ARTÍCULO

Inflación de la prosa

Pre-Textos, Valencia,
272 pp. 18 €
Anagrama, Barcelona
244 pp. 15 €
 

Las metáforas descubren nuestra configuración mental. Sergio Pitol (México, 1933), flamante Premio Cervantes, se muestra como un seminarista exaltado cuando recuerda su participación en un programa de Radio Universidad de México, donde hacía entrevistas y enviaba crónicas desde Londres, Roma,Varsovia, Pekín. Escribe: «Me sentía soñado: un apóstol de la cultura». No es necesario ser muy perspicaz para apreciar que, quien así se ve, probablemente está viendo también su máxima culminación.
El mago de Viena es un compendio misceláneo o silva de varia lección, que reúne notas sobre autores, relatos de viaje, crónicas autobiográficas...; un libro, en fin, de escritor enfrentado a sus pasiones y calamidades, donde aprovecha, ya que la indefinición del género lo soporta, para resaltar su extendida leyenda de homme de lettres cosmopolita y culto –insistiendo en vivencias ya contadas en El arte de la fuga y El viaje–, hasta conformar una insólita proposición autohagiográfica. Bueno, no tan insólita, ya que el escritor que se observa a sí mismo y cuenta sus pasmos, quebrantos, exaltaciones y penurias se extiende hoy como la pólvora. La literatura como tema de la literatura, el escritor como personaje magno y su yo resonando de tal modo que la fiebre caligráfica padecida en una noche de hotel es más importante que el fruto de la escritura. El escritor exhibe su necesidad de reconocimiento para que el gremio no se olvide de encajar su cuerpo, cuando llegue la hora, en el panteón de los hombres ilustres.
Abreviando mucho, y para apreciar el juego de contrastes entre el prestigio de la obra de Sergio Pitol y sus flaquezas, admitamos un instante que puede formularse de dos maneras diferentes.A favor: una obra que aborda, mediante tramas tejidas sobre otras tramas, enigmas que se resisten a ser descifrados y cuya naturaleza deberá adivinar el lector. En contra: Sergio Pitol reproduce el estilo de los grandes escritores del siglo XX , de Conrad a Borges, pero su prosa se complace tanto en su propia retórica que apenas sondea los enigmas que propone. El primer enunciado es engañoso, pura palabrería, aunque es opinión unánime, suscrita por el propio autor; el segundo no es más que el envés del primero, pero despojado de salvación externa. La adscripción a un enunciado u otro dependerá de la tolerancia o repulsa del lector ante lo que llamaré religiosidad literaria del escritor. Cámbiese Jesucristo por Literatura, santos por escritores, gracia divina por inspiración, revelación por la decisión de «ser» escritor; añádase la ascesis y los tormentos del largo aprendizaje, la conciencia de designio personal, y tendremos un monje literario.
Esta diatriba tal vez sea injusta. Pero la tasación crítica, hija natural de la disidencia, apenas dispone, para discrepar, del socorro del énfasis. El mago de Viena contiene algunos ensayos excelentes, como los dedicados al irlandés Flann O'Brien y a Evelyn Waugh, pero al concertar asuntos personales y mezclar géneros diversos, el interés se resiente mucho. El libro se organiza por acumulación, o si se quiere, por capricho; su supuesta libertad posmoderna remite al viejo ars combinatoria. No obstante, se estima mucho el soberano arbitrio del autor, más que los propios textos. Sólo que, en este caso, falta la cualidad decisiva: una visión no previsible, cierta disparidad, una distinción de carácter que lo singularice. Sergio Pitol mimetiza los ritos literarios de devoción, pero hable de Shakespeare, Henry James, Dickens,Thomas Mann o Gao Xingjian, no propaga ninguna idea que no brille ya en el firmamento literario: su solvencia es la del lector cultivado sin impronta creativa. Difunde su experiencia de ferviente lector, pero transmite un diagnóstico que coincide con el consenso general.
Además, absorto en la preponderancia de su vida y obra, Sergio Pitol no deja nunca de dar la matraca (o «monserga», como se dice en la penúltima página) sobre sí mismo, en un ejercicio de redundancia bastante irritante. Dice: «Escribir un diario es establecer un diálogo con uno mismo y un conducto adecuado para eliminar toxinas venenosas». No es una apreciación brillante en un escritor que goza de gran prestigio; y, por lo demás, todas las toxinas son venenosas, aunque en diferente grado. Más adelante dice que ha trasladado ese diálogo «a mis últimos libros, casi todos con un fuerte sedimento autobiográfico; siempre ha estado presente en mis novelas, primero furtiva, luego descaradamente ha llegado a permear hasta mis ensayos literarios». Así es, y la evidencia salta a la vista. Pero entonces, ¿por qué decirlo? Aventuro una respuesta: el ensimismamiento literario produce torpezas que el ensimismamiento no puede ver, seducido por la música del estilo. Doy otro ejemplo, esta vez impersonal, de páginas atrás. Hablando de Viena, recuerda la anexión de Austria con Alemania y lo que sucedió el fatídico 15 de marzo de 1938: «Ese día y su noche se inició una orgía de sangre presidida por las viejas deidades que al parecer persisten en las nieblas del alma germánica». Es sorprendente que la inteligencia se avenga a aceptar explicaciones tan vagarosas. ¿Podría Sergio Pitol haber escrito: «La matanza de Tlatelolco de julio de 1968 se debió al ansia de sangre de las viejas deidades aztecas que al parecer persisten en las nieblas del alma mexicana»? Seguramente, no. Hay muchas más imprecisiones y engolamientos estilísticos, que renuncio a enumerar, y otras cosas raras en este libro. Algunos textos de libros anteriores han pasado a El mago de Viena, y hay al menos un párrafo completo, sobre su novela El tañido de una flauta, que aparece prácticamente idéntico en la p. 45 y en la 232. De modo que, cuando se llega a la 249, donde, hablando de sus cuentos, Sergio Pitol declara: «He tratado de no copiarme, ni escribir mecánicamente», el lector ha perdido mucha confianza y se resiste a dejarse convencer. No obstante, algo punza la suspicacia del autor, porque en la 270, a una página del final, confiesa: «Aunque nadie lo crea me turba y hastía hablar tanto de mí y lo que hago», para copiar de inmediato unas líneas elogiosísimas sobre su obra redactadas por Carlos Monsiváis, muy pertinentemente utilizadas en la contracubierta.
En los cuentos, la prosa de Sergio Pitol se muestra también muy artificial, cadenciosa y arborescente. Dado que esta selección –que hay que presumir preparada por el autor; en contracubierta se habla de «antología personal»– recoge los mejores, hay que aceptar que nos hallamos ante un libro que manifiesta el nivel alcanzado por el autor en su confrontación con el género. Sólo en los dos primeros, los más antiguos, Victorio Ferri cuenta un cuento y Semejante a los dioses, se aprecia la necesidad de cerrar un argumento. Pero esta concepción clásica del cuento, que establece un espacio narrativo autosuficiente, en los demás se verá constantemente reprobada por la divagación, el merodeo y la postergación. Así pues, se trata de una práctica donde predomina más la prosa suntuosa que la dilucidación de algún asunto o circunstancia. Para ser más claro, el autor recela del misterio que él mismo propone, negándose a avanzar, como si temiera la decepción de un dictamen demasiado explícito y acaso trivial. De modo que, para mantener la dinámica del cuento, éste se ramifica, convirtiéndose en sonora espesura verbal, que se diría es una impugnación de la certeza. No obstante, resulta una impugnación muy mermada por la excesiva adicción a lo indeterminado. No existe argumento, pero a los personajes les surge de pronto en la conciencia «indudables contradicciones». ¿Sobre qué? No importa, pues son tan «indudables» que bastan para sugerir una ficción sobre el proceso de escribir. Más que un atributo de la imaginación o una cualidad del espíritu, en estos cuentos la ficción es un enigma candente e irresoluble. De ahí que el secreto, en tanto que secreto, como un sacramento, sea su materia nuclear. Ya se sabe que, si se carece de capacidad para inventar nuevos secretos, su solicitación permite hacer creer que realmente existen. Por lo demás, el narrador es siempre el mismo. Y probablemente sea el propio Sergio Pitol. A consecuencia del ensimismamiento ya apuntado, le aflige la enfermedad retórica y el desasosiego auditivo que describe en el protagonista de Cuerpo presente (atención a los adjetivos): «No entendía si recitaban una lección o se ensayaban en un juego para él desconocido, misterioso, recóndito, al no poder localizar ni descubrir su mecanismo». Lo curioso es que este hombre no está oyendo ningún oráculo, sino a otros personajes que «monocordemente hablaban».
También en literatura hay períodos inflacionarios. La prosa de Sergio Pitol, cadenciosa y elegante, apenas es más que un ejercicio de buena educación literaria. Insuficiente, en todo caso, para contribuir a resolver la inflación actual.

01/01/2006

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
2 + 2  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE FRANCISCO SOLANO
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL