ARTÍCULO

Actualidad de Eugenio Montale

Igitur, Tarragona, 179 págs.
Trad. de Carlo Frabetti, prólogo Alfredo Garguilo
 

«Que la obra de Eugenio Montale, uno de los mayores poetas contemporáneos, haya sido muy poco difundida en español, es uno de esos hechos inexplicables que tan a menudo sirven para denunciar el dudoso mercado de prestigios que oscurece el mundo de la literatura.» Así comenzaba el prólogo de Horacio Armani a la antología de Montale que el poeta y traductor argentino publicó en Buenos Aires en 1971. Desgraciadamente, hasta hace muy poco esas palabras mantenían toda su vigencia: la mayor parte de la obra del poeta italiano continuaba sin ser traducida al castellano. Ni siquiera el centenario de su nacimiento, en 1996, sirvió para remediar esa situación. De hecho, hasta hace escasamente un año no estaba al alcance del público español ninguno de los libros de Montale, ni siquiera la citada antología de Armani, ni tampoco las versiones del mismo traductor, publicadas pocos años después, de sus dos primeros libros:

Ossi di seppia y Le Occasioni; ediciones todas que desaparecieron hace lustros de nuestras librerías. Afortunadamente, en pocos meses la situación ha variado radicalmente. En mayo de 1999 se publicó en Barcelona el Diario póstumo –último libro del poeta, editado por primera vez en Italia en 1996, coincidiendo con el centenario de Montale–, y muy poco después, la revista Poesía y Poética de México publicó en su colección de poesía Cuaderno de cuatro años, excelente edición que apenas ha tenido difusión en España. La publicación ahora de una nueva versión de Huesos de sepia en Igitur y el anuncio de la próxima aparición de Satura en la editorial Icaria, dibujan un panorama no sólo diferente sino francamente alentador. Ossi di seppia se publicó en Turín en 1925. Los poemas que lo componen fueron, pues, escritos cuando Montale era aún muy joven. Sorprende, en cambio, la madurez y el «milagro» de esta poesía. Uno tiene la sensación al leer este libro de tener el enorme privilegio de asistir al nacimiento de una voz poética personalísima, de entrar en un universo poético que impone su verdad y su presencia por vez primera con la misma naturalidad que la árida y pedregosa naturaleza de la costa ligur que le sirve de marco. Desde los primeros versos, sentimos que la palabra poética que aquí nace es necesaria en su pura materialidad; oscura y sin embargo tan cierta, luminosa y sin embargo tan oculta. Como señala Alfredo Gargiulo, en el prólogo a la edición de 1928 –que con excelente criterio se reproduce en la edición que aquí comentamos–, «en Montale no hay ni rastro de residuo literario: el residuo es todo documento, vida». Más que nunca, por tanto, la palabra poética, al ser vida, es aquí un todo, un todo verbal del que no se puede separar el concepto. Creo, por eso, que el traductor de la edición que comentamos se equivoca en esto cuando en el epílogo afirma que «para el traductor el hecho de trabajar con un material limpio de residuos literarios es una clara invitación a la fidelidad conceptual». Es obvio que el traductor ha de ser fiel al concepto en su traducción, pero no lo es menos que igualmente lo ha de ser a sus características fónicas, rítmicas y prosódicas. De hecho el misterio de esta poesía es sobre todo musical. El propio Montale era plenamente consciente de ello, y lo dijo de forma rotunda: «Ignoro que méritos tenga mi poesía, quizá muy pocos, pero creo que son específicamente musicales». Sigo pensando, además, que aunque el texto de Gargiulo sea magnífico y haya servido para que muchos después de él repitan sus inteligentes observaciones, el que mejor ha reflexionado sobre esta poesía es el propio poeta, y, al hacerlo ha insistido sobre todo en que su secreto se le impuso, casi involuntariamente, no desde la idea sino desde la música: «No; cuando escribía mi primer libro (un libro que se escribió solo) no me atuve a tales ideas [...]. Obedecí a una necesidad de expresión musical. Quería que mi palabra fuera más adherente que la de otros poetas que había conocido. ¿Más adherente a qué? Me parecía vivir bajo una campana de vidrio, y sin embargo me sentía vecino a algo esencial. Un velo sutil, un hilo apenas me separaba del quid definitivo».

A pesar de la poca suerte editorial de Montale en nuestra lengua, esta es la tercera ocasión en que se traduce Ossi diseppia. No se había vuelto a editar en castellano desde que en 1978 lo tradujera Horacio Armani; hubo sin embargo una edición anterior (Madrid, 1973), pero en una versión muy inferior a la de Armani o a la que hoy comentamos. Otros traductores han vertido al castellano, con mejor o peor fortuna, algunos de los poemas de este libro; forzoso es señalar la calidad de las versiones de Joaquín Arce en su excelente estudio y antología del poeta (Madrid, 1982). Todo ello le permite lícitamente al autor de esta nueva versión poder partir de lo mejor de algunas de esas traducciones, y sus deudas, sobre todo con Arce y con Armani, son, en ese sentido, evidentes. Lo que señalo no resta valor a la versión que aquí comentamos; el trabajo del traductor es riguroso y el resultado final es una edición no sólo necesaria sino además notable en muchos aspectos. Confieso, sin embargo, que no entiendo las razones que le mueven para mostrarse tan combativo en el epílogo que añade al final del libro, en el que se leen cosas tan extemporáneas como la siguiente: «[...] se ha llegado a decir que poesía es lo que se pierde al traducir el poema, y esta boutade (término intraducible) ha servido de justificación a legiones de poetastros metidos a traductores (tal vez víctimas del "nefando magisterio" de Octavio Paz al que solía aludir José María Valverde) para incurrir recurrentemente en la petulante grosería del "poema homólogo"». Supongo que es el deseo de apartarse de ese «nefando magisterio» del gran poeta y también gran traductor mexicano el que le lleva al autor del epílogo a afirmar, de forma inopinada, que «traducir un poema es tan "imposible" como traducir el folleto de instrucciones de un electrodoméstico», afirmación que sólo podemos entender como una (ésta sí verdadera) boutade, pues si así no fuese dudaríamos seriamente de la profesionalidad del traductor. Afortunadamente para el lector, Frabetti demuestra ser, indudablemente, mucho mejor traductor que teórico de la traducción. Contrasta, por otra parte, la humildad que el traductor predica –al preferir que su versión «parezca a veces un tanto mecánica e impersonal» a «la presencia de otra voz entre el poeta traducido y el lector»– con la soberbia que demuestra para con aquellos (pocos, aunque a él le parezcan legión) que han intentado la difícil tarea de traducir un libro de Montale.

01/08/2000

 
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