ARTÍCULO

Informe razonado de primeras novelas (y IV)

Alfaguara, Madrid, 176 págs.
Edhasa, Barcelona, 288 págs.
Argunval, Málaga, 160 págs.
Pre-Textos, Valencia, 152 págs.
Diputación Provincial, Córdoba, 90 págs.
 

Da la impresión de que los autores consagrados o con estrella mediática ascendente se llevan la parte del león de las publicaciones novelescas. Ya hemos visto, sin embargo, en las tres entregas anteriores de este informe que también los noveles tienen un espacio no despreciable. Y podríamos demostrarlo, si todavía hiciera falta, añadiendo no menos de una veintena de primeras novelas que se alinean aguardando lectura cerca de la mesa de trabajo. Como no puede extenderse indefinidamente este comentario, no tendré ocasión de dar cuenta de ellas.

Me ocuparé aquí de dos libros que merecen un apunte especial y que sirven, de paso, para corroborar lo dicho en otras ocasiones: todo cabe en la narrativa española actual, lo clásico y lo moderno. De aquello, de una fábula basada en un buen argumento, en un escenario bien perfilado, en unos personajes complejos y redondeados con detalle, en un conflicto dramático, y en una escritura cuidadosa y expresiva participa En el umbral, de Juan José Flores (1955). No es ésta, de hecho, realmente la primera novela de este barcelonés, ya que se dio a conocer en 1997 con Como un ángel herido, un relato introspectivo de moderada innovación, tendencia que ahora abandona para entregarse a una novela de las de siempre, cuyo referente podría estar en el mejor Galdós, entre lo individual y lo coral, entre el análisis del presente y la recuperación de la memoria histórica.

Podría decirse, si la etiqueta no despertara suspicacias, que Flores retoma el drama rural y la narración regeneracionista. Los estiliza, los carga de valores emocionales y de convincente simbología, y todo ello lo urde mediante una anécdota intensa (el regreso provisional de un exilado republicano y su enfrentamiento con la intolerante España franquista) que fluye con una naturalidad admirable. Éste, el ritmo de la historia, su encadenamiento natural dentro de una progresiva intensificación dramática, es mérito fundamental de Juan José Flores, y el que permite aventurar que tiene por delante un magnífico futuro.

Un aspecto novedoso, rupturista, presenta, por el contrario, Un tranvía en SP, con la que el vasco Unai Elorriaga (1973) ha conseguido una circunstancial notoriedad por haber logrado el Premio Nacional de Literatura. Lo primero que debe decirse es que practica un vanguardismo bastante intuitivo, más aparente que sólido, más táctico que radical, más convencional que innovador. No pueden echarse las campanas al vuelo por esta vertiente de la obra: no revoluciona nada, como pretende la propaganda de la cubierta. Todos sus componentes llamativos llevan a las espaldas una larga tradición: la levedad anecdótica, el fraccionamiento de la trama argumental, la dispersión de voces narrativas, los personajes antes sugeridos que desarrollados, los conflictos con asidero real muy leve; y tampoco ofrece dema

siada originalidad la sintaxis entrecortada o las oraciones interrumpidas antes de completar su sentido. Otra cosa es que estos recursos minimalistas proporcionen un efecto de agilidad y de vida fracturada muy eficaz a la mínima historia de Un tranvía en SP, que no consiste en otra cosa que en la reunión ocasional de tres personajes, un anciano y su hermana, y un joven que se cuela inexplicablemente de rondón en casa de éstos. Esa extraña asamblea da lugar a un continuado proceso de rememoración y al discurrir inorgánico de algunas aspiraciones ideales, sobre todo de una, la de vivir para alcanzar un reto, expresada mediante un símbolo: la ensoñación del viejo de alcanzar las más altas cumbres montañosas (el título se refiere a un tranvía que permite acceder a la cima del Shisha Pangma).

Es el modo de contar de Elorriaga lo más interesante de su obra. Aunque la técnica impresionista tenga sólo una originalidad presunta, y aunque la levedad anecdótica sugiera unas dotes argumentales precarias, con ello crea una realidad evanescente, semionírica e irreal bastante atractiva. El referente de su mundo no está en el realismo tradicional. El autor bebe en una precisa experiencia de la realidad, la aludida mediante algunos autores citados como sin querer: Kafka, Rulfo y Borges. La voluntad de distanciarse del relato comercial y el libre juego de humor, ternura e irracionalismo son los elementos positivos de Un tranvía en SP.

Es tiempo de concluir este informe, pero no quiero hacerlo sin añadir un largo párrafo para señalar otro ámbito importante en la primera presencia de nuevos narradores, el del cuento. Las nuevas voces que se dan a conocer mediante el relato corto arrojan también esa variedad de temas y tonos que distingue la novela de esta hora. Aquí doy, entre otras obras que he leído, una selección de cuatro notables cuentistas de las nuevas hornadas, cada uno en su estilo: en la tendencia escatológica y cercana al realismo sucio, el barcelonés Óscar Aibar (1967) y su Tu mente extiende cheques que tu cuerpo no puede pagar; en la modalidad del cuento de sabor clásico y de prosa muy cuidada, la murciana Irene Jiménez (1977) con La hora de la siesta; en el relato de misterio que indaga en la cara oscura de la existencia, el cordobés Manuel Moyano (1963) con Elamigo de Kafka; y en el gusto por la concisión y la estructura cerrada, rasgos que muchos valoran como los mejores del cuento moderno, el madrileño Ángel Zapata (1961) con Las buenas intenciones y otros cuentos. Todos ellos representan una prometedora escritura de calidad en un género que parece vivir en estos días un renacimiento.

01/09/2003

 
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