ARTÍCULO

Guía para turistas

Debate, Madrid, 479 págs.
 

Anunciado como primera entrega de un proyecto global, es éste un libro de viajes por nueve comunidades españolas –Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Castilla-La Mancha, Valencia, Murcia y Andalucía– que viene a sumarse a la ya larga tradición de literatura viajera sobre España, uno de los lugares exóticos preferidos para su descubrimiento y descripción desde el Romanticismo. Aun así, ni su planteamiento y desarrollo, ni la voz y el punto de vista del escritor, reportan necesariamente su adecuación o pertenencia a las formas más tradicionales o habituales de un género en el que se han escrito páginas excelsas a lo largo de la historia y con mayor profusión en los dos últimos siglos.

El lector de este tipo de literatura está acostumbrado a dejarse llevar por la voz narrativa del escritor en contacto directo con el paisaje, con el espacio físico que ha recorrido, observado y contemplado paso a paso con interés y degustación, siempre buscando la belleza natural o artística del conjunto o los detalles más insólitos; pero también con el paisanaje, con las gentes de toda índole y variada condición que el viajero ha encontrado en el camino, en los pueblos y las ciudades, en las posadas y las casas. La comunicación y la comunión íntimas entre ellos suelen ser la materia sedimentada en el tiempo que el recuerdo se encarga de recuperar.

Con esos propósitos y con el ánimo a pie de ruta, viajaron en el pasado por España numerosos escritores extranjeros en un afán de registrar lo que de autóctono identificaban con el exotismo y la rareza, mezclado con anotaciones, curiosidades y anécdotas. Los españoles, por su parte, dejaron testimonio en sus andanzas y visiones, a lo largo de más de un siglo, de lo que en unos casos señalaron como idiosincrasia de nuestro carácter nacional o de nuestra intra historia, y en otros juzgaron como motivos y fundamentos necesarios para exigir y reivindicar una sociedad más justa y humanizada.

Y de pronto, un novelista como Manuel de Lope, que cuenta con una obra notable y algunos títulos de grato recuerdo –El otoño del siglo o Bella en las tinieblas, por ejemplo–, ofrece un relato viajero de España distinto a los conocidos. Y es aquí, en las diferencias, donde surgen las serias objeciones que pueden ponerse al libro. Porque no se trata ya de valorar el significante o el significado de la obra, sino de encontrarle un sentido coherente; ya no se trata de analizar su soporte material como libro de viajes, la corrección de su discurso o la significación de sus referentes espacio temporales, sino de vislumbrar y recabar un mínimo de sustancia interior que fundamente el objetivo del viaje y justifique su empeño de ser algo más que un mero desplazamiento geográfico.

Pero por lo que se ve, la posmodernidad más epidérmica ha llegado también a la literatura de viajes. No parece ser bueno este tiempo literario nuestro para indagaciones antropológicas o sociales, y mucho menos para compromisos éticos. Por tanto, si en esta Iberia de Manuel de Lope no se dan cita ni el desvelamiento de lo extraordinario de una tierra y de unas gentes, ni la búsqueda de una etopeya patria, ni la disidencia frente a una situación injusta, ¿qué cuenta el libro y qué persigue el autor? La respuesta es: nada. O al menos, nada que suscite interés.

El viajero De Lope no cuenta: simplemente informa y describe. Informa de su presencia en los diferentes lugares que visita, de la localización concreta de las cosas que ve o de las carreteras y caminos que recorre; ofrece noticias históricas inevitables –algunas de modo excesivo: José María de Pereda y Santander, el origen riojano del idioma castellano, Roncesvalles y Roldán, don Álvaro de Bazán y La Mancha, el general Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, y las guerras carlistas–; o anota los balances económicos y las especialidades agrícolas de cada zona. El resultado es una escritura fría, dominada por la actitud distante del observador que sólo en escasísimas ocasiones narra pequeñas anécdotas o historias, como la del cántabro que tuvo que abandonar Cuba después de la revolución castrista.

Y sobre todo, el viajero De Lope describe de un modo deíctico, como señalando las cualidades de las cosas con el dedo. Describe el paisaje de cada comunidad, con sus pueblos, ríos, valles, mesetas y montañas; pasa revista a los monumentos artísticos –catedrales, iglesias, ermitas, palacios, tumbas, etc.– y a sus elementos arquitectónicos y ornamentales; o se detiene en los pormenores de las fiestas, actividades y costumbres populares de conocimiento general: la pesca del salmón y el «campanu» en Asturias, la vendimia en La Rioja, los san fermines de Pamplona, el Tribunal de las Aguas en Valencia o la tradición de las bodegas de Jerez.

Así pues, difícil es encontrarle a este conjunto de apuntes distanciados y anotaciones superficiales un sentido similar al de los clásicos libros de viajes. Manuel de Lope no transmite en ningún momento la experiencia interior del viajero seducido por la geografía física y humana con la que ha convivido, sino que se limita a reseñar y detallar, con la vista y no con la mirada, aquello que según él, y a la manera de las guías para turistas o los suplementos de los periódicos en nuestra sociedad del bienestar, el lector debe ver, conocer y fotografiar para poder contárselo a sus amistades y vecinos al regreso.

01/08/2003

 
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