ARTÍCULO

Intrigas de la historia bizantina

Gredos, Madrid
Trad. de Juan Signes Codoñer
474 pp. 29,50 euros
 

De la vida del constantinopolitano Miguel Pselo (ca. 1017-1078) sabemos diversos detalles y peripecias que no lo hacen demasiado simpático al lector actual. Sabio polígrafo, cortesano intrigante, traidor sin escrúpulos, el llamado «Voltaire bizantino» dejó una inmensa e inclasificable obra que toca todos los géneros (metafísica, derecho, poesía, astrología, e incluso un célebre tratado de demonología). El polígrafo Pselo, de estela vital tortuosa y oscura, tiene todas las características que definen la era bizantina, un mundo melancólico y en eterna y gloriosa decadencia.

 Miguel Pselo fue testigo de excepción de la historia, siempre azarosa, de Constantinopla, la segunda Roma. Se movió entre emperadores títeres, emperatrices derrochadoras, poderosos eunucos, torturas y mutilaciones entre la familia imperial, disputas de clanes, guerras e insurrecciones de diverso signo.Y su gran crónica –el título original griego es Chronographia, publicada ahora por primera vez en castellano bajo el título Vidas de los emperadores de Bizancio– refleja fielmente el espíritu de ese mundo sujeto a los giros de la caprichosa rueda de la fortuna.Tras una educación en los cánones clásicos y religiosos, Pselo se dedicó al Derecho y, más tarde, al funcionariado imperial, comenzando su cursus honorum bajo Miguel IV Paflagonio (1034-1041). Durante el reinado de Constantino Monómaco (1042-1054) se convirtió en uno de los hombres más influyentes del imperio, llegando a obtener el título honorífico de «Cónsul de los filósofos». Revivió el culto a Platón y a la antigua sabiduría pagana y neoplatónica de Proclo, Porfirio, Plotino y Jámblico, lo que levantó sospechas de impiedad que tuvo que conjurar declarando su ortodoxia en más de una ocasión. Salvo un breve período que pasó como monje en un monasterio, su vida se desarrolló en palacio, llegando a tener gran influjo sobre los emperadores Isaac Comneno, Constantino y Miguel Ducas.Y a la vez supo medrar en esa corrupta estructura de poder por medio de traiciones y gracias a varias jugadas maestras, de lo que da cuenta una obra que silencia a sus compañeros y benefactores. Su retrato de los emperadores es vivo y fiel, alejado tanto de la prosa encomiástica que tan en boga estaba en Bizancio como de la proverbial esterilidad de la literatura bizantina. Muy por el contrario, la narración histórica de Pselo es vibrante como novela, y eficaz como biografía, pues enhebra hábilmente los hechos más destacados de este período, como el cisma de la Iglesia de Oriente (1054), la batalla de Mantzikert (1071) y la captura del emperador por los turcos, la conquista árabe de Sicilia o la ascensión de la dinastía Ducas. Como dice el propio cronista: «Mi relato debe describir la personalidad del emperador sin añadir ni quitar nada a su forma de ser». Las semblanzas de cada emperador y los retratos detallados de sus costumbres se suceden como en un museo de sombras y máscaras –el noble Basilio II; el cruel Constantino VIII, aficionado a torturar y arrancar ojos; Romano III, asesinado por su mujer Zoe y su amante, el futuro Miguel IV; el cobarde Miguel el Viejo; Zoe y Teodora, las dos hermanas emperatrices; Romano II Diógenes el fanfarrón– con reflexiones a pie de página sobre quiénes acabaron sus días mejor o peor, cegados por el hierro o convertidos en monjes.

Pero, además de los monarcas, aparece una variada galería de personajes esbozada en pinceladas detallistas. Marcel Schwob, en sus Vidas imaginarias, teorizó sobre el gran atractivo de la historia de los pequeños detalles, de las manías de los grandes hombres y también de los menos importantes. «Por desgracia –se lamenta Schwob– los biógrafos han creído normalmente que son historiadores, y así nos han privado de admirables retratos». Pselo prefigura en cierto modo ese gusto barroquista por la miniatura del propio Schwob o de las Vidas de hombres eminentes de John Aubrey, aderezado por el reflejo ineludible de su propia personalidad.

En cuanto a los modelos que sigue, oscila entre los clásicos de la historiografía y la biografía y una nueva sensibilidad muy atractiva para el lector moderno. Pselo imita, en principio, la vieja motivación de Heródoto al escribir la historia «para evitar que los sucesos de nuestra época permanecieran ocultos en las simas del olvido», pero acaba decantándose por Tucídides («estoy acostumbrado a no considerar cada hecho aisladamente por sí mismo, sino a buscar sus causas y las consecuencias»). En cuanto a la biografía, es deudor de Plutarco («Sé que los hombres tienen por costumbre inventar historias, y yo no me dejo llevar fácilmente por las calumnias»), pero a la vez, en un ejercicio de inmodestia bizantina, se extiende prolijamente hablando de su vida y sus grandes cualidades para la filosofía, la diplomacia, la estrategia o la adivinación.

Lo que más acerca al lector a una obra así, como sucede con los Diarios de Samuel Pepys, es la implicación del propio autor, con sus luces y sus sombras, en los sucesos históricos. La obra de Pselo va alejándose de la historia al uso para convertirse paulatinamente en una suerte de autobiografía intelectual del autor, una de las más singulares de la literatura universal, en una época que bien puede asimilarse a esa Inglaterra del siglo XVII evocada por la comparación con Aubrey y Pepys. Así, el propio cronista va introduciéndose hábilmente en la gran historia como un personaje más, que adquiere un papel central a medida que avanza la narración: la embajada que protagoniza Pselo ante el usurpador y futuro emperador Isaac Comneno constituye un buen ejemplo. Por lo demás, su estilo es vivaz y posee grandes dotes para el suspense, destacan su habilidad para trabar los sucesos históricos con los retratos personales, así como su destreza al introducir personajes y temas para luego abandonarlos momentáneamente, manteniendo al lector en vilo.

En definitiva, y pese a que su fortuna crítica no le hizo justicia, debemos hoy reivindicar la obra de Pselo que, partiendo de modelos clásicos, y pasando por el rico tamiz del medioevo bizantino, se presenta hoy ante el lector con un innegable atractivo novelesco y de gran modernidad. Pselo narra magistralmente el ascenso y caída de catorce emperadores en la época quizá más corrupta y turbulenta del Imperio Romano de Oriente, a merced de sublevaciones, usurpadores y bárbaros o, lo que es más peligroso, de su propia grandeza. La fuerte personalidad del autor y su gran educación –fue uno de los hombres más cultos de su época–, junto con la ambición, servilismo y vanidad propias y ajenas que retrata, hacen de las Vidas de los emperadores de Bizancio un espléndido fresco de aquel imperio siempre crepuscular y fascinante.

01/11/2006

 
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