ARTÍCULO

Nuevas palabras de segunda mano

Mondadori, Barcelona
312 pp. 15,90 €
 

Es probable que la posmodernidad haya concluido, como viene advirtiendo Andrés Ibáñez, y que ahora la literatura esté pisando la dudosa luz de un nuevo día. De lo que no me cabe duda es de que la novela posmoderna –esa que asociamos a un canon fundamentalmente anglosajón al que pertenecen Pynchon, Don DeLillo, Vonnegut, David Foster Wallace– no ha llegado a alcanzar cierto estatus hegemónico en nuestro país, ni tan siquiera un mediano interés por parte de críticos y narradores, aunque para todo haya siempre excepciones. En esto nuestra novela muestra una vez más el influjo de una singularidad histórica. Lo posmoderno requiere unas condiciones de posibilidad para germinar, entre las que figuran la solidez del sistema democrático, la libertad de expresión, la hegemonía de lo laico y el imperio del mercado y el consumo. Recordemos que la confluencia de tales requisitos es muy reciente en nuestro país, pero que además nuestra literatura ha estado profundamente mediatizada, para bien o para mal, por una compleja dialéctica entre realismo, ideología y vanguardia que no dejaba resquicios para la infiltración de los postulados posmodernos.
Como una reacción a esta excepcionalidad literaria habría que entender la irrupción de un grupo de narradores, poetas y ensayistas entre los que figuran Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Manuel Vilas o el propio Germán Sierra, quienes mantienen una compleja actitud como grupo: por un lado, rechazan los marbetes simplificadores manejados como estrategia promocional (el más célebre es el de «Generación Nocilla»); pero, por otra parte, y fundamentalmente a través de diversas plataformas de la web, manifiestan un gran interés por certificar la existencia de un colectivo que comparte ciertas líneas de pensamiento y unos determinados principios estéticos. No es éste el lugar apropiado para describir y valorar los fundamentos de esta comunidad literaria, ni es posible calibrar todavía la importancia de sus creaciones. De momento, y a modo de especulación provisional, da la sensación de que su influjo es notable como revulsivo teorético, mientras que todavía no ha ofrecido ninguna creación literaria cuya excelencia y novedad refrenden las contingencias programáticas con la necesidad del arte.
La última novela de Germán Sierra se inscribe decididamente en los dominios de esa poética, y la sustancia de una forma que no permite advertir novedades fundamentales respeto a otras novelas compuestas conforme a los presupuestos de la posmodernidad. Uno de los más importantes atañe a la idea de la disolución del yo de los personajes, que tiene que ver con la crisis de la identidad del individuo contemporáneo, con el desmoronamiento de las grandes construcciones culturales en que se sustentaba (familia, religión, ideología), así como con una sospecha acerca del estatuto ontológico de lo real, acentuado hoy por el papel de las nuevas tecnologías en la creación de nuevas realidades artificiales. Pues bien, el punto de partida de nuestra novela no puede ser más propicio para indagar en este laberinto de la identidad, pues su protagonista, un alto funcionario llamado Carlos Prat, gandul profesional y crónico, decide encargar a un escritor la tarea de recomponer su propia biografía como respuesta preventiva a una novela que está escribiendo una antigua amante, Patricia Cantino, en la que supuestamente saldrían relucir sus miserias íntimas al socaire del ajuste de cuentas.
Esta propuesta de reconstrucción narrativa tiene el inequívoco sello del experimento de Pierre Menard (Borges es uno de los pilares de la literatura posmoderna), aunque en su empeño utiliza tácticas que recuerdan sobre todo a los «modelos para armar» de Cortázar. El relato se atomiza en un generoso número de secuencias que se desentienden de la linealidad narrativa, que ponen constantemente a prueba las convenciones sobre la coherencia de las acciones y de los personajes, mientras van alternándose de forma anárquica el discurso narrativo, el ensayístico y otras modalidades textuales más o menos heterodoxas. El resultado no ayuda a conocer al protagonista ni a sus compañeros de generación (la de los baby boomers), salvo como sujetos pasivos de un mundo caótico en el que los deseos, las decisiones y los actos obedecen a impulsos dictados por el egocentrismo, la sumisión al dinero, al consumismo, el alcohol o las drogas. Llama la atención, sin embargo, que para describir las manifestaciones palpables y distintivas de esa forma de vida se acuda a fórmulas que, salvadas las distancias, recuerdan al costumbrismo de toda la vida más que a otra cosa. ¿Cómo calificar, si no, la puntillosa consignación de marcas comerciales, la pintura de ritos y gustos generacionales, la sumisión de lo individual a lo característico? ¿No tienen esos elementos el mismo papel que las tradiciones o el folclore en la literatura costumbrista?
Leída desde una prudente distancia, Intente usar otras palabras se sitúa en un terreno algo insulso que equidista de lo clásico y lo nuevo, de lo convencional y lo innovador. Su imaginería, sus referentes sociales y culturales, sus fetiches sentimentales nos sitúan en la candente actualidad. Pero su estructura fragmentaria, la práctica de la heterogeneidad discursiva, la liberación de la peripecia de la estricta causalidad, el amancebamiento de la alta especulación y la cultura pop o los preceptivos desafueros tipográficos nos remiten a una vanguardia que es ya clásica. Esta perspectiva es, en mi opinión, la más adecuada para valorar los aciertos y defectos de esta novela. Y atendiendo a esa perspectiva creo que el balance ofrece más sombras que luces en virtud de, al menos, tres objeciones importantes. La primera tiene que ver con la confusión progresiva en que va sumiéndose la novela, que será todo lo premeditada y significativa que se quiera, pero que impide de facto, no ya tener una idea más o menos precisa de la diacronía narrativa, sino incluso de qué personajes están actuando o hablando, cómo son o incluso qué están haciendo. Esa confusión afecta de forma acuciante a ese motivo de la «novela paralela» sobre la vida de Carlos Prat, de la que se habla en la primera parte pero que luego queda prácticamente olvidada, si no es que se deja tramposamente al albur de la interpretación del lector.
La segunda objeción tiene que ver con la tendencia a la repetición de escenas, anécdotas y diálogos de extraordinaria semejanza, que acaban convirtiendo el proceso de la lectura en un viaje en tiovivo: siempre las mismas conversaciones tabernarias, los refinados lances de cama, las disertaciones sobre moda, drogas o música, las batallitas de la juventud. Un ejemplo palmario de que la atomización del discurso no garantiza la amenidad.
Y, por último, está la cuestión del lenguaje, aquejado de una atonía abúlica, carente de tensión, de fuerza y de destreza para proporcionar tonalidades distintas en función de los personajes o del asunto tratado. Todo se resuelve en un estilo estandarizado y neutro, acorde con la dictadura homologadora de Google a la que se refiere el título de la novela. Los únicos atisbos de originalidad surgen en los pasajes más ensayísticos y desembocan en el ridículo, cuando el lenguaje intenta arroparse de modernidad con las mismas tácticas ingenuas que utilizaron futuristas y ultraístas a principios del siglo XX. Así, imágenes como «presiona los párpados superiores […] como si fueran las tecla alt-ctrl-supr»; o injertos morfológicos como «automatopsia», «metamorcifra» o «catamórfico». Quizás es que la literatura se está dejando contagiar por la moda, con su capacidad para trocar a voluntad en novedoso lo obsolescente.

01/09/2009

 
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