ARTÍCULO

49 olvidos blancos

Edilesa, León, 1998
144 pags.
 

Llega un momento en que todo escritor quiere contarse a sí mismo, en segunda persona, quién fue y no ha dejado de pensar que es: contar esa entidad humana que nunca ha llegado a cobrar cuerpo por completo en los personajes y las historias de sus libros. La ficción siempre resulta aproximativa para su autor. Pero, ¿acaso no lo es la autobiografía, los apuntes sobre la infancia, por ejemplo? Proust nos da una valiosa pista al decir en À la recherche que lo que llaman imaginación no es más que la memoria. En efecto: sin recuerdos no hay emociones que trasladar al papel. Y viceversa: sin inventar no se puede escribir la memoria.

Pero, ¿qué sucede cuando un narrador se sitúa delante del espejo literario y se impone el tono de la «sinceridad»? ¿No resultará que, al escribir los rasgos diferenciadores de ese niño que fue, el narrador se traiciona, es decir, construye un personaje que no es él precisamente porque lo parece tanto? De eso trata, a mi juicio, el libro Intramuros. José María Merino escoge la segunda persona para atrapar al lector en la trampa del mapa de la memoria, ese pergamino encontrado que consigna, quizá con tinta simpática, los tesoros del pasado.

Merino escoge la sustancia de la ciudad, su ciudad, y la recorre al modo de un vía crucis sonámbulo: la urbe como una ubre hacia dentro, la ciudad convertida en carne y sangre, en cuarenta y nueve olvidos blancos. Porque cada imagen de la memoria infantil narrada revela un olvido nutricio; revela algo que se deja de lado, que se aparta con uno de esos empujones ladinos entre compañeros de colegio. En las páginas de Intramuros hay una tensión entre el recuerdo escrito y la imagen dejada en el tintero, pero viva, presente. No hablamos de psicoanálisis, sino de ese magma intraducible del que surge la escritura auténtica. Aquí está todo lo que el autor desea escribir sobre aquel niño con el que dialoga igual que si fuese un adulto al que, tras la amnesia de un accidente, hubiera que reconstruir pequeños fragmentos de su paso por la ciudad, esa universitas de la vida fuera del campo. Los diversos nombres de la misma sirvienta; los soldados, los romanos, el cine; la primera comunión; los amigos, Díaz; el fabuloso mes de las flores, esa fragrancia que ahoga como el perfume de la madre que va a salir por la noche; el puntilloso encuentro con el pecado y la culpa y el Hermano Director, un sueño de responsabilidad ajena; la melancolía como componente esencial de lo familiar. Además de las piedras, las torres blancas de la catedral, la nieve –excrecencia de un campamento gitano–, el circo, la calle particular de los bandos, el plato y la cuchara del mendigo, la casa: todo ruinas de un Foro particular que resulta imposible reconstruir de modo unitario.

«Nadie ha muerto», uno de los capítulos de este libro, parece la divisa de un poema. Es muy posible que la memoria no sepa de géneros, pero ¿para qué querría el autor hacer de este libro una novela? No, Merino no tenía intención de contar una historia en casi una cincuentena de episodios: Merino quería hacer literatura de la emoción de olvidar, de despojar, a las emociones guardadas intramuros, de lo superfluo, de aquello que si se comunicase nos dejaría indiferentes. Este esfuerzo, cuando es más logrado, tiene algo de privado, de íntimo, si bien a veces no lo suficientemente íntimo para que nos sintamos partícipes: a veces se nos deja de lado a golpe de palabras secas, preciosas. Tenemos la sensación de que, en algunos de esos sketches del recuerdo, el autor adivina lo que sucedió o echa mano de la memoria colectiva antes que inventar unos hechos propios y verídicos. Los bonitos ojos del mendigo que huye sin agradecer los restos del potaje, así como el registro policial, por ejemplo, parecen miradas arrancadas al futuro. ¿De veras ese niño era un dechado de corrección para poder imaginar otros mundos, o se aferraba a la lejanía para tocar la realidad? La voz que narra con el fin de revelar el olvido, evita detenerse en escenas de sexo o violencia, siendo así fiel a la atmósfera secreta de los tiempos. Y sin embargo, hay un crescendo en la emoción a medida que las imágenes se van acercando a la fuente de la identidad de aquel a quien se hace recordar a la fuerza: la balsa que desciende el Misisipí en contraposición a la ciudad, la primera traición, la casa abandonada.

«El tiempo de la infancia –escribe Merino– no pasa, está ahí, detenido sobre los campos de la memoria como una enorme nube opalina». Y aun así, aunque esto sea cierto, ¿no nos vemos obligados a imaginarlo? ¿No acaba siendo a la postre nuestra infancia como un escurridizo jabón en la bañera rebosante de un anciano? Llegar a asir ese jabón es un riesgo que ha corrido José María Merino a base de dejar medio llena o medio vacía la bañera. Tal vez un legítimo pudor se ha añadido al legítimo afán de contención del narrador. Puede que una mayor libertad de movimientos hubiera otorgado más alas a este libro. Merino ha preferido ajustarse a la planta noble de una fortaleza heredada; ha preferido destilar una prosa impecable, unas frases cortadas con el bisturí, unas metáforas sólidas y texturadas de misterio como muros de catedral gótica, a sorprendernos con destellos de lluvia o de granizo. Llueve sobre el empedrado de la imaginación, según el sanguíneo Dante, y, dándole la vuelta a Proust, que en el fondo no nos conviene, la memoria debería ser una fantasiosa quincalla húmeda cuyo reflejo verídico se aproximase a lo que somos y fuimos.

01/03/1999

 
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