ARTÍCULO

La demolición de la construcción social (ma non troppo)

Paidós, Barcelona, 400 págs.
Trad. de Jesús Sánchez Navarro
 

La idea de construcción social ha sido en los últimos treinta años la vanguardia de la crítica moderna. Muchos grupos oprimidos o marginados (como las mujeres socialmente discriminadas o los homosexuales perseguidos) han descubierto gracias a análisis constructivistas que ni sus identidades, ni sus relaciones sociales, ni siquiera los artefactos y materialidades que amueblaban sus vidas eran así por necesidad. Muchos se rebelaron con éxito. En otros casos, el construccionismo fracasó: cuando los actores rechazan su etiqueta (como las anoréxicas que niegan serlo, rechazan la ayuda e insisten en seguir adelgazando) la definición de ésta como una construcción no ayuda a transformarla. Y la misma proliferación de su uso lo ha convertido en un problema.

La excusa del libro es la constatación, mediante una larga, excéntrica y cómica lista de títulos publicados (junto con los casos de estudio del propio libro), de que se ha escrito sobre la construcción social de casi todo, hasta el punto de que dicha locución se ha convertido en una contraseña: quien la acepta es crítico y progresista, quien la rechaza es racional y sensato. Esta es la ocasión perfecta para que un prudente filósofo analítico desenvaine la preciosa navaja de Ockham y, con devota fidelidad al beato Wittgenstein, investigue los usos y la dinámica del término. ¿Cuándo es correcto hablar de la construcción social de X? Ante nuestros ojos, capa a capa, la cebolla construccionista irá menguando. ¿Quedará algo al cabo de ella?

Si se pretende hablar seriamente de construcción social, no por seguir la moda, deben cumplirse varios requisitos. Primero, hay que aceptar que no tendría sentido hablar de construcción social si todo lo fuera, luego hay cosas que no son socialmente construidas. Así entran los construccionistas en un redil que irá menguando. Segundo, es redundante hablar de construcción social de lo que obviamente son productos sociales contingentes y situados, como las convenciones normativas e institucionales o las peculiaridades culturales de cualquier grupo humano. Tercero, en la situación actual (o siempre, si uno es esencialista) X debe darse por supuesto, ser juzgado natural e inevitable, pues sólo tiene sentido revelar

que es construido lo que nadie piensa que lo es. Desde estas premisas, el construccionista afirma que la existencia de X, o su forma actual, no es necesaria e inevitable. Típicamente, que algo natural es en realidad social, algo necesario contingente o algo culturalmente universal sólo local. Así, puede narrarse neutralmente la historia de la construcción de X o señalar además con agnóstica ironía que no era un desenlace obligado. Suele irse más lejos y afirmarse que X es malo: se le desenmascara como un objeto funcional para intereses particulares. Aún más, se pide la reforma, la rebelión abrogadora o la revolución transformadora de X.

Nótese que según tales premisas este libro es reflexivamente construccionista sobre el construccionismo. La construcción social es considerada un hecho incuestionable y un universal cultural en muchos ámbitos académicos, cuando se trata de una creación histórica contingente que ha producido interesantes análisis de prácticas sociales, pero que rueda hacia la confusión y con una función social liberadora que, para colmo de males, se está agotando. Bajo su exquisita urbanidad canadiense, Hacking es un rebelde o quizá un revolucionario sobre el construccionismo. El punto clave es, por tanto, dilucidar qué entidades son construidas socialmente.

Hacking propone una distinción tosca y casi de perogrullo, pero útil, entre objetos, ideas y palabras «ascensor». Éstas son palabras como «verdad», «realidad» o «racionalidad», que «elevan» el discurso filosófico. La gente corriente las usa en el sentido pragmático de que sus ideas son apropiadas para tratar con los objetos (y, a menudo, que son las únicas de tal mérito) y dan al término «apropiado» un sentido pragmáticamente adecuado a cada situación. Los filósofos llevan siglos intentando –sin éxito– diseñar un uso universal, unívoco y preciso de esas palabras. Así que mejor dejarlas de lado. Las ideas son ese etéreo zumo de mente con el que las comunidades de pensamiento elaboran sorprendentes combinados. Es fácil inferir que, como productos colectivos, todas las ideas, incluidas las teorías científicas, tienen una historia detrás (como se decía antes de las «malas mujeres») y son, por ende, constructos sociales. Y los objetos son todo lo demás que uno pueda señalar o a lo que pueda referirse hablando.

Apoyarse en el sentido común suele ser recurso argumental de éxito fácil, pero poco aplaudido por los entendidos. Pues claro, ¿quién no reconoce en la terna anterior las clásicas y domésticas distinciones entre cosas, opiniones y valoraciones o entre sucesos, cogniciones y juicios? Pero apelar a un sentido común precluye otros y puede ocultar otros rumbos argumentales. Así, este trío oculta su origen en tres aptitudes que se desarrollan evolutivamente en cada niño: a) la habilidad de distinguir unos objetos de otros y tipos de ellos mediante asociación con hábitos conductales específicos, como lo que se come y lo que no; b) la pervivencia de los objetos duraderos en la conciencia o la memoria cuando cesa su percepción –un bebé pasa de olvidar lo que no ve a buscar infatigablemente lo que le escondemos–; c) y la capacidad de distinguir no ya la sinceridad de la mentira, sino la realidad de la ficción –o el juego y lo serio–. Estas capacidades (y sus errores), que subyacen a cada acción cognitiva adulta en todos los ámbitos, tienen una condición de posibilidad en el desarrollo neurológico normal, pero precisan el factor activador de ciertas formas de interacción social y de la disponibilidad de contenidos culturales apropiados. En último término, por esta vía podría infiltrarse una constructividad que sería precondición de todo, o casi todo.

Ni mucho menos. Hay que distinguir, hacer taxonomías, construir clases. Cada tradición cultural elabora evolutivamente su propio mundo ideal de clases relevantes que espera sea apto para guiar su interacción con el mundo material. La cuestión es si nuestra tradición puede construir un mundo conveniente en el que quepa la construcción social. De las condiciones restrictivas de posibilidad expuestas más arriba, así como de la tripleta de epistemología mundana y falsamente ingenua, Hacking concluye que sólo tiene sentido predicar la construcción social de objetos inanimados, fenómenos o hechos habitualmente tenidos por independientes de la sociedad humana. Típicamente: hechos contruidos/descubiertos por las ciencias.

Por supuesto, todo el mundo sabe que hay dos clases de ciencias, que se ocupan de dos clases de cosas. Las ciencias sociales estudian clases interactivas, identidades individuales y colectivas, clasificaciones y conductas que interactúan de forma compleja entre sí formando una matriz de sujetos, ideas, objetos, etc., cuya dinámica se ve afectada por la conciencia reflexiva de dichas clases. Las ciencias naturales estudian clases indiferentes, que también interactúan con los seres humanos, pero la modificación de sus acciones no deriva de su conciencia integrada de las definiciones verbales u operativas humanas. El producto característico de una construcción social sería una clase interactiva, nunca una indiferente.

Antes de llegar al corazón científico, quitemos dos pequeñas capas más a nuestra cebolla: se da por sentado que todo uso social (y, por descontado, tecnológico) del conocimiento se construye socialmente (desde los beneficios presupuestarios de la policía por la creciente fe en los asesinos en serie hasta los motivos eugenésicos de los estadísticos victorianos, etc.), pero no el conocimiento mismo, en principio. Aún más, todo conocimiento descartado es susceptible de una construcción social de las causas de su error. Como se dijo, sólo tiene valor de conjetura audaz llamar constructo a lo que parece no serlo. A lo largo de todo el libro Hacking redacta múltiples (re)construcciones sociales de muy diversa índole, entre ellas algunas de las mejores que son accesibles hoy en castellano. Por mor de la claridad y la propiedad didáctica las he agrupado, según su distinción de ciencias y clases relevantes, en tres epígrafes.

Las clases típicamente interactivas son categorías, atributos y conductas humanas que pueden cambiar por efecto del bucle clasificatorio creado por la conciencia (mayor a más pública) de dichas clases. Entre éstas, Hacking trata del género, la orientación sexual, la condición de refugiado, el sujeto psicológico (ego o yo), la raza, las emociones, el niño televidente, el embarazo adolescente, los asesinos en serie, la discapacidad o el maltrato infantil. Aquí cuentan de manera muy marginal los genitales, los encéfalos, la melanina, las reacciones afectivas, la preñez, los crímenes, las capacidades reducidas o los huesos rotos. Lo que importa es «la idea, los individuos que caen bajo la idea, la interacción entre la idea y las personas, y la multiplicidad de prácticas sociales e instituciones que estas interacciones implican: la matriz» (pág. 68). Y el horizonte abierto en el que puede evolucionar esa matriz.

El ejemplo del abuso infantil es particularmente preciso. La idea de abuso infantil fue socialmente hecha y moldeada, mientras que los casos son reales. Cuando se evidenció el fenómeno del niño apaleado mediante pruebas científicas objetivas (rayos X), se le sumaron unas cosas (el incesto redefinido como toda experiencia con connotación sexual entre un adulto y un niño de la misma familia «extensa», la pornografía pedófila, la embarazada drogadicta) y no otras (la prostitución infantil, la embarazada ebria frecuente), dependiendo de la cultura local y de los intereses y éxito de los activistas. Así pues, el cálculo de su frecuencia/incidencia da resultados muy dispares. El hecho es indiferente (niños que sufren abuso), pero sólo es abordable al ser construido de algún modo concreto de entre los innumerables posibles. Una categoría intermedia son los hechos psicológicos, a los que Hacking se ha dedicado con intensidad. El «trastorno explosivo intermitente», la histeria, el retraso mental, la esquizofrenia, el autismo, la hiperactividad o la personalidad múltiple son ramilletes de síntomas, algunos una simple herramienta para la disciplina social, otros efecto de una presunta clase indiferente de alteración genética, neurológica o bioquímica. En el proceso de identificación de esa clase indiferente, tenga éxito o fracase, lo importante para la construcción es la interacción y el cambio de las definiciones, del saber acumulado y rechazado, de las técnicas de diagnóstico, de las descripciones sintomáticas típicas, de la conciencia, la conducta y los mismos síntomas de los sujetos clasificados: en suma, de la matriz social en que se mueven (familias, sanidad, escuela, etc.). Para Hacking, las cosas no son a la vez reales y construidas (y mucho menos deben su realidad a su contrucción) sino que, en algunos casos, tienen ambas dimensiones por separado. Un término psiquiátrico significa un vector que incluye una base biológica indiferente, clara o confusa, y una profusa dinámica interactiva psico/social.

Como la distinción entre clase interactiva e indiferente es, de hecho, un continuo o una serie de límites difusos, llegamos al fin a los hechos científicos (la segunda ley de la termodinámica, la velocidad de la luz, la estructura atómica, la estadística, los quarks, las hormonas, la dolomita o las nanobacterias) o tecnológicos (los primeros coeficientes de inteligencia, una hormona sintética, los detectores de física de altas energías, los láseres o los criterios de precisión de misiles; ahora bien, todos éstos «dependen» de alguna presunta clase natural: inteligencia, hormona natural, partículas subatómicas, moléculas vibrátiles, precisión matemática). Estos objetos pertenecen a clases más interactivas de lo que parecen.

Hacking expone aquí la irrelevancia para el problema de los supuestos metafísicos de las perspectivas en conflicto. Los realistas creen que el curso de la ciencia es inevitable, que el mundo tiene una estructura inherente y que el conocimiento se mantiene y acumula por causas internas relacionadas con la justificación racional. Los constructivistas ironizan que el curso de la ciencia es contingente y que siempre hay alternativas plausibles y fértiles en una bifurcación histórica, que la estructura del mundo es nuestra mañosa producción nominalista a partir de la diversidad insondable de lo real y que por la verdad, como por un automóvil, hay que pagar su producción y su regular mantenimiento. El análisis de estos tres puntos conflictivos ofrece una conclusión chocante: la duda razonable está del lado de los constructivistas, mientras que los realistas científicos deben apoyarse en una fe sentimental para sostener que los productos de la ciencia, estables y duraderos por sí mismos, son el resultado necesario y, por así decir, mecánico (asocial) de su interacción con la estructura preexistente y real del mundo. No obstante, se trata de creencias metafísicas que, en último término, derivan de juicios personales muy oscuros.

Lo relevante, en todos los casos, es la negociación de los criterios de decisión que sancionaron que algo funcionaba o que existía y era de tal manera. Esa negociación es un proceso social, histórico y contingente donde se establece una forma de conocimiento, es decir, las creencias establecidas y los métodos y técnicas de investigación y validación que definen recursivamente qué es pensable, qué es posible y qué está certificado. Una vez que una pregunta [forma] tiene sentido en términos de su probabilidad de ser validada por los medios accesibles, su respuesta [contenido] está determinada. Los hechos no son construidos, pero las formas de seleccionarlos sí lo son. Y es la matriz histórica la que los genera.

El caso de la dolomita y las nanobacterias lo ilustra con precisión: la matriz está al timón, pero los resultados son los únicos posibles, dada la forma establecida, y son perfectamente explicables en términos conjuntos de las buenas y viejas filosofías inductivista e hipotético-deductiva de las ciencias. En torno a una clase indiferente estable (dolomita) y otra provisional (nanobacterias) se agrega una matriz que compite con otras en términos de capacidad argumentativa: premisas, evidencia, inferencias, pruebas, demostraciones, etc.; y, como éstas pueden ser muy diversas y hasta inconmensurables, es decisiva su fertilidad valorada externamente a largo plazo. Sin ánimo de construir paradojas, Hacking concluye que la construcción social de una forma de conocimiento (a partir de las clases indiferentes vigentes de las ciencias y de matrices previas) explica la producción de unos hechos que, en ese marco, son necesarios.

Al final, el construccionismo encuentra un lugar bajo el sol de Hawai. Los antropólogos Sahlins y Obeyeskere disputan si Cook fue deificado y sacrificado por los hawaianos o si fue una justificación posterior de un acto racional (el castigo a un jefe cruel y criminal, no un dios). Sahlins opina que deificar y matar a Cook fue racional dados los supuestos de la religión local (forma) y la evidencia (contenido) de la experiencia con Cook; Obeyeskere opina que los hawaianos eran demasiado racionales para creer ese mito etnocéntrico y actuaron cínicamente mintiendo sobre sus creencias (la divinidad de Cook) y sus razones (para matarlo) a los dominadores coloniales, ajustadamente a los prejuicios de éstos sobre ellos. El juicio favorece a Sahlins, y los hawaianos creyeron y actuaron racionalmente dentro de una forma de conocimiento que Occidente juzga absurda. La forma determina los límites y la viabilidad social del contenido. Hacking gana. Y pierde: los construccionistas lo acusan de reducirlos a una reserva india (la de las formas) y los realistas lo acusan de conceder traidoramente a aquéllos la condición de posibilidad de todo conocimiento. ¿Puede un filósofo humilde y modesto, que escribe filosofía de manera clara, concreta, actual, informativa, inteligible para el gran público y hasta divertida, ser a la vez más controvertido e interesante?

01/02/2003

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE JUAN MANUEL IRANZO
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL