas es esta tensión la que genera cierta ambivalencia en su visión política. ¿Qué es lo que se debe priorizar, la elección individual o la conservación de una determinada cultura, de un determinado modo de vida? Berlin lo tiene claro, pues se considera a un tiempo pluralista y liberal, conceptos que no están ni lógica ni necesariamente unidos, pero que la práctica demuestra que juntos proporcionan buenos resultados. Por ello, en último término favorece la elección individual, que siempre se realiza dentro de un contexto cultural, pero que puede trascenderlo.

La asunción del pluralismo de valores en lo político conduce al reconocimiento de que es posible más de una respuesta válida a un problema y a aceptar el conflicto como el rasgo social relevante. Y esto supone elevar el compromiso al primer plano, acompañado de cierto grado de tolerancia. En una sociedad liberal pluralista las instituciones deben estar diseñadas para alcanzar acuerdos procurando evitar las peores soluciones; intentando establecer un equilibrio que siempre es provisional. Pero también para intentar promover la solidaridad social y el entendimiento para conseguir metas comunes, cuando esto sea posible.

LOS TRABAJOS DE BERLIN

Estos serían a grandes rasgos los puntos centrales de su visión política, que Berlin trata junto a otros temas filosóficos e históricos. En este caso sí podemos afirmar que estamos ante un espíritu «renacentista», preocupado por la cultura en sentido amplio. Melómano, políglota, amante de la literatura y el arte en general, este pensador poco propenso a dejarse encorsetar en ninguna área de conocimiento, nos ha dejado una obra peculiar y muy personal. Nada inclinado al pensamiento sistemático, Berlin utilizaba el ensayo como forma de expresión de sus estudios e ideas, lo que en un principio constituyó un obstáculo para comprender la totalidad de su pensamiento, pues estos trabajos se hallaban publicados de forma dispersa en medios variopintos. Sin embargo, el empeño de su editor en Oxford, Henry Hardy, ha conseguido que en su mayoría hayan sido reeditados agrupados en varios volúmenes. Los incluidos en el libro sobre Hamman y en la colección que lleva el título The Sense of Reality son las últimas de estas publicaciones (pues The Proper Study of Mankind, editado por Hardy y Hausser en 1997 es una antología de ensayos ya anteriormente recopilados).

El Mago del Norte fue editado por primera vez en 1993 y se trata de una reelaboración de borradores escritos en los años sesenta sobre Hamman que estaban incompletos y que no se habían publicado anteriormente. Es curioso constatar que en este caso, como en muchos otros, el propio Berlin se mostraba reacio a su publicación pensando que «no eran importantes». En ellos nuestro autor con el cuidado y la simpatía con la que aborda el estudio de personajes en principio poco atractivos, ofrece una lectura de Hamman en la que resalta los aspectos más originales de su obra y sus críticas más certeras a la Ilustración, tema que, como hemos comentado, constituye uno de los centros principales de interés de Berlin. La cuidada edición española está traducida por uno de los pocos expertos en Berlin que hay en España y autor del único libro enteramente dedicado a su filosofía en nuestro país (J. B. Díaz-Urmeneta: Individuo y racionalidad moderna. Una lectura de I. Berlin. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1995). Está acompañada, además, de una ilustrativa introducción que puede ayudar a comprender el enfoque con el que se aborda el estudio de Hamman, e incluye una bibliografía con las ediciones en castellano de los trabajos de Berlin que muestran lo equivocado de pensar que no hay apenas trabajos suyos traducidos.

Los escritos presentes en esta selección nos ofrecen una descripción del contexto cultural en el que Hamman desarrolla sus planteamientos, de su vida y, sobre todo, de sus principales ideas sobre el lenguaje, su visión de lo que constituye el conocimiento, y su crítica al racionalismo. Pero la importancia de este pensador, que Berlin califica de irracionalista y fanático, no reside tanto en la validez de su propia teoría como alternativa a una Ilustración equivocada, como en su énfasis en esos elementos olvidados por ésta: lo emocional, lo irracional y el valor de la experiencia individual no generalizable.

A diferencia de lo que ocurre con el Mago del Norte, los ensayos contenidos en la colección The Sense of Reality no giran alrededor de una cuestión o autor concreto, sino que abordan temas diversos casi siempre presentes en la obra de Berlin: la ruptura de la tradición monista, la crítica romántica a la Ilustración, los socialismos, el nacionalismo, etc.; pero su importancia es algo desigual. Junto a trabajos relevantes como «The Sense of Reality», «The Romantic Revolution» y «Kant as the Unfamiliar Source of Nationalism», aparecen algunos ensayos menores, aunque de indudable interés, pensados como conferencias para un público diverso (como «Political Judgement» y «Philosophy and Governement Repression») y otros que recuerdan el estilo descriptivo de una lección académica («Socialism and Socialist Theories»). De todas formas, el enfoque del que parte y el estilo que I. Berlin utiliza en sus trabajos hacen que todos ellos sean muy sugerentes y suficientemente atractivos, lo que se ve acrecentado por la triste constatación de que ya pocas cosas novedosas se van a publicar de este gran pensador.

01/01/1998

 
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