ARTÍCULO

La modernidad descabezada

Melusina, Barcelona
Trad. de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski
348 pp. 22 €
 

Aunque su abuso periodístico haya terminado por convertir ciertas categorías antaño inteligibles en hueros lugares comunes –así sucede, por ejemplo, con el Escritor Comprometido, el Testigo Incómodo o la Conciencia Viva de una Época, más propios de un posible sainete filosófico que de una recta aprehensión de la realidad–, es indudable que, en casos como el que nos ocupa, no puede ignorarse la biografía de un pensador cuando nos las habemos con su obra. Leszek Kolakowski tiene ochenta años y es polaco, y eso significa mucho. Significa, sobre todo, que ha vivido en uno de esos países cuya situación geográfica adquirió en el siglo pasado un timbre trágico: nazismo y comunismo se turnaron en su ocupación y sojuzgamiento. En consecuencia, quien se dedicó en ellos a la filosofía no pudo hacerlo sino políticamente, aun cuando su intención fuese la contraria; y la de Kolakowski nunca lo fue. Primero, como convencido intelectual comunista y director del Departamento de Historia de la Filosofía de la Universidad de Varsovia; después, tras un viaje a Moscú del que –contra una acrisolada tradición– sacó las conclusiones oportunas, ya como eso que se dio en llamar marxista revisionista, o viceversa. Naturalmente, no había nada que revisar en aquel entrañable milieu, de modo que Kolakowski fue expulsado de la universidad y del partido, e incluso del país: desde 1968 ocupó plazas en las universidades de McGill, Berkeley, Oxford, Yale y Chicago. ¿La filosofía en el supermercado imperialista? Eso es. Fue entonces cuando su revisionismo culminó en la atrevida afirmación de que el estalinismo no es una aberración, sino la consecuencia lógica del pensamiento marxista. Y así, hasta ahora. Suerte de pensador escéptico, acaso por considerar que, habiendo sido víctima del espejismo ideológico por excelencia, le convenía no abrazar ya ninguna otra causa, Kolakowski es empero un firme defensor de la superioridad moral del sistema político occidental, y un intempestivo, por infrecuente, defensor de la influencia del cristianismo en nuestra cultura. Ha sido desigual, pero razonablemente publicado en EspañaTodavía están disponibles, en la mejor tradición nacional de dispersión editorial, obras como La filosofía positivista (Madrid, Cátedra, 1988), Horror metaphysicus (Madrid, Tecnos, 1990), La presencia del mito (Madrid, Cátedra, 1990; Barcelona, Círculo de Lectores, 1995), Libertad, fortuna, mentira y traición: ensayos sobre la vida cotidiana (Barcelona, Paidós, 1991), o Si Dios no existe...: sobre Dios, el diablo, el pecado y otras preocupaciones de la llamada filosofía de la religión (Madrid, Tecnos, 2007). Agotada está, en cambio, la edición que en 1985 hiciera Alianza de su opus magnum, a saber, Las principales corrientes del marxismo, dentro, por cierto, de una colección de título tan añejo como «Doctrinas marxistas-leninistas». ¡Qué tiempos! . Ahora, la editorial Melusina ofrece una colección de artículos de distinta procedencia, aparecidos en las décadas de los ochenta y noventa, que bien puede hacer las veces de introducción a su pensamiento. No sólo porque abarca la totalidad de sus preocupaciones, sino también porque posee las virtudes ocasionales de esta clase de compilaciones –variedad y coherencia– sin apenas incurrir en sus habituales defectos –reiteración y redundancia–. Se trata de textos de cariz ensayístico, sin aparato crítico ni referencias académicas, escritos en un estilo admirablemente claro y a la vez brillante, capaz de recorrer la tradición filosófica occidental a velocidad de crucero. Acaso sólo se echa de menos una mayor contundencia en las conclusiones, un juicio más decidido después de su metódica exploración de cada problema. Sin embargo, Kolakowski carece de la manía dogmática propia de los conversos: sencillamente no quiere tener las cosas claras –o sólo algunas– y desiste de dar lecciones. Acertadamente, su concepción de la filosofía y de la función que le quepa cumplir constituye el tema del ensayo inicial. La posibilidad de una utopía epistemológica, condigna a la de una utopía social, es el punto de partida: igualmente peligroso es creer que existe una certeza final inconmovible, un horizonte cerrado del conocimiento, que dar forma a un orden social estático y planificado. No obstante, Kolakoswki se cuida mucho de señalar que sólo tengan lugar en la cultura espíritus escépticos como el suyo; necesitamos –sostiene– un equilibrio entre la duda y la certidumbre –o, al menos, la fe en una posible certidumbre–. Tal como reza una tesis central a su pensamiento: «El papel cultural de la filosofía no consiste en aportar verdades, sino en cultivar el espíritu de la verdad» (p. 17). Y aquí asoma ya su preferencia general por el pensamiento kantiano, que considera esta búsqueda un criterio regulativo y no constitutivo, una orientación y no un dato natural. Sin embargo, la preocupación por la verdad está lejos de agotarse aquí, ya que Kolakowski vuelve una y otra vez al problema capital de la modernidad: la fundamentación del orden social tras del colapso de la moralidad religiosa. Su crítica es profunda, aunque difícilmente original. La modernidad ilustrada es ambigua, porque su espíritu crítico desemboca en el nihilismo epistemológico y –a través de distintos caminos convergentes– en el relativismo. Y, ¿es posible fundar un orden social en el relativismo, con la consiguiente ausencia de responsabilidad personal y el predominio de un utilitarismo que elimina todo aquello que no reporta beneficios tangibles? Es el sueño frustrado de la racionalidad perfecta, que también denunciaran los representantes de la Escuela de Fráncfort; éstos nunca dijeron, en cambio, que la mayor representación de aquel fracaso fuera el atroz experimento comunista. Así pues, la desmitologización moderna posee consecuencias indeseadas; sólo la afirmación de la humanidad, como comunidad moral y no meramente zoológica, permite contrarrestarlas. Esta orientación moral es la que le lleva a defender la noción de justicia social, al margen de sus posibles justificaciones económicas; a interesarse por el legado cristiano; a defender la necesidad de la conciencia histórica, y a lamentar, en fin, la de sa pa ri ción del tabú en la cultura contemporánea como perjudicial para el buen orden democrático: «La libertad sin tabúes ni deberes no permite experimentar la responsabilidad » (p. 174). ¿Es posible aún la humanidad, entonces, sin la distinción entre el bien y el mal que proporcionaba la fe en la trascendencia? Para Kolakowski, un universalismo cauto de raigambre kantiana parece ser nuestra única herramienta, aunque no podrá funcionar sin ciudadanos adoctrinados en los valores de la democracia por un Estado liberal forzosamente imperfecto. Ya que hemos dicho adiós a la verdad, tratemos al menos de que el consenso que viene a ocupar su lugar esté fundado en buenas razones morales. Se diría que quien ha tenido fe, nunca la pierde del todo. No puede terminarse esta reseña sin mencionar el último de los textos aquí compilados, razón suficiente para justificar el conjunto: la larga réplica que el autor dirigiera en 1974 al historiador marxista E. P. Thompson, en el curso de una célebre polémica entre ambos. Es un modelo de irónica contundencia, de irrebatible fuerza moral ante la indigna defensa que una parte de la intelectualidad occidental –los tontos útiles– realizaba del estalinismo. Y aunque la historia ha dado en esto la razón a Kolakowski, posiblemente éste habría preferido no tener que reclamarla, siquiera con su burlona elegancia.

01/10/2008

 
COMENTARIOS

RAE 02/04/16 22:54
Difícil elogiar un texto donde termina haciendo una suerte de apología del franquismo... ¿le dio la historia la razón al polaco?... España aún no encuentra ni la salida al bipartidismo heredero de la dictadura... ni a los desaparecidos de esta.

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