ARTÍCULO

Inconsistencias

Bassarai, Vitoria
104 pág. 9,06
 

La alambrada, última novela de José Marzo, constituye un pobre ejemplo de literatura mortuoria, esto es, aquella que se centra bien en reflexionar sobre los últimos momentos de la vida de un personaje, bien sobre su pasada y recién perdida existencia. No son muchos los casos que pueden esgrimirse en la literatura española, si exceptuamos la peculiar lectura del género realizada por Miguel Delibes en Cinco horas conMario, que, sin duda, actúa como referente lejano del presente texto. Algo más numerosos son los ejemplos en la literatura en lengua inglesa; baste citar, como botón de muestra, el excelente relato autobiográfico que, con el título Esta salvaje oscuridad, escribiera, con sobrio estoicismo, Harold Brodkey meses antes de su muerte.

Por tanto, no contaba José Marzo con una sólida tradición que le sirviera de guía en el camino que había decidido emprender. No obstante, las principales trabas que pueden ser achacadas a la novela no residen precisamente en aquellos aspectos que tienen que ver de forma directa con la condición agonizante de uno de los protagonistas. Más bien, La alambrada resulta una novela fallida por la incapacidad para hacer de ella un relato verosímil, y de sus dramatispersonæ entes con plena entidad. Dicho de otro modo, la muerte de Emilio no es un ingrediente necesario de la obra, y sí, por el contrario, una excusa que actúa de telón de fondo para abordar mil y una otras cuestiones.

La falta de verosimilitud reside, ante todo, en el diálogo que media entre Emilio y su sobrino Ángel. Dicho intercambio verbal resulta en exceso fingido por cuanto es hinchado de una erudición que, basada en un gravoso aparato de referencias filosófico-literarias, actúa como elemento desestabilizador de la tensión inherente al marco narrativo elegido. Por ello, tanto las peroratas del enfermo en pro de cultivar a su interlocutor, como las respuestas de éste han de ser consideradas ingredientes contrarios a la concreción e intensidad del relato.

En lo que toca a la caracterización de los personajes, La alambrada se basa –al modo de los diálogos medievales– en la controvertida charla entre dos supuestos litigantes que pretenden, por vía de la palabra, hallar un espacio de encuentro perdido tiempo atrás. Por el contrario, Emilio y Ángel no constituyen ámbitos de opinión plenamente diferenciados, sino, en todo caso, dos máscaras que sirven de parapeto a un narrador, de sempiterna presencia, que utiliza a sus criaturas como voceros de argumentos que no les pertenecen de acuerdo a la coherencia interna del texto.

A los aspectos hasta aquí apuntados habría que añadir una falta de planificación en el proceso de creación de la novela. Los diversos temas que se derivan del diálogo entre los personajes son abandonados, en múltiples ocasiones apenas se esbozan. Ello crea en el lector una sensación de hacinamiento, más o menos aleatoria, de unos asuntos que, faltos de una criba selectiva, acaban perdiendo su potencial interés. Me limitaré a señalar un ejemplo al respecto. La llegada de Ángel al hospital para ver a su tío va precedida de una serie de signos, hábilmente espigados durante una docena de páginas, encaminados a mostrarnos cómo los síntomas de la enfermedad que ha colocado a Emilio al borde de la muerte se están reproduciendo en su sobrino. Sin embargo, la trágica circularidad de los destinos es olvidada por completo en virtud de larguísimos excursos que poco aportan a la armazón del texto. El simbolismo de la alambrada –nunca explicado y ni siquiera aludido– que da título a la novela se yergue, pues, en obstáculo infranqueable para un texto de escasa solidez en el que se apuntan ideas más que formas.

01/10/2002

 
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