ARTÍCULO

El arquitecto meditabundo

Gustavo Gili, Barcelona
208 págs. 26,44 €
Gustavo Gili, Barcelona
272 págs. 33,65 €
 


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Conocí a Ignasi de Solà-Morales a finales de los años cincuenta por mediación de Ricardo Pérdigo, amigo común y a la sazón compañero de estudios de Solà-Morales en la Escuela de Arquitectura de BarcelonaHe consultado con Ricardo Predigo buena parte de las ideas expuestas en esta reseña y ha sido él quien, en última instancia, me ha orientado a través de las lecturas de los textos y de algunos aspectos de la actividad profesional de Ignasi de Solà-Morales. No hace falta añadir que las opiniones expuestas aquí son exclusivamente mías, al igual que los errores.. A ambos debo mi iniciación a la arquitectura y las primeras lecturas sobre la materia. También les debo una afición que me ha acompañado toda la vida y que me ha permitido extraer de los viajes algo más de aprovechamientos y mucho más de disfrute. En aquella época, sin embargo, esta afición no era cosa común en un profano. Para la percepción general, la arquitectura era poco más que una actividad de carácter técnico respecto de cuyos resultados cualquier persona ajena a la profesión se abstenía de opinar, salvo en términos de un desprecio sólidamente fundado en la ignorancia o de una admiración que tenía más de deslumbramiento que de valoración objetiva. En la propia Barcelona, de donde era originario Ignasi de Solà-Morales, el Modernismo catalán, versión autóctona del Art Nouveau europeo y seña de identidad arquitectónica de Cataluña, era visto como un estilo recargado, anecdótico y tenebroso. Por el contrario, un edificio moderno era, según el tópico, una caja de zapatos. Sólo los edificios consagrados por la antigüedad gozaban de prestigio a los ojos del profano, en especial si eran monumentales y podían ser contemplados desde una perspectiva histórica. De otro modo, raramente aparecían en las guías turísticas, ni siquiera en las destinadas al viajero culto. Ni que decir tiene que el urbanismo, entendido como teoría arquitectónica de la ciudad, era un concepto inexistente salvo para los especialistas. Y al amparo de esta indiferencia, la especulación se cebaba vertical y horizontalmente en todas partes. El fenómeno no era privativo de Barcelona, ni siquiera de España, aunque en estas latitudes se daba con espectacular fiereza.

Pocas décadas más tarde, cuando murió Ignasi de Solà-Morales, en marzo de 2001, a los cincuenta y ocho años de edad, el panorama había cambiado radicalmente: la ciudad era entendida como un todo dotado poco menos que de personalidad propia y la arquitectura se había convertido en el mayor espectáculo del mundo. Este fenómeno es atribuible a una serie de razones, no todas ellas frívolas ni adscritas a la manida y siempre inexacta teoría del péndulo. Al margen de la utilización de la arquitectura por parte del poder político, económico y de toda índole, lo cierto es que en la etapa actual, presidida por el escepticismo respecto del progreso humano, el interés parece haberse desplazado del individuo y las motivaciones últimas de sus actos al resultado material de sus esfuerzos. Cuanta menos fe en el hombre, mayor curiosidad despierta la envergadura de sus obras.

Tal vez convenga situar entre estos dos momentos diametralmente opuestos la obra teórica de Ignasi de SolàMorales para proponer una valoración de conjunto, a partir de los dos volúmenes, Territorios e Inscripciones, publicados por la editorial Gustavo Gili en 2002 y 2003 respectivamente. Aunque los artículos que integran cada volumen abarcan temas variados, los de Territorios, escritos en la década de los noventa, se centran más en la arquitectura de la ciudad, y los de Inscripciones, escritos en su mayoría en la década anterior, en las formas arquitectónicas y el aparato teórico que las sustenta y las explica. Territorios lleva un prólogo de Saskia Sassen titulado «Arqueología del espacio urbano»; Inscripciones, uno de Anthony Waler titulado, más oscuramente, «Los territorios de la historia de la arquitectura». Estos dos libros complementan otra recopilación de textos críticos y teóricos publicada en vida de Ignasi de SolàMorales, también por la editorial Gustavo Gili: Topografía de la arquitectura contemporánea (1955). A diferencia de éste, que en su aspecto externo tiene algo de libro de batalla, las dos publicaciones recientes responden a otro planteamiento editorial: un formato más grande, un papel de calidad superior y un esmero evidente en todos los detalles. Es una lástima que las ilustraciones que acompañan al texto sean, a veces, escasas, diminutas y desprovistas de una referencia más completa, aunque en ello puede haber influido, aparte de razones editoriales, la imposibilidad de someter estas adiciones a la aprobación del autor. En todo caso, Inscripciones y Territorios son, además de sendos tratados de teoría de la arquitectura, un homenaje póstumo al autor, no tanto como acto ceremonial, sino como reconocimiento de la ambición y el alcance de una obra truncada de forma prematura e inexorable.

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Entre los teóricos de la arquitectura, Ignasi de Solà-Morales constituye un caso insólito. Cursó simultáneamente las carreras de Arquitectura y de Filosofía, y a lo largo de su vida ejerció ambas disciplinas, convencido de que ambas eran complementarias y no la una suplementaria de la otra. La arquitectura evoluciona a remolque de las ideas, a las que da forma y, al hacerlo, las plasma y las modifica. A esta posición privilegiada, Ignasi de Solà-Morales unía su condición de profesor: era catedrático de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y había impartido cursos en varias universidades extranjeras. En los años difíciles colaboró en prensa y fue hombre clave en la misma editorial que ahora publica sus escritos. Además, llevó a cabo varios proyectos, algunos de naturaleza singular, como la reconstrucción del pabellón Mies van der Rohe y la del Teatro del Liceo, destruido por un incendio.

En el plano teórico, Ignasi de SolàMorales se desmarcó de salida de la actitud general que imperaba entre los arquitectos en los años de formación. Hijo de una época caracterizada en los círculos intelectuales avanzados, a los que él mismo pertenecía, por la adopción de posturas radicales y, en consecuencia, de rechazos aún más radicales, Ignasi de Solà-Morales nunca aceptó la simplicidad de los planteamientos al uso y consideró que en lugar de defenestrar la historia de la arquitectura en aras de una renovación absoluta, el estudio de la historia podía ofrecer valiosas ocasiones de reflexión e incluso de guía; una postura cargada de sensatez, pero heterodoxa en aquella etapa del pensamiento.

Ignasi de Solà-Morales fue, en el mejor sentido de la palabra, un humanista. Su curiosidad era insaciable, y sus conocimientos, extensos y profundos. Su prestigio y su cordialidad personal y su generosidad lo llevaron a relacionarse con personalidades de todo el mundo. Era el hombre a quien acudir cuando se necesitaba información o cuando se presentaban dudas.

Provisto de este bagaje, fue produciendo a lo largo de casi tres décadas una serie de textos en los que dejó constancia de la evolución de la arquitectura, así como de la evolución de la crítica. Son textos por lo general de carácter descriptivo, más didácticos que polémicos, consagrados primordialmente a plantear el estado de la cuestión y no a proponer soluciones o a repartir encomios y correctivos. Es posible que la cantidad de conocimientos acumulados lo retrajera de extraer conclusiones demasiado amplias y, a veces, incluso de exponer opiniones personales. Nunca pretendió en sus textos ejercer la crítica en el sentido riguroso del término. En el terreno arquitectónico rechazó toda ideología. Se limitó a explicar la obra de los arquitectos o de los movimientos más significativos y a ubicarlos en su correspondiente contexto histórico sin ocultar las contradicciones. No pretendió hacer ni historia ni teoría, sino lo que él mismo denominó topografía de la arquitectura contemporánea.

No es pequeño mérito que en esta recopilación de piezas pertenecientes a distintas épocas y destinadas a publicaciones también distintas, el lector no encuentre las inevitables repeticiones. También en el haber de los textos hay que anotar que, aunque todos ellos iban destinados a publicaciones especializadas, su contenido es asequible al lector que no posea conocimientos técnicos en la materia. A pesar de su propia experiencia práctica, no es el aspecto técnico de la cuestión el que preocupa a Ignasi de Solà-Morales, sino otro más amplio: no tanto el de la evolución de las formas arquitectónicas como, más concretamente, el del lugar que ocupa la teoría frente a esta evolución.

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Trazando un amplio arco, Ignasi de Solà-Morales nos ofrece en el conjunto de sus textos una visión global de la arquitectura para uso de no iniciados, que podríamos resumir del modo siguiente.

En el llamado «clasicismo», toda manifestación artística es en esencia el resultado de un esfuerzo por imponer al desorden un orden preexistente, por restablecer la armonía primigenia mediante el dominio del espíritu sobre el caos. Esta concepción exige la referencia última a un ideal externo y previo al hombre, que éste debe encontrar y reinstaurar. Para el artista clásico existe una realidad esencial que se identifica con la naturaleza. Alcanzar las formas puras de la naturaleza es el objetivo del artista y reflejar estas formas, el de la obra de arte. Más tarde, estas formas puras de la naturaleza se estilizan y convierten en meros elementos abstractos que se limitan a preservar una armonía sosegada en la que el ser humano se reconoce.

Esta idea pierde entidad en el Romanticismo y es sustituida por su contraria: la obra de arte «no copia o reproduce una realidad previamente existente, puesto que, en buena lógica subjetivista, esta realidad preexistente no se da». La obra de arte, pues, no es otra cosa que «un impulso producido por el sujeto», cuya función no es reproducir o transparentar una realidad esencial o natural, sino ser «un vehículo de conocimiento». De mero intérprete de la armonía natural, el hombre, y en particular el artista, devenido centro del universo, se convierte, por medio de la Kunstwollen, la voluntad de arte, en «agente mediador del conocimiento sensible de la realidad»: «La realidad no existe previamente esperando que nosotros nos acerquemos a contemplarla, sino que se produce a través de los medios que construimos para acceder a ella. Producción del medio y producción de la experiencia son dos caras de un mismo proceso. La arquitectura y el paisaje urbano son a la vez el medio y el resultado de esta mediación para hacer de los no lugares, lugares; de lo informe, forma; de lo ininteligible, inteligible; de lo fluido, consistente»Territorios, pág. 111..

El abandono del ideal clásico, sin embargo, no se produce de un modo tajante o no se lleva inicialmente hasta sus últimas consecuencias. En sus inicios, el movimiento moderno no renuncia a un código que, dentro del subjetivismo de la obra de arte, permita fundamentarla, explicarla y enjuiciarla. Un código no comprometido con la figuración propia del clasicismo, pero sí compuesto de conceptos genéricos y abstractos que actúan como instrumentos estéticos de orden general; un código no construido sobre la base de una teoría formal del cosmos, sino «sobre una teoría psicológica del sujeto y una teoría racional de la producción de los objetos». Este código respondería a una concepción dinámica y «transhistórica», puesto que «la historiografía convencional sólo es capaz de entender [el pasado] en términos de evolucionismo orgánico en el sentido de un proceso ilimitado de transformaciones cada vez más valiosas». Le Corbusier participa todavía en la creencia de este código abstracto que, en sus propias palabras, permitiría «mantener la unidad del mundo clásico representada por la regularidad de la geometría de las formas», y en el cual tendrían cabida las formas aleatorias características de cada lugar y momento.

Pero, a su vez, esta concepción del arte, «moderna» por oposición a la «clásica», entra en crisis en un período reciente. Dos fuerzas poderosas engendran esta crisis. Por una parte, la transformación del discurso filosófico que conduce, en el terreno del arte, a la desaparición gradual de todo referente, incluso interno, y la transformación paralela del discurso ideológico, con la aparente cancelación de la lucha de clases y la implantación de la sociedad del bienestar sustentada por el consumo masivo de objetos superfluos y las formas alienantes de cultura. Por otra parte, una radical redistribución demográfica y su consiguiente presión sobre la arquitectura y el urbanismo, acompañada de unos avances tecnológicos sin precedentes. Atrapada en esta conjunción de fuerzas, la arquitectura, cuando no se limita a cubrir toscamente las necesidades más apremiantes, sucumbe a la tentación de producir «sofisticados y perfectos artefactos» y a integrarse en la llamada «sociedad del espectáculo». Los presupuestos que llevaron a la arquitectura a adoptar auténticas medidas de emergencia ante la necesidad de reconstruir literalmente Europa después de dos guerras, derivaron en la aceptación de unas restricciones que ya nada justificaba, salvo la obtención de beneficios económicos. Este descalabro produce al mismo tiempo «una nostalgia del orden clásico [...] que se evoca únicamente como ilusión y como memoria». De resultas de ello, se acomete un sistemático saqueo formal, la historia se convierte en simple proveedora de materiales para el gran mercado de la nueva producción de edificios, lo que da lugar a «la angustiosa situación de disponer aparentemente de todas las lecciones de la historia pero carecer, en cambio, de cualquier otra pauta que no sea la del talento personal a la hora de reproducirnos una imagen metafórica de su propio recuerdo». La consecuencia: el «historicismo reaccionario» y un «comercialismo sentimental» de que en la actualidad adolecen buena parte de los edificios llamados a desempeñar un papel emblemático.
 

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Esta panorámica de brocha gorda puede dar una impresión errónea de la obra de Ignasi de Solà-Morales. Toda síntesis tiende al reduccionismo y más cuando trata de condensar en unos párrafos una obra dilatada en el tiempo y dispersa por su origen y su intención. Los textos reunidos en los libros que aquí se comentan no son ni tan monocordes ni tan pretenciosos, no se proponen explicar la historia del pensamiento y del arte, ni se limitan a describir un trayecto. Aunque es obvio que para Ignasi de Solà-Morales el tema recurrente es la evolución de la arquitectura y, en este sentido, no elude las generalizaciones ni algunos pronunciamientos discretamente apocalípticos, en la recopilación abundan estudios específicos sobre un momento determinado del proceso evolutivo de la arquitectura a partir del análisis de la obra de uno o varios arquitectos y, sobre todo, de los intelectuales en cuya obra se reflexiona sobre la arquitectura y la ciudad (Walter Benjamin, Ruskin, Giedion); sobre las artes plásticas en general (Cuerpos ausentes), y sobre la arquitectura y la nueva concepción de la ciudad, tema al que, como ya se dijo, van dedicados la mayoría de artículos que integran Territorios. Ignasi de Solà-Morales no escribe tanto desde la posición del historiador ni del filósofo ni del crítico como desde la posición de quien, dominando estas tres disciplinas, ha ejercido muchos años la docencia. Sus textos son, en última instancia, clases magistrales en las que se prescinde de lo obvio y de lo hermético. Este es uno de los méritos del libro. El de Ignasi de Solà-Morales es el mismo y es también otro: el haber dedicado toda su vida al estudio, a la reflexión y al esfuerzo de formalizar el resultado de lo aprendido y lo deducido, aun a sabiendas de que la labor, como toda crítica histórica, habrá de quedar por fuerza interrumpida. En su caso, además, la trayectoria de su discurso parece desembocar en un cierto pesimismo respecto del presente y el futuro de la arquitectura, la crítica y la relación entre ambas. Hijo de su tiempo y observador lúcido, como ya dije al principio, Ignasi de Solà-Morales no podía por menos de asumir la impotencia del crítico en una sociedad postindustrial presidida por los conceptos negativos del fin de la historia, del pensamiento débil y, en el terreno concreto que nos ocupa, por las «arquitecturas mediáticas». Esta frustración es legítima en el crítico, no en el lector. La lectura de los artículos que integran estos libros son una continua fuente de información, de síntesis y de estímulo. No es ocioso añadir, por último, que están muy bien escritos, en el estilo claro y preciso de quien sabe lo que dice y desea brindar al lector estos conocimientos.

01/11/2004

 
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