ARTÍCULO

Iberia

Debate, Barcelona
546 pp. 23,50 €
 

Con Iberia. La imagen múltiple concluye Manuel de Lope la relación de su periplo peninsular, iniciada en un anterior volumen, Iberia. La puerta iluminada (2003), que incluía los viajes por Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Castilla-La Mancha, Valencia, Murcia y Andalucía. Ahora, el escritor recorre Madrid, Extremadura, Aragón, Baleares, Cataluña, Canarias, País Vasco y Castilla y León. Como en el anterior, tampoco hay ahora enlaces o nexos entre unos tramos y otros del camino, ni la contigüidad geográfica se corresponde con un continuum temporal, dado que cada una de las etapas del viaje se ofrece como experiencia autónoma e independiente.Y sospecho que en un escritor tan cuidadoso a la hora de tramar sus historias como lo es De Lope esta estructura invertebrada tiene algo –más bien mucho– que ver con la imagen de España que se avanza en la primera página –«España es una vieja rueda que ha seguido un camino lleno de sobresaltos»– y que, pese a ser de signo distinto, igualmente se corresponde en su sentido con otra idea expuesta más adelante, cuando el autor está en las Baleares y reflexiona sobre la importancia subjetiva de los espacios isla y archipiélago para, a continuación y, «abusando de la idea», aplicarla a la propia identidad española y definir España como archipiélago histórico, «una imagen tentadora que tiene el mérito de describir no sólo la fragmentación en unidades menores características de la Península Ibérica, sino cierta incapacidad de comunicación entre las diferentes regiones».Además, y no obstante, conviene recordar que un archipiélago es un conjunto de islas unidas por aquello que las separa.
Hay también otra razón para esta estructura fragmentada y elíptica del libro, que radica en el punto de vista elegido. Afortunadamente, el autor huye de la impostación supuestamente objetiva que supone refugiarse en la figura de «el viajero» y se instala en el «egotismo verbal-pronominal» –como denominó Claudio Magris a la primera persona del singular–, que, si bien molestaba a algunos viajeros, dada la objetividad de las cosas en torno, ya a Stendhal le parecía un medio cómodo para narrar, pues es cualquier cosa menos incontestable. Manuel de Lope camina y mira –y desde luego, escribe– desde el Yo, desde un indomeñable subjetivismo, que se percibe tanto en la selección o acotación de los escenarios visitados como en el modo de recorrerlos y explorarlos.
Dado que en ningún libro de viajes espero encontrar una guía turística ni mucho menos una enciclopedia, en Iberia me ha gustado comprobar que el autor me llevará por senderos imprevisibles y pondrá ante mis ojos una rica variedad de escenarios (y gentes y aconteceres) a los que sobrepone siempre las impresiones y las sensaciones propias. Para empezar, Manuel de Lope cuestiona las demarcaciones territoriales surgidas de un criterio político porque, argumenta, «el espíritu de las formas aplicado a la organización política de un Estado moderno no deja de ser un desvarío», y su mirada se guía por aquello que el paisaje en sí le indica; de modo que serán las sierras o los ríos los que marquen las fronteras y los límites, y no los criterios administrativos. Por ello, por ejemplo, mirará el norte de Extremadura proyectándolo hacia Toledo, mientras que el sur lo examina teniendo en cuenta el telón de fondo andaluz; y la Comunidad de Madrid la examina desde el contrapunto histórico que suponen Alcalá, Aranjuez y El Escorial: Universidad, Jardín y Panteón, respectivamente.
Justamente lo que me gusta de Iberia es lo que, cuando reseñé la primera entrega, llamé –siguiendo a Bachelard– la poética del espacio que aquí se contiene, porque Manuel de Lope nos entrega unas cuantas piezas de un ejercicio topoanalítico que resulta brillante por ser muy personal. Pondré un par de ejemplos, deliberadamente dispares entre sí en lo que se refiere a la naturaleza de los espacios, aunque no en el análisis de los mismos, ya que lógicamente el modo de «leerlos» es idéntico. En Alba de Tormes, al visitar la celda donde murió santa Teresa, empieza por presentar aquel «espacio reducido, sofocante, relativamente lujoso, con pinturas sombrías, un altar de azulejos y una bóveda aplastada decorada con cuarterones de escayola», donde hay también «un maniquí vestido de monja que agoniza en el catre», además de muchas otras figuras y estampas que denotan una inequívoca voluntad de mise en scène; después vendrá la reflexión sobre el sentido, el desciframiento de un espacio que, aun a riesgo de resultar blasfemo, le hace pensar en «una logia vudú o en un gabinete de prácticas prohibidas». En Fuendetodos, el viajero visita la casa natal de Goya porque el espacio donde uno ve la luz por primera vez tiene para él cierta categoría intemporal y le parece más relevante que otros donde se pudo haber vivido más tiempo y creado toda una obra, pero donde nunca actuará ya el genius loci, sino meramente un genio doméstico. ¿Será sólo por casualidad que esta reflexión arranca cuando, en Fuendetodos, el viajero averigua de labios de una descendiente directa de Goya que la abuela del pintor, cada primavera, arrodillada junto a un caldero de sangre fresca, frotaba con ella el suelo de la casa? En ese dato ve Manuel de Lope un elemento profundamente dramático, español y goyesco: la sangre que se derrama en el primer plano de los Fusilamientos. Por supuesto, entra también en Iberia la Historia, de la que el autor habla a ráfagas y seleccionando episodios muy diversos, aunque las referencias a la Guerra Civil son prácticamente una constante en todo el libro.Y atiende igualmente a la intrahistoria, bien a partir de lo que le cuentan y descubren «guías» ocasionales –así, la farmacéutica de Tierra de Campos (cuya cotidianidad sostiene un interesantísimo relato de usos, costumbres y moral social) o, en Barcelona, Antonio Caballero Cruz, casi un personaje de Juan Marsé, que ilustra al viajero sobre los pájaros de pelea o combate–, o bien como fruto de la observación directa o de las peculiares pesquisas que emprende el autor. De este modo, las páginas de Iberia se abren a las mil facetas de la realidad cotidiana, verse ésta sobre la cría del cerdo ibérico, la evolución del arte y sistema de las campanas de las iglesias, la ganadería estabulada de La Segarra, las ferias de Ordizia o las fiestas de Ciudadela. En lo que se refiere a impresiones callejeras –imprevisibles y fugaces–, Manuel de Lope se muestra deliciosamente barojiano en la atención que presta a los carteles públicos. De entre ellos, me quedo con la estampa de una heladería de Zaragoza, de nombre «Los siete pecados capitales», que anunciaba sus productos utilizando el marketing de la tentación. Por ejemplo: «Pereza: espesa salsa de chocolate; Soberbia: elegante helado de champán y fruta envuelto en puro chocolate blanco adornado con perlas plateadas».
Si en los tramos propiamente descriptivos –la visión paisajística– Manuel de Lope fusiona arte, geología y orografía, en la narración de su viaje el autor conjuga relato histórico, leyenda, crónica cotidiana, testimonio, reportaje, literatura y memoria personal, porque en este segundo volumen vemos al autor adentrarse también en los territorios que forman parte de su propia historia: Burgos y sus campos.

01/03/2006

 
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