ARTÍCULO

Interpretación de Gracián

 

Decía un autor aragonés que algunos estiman los libros por la corpulencia, como si se escribiesen antes para ejercitar los brazos que el ingenio. No es el caso, pues es donoso este brinquiño que recoge de forma cuidada varios trabajos sobre el genial jesuita publicados en algo más de un decenio por la profesora Aurora Egido, más un capítulo inédito que ve ahora la luz por vez primera.

Como toda piedra que se precie, van engastados los nueve estudios entre un prólogo inicial que hace las veces de presentación, y un cierre que indica su procedencia, al que se le une un índice de nombres propios. El primero expone de manera diáfana las claves del pensamiento graciano junto con un somero repaso a los tratados del jesuita. El índice final ayudará sin duda al especialista en el manejo del libro y no será de poca utilidad al profano en la materia.

La metáfora que da título al libro procede de El Criticón, y queda convenientemente explicada al comienzo del prólogo. El acierto en la elección es notable, pues varios de los estudios aquí recogidos incidirán en la importancia de ese silencio en el texto de Gracián, junto con otros focos desde los que es posible iluminar la obra del jesuita: voz, escritura, memoria, imágenes, numismática, crítica textual... Aunque la generalización sea falsa en este caso como en tantos, puede hacerse una gran división entre los trabajos recogidos en este volumen: los que analizan en su mayor parte una sola obra del autor de la Agudeza y Arte de Ingenio (es el caso de El Criticón, El Político, El Comulgatorio o la misma Agudeza), frente a los que inciden sobre la práctica totalidad de la obra graciana.

El libro de Aurora Egido, en fin, ofrece más de lo que promete desde el mismo subtítulo. En primer lugar, no parece tratarse sólo de unos Estudios sobre Gracián; de su lectura se desprende toda una interpretación de la obra del jesuita, en función de una serie de conceptos como arte, prudencia, silencio, lengua, secreto, escritura, voz, letra... que lo hacen pionero en algunos aspectos de teorías de la crítica moderna. Si una primera oleada de autores renacentistas se dio cuenta de la importancia de la imprenta en algunos sentidos, este autor barroco será de los primeros en aprovechar la configuración factual del libro impreso a la hora de escribirlo. En segundo lugar, porque pese a la genialidad del jesuita, en este libro (¿o vale decir mundo?) queda claro que hasta el autor más original debe un porcentaje considerable a la tradición, tradición que explica a la vez su éxito. Y en tercer lugar, porque pese a ser unos Estudios sobre Gracián, hay otros nombres de grandes autores que se vienen a estas páginas con frecuencia (Cervantes, sobre todo, pero no menos Cicerón y Horario, Erasmo, Calderón y Góngora, Borges...), permitiendo toda una serie de fructíferas asociaciones.

No queda, pues, sino recomendar su lectura consciente y constante, como habría sido el gusto del aragonés.

01/01/1997

 
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