ARTÍCULO

El racismo nuestro de todos los días

 

En uno de los pasajes más citados de la literatura española, el viejo profesor Juan de Mairena alaba la sabiduría de un alumno suyo, a quien ha pedido que ponga en lenguaje poético la frase: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa». Su solución es límpida y directa, como la poesía del buen Machado: «Lo que pasa en la calle». Pues bien, el autor de este libro sobre la prevalencia del racismo en la España contemporánea parece pensar precisamente lo contrario y, en su celo retórico por denunciar lo que él cree signos de una sociedad en curso de degeneración racista, escribe muy pocas frases en las que nos cuente lo que pasa en las calles españolas: hasta la afirmación más simple se convierte en un evento consuetudinario que acontece en la rúa. El efecto general de su lectura es, por tanto, agotador.
El tema en sí es importante y merece toda la seriedad que pueda dársele, pero Sequén-Mónchez ha confundido seriedad con frases alambicadas que oscurecen sus ideas más que revelarlas. A decir verdad, tampoco hay muchas ideas en el libro, una larga y sinuosa denostación del racismo, llevada a cabo, sobre todo, por medio de tácticas pugilísticas que le hacen buscar rivales a medida para denigrarlos. Su ámbito principal de ataque son los medios de comunicación, de los que se vale con amplitud, muy por encima de libros o estudios al respecto, si bien no faltan algunos con buen nivel argumentativo. El autor, empero, no se toma demasiado trabajo argumentando, y desdeña sin temor los estudios que contradirían su tesis principal, a saber, que España es racista, aunque no se quiera reconocerlo y no lo avalen las encuestas o las estadísticas.
¿Cómo puede afirmarlo, entonces? Su estrategia –aparte de buscarle blancos fáciles a su indignación moral, que no abandona jamás en todo el libro– es meter cualquier fenómeno de rechazo al «otro» en el saco único del racismo. Esto es, la xenofobia, el nacionalismo, las medidas de recorte de la inmigración y fenómenos similares no son sino racismo con otro nombre o en proceso de convertirse en racismo. Además, el autor rechaza la idea de que existan distintos tipos de racismo. En su visión, todo racismo acaba en uno u otro holocausto. El autor, por tanto, no atiende a sutilezas conceptuales e incluso las denuncia como ilusorias o hipócritas. Y, en su opinión, es el inmigrante quien ocupa ahora el lugar que ocupaban los judíos en la Alemania nazi o los negros en el Sur americano.
Bajo estas premisas, no es difícil afirmar que España, o cualquier país europeo, para el caso, sea un país racista. Cualquier Estado que limite la inmigración de algún modo es candidato a serlo. Tampoco es difícil encontrar hechos que avalen la tesis principal, pues se ha extendido el concepto de tal modo que casi cualquier cosa sirve como ejemplo de racismo, lo que le lleva en ocasiones a la trivialidad, como cuando se muestra incómodo con el uso de la expresión «república bananera» por parte de un político, pues evidenciaría discriminación y racismo para con las naciones centroamericanas famosas por la producción tanto de dicha fruta como de pintorescos dictadorzuelos. No se le ocurre pensar que podría tratarse de una de aquellas expresiones que suelen llamarse metáforas muertas o metonimias moribundas, como se quiera, pero que permanecen en la lengua desprovistas de mucho, si no todo, su contenido discriminatorio. El autor es tan quisquilloso que hasta denuncia las definiciones dadas por la Academia de la Lengua de palabras como racismo o genocidio. Le parecen también transidas de racismo.
El ojo acusador del autor no desdeña ni las series de televisión ni artículos periodísticos que nadie recuerda, y no deja de cebarse en algunas figuras importantes del panorama literario, como Arturo Pérez-Reverte o Fernando Sánchez Dragó. Este último escritor y periodista, por ejemplo, tuvo el mal tino de lamentar la situación presente de España, a cuyo gobierno actual acusa de haber abierto las puertas a una inmigración indiscriminada que acabaría por rasgar la delicada urdimbre social del país. Un multiculturalismo mal entendido, la corrección política, la demagogia socialista, serían los causantes de un fenómeno histórico que España habrá de lamentar amargamente, esto es, la disolución de las costumbres, tradiciones y valores que le dan cohesión y unidad. No es que Sánchez Dragó rechace la inmigración, si entiendo bien su punto de vista, sino que la estima exagerada y peligrosa para la estabilidad social. Así expuesto, el comentario de este escritor requeriría de un contraanálisis de sus argumentos, de las premisas que le hacen afirmar que una sociedad requiere de buena dosis de homogeneización para subsistir, pero Sequén-Mónchez se dedica a defenestrar aspectos secundarios de su exposición en un ejercicio de argumentación ad hominem. En pocas palabras, el escritor es un burgués autocomplaciente que ni siquiera se da cuenta de que es un racista y de que lo que plantea es una pureza de sangre similar a la que exigía la Inquisición, o algo por el estilo. Al final uno acaba solidarizándose con quien no quisiera, esto es, con Sánchez Dragó, por más que haya dicho sandeces.
Dada su formación legal, son más interesantes, sin embargo, sus comentarios a algunos juicios de casos de violencia contra extranjeros, pues demostrarían la tibieza de la justicia con relación a comportamientos discriminatorios o racistas. Puede argüirse que dicha tibieza es connatural a la justicia en los países democráticos, y lo es contra todo tipo de fanatismo, hecho que puede verse en los problemas que experimentan las democracias para lidiar con el fenómeno del terrorismo. Pero, justamente por ello, a Sequén-Mónchez le valen poco las democracias actuales, pues admitirían en su seno el libre comercio de ideas como las racistas, de raigambre criminal, bajo la excusa de la libertad de expresión, y se negarían a tildar de racista lo que obviamente lo es. Es fácil simpatizar con la idea de que una sociedad debe estar alerta a la emergencia de la discriminación racial, como hace el autor, pero también es fácil cansarse del tinte fanático con que sostiene su tesis. Para ser convincente y efectiva, una denuncia del racismo o la discriminación no puede limitarse a la indignación moral o la acusación. Tiene que someterse a las leyes de la argumentación, por repugnante que le resulte lo denunciado. En este punto, el libro de Sequén-Mónchez carece flagrantemente de equilibrio.
El caso es que su libro, a pesar de sus defectos, pone el dedo en una llaga que no siempre se está dispuesto a discutir de modo sereno. ¿Existe racismo en España? Esta pregunta ha sido estudiada en distintas ocasiones, y según los datos de algunas encuestas, que nuestro autor desdeña, si hay racismo en España es todavía un fenómeno minoritario y no siempre distinguible de otros factores, como el paro, la violencia juvenil general, las faltas de perspectivas de integración o la simple xenofobia, no asociados necesariamente a la raza. A nadie puede caberle duda de que parte de la mentalidad española, como la de cualquier país, alberga una serie de prejuicios e ideas preconcebidas, de no mayor complejidad que el cliché, que son de raigambre discriminatoria. De ahí a afirmar que la sociedad española está deslizándose hacia el racismo hay un trecho muy largo que no creo justificado caminar. Toda sociedad requiere de un proceso de ajuste al recibir inmigración de modo más o menos súbito. En términos históricos, el período en que España ha visto crecer la población inmigrante es muy corto, lo que no dejará de acarrear algunos problemas y de alimentar actitudes discriminatorias. No han faltado ataques a inmigrantes o marchas en su contra, pero la sociedad no da muestras de estar resquebrajándose a raíz de la inmigración. Más problemática es la situación económica, la cual puede, por sí sola, echar leña en el fuego de la confrontación social, de todo cuño. En todo caso, el reflejo xenófobo pertenece a todas las sociedades y a todas las épocas de la historia conocida, así como el reflejo racista, que no es equivalente, por supuesto. El siglo XX fue tan atrozmente racista que ciertas reacciones histéricas en su contra pueden ser comprensibles. Pero nada adelantamos con acusaciones del más mínimo indicio de disgusto por el otro. La exageración y el insulto son parte del problema, no de su solución. Libros como el que nos ocupa son necesarios, pero es de esperar que tanto el estilo como la argumentación no remeden el mal que buscan combatir.

01/12/2010

 
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