ARTÍCULO

El triunfo del Humanismo

Ed. española de Carlos Clavería. Cambridge University Press, Madrid, 1998.
Trad. de Lluis Cabré.
372 págs. 2.990 ptas.
 

La traducción de este libro al español es una muy buena noticia; en primer lugar, porque merece la pena disponer de una introducción al humanismo que es mucho más que una introducción; en segundo lugar, porque la intervención del editor español, Carlos Clavería, mejora el original al añadirle abundante bibliografía complementaria (en especial la relacionada con la cultura hispánica), amén de unos índices de textos asequibles, etc. Además ha sustituido un capítulo, dedicado en el original al estudio del humanismo en Inglaterra, por otro equivalente dedicado a España. Por todas estas razones, se trata de un libro imprescindible en la biblioteca de cualquier especialista, de los estudiantes o aficionados a estos temas. Como es habitual, la claridad de ideas y la fluidez del estilo es virtud que siempre acompaña a la erudición inglesa, y que no les falta a ninguno de los colaboradores en este volumen.

Ya he señalado que el libro es más que una introducción. En realidad es un conjunto de monografías, cada una de las cuales aborda ya sea una faceta del humanismo, ya las relaciones que se establecen entre las actividades de los humanistas y otras disciplinas, ámbitos del saber o realidades. El procedimiento elegido, como cualquier otro, tiene sus ventajas y sus inconvenientes; entre los últimos, se encuentran las casi inevitables repeticiones y contradicciones –pura anécdota, como la de las págs. 106 n., y 203-204–, y el difícil deslinde entre lo que debería corresponder a un epígrafe o a otro. Entre las ventajas, la mayor es, sin duda, la claridad, lo accesible y manejable de las exposiciones, aun a costa de ciertas lagunas o implicaciones, lo cual se consigue gracias a la especialización de los autores en el campo específico sobre el que escriben: la sensación es que lo que aquí nos dan es la punta de un iceberg, y que la sencillez es el fruto de un vastísimo conocimiento del tema.

Dicho lo anterior, y aceptado de antemano cualquier otro elogio que pudiera añadirse, pues sería siempre justo, cabe reflexionar sobre lo que aquí se ofrece, y hacerlo desde fuera, esto es, sin poseer los conocimientos ni la claridad conceptual de los responsables de tan útil obra. Porque, además de lo reseñado, los artículos aquí reunidos invitan a profundizar en todos los temas, a matizar o discrepar de ellos, a interrogarse sobre determinadas cuestiones, etc., y también porque, ante la escolástica de los britanos (si así puede traducirse la scholarship inglesa), nos resultan nuevas o sorprendentes muchas cosas, unas veces de manera harto positiva (las más), otras que llevan a la perplejidad: se produce como una extrañeza o extrañamiento ante un método, ante una forma de limitar y encarar (eventualmente, resolver) los problemas, admirable en su sencillez y pragmatismo, pero muy alejada de lo que entre nosotros es lo recibido y aceptado o, al menos, discutido. Uno de estos casos se da a causa de que los colaboradores en el volumen –salvo, quizá, Ch. Hope y E. McGrath– aceptan la perspectiva de los humanistas, y adoptan una defensa a ultranza de sus puntos de vista, incluso cuando esa defensa resulta a todas luces imposible. No me refiero con esto sólo a la defensa e ilustración de una determinada disciplina, ni al amor por el objeto de estudio ni cosas así; más bien quiero señalar cómo estos historiadores se acercan a la lógica, filosofía, política o ciencias con la misma actitud que en su día lo hicieron los humanistas. Tal mímesis es muy útil, porque dota al conjunto de coherencia y porque permite ver desde dentro el mundo, el conjunto de las ideas entre las que se movían los humanistas; pero, al mismo tiempo, impide ver las relaciones objetivas e históricas que se establecen entre los escritos de esos humanistas y las disciplinas implicadas. Es algo que salta a la vista si se atiende, no a aspectos parciales, sino al panorama de conjunto de una época, y al diseño global del libro, pero resulta difícil de ver si se acepta la lectura lineal del libro. Sea el caso, por ejemplo, del capítulo dedicado a «La ciencia moderna y la tradición del humanismo», de A. Grafton; ahí, aparte de otras cuestiones de detalle, no se dice ni una palabra de matemáticas ni de cosmografía o geografía, ni de física o medicina... El autor se ve obligado a saltar directamente al siglo XVII y, en rigor, a prescindir totalmente de la ciencia en relación con el humanismo, para hablar sólo de retórica y de los truquillos escolares para conseguir un estilo abundante y variado, etc. Es cierto que no había ninguna necesidad de incluir un capítulo dedicado a ese tema, porque de donde no hay no se puede sacar, y nemo potest ad impossibile obligari; es cierto que faltan otras entradas como la economía o las armas de fuego, etc. Pero sí cabía la posibilidad de haber hecho algo semejante a lo que se da en el capítulo «Artistas y humanistas», donde los autores se limitan a describir el estado y la evolución de las artes en la época y a señalar la nula o escasa incidencia de las humanidades en tales ámbitos, salvo un poco en la alegoría y alguna otra baratija más (aunque quizá se hubiera debido dar más importancia a la invención de los emblemas, debida más al azar que al arte). No se ha adoptado esa solución, quizá porque un procedimiento como el señalado implicaba necesariamente la presencia masiva de escolásticos y de no-humanistas, con lo que el desequilibrio a favor de estos últimos hubiera sido manifiesto. En pocas palabras, que el cultivo y el desarrollo de las ciencias no debe nada a los humanistas; como tampoco el método experimental... Es más, son sus enemigos declarados.

En general, lo que se acaba de exponer en el párrafo anterior es el aspecto más polémico del libro que nos ocupa; me refiero a la exclusión, poco menos que radical, de todo cuanto no sea humanismo visto y valorado por los propios humanistas. Claro es que el volumen está dedicado al estudio del humanismo, pero no me parece posible entender lo que significa ese fenómeno (ni ningún otro, por lo demás) sin vincularlo con la realidad general o, al menos, con sus particulares alternativas u oposiciones, porque lo cierto es que con frecuencia se establecen relaciones de ataque o apoyo con otras corrientes o movimientos, y son, precisamente, esas relaciones (implícitas o explícitas) las que definen el sentido y la función del humanismo, en determinadas ocasiones.

Por otra parte, y una vez aceptado el enfoque propuesto por los responsables del libro, habría que detenerse en algunas ausencias, tanto más notables cuanto corresponden a la práctica directa y explícita del humanismo y, además, están constantemente en la cabeza de los especialistas que redactan los capítulos del volumen. Así, por ejemplo, se habla de ciencia, de política, etc., pero no hay un apartado en que se trate de las relaciones con la escolástica; y no es porque los colaboradores no se refieran a la escolástica, por el contrario, no pierden ocasión de señalar cómo, en tal aspecto o en tal otro, los humanistas han arruinado, destruido o superado el pensamiento escolástico. No hubiera venido mal, a este respecto, una definición, siquiera elemental, de esa scholarship escolástica, donde hubieran distinguido entre unos y otros; y ya, puestos a ello, también otra distinción entre humanistas italianos y no italianos, que no son lo mismo. Por ejemplo, en el capítulo «Filólogos y filósofos», dicen: «De todos modos, ese y otros intentos por vestir (o al menos cubrir en parte) el Aristóteles medieval con ropas más actuales no tuvieron gran efecto en aquellos filósofos del Seiscientos que buscaban una base aristotélica para la nueva filosofía mecanicista: para ellos cualquier rastro de escolasticismo estaba condenado a la desaparición. G. W. Leibnitz, uno de los padres de la filosofía moderna, colaboró en el rescate de un Aristóteles puro, limpio de cualquier adherencia escolástica, y en ese sentido se le puede asignar un papel en la última etapa de la reforma del aristotelismo emprendida por los humanistas» (pág. 200).

Y la argumentación se cierra con otro juicio en el que, a propósito de Descartes ahora, se afirma:

«No deja de ser irónico que fuera el humanismo, precisamente, el encargado de recuperar la tendencia que catalizó en buena medida el pensamiento moderno al tiempo que arrinconaba a la filología, ya desde entonces herramienta obsoleta para la indagación filosófica» (pág. 209).

En ninguno de estos dos párrafos queda claro, para mí, el sentido (y el primero me parece una contradicción) aunque sí la intención apologética. En efecto, si por escolástica se entiende –como parece el caso– Santo Tomás y, en general, los dominicos, es cierto que poco hay del aquinate en el pensamiento de Leibnitz ni en el de Descartes; pero si se hubiera seguido la línea de Pedro de Maricourt, de su discípulo R. Bacon, de Occam, Averroes, los parisinos del siglo XV o, en fin, la del ecléctico Suárez, se habría encontrado una corriente que desemboca en Descartes y en Leibnitz, la defensa por algunos de ellos del método experimental, etc. Pero lo seguro es que ni Galileo ni Descartes ni Leibnitz, etc., deben nada al elegante estilo ciceroniano de los humanistas, ni a sus inexistentes avances en tales campos.

Se puede advertir que, en un libro con las características del que comentamos, todas esas precisiones y matizaciones, así como la atención a otras corrientes de pensamiento, hubieran exigido un espacio excesivo y una especialización fuera de lugar. Esto, sin duda, es así; pero lo que trato de señalar es un problema de perspectiva no de datos; es algo que se puede notar en otros casos. En los «Orígenes del humanismo», N. Mann señala, con razón, la importancia de los juristas en el desarrollo de una conciencia crítica respecto a los textos antiguos; tras referirse a la actividad notarial en el palacio real de Pavía, donde ya en el siglo IX se aplicaba el Corpus iuriscivilis, añade:

«A partir del siglo XII , por lo menos, y de modo muy notable en la Universidad de Bolonia, la enseñanza de las leyes cobró nuevo vigor, de suerte que la glosa y la interpretación de los grandes textos del derecho romano, el Código y el Digesto, aplicados a los problemas legales del momento y combinados con una conciencia de los orígenes históricos (sin duda reforzados por la presencia física de numerosas reliquias de la antigüedad), alentaron el sentimiento de que la civilización clásica aún estaba viva, y este sentir despertó a su vez el deseo de conocerla» (pág. 25).

Es de agradecer que este tipo de exposiciones apuren los orígenes del humanismo y lo amplíen a otros campos del saber. No cabe duda de que a los juristas les interesaba disponer del texto más fidedigno posible de las leyes –de las romanas– y, por ello, a colacionar textos se dedica Irnerio y la escuela de los glosadores. Ahora bien, todo ese importante proceso se desarrolla en medio de intereses políticos, de manera que la fundación (o traslado) del estudio de Bolonia por la legendaria condesa Matilde se debe a su interés por preservar sus dominios de las apetencias del Emperador, pues algunas leyes romanas parecían conceder al Emperador el dominio de todo el mundo; frente a esa interpretación, en los reinos superiores non recognoscentes o expemptiis ab imperio, el derecho romano encuentra fuertes resistencias, hasta el punto de que en París y Orleans llega a prohibirse el estudio del derecho romano, y se busca refugio en el droit coutumier. Este aspecto político, vestido de formas jurídicas, explica que la reivindicación del latín por los italianos, desde Petrarca, no se produzca en el vacío, sino en medio de claros intereses materiales, como señala oportunamente J. Santritter, a propósito de Valla, en las págs. 94-96; y con gracia, el texto aducido en otro lugar:

«Galeotto Marzi, por su parte, advierte a Lorenzo de Medici que la civilización se hundiría si se permitiesen alteraciones textuales de Virgilio, la Biblia, Aristóteles, Tomás de Aquino, los títulos de propiedad o nobleza o las crónicas» (pág. 56). Pero ya antes, Occam y Valla habían atacado la donación de Costantino (cada uno con sus armas), escribiendo a favor de los intereses de sus respectivos mecenas...

Esta es una de las cuestiones fundamentales, a mi entender: que el triunfo de los humanistas y del humanismo no se produce en un «período posideológico, como el actual» (pág. 160), sino todo lo contrario, en una época politizada –o ideologizada– al máximo, primero por el cisma de Aviñón, por las constantes guerras entre los estados italianos y por la intervención de Francia y Aragón en las disputas, etc. No es mera casualidad que la mayor parte de los humanistas ocupen cargos políticos (ver pág. 93) o intervengan en las cuestiones públicas.

En otro registro, N. Mann señala, un poco decepcionado, a propósito de Petrarca:

«A lo largo del discurso filosófico moral que es el De remediis no hay más hilo conductor que el manido desprecio cristiano por los bienes terrenos y el consuelo contra las adversidades en la tradición de Boecio. El componente clásico pierde así su aguijón; los ecos del estoicismo de Cicerón y Séneca se disuelven en una serie de materiales que prestan apoyo a opiniones más ortodoxas» (pág. 35).

Pero no es algo privativo de Petrarca: salvo contadas excepciones, todos los humanistas, incluso Erasmo y Vives, se decantan en último término a favor de la ortodoxia o del poder establecido. Algunos, pocos, salen fuera del sistema y lo pagan con la vida, pero lo normal es que las desviaciones sean poca cosa, que, por ejemplo, se dejen ganar por los placeres y la gloria mundana; pero eso son minucias: en cuanto a lo fundamental, todos ellos están en el mismo lado, en el de la religión revelada. Con esto, lo que quiero señalar es la actitud combativa y beligerante de los humanistas frente al materialismo rampante de los físicos cornificenses, de los averroístas y, en general, de la ciencia griega y de Aristóteles en especial; pero también se oponen a los nominalistas y otros aristotelismos desviados, en absoluto a Santo Tomás. En la misma trinchera están todos, incluso Lutero, Calvino, Melanchton, etc., y ello explica el fracaso de Martín Bucer en sus intentos de resucitar el griego, porque ese griego se identifica con la ciencia griega, mientras al latín le corresponde la elocuencia, la capacidad para mover los ánimos, es decir, los valores religiosos (cfr. los textos de las págs. 112-113).

Este tipo de implicaciones, como antes las jurídicas, es algo que siempre se debe tener en cuenta. Así, por ejemplo, M. D. Reeve, después de señalar que Crisoloras llega en 1397 para enseñar griego en la Universidad de Florencia, atiende a los intereses reales de los humanistas, a la difusión de la obra de San Basilio, A los jóvenes sobre la utilidad de la literatura griega, y comenta:

«El ensayo de San Basilio, por su parte, supuso para la literatura griega, en sentido lato, algo muy parecido a lo que el Pro Archia había supuesto para la literatura sin adjetivos; por si fuera poco, contaba con la ventaja de ser obra de un cristiano dirigiéndose a otros cristianos, así que servía de réplica a los ataques contra las letras paganas, como los lanzados por G. Dominici en su Lucula noctis de 1405» (pág. 65).

No creo que esto sea exactamente así: ni Dominici ni los Padres de la Iglesia ni las autoridades eclesiásticas medievales se opusieron nunca al conocimiento de las letras seculares, paganas o no paganas; más bien sucede lo contrario, aunque si se dirigen a los religiosos adviertan de lo inadecuado de dedicar más tiempo a eso que a los rezos o a la teología. Lo que creaba problemas no eran los textos de Platón, Plutarco, etc., sino la ciencia materialista y el nominalismo. Y contra esto estaban todos; por ello era difícil que los humanistas aportaran contribuciones de importancia a las ciencias, al método científico, a la lógica ni al pensamiento objetivo. El triunfo del humanismo es el triunfo de la retórica y de la práctica en el dominio de la lengua latina. Esto es lo que cultivan y donde obtienen sus triunfos, pero no en la teoría ni en la ciencia, ni siquiera en la gramática especulativa. Eran capaces de escribir sobre cualquier tema en un latín elegante y persuasivo, capaz de convencer a los poderosos de este mundo y del otro de su sabiduría. Otra cosa es cuando se topan con un profesional; entonces, como aduce oportunamente Grafton, las cosas no son tan positivas:

«Galileo, para empezar, recurrió a su brillante prosa italiana al presentar los resultados de sus investigaciones al gran público, y no dejó de lanzar sus dardos envenenados contra aquellos que, como le dijo a J. Kepler en una ocasión, "piensan que la filosofía es un libro como la Eneida o la Odisea, y que la verdad no se debe buscar en el mundo o en la naturaleza, sino colacionando textos (utilizo su terminología)"» (pág. 247).

En efecto, los humanistas no se ocupan de la naturaleza ni del mundo; se ocupan de sus textos, de estudiarlos y de generar otros nuevos, sobre moral, ideología para uso de grandes señores y gobernantes, etc.; por eso no creo que se pueda afirmar que «su conocimiento de otra civilización y la costumbre de compararla con la de sus días [...] terminaron por desembocar en una suerte de relativismo» (pág. 171, salvo que por relativismo se entienda lo que se dice en las págs. 160 y ss.). Pues los humanistas jamás fueron capaces de salir de su limbo, de percibir la realidad inmediata, lo que estaba pasando en la calle, como lo manifiesta su rechazo al cultivo de las lenguas vulgares. A. Grafton recuerda:

«Los miembros del Experimental Philosophy Club de Oxford, de la Royal Society, de la Académie des Sciences de París y de la Accademia dei Lincei de Roma coincidieron en señalar que el fruto científico de cualquier experimento o expedición encontraba un medio de expresión más diáfano en la lengua vernácula» (pág. 247).

Aunque no se puede aceptar que tuvieran razón en todos los casos, ni que no se siguiera escribiendo de ciencias en latín, no cabe duda de que las lenguas vulgares tenían ganada la partida, en todos los ámbitos y ya desde el siglo XV , salvo en Italia. Otra cosa es que los humanistas no se enteraran de ello; de la misma manera que en la pág. 104 se subraya la continuidad entre el latín de la baja Edad Media y el humanístico, así como la dificultad de reformar radicalmente una lengua que pertenece a una tradición vigente, quizá hubiera convenido ampliar la relación también a las lenguas vulgares y las obras literarias (o de otra naturaleza) que se cultivan en los siglos XIV y XV , y aun antes: estilnovistas, provenzales, romancieros de la materia de Bretaña, etc., géneros y formas bien vivos incluso en el Renacimiento, porque quizá sea el desarrollo interno de las formas tradicionales (pictóricas, literarias, etc.), fundidas con las aportaciones clásicas de los humanistas lo que constituye el Renacimiento. Pero esto ya es otro tema.

En resumen, el libro que comentamos recoge, con autoridad y saber, los elementos que han servido para esbozar los problemas que han sido expuestos hasta ahora. En este sentido, cada capítulo constituye un canon de lo generalmente admitido entre los especialistas de esta admirable escuela británica, y aun proporciona datos y enfoques nuevos. Por todo ello, el conjunto es una obra de referencia, y un punto de partida inexcusable, una síntesis útil y ponderada para todo tipo de lectores.

01/02/1999

 
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