ARTÍCULO

El lenguaje como un objeto natural

Antonio Machado Libros, Madrid
Trad. de Juan Romero
906 pp. 39 €
 

No es tarea sencilla comentar con apropiada brevedad un libro sobre teoría sintáctica de novecientas páginas. Todavía se hace más difícil cuando se trata de una reciente traducción (a cargo del lingüista Juan Romero) de un ensayo aparecido ya en 1998 en las prensas del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts y que desde su aparición ha tenido una gran repercusión en la disciplina, ha sido objeto de multitud de reseñas y ha suscitado incluso una encendida controversia en una de las revistas de referencia mundial en lingüística Natural Language and Linguistic Theory, n. os 18 (2000) y 19 (2001).. Cabe, pues, la tentación de presentar al lector una reseña de reseñas, pero conviene no ceder a ella y centrarse en la propia obra y en su reciente aparición en la lengua de Cervantes. Ésta es sin duda oportuna, ya que no se trata de una obra de naturaleza técnica (que el especialista suele leer en la lengua original), sino de vocación divulgativa. Por ello, la versión en español atraerá más fácilmente a los lectores potenciales a quienes va dirigida: científicos y, en general, personas con buena información sobre la ciencia actual que deseen conocer una de las tradiciones más profundas y exitosas en la investigación del lenguaje y la mente, así como estudiantes y lingüistas que estén interesados en el estatuto científico y el desarrollo de su disciplina o, al menos, de la lingüística chomskiana y sus nuevos rumbos.
Porque de eso se trata esencialmente en este ensayo: de la lingüística fundada por Noam Chomsky y, sobre todo, de su reciente orientación minimalista. De ahí precisamente el carácter doblemente controvertido de esta obra de Juan Uriagereka, un vasco gallego de la Universidad de Maryland y uno de los lingüistas más relevantes en el ámbito internacional.
Pies y cabeza (feliz adaptación del original Rhyme and Reason) pretende ser una introducción a la sintaxis minimalista, y el llamado programa minimalista es precisamente la controvertida última versión de la ya de por sí controvertida teoría lingüística desarrollada por Chomsky y otros lingüistas en los últimos cincuenta años. Si se decía que esta obra pretende ser una introducción a la sintaxis minimalista, no es porque no llegue a serlo, sino porque es mucho más que eso. Es, por supuesto, una introducción profunda y rigurosa a este tipo de sintaxis, pero también es una introducción a la propia manera de hacer lingüística de esta tradición que, en pocas palabras, parte del punto de vista sorprendente y polémico según el cual el objeto de estudio del lingüista no es en sí una institución social o cultural, ni un sistema de comunicación, ni un código compartido, sino que es un objeto natural.
Por supuesto que hay muchas maneras de hacer lingüística, y en algunas de ellas las nociones de institución social o de código compartido son relevantes, pero, como afirmaba el propio Chomsky, la razón más movilizadora para estudiar el lenguaje es «que resulta tentador considerar[lo], según reza la expresión tradicional, como un espejo de la mente» Noam Chomsky, Reflexiones sobre el lenguaje, Barcelona, Ariel, 1975, p. 12. o, en términos más modernos, como una ventana de acceso a la mente y el cerebro.
Esta preferencia de Chomsky se basa en que su concepción del lenguaje implica realmente que la estructura de las lenguas naturales que hablamos los seres humanos no procede de fuera, del entorno, sino de dentro, del propio organismo. Como es sabido, Chomsky se ha distinguido por fomentar una concepción innatista del lenguaje, algo todavía muy disputado dentro y fuera de la lingüística y la ciencia cognitiva. Para ello puso sobre la mesa el argumento de que «la adquisición infantil de una lengua natural sería una hazaña intelectual extraordinaria para una criatura que no estuviera específicamente diseñada para desempeñar esa tarea» Ibídem, p. 13. . Pero es un hecho que cualquier niño adquiere ese conocimiento sobre la base de unos datos y de unas instrucciones mínimas, sin un entrenamiento específico y muchas veces incluso en condiciones desfavorables. Cualquier niño de cuatro años tiene serias dificultades psicomotrices (para atarse los cordones de los zapatos, por ejemplo) y otras limitaciones cognitivas (para cuestionar la teoría de los Reyes Magos, por ejemplo), pero es un genio en sintaxis.
Cuando, a partir de un estímulo caótico e inconsistente, los individuos convergen en un sistema de conocimiento relativamente homogéneo y estable, podemos –debemos, de hecho– sospechar que existe un condicionamiento biológico. Simplificando mucho, a ese condicionamiento innato (esto es, biológicamente determinado) que especifica qué propiedades debe tener una lengua humana posible y que explica nuestra capacidad de aprenderlas y utilizarlas es a lo que suele denominarse Gramática Universal (GU), una propiedad de nuestra especie.
La GU es el estado inicial de la facultad del lenguaje de una persona. Ese estado inicial, común a todos los humanos, proyecta, a través del estímulo lingüístico externo, un estado estable, esto es, un sistema de conocimiento que permite a una persona hablar y entender una lengua en particular. En este sentido, la GU es el genotipo de los diversos sistemas de conocimiento (lenguas) que se desarrollan en la mente y el cerebro de las personas.Y ése es precisamente el objeto de estudio de la lingüística chomskiana: no un objeto público o compartido, sino un sistema de conocimiento, esto es, un estado o propiedad de la mente y del cerebro de una persona que le permite hablar y entender una lengua.Tal y como resume Uriagereka, «los seres humanos están equipados con un conocimiento específicamente lingüístico como resultado de una ley natural. La tarea del lingüista es precisamente desentrañar los detalles de ese conocimiento» (p. 55). Puede ser útil imaginar ese sistema de conocimiento como una gramática mental. En este sentido, la gramática mental de una persona constituye su órgano del lenguaje. Por ello, algunos autores Stephen R. Anderson y David Lightfoot, The Language Organ. Linguistics as Cognitive Physiology. Cambridge, Cambridge University Press, 2002. defienden que este tipo de lingüística es un tipo de fisiología cognitiva: la fisiología de un órgano mental. Como, dado el naturalismo radical chomskiano, lo mental es una dimensión más de lo natural, y la mente es una parte más del cuerpo, el objeto de estudio es un objeto natural.
El objetivo de la lingüística así concebida es, entonces, construir un modelo teórico de esa gramática mental, de manera que dicho modelo genere única y exclusivamente las oraciones gramaticales de una lengua. Estos modelos teóricos suelen consistir en sistemas de principios que no sólo están restringidos por la necesidad de predecir las oraciones gramaticales y agramaticales de una lengua (como que en español «El niño leer libro» esté mal, pero no en chino), sino que deben ser lo suficientemente generales como para formar parte de la GU que restringe el formato de cualquier gramática humana (así, «¿De qué era gordo el libro?» está mal en español y en chino). En este sentido, la llamada gramática generativa no sólo postula que existe un condicionamiento biológico que subyace a la capacidad de aprender una lengua cualquiera, sino también, en consecuencia, que las diferencias entre las lenguas, a pesar de su exuberancia y notoriedad, son realmente mínimas y puramente superficiales, un poco de la misma manera que los organismos somos mucho menos parecidos desde el punto de vista fenotípico que desde el punto de vista del ADN.
Por todo ello, la gramática generativa y, más en concreto, el programa minimalista que analiza con impresionante detalle el libro de Uriagereka, tiene una característica distintiva con respecto a otras aproximaciones al lenguaje y a la propia gramática. Es, podría decirse, una mirada microscópica a la estructura formal. En este sentido, mientras que otras tradiciones lingüísticas abordan, por ejemplo, cómo se relacionan las construcciones gramaticales con el mundo, con la estructura social o con el pensamiento, la gramática chomskiana –para decepción del lector profano– ignora todo eso, simplemente porque no puede tratarlo, porque su objetivo es muy otro. Así, ese lector profano se sorprendería de que podamos encontrar centenares de artículos y libros en esta tradición que estudian –sin llegar en realidad a resolverlas– cosas tan aparentemente triviales como de qué manera se relaciona un verbo con su objeto directo (por ejemplo, «comimos» con «las verduras» en «Comimos las verduras»), mientras que la gran mayoría de aproximaciones alternativas lo despachan como algo dado y poco interesante. Pero no lo es. Sin explicar eso, esto es, sin una hipótesis razonablemente correcta sobre la estructura formal del lenguaje, simplemente no podemos ir más allá realmente en serio. Claro que podemos asumir soluciones simplificadas a ese y otros problemas y avanzar en otras dimensiones también interesantes (como cuando Darwin diseñó la teoría de la evolución sin conocer la genética ni el ADN), pero no debería ignorarse que los cimientos de toda la investigación racional y científica del lenguaje humano están ahí, y que sin una teoría explícita y empíricamente sólida de la estructura del órgano del lenguaje (la gramática), todo lo demás es un edificio asentado en el barro.
El ensayo de Juan Uriagereka es en realidad un diálogo y, como tal, tiene dos personajes: El Lingüista y El Otro. El Lingüista es un apenas disimulado trasunto antonomásico de Chomsky, y El Otro, que es un espectro con el ropaje de un científico sabio y políglota, actúa como un «abogado del diablo» y da voz no sólo al potencial lector –una persona inteligente y formada, pero con opiniones algo ingenuas sobre el lenguaje–, sino también al propio Uriagereka lingüista, que emplea el personaje para interrogar y forzar a Chomsky a explicarse, a ser más explícito (algo que no acostumbra a hacer), y que también le permite de vez en cuando especular un poco alocadamente desarrollando algunas ideas que Chomsky-El Lingüista no se permitiría poner sobre el papel, pero que en ocasiones parecen seguirse de lo que afirma. Es por ello por lo que esta obra no es una simple introducción, sino que se trata de un ejercicio detallado y profundo de argumentación desde abajo, algo para lo que el género dialógico escogido resulta muy adecuado.
El programa minimalista parte de la idea de que la facultad del lenguaje de los humanos consta de un sistema computacional (la tradicional sintaxis) que construye estructuras complejas a partir de una selección del léxico. Esas estructuras complejas deben ser interpretables por componentes externos a la propia facultad del lenguaje: el componente articulatorio-perceptivo (que se encarga de articular y procesar sonidos) y el componente conceptualintencional (que, grosso modo, se encarga de interpretar semánticamente los mensajes). En realidad, esta idea de que el lenguaje consiste en un emparejamiento sistemático entre sonido y sentido, como ha señalado repetidamente Chomsky, se remonta a los griegos y forma parte de cualquier teoría lingüística. La pregunta de Chomsky (y lo que se explora esencialmente en este libro) es hasta qué punto ese sistema computacional lleva a cabo esa tarea de emparejamiento de manera óptima, perfecta Así lo pone Uriagereka en boca de El Lingüista: «Dado el hecho contingente de que el lenguaje se utiliza, lo que produce ciertas condiciones que son externas al sistema, ¿existe una forma perfecta (si lo quiere), conceptualmente necesaria y óptimamente económica de satisfacer esas condiciones externas?» (p. 140). .
En este sentido, una característica notable del programa minimalista (y que ha hecho que a veces, quizá de forma exagerada, se conciba como una revolución dentro de una revolución) es que explora la posibilidad de que el núcleo computacional del sistema lingüístico no deba concebirse necesariamente como un órgano adaptado de forma específica a esa tarea (aunque es algo que no puede excluirse). De hecho, es tradicional en la lingüística chomskiana de siempre plantear que las restricciones y principios formales que caracterizan al lenguaje humano no parecen ser fácilmente explicables en términos funcionales (esto es, en lo que respecta al uso o actuación lingüística), lo que ha causado un secular enfrentamiento con las teorías funcionalistas.
Pero, una vez que optamos por la concepción del lenguaje como un objeto natural, un asunto aún discutido en la actualidad por muchos autores dentro y fuera de la lingüística, caben todavía más elecciones cruciales: bien ese objeto natural se explica sólo como el resultado de la adaptación en el proceso de evolución natural de la especie, bien es además el resultado de leyes naturales más generales y ahistóricas.
El programa minimalista, y esto es lo que ilustra a la perfección y detalladamente Uriagereka, opta por la segunda vía y lo hace poniendo de manifiesto que la facultad del lenguaje es intensamente caracterizable en términos de simplicidad, economía y optimidad, lo que sugiere que podría derivarse, al menos en parte, de leyes generales de la naturaleza, de la dinámica de sistemas complejos y el orden emergente La otra opción, esto es, la que defiende la concepción naturalista de Chomsky, pero opta por la explicación adaptativa, es la sostenida por el brillante y muy leído Stephen Pinker en El instinto del lenguaje (Barcelona, Paidós, 1994). . En este sentido, el programa minimalista posee una dimensión teórica que puede incardinarse en general en el contexto del llamado «estructuralismo biológico», que se basa en la fundamentación del orden y estructura de las formas naturales no sólo en la selección natural convencional, sino también en procesos de autoorganización y en consecuencias de leyes físicas más fundamentales. Esto es, se plantea como un equivalente dentro del estudio de los órganos mentales del estudio de los organismos biológicos abordado por autores como Stuart Kauffman Stuart Kauffman, The Origins of Order. Self Organization and Selection in Evolution, Oxford, Oxford University Press, 1993. o Brian Goodwin Brian Goodwin, How the Leopard Changed Its Spots:The Evolution of Complexity, Nueva York, Simon & Schuster, 1994. .
Dado lo resumido apretadamente hasta ahora, resulta comprensible que el programa minimalista haya encontrado oposición tanto dentro del propio ámbito generativista, como en el bando opuesto (lo que explica mejor la amplia repercusión que ha tenido la obra que nos ocupa). El rechazo interno es comprensible en la medida en que, hasta cierto punto, se cuestionan algunos aspectos esenciales del modelo que viene a desarrollar, el de Principios y Parámetros, un modelo más maduro y empíricamente testado. No se cuestiona, en todo caso, su núcleo duro.Al respecto, por cierto, el lector hispanohablante está de enhorabuena, ya que recientemente ha aparecido también una excelente Introducción a una sintaxis minimista de los profesores de la Universidad Autónoma de Madrid Luis Eguren y Olga Fernández Soriano Luis Eguren y Olga Fernández Soriano, Introducción a una sintaxis minimista, Madrid, Gredos, 2004. , que no sólo es también una buena introducción a este tipo de sintaxis (en algunos sentidos más inteligible que la de Uriagereka y más orientada a la formación técnica de lingüistas), sino que presenta además una evolución de la teoría sintáctica chomskiana hacia el minim(al)ismo, que muestra a la vez que, en contra de lo que se ha dicho, el núcleo duro (internismo y naturalismo) se ha mantenido constante desde los primeros modelos chomskianos.
Pero el rechazo mostrado por los antiinnatistas, conexionistas y funcionalistas en general es, en principio, sorprendente, porque al fin y al cabo la labor minimalista de Chomsky y otros autores tiene como efecto el adelgazamiento de todo aquello que la teoría generativista atribuye a esa facultad del lenguaje concebida como algo específico y no reducible a otros componentes de la mente o al resultado del uso y funciones del lenguaje. La respuesta a este enigma la proporciona Uriagereka en su libro: aunque el programa minimalista atribuye más responsabilidad en la estructura del lenguaje a condiciones externas al mismo (algo en principio favorable al punto de vista funcionalista), lo hace en realidad en una dimensión formal y no funcional (esto es, la simplicidad y la elegancia no serían consecuencia de una buena adaptación a las funciones, sino que son puramente formales), con lo que en realidad se aleja más aún de una explicación adaptativa de dicho sistema de conocimiento.
En este contexto se entenderá quizá mejor el reproche que hacía Daniel Dennett Daniel Dennett, La peligrosa idea de Darwin, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995., el filósofo de cabecera del darwinismo ortodoxo, a Chomsky. Chomsky, viene a decir Dennett (pp. 633 y ss.), después de mostrarnos con brillantez y contra viento y marea que el lenguaje y la mente son un objeto natural, se aparta de la biología y se echa en brazos de la física, quizá –especula el filósofo– porque percibe que una explicación adaptativa de ese componente fundamental de la mente le resta misticismo y profundidad a su objeto de estudio, que resultaría dignificado como objeto de estudio de una ciencia menos chapucera y oportunista que la biología, esto es, la física. Dennett tiene mucha facilidad para imputar oscuras razones a quien no concibe el darwinismo según el adaptacionismo puro de la ortodoxia neosintética. Stephen Jay Gould también ha sido objeto, por ejemplo, de su hábil psicoanálisis y acusado, como Chomsky, de buscar «ganchos celestes». Dennett no concibe por ello que el escepticismo de Chomsky (o de cualquiera) sobre el papel de la selección natural en el desarrollo de la facultad del lenguaje no implique que éste albergue algún tipo de sospecha profunda hacia la evolución. Pero, como ha quedado dicho, y como muestra claramente Uriagereka, la opción de Chomsky no es antirreduccionista. Chomsky fue el primero en afirmar en serio que la lingüística es un capítulo de la biología, pero luego se apresuró a advertir que, al igual que piensan insignes biólogos como Goodwin o Kauffman, buena parte de las formas biológicas podrían tener su explicación última en las leyes de la física y su acción limitadora de las estructuras biológicas posibles (incluyendo –coherentemente– en ese paquete los sistemas de conocimiento biológicamente determinados, sea el lenguaje o cualquier otro).
Todo esto explica por qué un afán prioritario y no siempre bien comprendido del programa minimalista consista precisamente en intentar distinguir qué partes de la facultad del lenguaje son formales y cuáles son sustantivas, esto es, qué propiedades del lenguaje humano (recursividad, binariedad, endocentrismo, etc.) tendrían que ser iguales en el marciano y en el humano, y cuáles tendrían que ser distintas. Las primeras serían las derivadas de la necesidad conceptual (esto es, tendrían que estar ahí si el sistema es óptimo), mientras que las segundas se seguirían de hechos evolutivos concretos o, de manera más interesante, de condiciones impuestas por los sistemas de interfaz con la facultad del lenguaje, que potencialmente (plausiblemente) podrían ser distintos en humanos y en marcianos.
Lo sorprendente –nos muestra Uriagereka en unas páginas largas y difíciles pero apasionantes– es que es posible fundamentar en esos términos de «perfección» estructural muchos de los principios formales que el modelo anterior simplemente estipulaba, lo que le lleva a presentarnos una visión optimista de esta abstracta y exigente vía de investigación. Como dice El Otro, si esto fuera así, «el mundo sería un lugar mucho más elegante» (p. 635).
La lingüística chomskiana, entendida como fisiología cognitiva, es relevante para el estudio de la mente y del cerebro, obviamente no porque el análisis de las propiedades formales de las lenguas pueda informarnos sobre los procesos fisiológicos del cerebro o sobre su organización anatómica, sino porque las lenguas naturales están acuñadas sobre una capacidad humana, común a nuestra especie y específica de ella, y la caracterización teórica o abstracta de esa capacidad es ciencia básica y puede proporcionar información crucial para el diseño de la investigación neuropsicológica y neurolingüística.
Aunque queda mucho por aprender, lo cierto es que cada vez sabemos más sobre la estructura de las lenguas y sobre el lenguaje.Tenemos muchas razones para pensar que el lenguaje humano es como es a causa de la estructura del cerebro y no por causas funcionales externas, históricas o sociales. Por tanto, el lenguaje puede ser realmente un «espejo» del cerebro, puede hacer las veces de una ventana importante para entender cómo funciona y se organiza. La tarea relevante en esta dirección no es, pues, la de sustituir la lingüística por la neurología, la biología o la física, sino la tarea de aprender a relacionar sistemáticamente lo que lleguemos a saber sobre el lenguaje, lo que lleguemos a saber sobre el cerebro y lo que lleguemos a saber sobre cómo se ordena el universo.
Observa Massimo Piattelli Palmarini en su imprescindible prólogo que «este diálogo es una joya» (p. 13).Y podemos añadir que lo es porque tiene la principal virtud de convencernos no sólo de que es plenamente racional aceptar el punto de vista chomskiano sobre el lenguaje, la mente y la propia naturaleza humana, sino también de que el programa minimalista, como aproximación estructural a la mente y el cerebro humanos, es mucho más sólido –e intrigante– de lo que parece a primera vista. Lo que no es poco.

01/10/2006

 
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