ARTÍCULO

Jubiloso certificado de defunción

Taurus, Madrid
Trad. de Marta Balcells
864 pp. 29,50 €
 

En ocasión no muy lejana, John Elliott declaró que el tiempo de los hispanistas había pasado. Con esta afirmación tan contundente, el historiador inglés quería indicar, ni más ni menos, que aquellos gloriosos tiempos en los que la historiografía española se encontraba sumida en las tinieblas más profundas, o que arrastraba todavía déficits muy importantes en su desarrollo, ha­bían felizmente terminado. El cumplido es de agradecer, y se agradece. Sin embargo, el libro que reseñamos contradice seriamente el optimismo del diagnóstico que el autor lanzase en un rapto de comprensible optimismo y finesse. Nadie hasta hoy había emprendido el reto de establecer en paralelo y en profundidad la historia de la presencia española y británica en América. Presentar lo que el título promete era una tarea hercúlea, que sólo está al alcance de unos pocos, por razones de índole diversa que trataremos de explorar. Si sólo unos pocos podían emprenderla, John Elliott tiene el mérito añadido del pionero, el mérito de aquel que abre el camino por el que otros podrán transitar con garantías. La audacia debe ser reconocida y admirada porque el reto era doble y muy complejo, y porque los resultados están a la altura de un desafío tan formidable. En conclusión: la aportación de los hispanistas sigue siendo un balón de oxígeno para una historiografía española a la que sigue faltándole el aliento necesario para acceder a los circuitos internacionales.
Que nadie se llame a engaño: estas líneas no pertenecen al género de la reseña escrita con la pastilla de jabón. A quien la firma no le parece ésta una modalidad literaria aceptable, como tampoco se lo parece la contraria, aquella que podría describirse como el «caña al mono», sobre todo si el primate pertenece a una familia distinta (léase «área de conocimiento») o se sitúa con claridad en los peldaños jerárquicos inferiores. De tanto oscilar entre lo uno y lo otro, el nivel de los intercambios científicos está donde está y la comunidad de profesionales se encuentra donde se encuentra. Los remedios se me escapan, pero sobre el diagnóstico no tengo muchas dudas. Conviene, por lo tanto, aprender la lección y subirse al andamio donde las cosas encuentran solución. En pocas palabras, abrir ventanas para que entre el aire y tratar como Alonso Quijano de vencer a los molinos de viento de todos conocidos pero hasta hoy inexpugnables, antes de que la universidad española se hunda en el mar.
Imperios del mundo atlántico culmina la ejemplar trayectoria intelectual de su autor. Ejemplar y excepcional en el panorama internacional de nuestra disciplina. Tras abandonar ya su presencia diaria en las universidades de Londres y Oxford del Reino Unido y Estados Unidos (el afamado Institute for Advanced Studies de Princeton, donde quien firma estas páginas trabajó con él en la segunda mitad de los años ochenta) su autor nos regala un volumen que cierra su larga dedicación a la historia moderna del mundo atlántico, al mundo construido por los europeos a partir de finales del siglo XV. En este sentido, el libro culmina el trabajo de cuatro décadas del historiador menos dispuesto a dejarse encerrar en las cuatro paredes de las historias nacionales, sean las que sean. Esta vocación de apertura era perfectamente perceptible ya en sus primeros trabajos, en los que Castilla y la monarquía hispánica fueron siempre vistas como realidades abiertas y desdobladas al otro lado del Atlántico. Muchos de nosotros nos iniciamos en estas cuestiones de la mano de Imperial Spain (1963), un impresionante fresco de la España de los Reyes Católicos y los Austrias, publicado como apoyatura de su tesis doctoral sobre la revuelta catalana de 1640. Nadie como John Elliott se atrevió a un tan magistral trabajo de síntesis, en un momento en el que sólo voces aisladas (entre las que deben citarse las de los beneméritos Antonio Carande, Jaume Vicens Vives y Antonio Domínguez Ortiz) demandaban una renovación de los estudios históricos en España que los liberase de la pesada herencia de una tradición abusiva. Como puede observarse, pues, Imperios del mundo atlántico cierra un largo ciclo de interrogación sobre cuestiones fundamentales ya anunciadas en la amplitud del proyecto inicial, del mismo modo que el definitivo estudio sobre el conde duque de Olivares, del año 1986, cerró el de sus trabajos dedicados a la política de la Monarquía, en la persona de uno de sus más capaces y decididos servidores. Cuando tantas trayectorias académicas se vieron frustradas por razones diversas, el ciclo completo de trabajos del profesor Elliott sólo puede producir admiración y agradecimiento.
El autor nos ofrece una larga meditación sobre la naturaleza de dos de los imperios más caracterizados del mundo moderno. En efecto, este libro no se plantea como una estricta narración, aunque se resuelva magistralmente en su capacidad de estilo y de síntesis elegante sobre las más diversas cuestiones, sino que va mucho más allá. El libro es el jubiloso certificado de defunción de las ideas preconcebidas que sobre ambas realidades se acumularon en el pasado y se prolongan, demasiado a menudo, hasta el presente. Esta empresa intelectual sólo podía resultar viable con la amplitud de miras y la volutad de rehuir todo patriotismo de campanario que caracteriza el quehacer de John Elliott. En este sentido, se trata de un auténtico tour de force. Es bien conocido, y el libro así lo acredita sobradamente que, si el imperio hispánico de Carlos V fue admirado y temido por los poderes coetá­neos, aquel predicamento fue oscureciéndose hasta llegar a todo lo contrario en el siglo XVIII. De ser admirado por su empresa conquistadora y por su capacidad para proporcionar a Europa productos o metales preciosos muy deseados, fue desa­creditado por la Ilustración noreuropea, que vio en aquel dinosaurio el ejemplo más perfecto de los funestos efectos de un catolicismo asociado al Estado imperial y de una organización económica literalmente falta de sentido. En la obra de Adam Smith y en la de los grandes teóricos de la Ilustración escocesa, tan influyente en su día –entre ellos Willliam Robertson, autor de una de las primeras historias de España y la América española–, el Imperio español se convirtió en el mejor ejemplo de cómo una inmensa organización burocrática podía ocluir las fuentes reales de la riqueza, en particular las del comercio, y encorsetar para siempre a una sociedad en caducos idea­les de grandeza.
Lo que para la generación de los dos autores citados era una perspectiva crítica con relación a los viejos sistemas mercantilistas y a las ideas económicas que los acompañaron, para las generaciones posteriores británicas y noreuropeas, orgullosas y confiadas de su superioridad recientemente adquirida, se convirtió en una certeza axiomática y un tópico muy asentado. Sólo desenvolviendo la historia desde el principio y mostrando similitudes y diferencias entre los dos imperios, aquella perspectiva tan codificada puede ser desmitificada y reducida a su auténtico perfil de idea preconcebida y al margen de los resultados de la investigación histórica. Menos elaborados, sin duda, pero agresivos en su marginalidad creciente, los españoles probaron a construir una interpretación histórica alternativa, que ponía el énfasis en la bondad de la política de la Monarquía, el buen trato a los indios y el elogio del mestizaje forzoso, la unidad del mundo hispánico y, finalmente, la menor crueldad de su trato a los esclavos que poblaron de modo creciente el continente americano. Los ecos de estos axiomas del pasado perduran a ambos lados de las respectivas lecturas del propio mundo y del mundo de los otros, en ocasiones más como un reflejo inconsciente que con una voluntad clara de diferenciación culturalmente afirmada. Con Imperios del mundo atlántico ya no queda ningún muro por derribar, no resta ya excusa alguna para seguir preservando ideas recibidas sobre el mundo propio y ajeno, suceda esto en el hispánico o anglobritánico, sea en el lado del Atlántico que sea.
Para conseguir este resultado, John Elliott se ha visto obligado a emprender una navegación de altura mucho más allá de los parámetros de las historias nacionales respectivas. Sólo un magnífico conocedor de los cuatro mundos implicados –el de las sociedades hispánicas y británicas y el de sus retoños en la América española y en las trece colonias británicas y Estados Unidos– podía enfrentarse a los múltiples retos de una descripción comparativa que no desmerece jamás de la capacidad del más reputado especialista. Alguien podrá objetar aspectos de detalle o de enfoque, como es natural, pero de ninguna manera que la narración de dos historias en paralelo no sea igualmente equilibrada y sofisticada a ambos lados de la balanza. Este reto no lo había superado nadie hasta hoy. Hace falta mucho oficio y mucho entendimiento para llegar a ello. Una cosa es introducir elementos comparativos en las historias respectivas y otra cosa muy distinta manejar dos narraciones muy complejas con idéntica solvencia. En este sentido, el libro se inscribe de pleno derecho en los contornos renovadores de la llamada «historia atlántica». Ésta se constituye como el instrumento conceptual para superar las limitaciones de las historias nacionales (y el cultivo de sus propias obsesiones) y para restablecer el sentido a los intercambios e interrelaciones que siempre existieron entre sociedades que pugnaban en los mismos espacios vitales. En esta corriente deben citarse algunas mentes inquietas como el propio John Elliott o el irlandés Nicholas Canny, así como el norteamericano Bernard Bailyn, autor de un vibrante manifiesto historiográfico al respectoAtlantic History. Concepts and Contours, Cambridge, Harvard University Press, 2005..
 El libro se divide en tres partes que corresponden a grandes trazos, la primera, a la etapa formativa de los siglos XVI y XVII, la segunda, al desarrollo de las sociedades coloniales al otro lado del Atlántico y, la tercera y última, a los conflictos del siglo XVIII y a la crisis final de ambos mundos imperiales en la década de 1770 en el caso de la América británica y en la de 1820 la española. Cierran el libro unas conclusiones en forma de sagaz e ingeniosa hipótesis contrafactual que permite reordenar las ideas desgranadas a lo largo de los capítulos anteriores. En este largo recorrido, el autor entrelaza admirablemente diversos planos y situaciones particulares que se erigen poco a poco en el hilo argumental de dos historias que se de­sarrollan en paralelo al tiempo que se condicionan mutuamente. El modo en que aquellos mundos tan distintos se constituyeron es el punto de partida de la doble historia que nos describe el libro. Mientras la monarquía hispánica se implicó en gran medida en la formación del nuevo mundo americano, la inglesa no se ocupó seriamente de los asuntos transoceánicos hasta mucho más tarde. Aquella disparidad de comportamientos marcó de modo indeleble la realidad de las nuevas sociedades nacidas y desarrolladas en América. Mientras que, en el mundo español, la formación de una sociedad orgánicamente concebida, donde indios y españoles –las llamadas dos «repúblicas»– habían de convivir, se concibió como el resultado de la tutela paternal de la Monarquía y la Iglesia, en la América inglesa y luego británica el alejamiento del poder monárquico se tradujo en una mucho mayor libertad para implantar pautas sociales muy diversas, para gozar de una libertad política mucho más amplia y para sentirse casi invisibles a la fiscalidad estatal. En este sentido, los contrastes eran muy notables. El mundo español en América estaba formado por buenos súbditos del Rey, tan católicos como los del Viejo Mundo, respetuosos de las instituciones virreinales y de las audiencias que los gobernaban a imagen de Castilla. Con mayor o menor agrado, aquellos cientos de miles de emigrantes colonizadores aceptaron una creciente red administrativa y fiscal, al tiempo que una precisa aunque no siempre cumplida reglamentación del comercio y de la organización de la vida económica. Todo lo que de ordenado y orgánico tuvieron las sociedades de la América hispánica –en teoría por lo menos, puesto que Elliott describe magistralmente las discrepancias entre lo que se pretendió y una realidad mucho más compleja–, las anglobritánicas lo tuvieron de particularistas y menos dependientes de patrón alguno. Determinados aspectos de esta disparidad esencial en las dinámicas entre centro y periferia son explorados con gran profundidad en el libro.
En sociedades en las que la religión ocupaba un espacio tan enorme en la vida individual y colectiva, su lugar en ambos mundos no podía ser más divergente. Para el imperio español, el catolicismo romano, con sanción papal incluida en la legitimación de la presencia hispánica en América, se erigió en un poderoso instrumento de formación social y de cohesión colectiva. Por el contrario, las colonias norteamericanas de Gran Bretaña fueron desde el principio el paraíso de la atomización religiosa. Lo muestra a la perfección el contraste entre la Virginia anglicana y la Nueva Inglaterra puritana, los baluartes de aquella Inglaterra convulsa trasplantada a parajes tan inhóspitos y lejanos por obra y gracia de emigrantes y exiliados. Los contrastes fundacionales fueron creciendo con el paso del tiempo. Mientras la monarquía hispánica fue capaz de preservar la unidad católica y la obediencia cultural de sus súbditos, el mundo anglobritánico del norte se orientó infatigable y convulsamente hacia una heterogeneidad religiosa y cultural cada vez mayor. Las denominaciones protestantes fundadoras citadas, los católicos en Maryland, los cuáqueros de Pensilvania, fueron por lo general incapaces de mantener su preponderancia inicial. Por lo general, nuevas oleadas de emigrantes, en ocasiones ni siquiera procedentes de Gran Bretaña, o las olea­das de pasión de revitalización al estilo del ­Great Awakening que sacudieron casi todas las colonias británicas en las décadas centrales del siglo XVIII, conspiraron para debilitar a los viejos estratos dirigentes y a las ortodoxias establecidas.
La narración comparativa que el autor nos propone sugiere, a mi parecer, que el dinamismo centrífugo de los angloamericanos encontró un contrapunto cohesionador primero en las fronteras físicas y morales mucho más rígidas con los pueblos indios del entorno que en la América española. Más adelante, cuando la Corona británica, tras las grandes convulsiones del siglo XVIII, amenazó con proyectarse hacia aquellos remotos y desatendidos territorios, la definición de una identidad política colonial ocupó un lugar de preferencia en la idea que los colonos te­nían de sí mismos. Cuando, al acabar la Guerra de los Siete Años (1756-1763), el gobierno británico maniobró para que las colonias asumiesen sus responsabilidades en la defensa imperial y en la deuda derivada del conflicto, la identidad política colonial se trocó en abierto separatismo tras una dramática dilucidación de lealtades. Del otro lado de la frontera colonial, el contexto español permitía y alentaba evoluciones muy distintas. Sociedades mucho más homogéneas cultural y religiosamente hablando (por lo menos el mundo crio­llo blanco y mestizo) mostraban un notable déficit en cuanto a capacidades políticas para organizarse. Es cierto que, como señala el autor con toda pertinencia, esto no derivaba en exclusiva de la ausencia de alguna institución equivalente a las puntillosas asambleas coloniales de los ingleses en América, aquellas que amargaron en tantas ocasiones la existencia de los gobernadores nombrados desde Londres. Los cabildos asumieron parcialmente las funciones de representación que no se contemplaban en territorios que la Monarquía adquirió, de manera sintomática, al tiempo que aplastaba a los comuneros de las ciudades castellanas. Al final, sin embargo, prevaleció una estructura de gobierno piramidal en la que los virreyes gozaron de un poder que, como señala el autor, hubiese encantado a la vocación intervencionista y centralizadora de los Stuart. Quizás por ello, la maduración revolucionaria en la América española fue bastante más premiosa y tardía con relación al mundo británico, aunque los síntomas de crisis estuviesen motivados por igual por los esfuerzos metropolitanos para implicar a los criollos americanos en las guerras de la Monarquía.
No es posible resumir en estas apretadas páginas la magistral síntesis del profesor Elliott, pero no quisiera terminar sin añadir algunos comentarios, desde la admiración y el afecto. El primero se refiere a una cuestión desde mi punto de vista un tanto inquietante, que deriva probablemente de los límites espaciales y temporales que el autor se impuso en su esquema inicial. El libro está explícitamente centrado en unos contextos coloniales específicos, con preferencias: México y Perú para la América española y el área de Che­sa­pea­ke y Virginia y Nueva Inglaterra para el caso de la norteamericana. Quizá por esta razón, la brutal catástrofe demográfica de los siglos XV y XVI en el Caribe y el continente queda tal vez en un excesivo segundo plano, aunque figure, por supuesto, y muy adecuadamente, en el texto. No se trata de exigir una nueva narración de los horrores innombrables que se abatieron sobre sociedades que nada habían hecho a los invasores, como argumentaron en ocasiones los teólogos de Salamanca. Se trata de que el hundimiento sin remedio de la población americana liquidó sin paliativos, a su vez, la idea de sociedad indiana en la que todos, Corona y particulares, pensaban y obligó a levantar otra distinta, más dura, sórdida y en la que la capacidad de explotar a la población restante fue avariciosamente discutida. La segunda observación se refiere al homólogo británico. El primer imperio británico era una realidad atlántica, ciertamente, pero su fundamento último no se encontraba en Norteamérica sino en el espacio caribeño. Esta observación es de sobra conocida y en el libro que comentamos se encontrarán muchas referencias al respecto. Un español de mente preclara confesó: «Sin plata, no hay Perú» y, por extensión «imperio», se podría añadir. ¿Qué marcó, entonces, el dintel de una presencia británica viable en América? ¿Hubiese sido históricamente posible la continuidad a largo plazo de los asentamientos británicos en el Atlántico sin la revolución azucarera de las Antillas, el desarrollo de la esclavitud a gran escala y, en consecuencia, las «enumerated commodities» que eran el corazón de las Navigation Acts? Son preguntas para las que disponemos de respuestas parciales, por lo que siguen incitando año tras año la aparición de excelentes monografías sobre aspectos muy diversos de los intrincados nexos entre las sociedades que convivieron, mal que bien, en el espacio atlántico. Justamente por la complejidad de los desafíos pendientes, el fresco magistral que comentamos sitúa los futuros derroteros a una altura de navegación insospechada.
Imperios del mundo atlántico marca un hito en la historia de dos imperios y en la posibilidad de compararlos. El alcance de las cuestiones suscitadas es enorme, el volumen de la investigación manejada, espectacular. La resolución literaria de tan arduos problemas está a la altura de la calidad deslumbrante de textos anteriores del autor. A partir de ahora, resultará difícil, por no decir imposible, alegar el excepcionalismo que sea en las historias respectivas y, por extensión, las de otros casos que se desenvolvieron en paralelo. Es el éxito de la comparación adecuada, de la excelencia académica y de la capacidad para dominar mundos lejanos más allá de las limitaciones de las historias nacionales. Ahora, cuando disponemos de este libro excepcional en las dos lenguas, nos parece natural verlo así. Este es el mérito de un libro que se proyecta desde el mismo momento de su aparición con la capacidad de convicción de un clásico.

 

01/12/2006

 
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