ARTÍCULO

No puede construirse una sociedad nueva con una cuchilla

Paidós, Barcelona
Trad. de Alcira Bixio
432 págs. 24,04 €
 

Olvídense de Bob Geldof, Bono y del resto de almas buenas: la única relevancia de Génova fue la de ser escenario de una de las últimas batallas en la guerra contra el neoliberalismo. En esta ocasión los anarquistas se apuntaron una «clara victoria». Los daños materiales y las luchas callejeras demostraron ser las formas más eficaces de protesta y provocaron una reacción exagerada de la policía: le pegaron un tiro a un hombre armado con un extintor de incendios y allanaron las oficinas del Foro Social de Génova sin motivo alguno. A los manifestantes no violentos les gusta afirmar que los «anarquistas» han secuestrado la protesta legítima, pero esto no es históricamente cierto: el Bloque Negro estaba allí para recibir a Reagan cuando vino a Europa en los años ochenta, mucho antes de que se hubieran formado el resto de los grupos representados en Génova. Los Tute Bianche («monos blancos») constituyen un fenómeno más reciente y típicamente postmoderno, decididos a deconstruir la oposición entre violencia y no-violencia, pero también ellos hunden sus raíces en los movimientos autonomistas de los años setenta. Las manifestaciones de este tipo han ido sucediéndose durante mucho tiempo y es improbable que desaparezcan. La única cosa que parece no estar clara es quién está luchando en cada bando.

No estoy refiriéndome al rumor de que en el Bloque Negro se habían infiltrado agentes provocadores, o al contraargumento de que los Tute Bianche han empezado a cooperar con la policía. El tema es más esencial. Desde el final de la guerra fría, el neoliberalismo se ha convertido en una doctrina tan dominante ideológicamente que ya no está claro si los verdaderos neoliberales son los líderes del G8 o la gente que está fuera con los pasamontañas y los monos. Cojamos el ejemplo de Ya Basta!, el grupo italiano formado en 1996 para apoyar el levantamiento de Chiapas y que sirvió de impulso para los Tute Bianche. Están luchando con el lema «Per la dignità dei popoli contro il neoliberismo», pero sus dos demandas políticas básicas, la emigración libre y el derecho a unos ingresos básicos garantizados, son políticas que fueron en su día en gran medida el dominio exclusivo de los comités asesores neoliberales en Estados Unidos. La idea de que todo el mundo debería recibir unos ingresos básicos, independientemente de cualquier otro ingreso que ellos obtengan, o de su buena disposición a trabajar, cuenta con una larga historia dentro de la derecha. A comienzos de los años sesenta, Milton Friedman salió en defensa de una forma de esta idea, y en Gran Bretaña ha circulado en los márgenes de las ideas políticas conservadoras durante medio siglo, y ha sido apoyada muy recientemente por Alan Duncan, un amigo de William Hague. El apoyo a la emigración libre ha provenido también fundamentalmente de libertarios de derechas y a comienzos de los años ochenta fue el tipo de tema que se trataba en los seminarios del Liberty Fund. Para los neoliberales, uno de los atractivos de estas políticas era su incompatibilidad con el estado de bienestar. La renta básica era la alternativa barata al bienestar, un rechazo frontal del «a cada uno según sus necesidades» (contempla la eliminación total de la infraestructura de la seguridad social); la emigración libre, que haría que los beneficios de las prestaciones sociales de una nación fueran accesibles a cualquier persona en el mundo, provocaría que rápidamente resultaran insostenibles los logros duramente conquistados del sistema de bienestar.

El solo hecho de que los «anarquistas» apoyen retazos de la agenda neoliberal que ni siquiera George W. Bush ha puesto aún en práctica no quiere decir que persigan fines neoliberales. En la política autonomista italiana, la idea de una renta garantizada surgió a comienzos de los años setenta no como un medio de recortar la factura de las prestaciones sociales, sino como parte del esfuerzo para desenganchar el trabajo productivo de la economía capitalista. En cuanto a la emigración libre, es una consecuencia tan natural de un internacionalismo de izquierdas como de un libertarismo de derechas. Es más, deberíamos ser cautelosos a la hora de interpretar la violenta confrontación de Génova como el choque de ideologías incompatibles. Aunque tiene su origen en un análisis marxista de la lucha de clases, la concepción de autonomía que inspiró el movimiento Autonomia en Italia y los Autonomen de Alemania y el norte de Europa ha venido básicamente a solaparse con la idea neoliberal de libertad negativa. El paso inicial parecía revolucionario: como Marx había mostrado que las relaciones sociales no eran, de hecho, el tejido perfecto de la mitología burguesa, sino más bien el campo de batalla del conflicto económico, la lucha de clases podría librarse más eficazmente si la clase trabajadora se desvinculara del trabajo asalariado y tratara de lograr la autonomía por sí misma. En el contexto italiano, el ideal de autonomía también representaba lo contrario del histórico intento del PCI de alcanzar la hegemonía por medio del dominio de la sociedad civil. Al buscar el liderazgo del estado capitalista, el PCI estaba simplemente contribuyendo a mantenerlo: la acción autónoma, independiente de los sindicatos y el partido, rompería toda relación de la clase trabajadora con el capitalismo y, sin trabajo que lo mantuviera, el capitalismo se derrumbaría.

En la práctica, la autonomía significaba que la acción considerada en otro tiempo como algo relativamente marginal a la lucha de clases, como ocupaciones ilegales o la «negativa a trabajar» –huelgas salvajes, llamar diciendo que se está enfermo, salir del trabajo antes de tiempo, pequeños robos y sabotajes–, se convirtieron en ejemplos paradigmáticos de la «autovaloración» de la clase trabajadora. En un principio estas acciones fueron parte de una estrategia para llevar a cabo un cambio revolucionario, no (como en el anarquismo) un intento de construir un nuevo ideal social. Pero pronto pasaron a convertirse en fines en sí mismos y durante los años ochenta el autonomismo sobrevivió básicamente en colonias de okupas neotribales como Kreuzberg en Berlín y Christiania en Copenhague. La repolitización del movimiento se debió en parte al éxito de los zapatistas. Sus «municipios autónomos» y su lucha por afirmar una alternativa política independiente del Estado suministró un nuevo modelo para todos aquellos que querían vivir fuera del sistema capitalista. Al mismo tiempo, el propio hecho de que personas de remotas partes del mundo hubieran de luchar para establecer esa autonomía servía para ilustrar el nuevo alcance global del capitalismo. Sin embargo, se había producido un cambio: la autonomía se había concebido para sustituir el capitalismo por el comunismo; pero en cuanto que antítesis de la globalización funciona de un modo muy diferente: áreas o esferas autónomas de actividad pueden constituir alternativas locales al capitalismo y, por tanto, limitar su extensión, pero no son incompatibles con su continuación. Esto es importante en términos de teoría política: «inmunidad del servicio del capital» (como podría haberlo formulado Hobbes) es una forma, hoy quizás la más importante, de libertad negativa, y las regiones autónomas y los ingresos básicos son modos ambos de hacerla posible, mientras que ni las zonas autónomas ni los ingresos básicos tienen encaje alguno en el comunismo, ya que ambos son modos de limitar las exigencias que pueden plantear unas personas a otras.

Es este contexto intelectual y político el que hace que resulte tan interesante la aparición de Imperio. En libertad condicional de la cárcel de Rebibbia de Roma desde hace poco, y una influencia reconocida de Ya Basta!, Antonio Negri posee unas credenciales revolucionarias intachables. En los años setenta fue el principal teórico de Potere Operaio y, más tarde, del movimiento Autonomia. Pero en 1979, el secuestro y ejecución de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas les proporcionó a las autoridades italianas el pretexto para la represión indiscriminada de la izquierda extraparlamentaria. Miles de activistas fueron arrestados con acusaciones políticas; el propio Negri fue acusado de planear y organizar actos terroristas, así como de ser la voz sin identificar en una llamada telefónica a la esposa de Aldo Moro. No había pruebas concluyentes para demostrar ninguna de estas acusaciones. Los pentiti acusaron a Negri de complicidad únicamente en una acción, y se había tratado más de una travesura horriblemente chapucera que de un acto de terrorismo: en el «secuestro» de un simpatizante de Potere Operaio realizado por sus amigos para sacar dinero a sus acaudalados padres, mantuvieron durante demasiado tiempo un pañuelo con cloroformo sobre la cara del joven. Negri, no obstante, fue condenado a prisión y sólo sería liberado bajo inmunidad parlamentaria cuando fue elegido diputado por el Partido Radical. Huyó a Francia, donde contó con el apoyo de Deleuze y Guattari, prosiguiendo su carrera académica en París (donde Michael Hardt era un estudiante) hasta 1997, cuando regresó voluntariamente a Italia para cumplir el resto de su condena.

El intento de Negri de reteorizar la estrategia autonomista comenzó durante su primer período en prisión, con un estudio de Spinoza. Encontró en Spinoza una distinción (que se pierde en muchas traducciones) entre potentia («fuerza», «actividad creadora») y potestas («autoridad», «soberanía»). Según Spinoza, el poder de Dios (potentia) constituye su esencia, y en consecuencia existe todo lo que Dios ordena (potestas). Para Negri esto no significa sólo que lo creado por Dios, dado que Dios es necesariamente creativo, también existe necesariamente; según Negri, la potestas de Dios está subordinada a la constante plasmación de su potentia: la soberanía de Dios sobre el mundo es idéntica, en realidad, a su construcción del mundo. La trascendencia política de esta distinción surge en el incompleto Tratado Político de Spinoza, donde, afirma Negri, la multitud se convierte en «una esencia productiva» y la potestas del soberano es la potentia del pueblo.

Aquí encontró una nueva justificación la vieja estrategia autonomista del desligamiento de estructuras de autoridad existentes. Puede que el proletariado haya dado paso a la multitud de Spinoza, y el lenguaje de la economía al de la jurisprudencia, pero el punto básico permanecía inalterado: tomar el poder y construir el poder son la misma cosa. El potencial revolucionario de esta idea apareció afirmado en Insurgencias (1999), donde Negri señalaba que las revoluciones inglesa y americana se habían inspirado en una doctrina similar: la teoría republicana de la libertad, con su énfasis en el poder constituyente de la ciudadanía. En el breve pasaje «de la resistencia a la revolución, del asociacionismo a la constitución de cuerpos políticos [...] desde las militiae a los ejércitos» se encontraba la prueba de que la potentia podía convertirse en potestas de la noche a la mañana. Todo lo que Marx había necesitado añadir a lo que John G. A. Pocock llamó la «tradición republicana atlántica» era la idea de que lo político incluye siempre lo social. Ahora, «el espacio político se convierte en espacio social», y con el trabajo creativo libre como su tema, el poder constituyente es «la revolución misma».

En Imperio, este argumento se aplica a la globalización. El nuevo orden mundial representa una nueva forma de soberanía imperial «integrada por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una sola lógica de gobierno». La exposición del modo en que estos organismos –los Estados Unidos, el G8, las Naciones Unidas, las organizaciones no gubernamentales, las multinacionales y los conglomerados mediáticos– ejercen su autoridad es bastante vaga, pero en cierto sentido esto no importa. El imperio, como otras formas de soberanía (imperium en Spinoza) es sólo una manifestación patente del poder del pueblo. En la globalización, las alternativas al capitalismo no son tanto derrotadas como que reciben una nueva oportunidad para operar en una escala global: «Las fuerzas creativas de la multitud que mantienen el Imperio son también capaces de construir autónomamente un contra-imperio, una organización política alternativa de flujos e intercambio globales».

Es fácil ver por qué Imperio ha resultado ser la obra de teoría política más conseguida surgida de la izquierda durante una generación. No sólo está escrita con una energía, claridad e ingenio inusuales, sino que aborda directamente el tema político central del momento: la distancia percibida entre las personas normales que tratan de vivir del modo que quieren y los sistemas de poder que los frustran. Al redefinir la globalización como una forma de soberanía y, simultáneamente, reelaborar el proyecto autonomista en la tradición republicana, Hardt y Negri ofrecen un análisis excepcionalmente optimista del problema: por remota que pueda parecer, la soberanía no es nada que unas pocas personas no puedan crear por sí mismas. Las protestas anticapitalistas actuales pueden parecer violencia de una muchedumbre, pero esto es sólo la mitad del asunto: las muchedumbres callejeras construyeron también América; esto es la gestación del contra-imperio.

Sin embargo, la estructura del contra-imperio sigue siendo oscura. Hardt y Negri se alejan de aquellos que quieren simplemente «defender lo local y construir barreras al capital». Pero aunque su reinterpretación de la autonomía implica más que libertad de las limitaciones del mercado, puede aún reconocerse como una parte de la reelaboración del liberalismo a finales del siglo XX. El redescubrimiento por parte de Negri del pensamiento republicano a comienzos de los años ochenta fue análogo al de Quentin Skinner en Gran Bretaña y la recuperación del antifederalismo po

01/10/2002

 
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