ARTÍCULO

Un papúa en una ópera de Alban Berg

Siruela, Madrid, 224 págs.
Trad. de Isabel-Clara Lorda Vidal
 

Disraeli dejó dicho que «los viajes constituyen la parte frívola en la vida de las personas serias, y la parte seria de los seres frívolos». Pero no debemos tomarlo al pie de la letra. También dijo que «un gobierno conservador es una hipocresía organizada» y ello no le impidió ser primer ministro de Inglaterra al frente de un gabinete tory. En cualquier caso, Hotel Nómada, esta recopilación de textos de Cees Nooteboom acerca de varios de sus viajes, viene a ser una contraprueba contundente de que ellos constituyen la parte seria de una persona tan seria como lo es su autor. Éste afirma que su amigo y compañero de trabajo, el fotógrafo Eddy Posthuma de Boer, tiene «una mirada que es una forma de pensar» (pág. 29), y ahí, de paso, nos está dando la clave de sus propias peregrinaciones: para él, viajar es una forma de pensar. Frase que podría ser un buen título para la presente reseña.

Pero hablé de peregrinaciones y no lo escribí a humo de pajas. Nooteboom inicia este libro con un miniensayo donde menciona su fascinación por Santiago de Compostela y se refiere al vocablo peregrinación, cuya definición ortodoxa (establecida por el sabio árabe del siglo XII Ibn `Arabî) reza –¡reza!-así: «Recorrer la tierra para practicar la meditación y acercarse a Dios». A lo que Nooteboom añade que lo de acercarse a Dios en su caso sería pretencioso, pero que si se sustituye «la palabra `dios' por la palabra `misterio'», entonces sí se atreve a suscribirlo. Y éste también pudiera ser un buen título de la reseña: Acercarse al misterio.

Porque lo que tal vez sea más interesante de Hotel Nómada es ese aproximarse al misterio que practica Nooteboom a lo largo de todo el libro, y donde no importa mucho si el escenario es Gambia, Mali, el Sáhara, Bolivia, México o la biblioteca de Borges en Buenos Aires. Lo que a él le importa, o así me lo parece, es encontrar sus propias coordenadas entre los otros y, como correlato, acercarse al misterio de quién es él para los otros. He aquí dos párrafos clave que lo explican mucho mejor de lo que yo nunca pudiera hacerlo: «Allí [en Mali] estoy yo, alguien que sabe hacer una sauce dyonaisse [sic] y dónde comer el mejor pescado de Londres, que prefiere oír las suites para violonchelo de Bach interpretadas por Rostropovich antes que por Starker, [...] que ha visitado Venecia ya dos veces, [...] y que ahora, de pronto, se siente como el sirviente desvalido de tiempos mejores» (pág. 86). Y algo más adelante: «Para un bereber de Goulimine, tú podrías ser tanto de Ohio como de cualquier otro lugar, lo que significa que todos los matices que confirman nuestra identidad, conquistados con dolor y esfuerzo a lo largo del tiempo, se desvanecen» (pág. 104). Veinte páginas atrás ha dicho en otro contexto muy parecido: «parezco un papúa en una ópera de Alban Berg», y semejante blanco en la diana creo que es el que mejor merece el título de la reseña. Aunque sin perder de vista los otros dos.

En la página 202 Nooteboom se hace eco, sabiéndolo o no, de uno de los postulados de Alfred Andersch: «Me reafirmo en la idea de que escribir es más fácil que describir». En 1978, cuando se le pidió a ese todavía gran desconocido entre nosotros que hiciera una antología de sus lecturas favoritas, su decisión fue componer un Manual de descripciones, y lo justificó en el prólogo con unas palabras que también suscribiría CN: «A través de la descripción del escritor el mundo se convierte en fenómeno. Lo fenoménico diferencia la descripción artística del libro de no ficción. Sólo hay una forma literaria que sobrepasa en importancia a la descripción, y es la narración. En muchos casos, la narración se arma como por sí sola a partir de la descripción, por ejemplo en Un vagabundo de las islas de Joseph Conrad». Ese arte sutil, que sólo se aprende cuando viajar es una forma de pensar y aproximarse al misterio, sabiéndose autoidentificar como papúa en una ópera de Alban Berg, es algo que Nooteboom, ese vagabundo de los Países Bajos, ha llegado a dominar con una rara perfección, de la que Hotel Nómada es una muestra más: Andersch hubiese seleccionado varias páginas de este libro en su formidable antología.

Un aspecto insoslayable en este libro es, más que la traducción, el cuidado de la edición, que hay cosas que no debió dejar pasar, sobre todo cuando Nooteboom maneja una terminología y unas referencias hispanoamericanas, produciéndose el fenómeno de que él las tradujo al neerlandés y nos regresan retraducidas sólo que no en su forma original. Pero también habría que haber prestado atención a ciertas formulaciones que suenan a veces ridículas. Expondré algunos botones de muestra de ambas falencias. Uno de ellos induce a pensar en vuelos de los tiempos de Saint-Exupéry cuando leemos que «en menos de veinticuatro horas un avión vuela sobre el territorio prohibido y calcinado del Sahara [sic]» (pág. 36) en vez de como sería más directamente inteligible: «Menos de veinticuatro horas más tarde un avión vuela...». O bien, «jugar en un recipiente de arena para niños» (pág. 98) en vez de «retozar en el cajón de arena de un parque de juegos infantiles». O cuando se describe a Bolivia como «una luna habitada por los indios de más de 5.000 metros de altura» (pág. 118), siendo así que la altura promedio del indígena boliviano no llega ni a los dos metros.

Y todo esto para no hablar –yéndonos ahora a la vertiente hispanoamericana del descuido en la edición-del patinazo que supone llamar Patino a nada menos que Patiño y decir que hizo su fortuna con minas de cobre (pág. 119): dos errores de bulto que se corrigen más adelante estableciendo el binomio Patiño-estaño, tan indeleble como el de Einstein-relatividad. Pero es que además se sostiene que el presidente Germán Busch amenazó en 1937 con nacionalizar las minas y actuar «contra lo que allí se denomina el Yugo, los barones del estaño» (pág. 151), y les apuesto doble contra sencillo a que cualquier boliviano a quien pregunten les dirá que «el yugo» es la expresión que se usa allá para referirse a la dominación española. En cambio, a la oligarquía del estaño y a los grandes terratenientes rurales, la estructura de poder ultraconservadora, se la conocía popularmente como «La Rosca». Otrosí: tampoco es de recibo llamar «focistas» a los foquistas, ni «el chileno Frey» (pág. 159) a Eduardo Frei.

Capítulo aparte merecen las notas a pie de página esclareciendo términos y personalidades neerlandesas poco o nada conocidos fuera de los Países Bajos, y que se agradecen, aunque a veces no sean correctas. Por ejemplo, cuando se notifica que «Broodje van Kootje es un establecimiento popular de sandwiches junto a la Leidsestraat» (pág. 123) en vez de reseñar que en la época de la crónica de Nooteboom, Broodje van Kootje era una minicadena de bocadillerías, una de las cuales sigue en la Leidseplein (y, dicho sea de paso, les recomiendo en especial sus bocatas de anguila ahumada). El agradecimiento se convierte en desconcierto cuando CN describe a un monje diciendo que «con su amplio hábito parece un dibujo de Yrrah» (pág. 147), porque falta la correspondiente nota a pie de página, y ningún lector español tiene por qué saber que el holandés Yrrah –de Harry, escrito al revés– fue posiblemente el mejor dibujante de humor negro del siglo pasado. Y estamos en el mismo caso cuando aparece en el texto Lelystad (pág. 204): ¿cuántos lectores de nuestro idioma saben que Lelystad es la capital de la duodécima provincia neerlandesa, una ciudad de retorta asentada en el último pólder que los holandeses han arrebatado al mar haciéndolo habitable y cultivable?

Hay otros clamorosos despistes en materia onomástica (pág. 80) y cronológica (págs. 19-20) –alguno tal vez imputable al propio Nooteboom, quién sabe–, amén de una enervante conversión de los precios mencionados en pesetas y no en euros. Pero hago merced de su exhaustiva mención, y ello me resulta fácil porque, en fin de cuentas, el libro es tan bueno que sobrevive a todos los intentos del a todas luces involuntario sabotaje por parte de la editorial.

01/04/2003

 
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